domingo, 28 de agosto de 2016

¿”Conspiracionista” yo? / Michel Collon







Cuando se critica a los dirigentes de EEUU, la UE o Israel, algunos agitan un espantajo: “¡Vosotros sois conspiracionistas!”. Lo que debe sobreentenderse como: “veis el mal por doquier, pero estos dirigentes son demócratas; ciertamente pueden cometer errores, pero actúan con buenas intenciones”.
Así, a grosso modo, estaríamos forzados a elegir entre:
La teoría del complot: todo es maquinado en la sombra, se nos oculta todo, los controladores del mundo son (a elegir): los judíos, los banqueros, los francmasones, los Illuminati, etc.
La teoría de la inocencia: nuestros dirigentes occidentales trabajan para el bien común. Nos dicen lo que hacen y hacen lo que dicen.
¡Ni la una ni la otra, gracias! Nosotros reivindicamos una tercera forma de explicar el funcionamiento de la sociedad, y no tiene nada que ver con esas dos fantasmagorías. Para clarificar todo eso debemos responder a cuatro cuestiones:

1 – ¿Los complots existen, o no?
2 – ¿El ‘conspiracionismo’ permite comprender el mundo?
3 – ¿Por qué algunos hablan tanto de la “teoría del complot”?
4 – ¿Los medios hacen el juego al ‘conspiracionismo’?






1. ¿Los complots existen, o no?
Partamos de la definición. Una síntesis de los diccionarios se puede resumir así: “proyecto secreto elaborado por varias personas contra otra o contra una institución”. Sobre la base de esos diversos elementos, verifiquemos juntos:
– Cuando la CIA y el MI6 británico organizan en 1953 un plan secreto con disturbios y una campaña de difamación para derrocar al primer ministro Mossadeg en Irán y reemplazarlo por el Sha de Iran sometido a los EEUU (1) ¿es eso un complot? Sí, no hay otra palabra.
– Cuando Henry Kissinger y la CIA organizan en 1973 un plan secreto para destituir al presidente progresista Allende (2) y reemplazarlo por la dictadura militar neoliberal del general Pinochet, ¿es eso un complot? Sí.
– Cuando Brzezinski, consejero del presidente Carter, organiza secretamente el envío en 1979 de Bin Laden y otros terroristas a Afganistán para derrocar al gobierno de izquierdas (lo reconocerá veinte años después) (3), ¿es eso un complot? Sí.
– Cuando, en 2003, el ministro de la Guerra de EEUU Donald Rumsfeld previene a sus próximos pero no a la opinión pública, de que los Estados Unidos “van a tomar siete países: Afganistán, Irak, Somalia, Sudán, Libia, Siria para acabar con Irán” (4), plan que será efectivamente llevado a la práctica, ¿es eso un complot? Sí.
– Cuando Bush y Blair (y Aznar) fabrican en 2003 falsos informes (5) afirmando que Irak posee armas de destrucción masiva para justificar su guerra por el petróleo, ¿es eso un complot? Sí.
No discutiremos aquí la cuestión de si cada guerra se vende con tales mentiras en los medios (escondiendo a la opinión los verdaderos objetivos). Queremos solo subrayar que los complots forman de hecho buena parte de la política internacional, particularmente en lo que afecta a las guerras y los golpes de Estado.




2. ¿Permite el ‘conspiracionismo’ comprender el mundo?
Mi respuesta ha sido siempre clara: ¡No! Lo he escrito, negro sobre blanco, en mi libro Israel, ¡hablemos!: “El conflicto entre Israel y Palestina no es una guerra de religión. No es tampoco un complot judío. (…) La realidad es bien simple. La realidad tras Israel es simplemente nuestro sistema económico y social. El capitalismo, con sus leyes económicas “naturales”, provoca inevitablemente una gran acumulación de riquezas en un polo y de pobreza en el otro polo. Desde su formación hasta hoy, el capitalismo ha creado fortunas cada vez más grandes y cada vez más poderosas . Esas gentes entienden que controlar las materias primas y el petróleo es la mejor estrategia. Para controlarlas, sostienen las dictaduras petroleras árabes e Israel. No es un “complot” misterioso, sino una cuestión de lógica económica” (6).
Lo he repetido en mi libro sobre Charlie: “La única manera de sobrepasar el falso problema del complot consiste en debatir objetivamente sobre los hechos: confrontando las dos versiones, no creyendo a nadie de palabra y verificándolo todo sobre la base de las mejores fuentes según las posibilidades: testigos directos, testimonios indirectos fiables, documentos, informes y comunicados. Todo eso asegurado desde los dos lados” (7).
Pero, ¿quién ha desarrollado este concepto de ‘conspiracionismo’? Es el historiador de EEUU Richard Hofstadter. En su obra El Estilo Paranoico en la política americana (1964), estudió la ideología de la extrema derecha en EEUU y especialmente la caza de brujas del maccartismo (1950-1956) (8). Esa campaña de represión anticomunista de extrema derecha había sido orquestada por el senador Joseph Mc Carthy https://fr.wikipedia.org/wiki/Joseph_McCarthy.  Pretendía que los EEUU estaban gravemente amenazados por un complot: “¿Hombres colocados en altos cargos en este gobierno trabajan en concierto para librarnos a la catástrofe? Esto ha ser el producto de una gran conspiración, una conspiración tan ignominiosa que, cuando sea puesta al día, sus principales protagonistas serán para siempre condenados al menosprecio por las gentes honestas” (9). En el fondo McCarthy retomaba el tema obsesivo de Hitler (o Franco): una gran conspiración judeo-masónica-bolchevique mundial amenazando Alemania (…y España. N. d. T.).
El trabajo de Hofstadter merece nuestra atención. Pues construye un cuadro muy preciso para analizar los componentes del espíritu ‘conspiracionista’ que él denomina “paranoico”. Según Hofstadter, el portavoz paranoico nos arrastra a un universo donde política y teología “explican” acontecimientos que en realidad han sido profetizados y que se preparan durante varias generaciones. La “gran conspiración” es tramada por fuerzas maléficas con poderes gigantescos y casi sobrenaturales; esta maquinación invade todos los poderes: políticos, educativos, mediáticos, religiosos, y así pues también el Estado. Es por eso que no se habla de ello: el silencio ha sido bien organizado, lo que confirma la influencia de los conspiradores. En este universo, el género humano verá muy pronto al “bien” triunfar sobre el “mal”. Se trata pues de alinearse en el lado bueno.
En los períodos de crisis y de desarrollo ideológico, se asiste siempre a un recrudecimiento de la creencia en complots. Y actualmente estamos en uno de esos períodos por varias razones:
– la crisis económica, política y moral del sistema social
– la sensible percepción de los riesgos que comporta (medioambiente, guerras)
– la pérdida de credibilidad de los medios oficiales
– el hundimiento de los partidos de izquierda en Europa
– la desaparición pues del marco de un análisis objetivo en términos de los intereses de las clases sociales




El ‘complotismo’ no permite entender la economía
En materia económica, el ‘conspiracionismo’ especialmente no se entera de nada. Ciertamente, las conspiraciones existen. Cuando los mayores bancos del mundo acuerdan manipular el tipo de cambio de divisas y acumular así ganancias adicionales, y son condenados a 1.700 millones en multas por la UE [10], ¿de qué se trata sino de un complot? Del mismo modo, cuando las multinacionales se organizan en secreto para fijar los precios muy bajos para las materias primas que compran o precios excesivamente altos para los productos que venden, ¿no se trata de una conspiración? Y cuando una jueza de New York, Denise Cote, condena a Apple por orquestar un acuerdo con los editores más importantes de los Estados Unidos para aumentar los precios de los libros electrónicos ( “Los demandantes han demostrado que Apple conspiró para aumentar los precios”), se aplica una definición jurídica correcta.
Pero generalizar y pretender que la economía está completamente manipulada por una gran conspiración, que por ejemplo la crisis económica fue provocada deliberadamente por los bancos para aumentar sus ganancias o para destruir las clases medias, entonces entramos en la fantasía, porque eso no es coherente con los hechos observados.
De hecho, casi desde su nacimiento, el sistema capitalista no ha cesado de ir acompañado por crisis a intervalos más o menos regulares. ¿Por qué? Debido a que este sistema se basa en tres leyes económicas fundamentales:
1. La propiedad privada de las grandes fábricas y otras empresas (las fuerzas productivas).
2. La competencia entre estos patrones.
3. El beneficio máximo como medio fundamental para derrotar a sus competidores.
En conjunto, estas tres leyes producen un engranaje que se impone de forma automática: Cada gran capitalista debe explotar al máximo a los que trabajan para él, absolutamente. Es decir, hacerlos producir lo más posible, pagarles lo menos posible y aún despedir a cuantos sea posible intensificando la labor de los que quedan. Y esto no es una cuestión de sentimientos: los capitalistas actúan así no porque sean “malos”, sino porque, si no lo hacen, serán eliminados o tragados por los competidores. Cada uno para sí mismo y todos contra todos.
Problema: cuando un capitalista aplica estas economías, sus rivales hacen, evidentemente, lo mismo. Resultado: todos empobrecen a los que trabajan para ellos. Por tanto, ¿a quien le van a vender si han destruido el poder adquisitivo de sus compradores?
Se podría decir, pero habiéndose enriquecido los capitalistas, ¿van a gastar más y así mantener la economía? No. Aumentando los beneficios a costa de los salarios se dan los medios para aumentar su capital y sus fuerzas productivas. Sin embargo, el poder de consumo no puede seguir puesto que ha sido reducido. Y este desequilibrio fundamental sigue reapareciendo sin cesar en el sistema capitalista. No hay una planificación que vigile el equilibrio entre los accionistas y los salarios.
En consecuencia, en un momento dado, hay demasiados productos en el mercado frente a los ingresos que se pueden utilizar para adquirirlos. Es la “superproducción”, el bloqueo. Algunos son capaces de producir más y más, pero los demás no puede comprar todo eso. No pudiendo vender lo suficiente, los capitalistas paran parcialmente la producción y por lo tanto su acumulación de riqueza.
Conclusión. Esto no es una conspiración de unos pocos. Es un efecto automático de las tres leyes del capitalismo y, contrariamente a algunos discursos conspiracionistas, los capitalistas no están contentos porque esto pone en peligro sus beneficios, y a veces incluso la existencia de algunos de ellos.




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¿Son ellos todopoderosos?
Una variante del conspiracionismo sugiere que la economía sería dirigida de manera oculta por un pequeño grupo de gente misteriosa que mueven los hilos clandestinamente. La realidad es mucho más simple: unas doscientas grandes multinacionales dominan todos los sectores clave de la economía. Y eso no tiene nada de clandestino, todas ellas tienen un domicilio social y una dirección, ejecutivos y accionistas conocidos. Con unos ingresos y propiedades identificados, y trenes de vida de lujo. Todo eso generalmente discreto, sí, pero secreto, no. Los “amos del mundo” son pues bien conocidos. Y esto es importante porque podemos decidir entonces a quien hay que combatir si se quiere defender el interés colectivo contra los intereses egoístas.
Entonces, ¿qué dificulta o impide esta lucha? Varias causas que vamos a ver. Pero en primer lugar el hecho de que los medios presentan la economía distorsionada al no dar la palabra más que a los expertos pro-capitalistas. Se llegan a presentar las leyes económicas del capitalismo como “naturales e inevitables” machacando que no hay alternativa. Se mata la esperanza.
Pero volvamos al conspiracionismo. En realidad, esta visión de una economía que sería dirigida por conspiradores muy poderosos es falsa y peligrosa. Falso porque en realidad nadie puede controlar el conjunto de la economía. Ciertamente, por un lado, los capitalistas se ponen de acuerdo entre ellos para defender sus intereses frente a los trabajadores y los pueblos. Y también para la defensa de sus intereses frente a los de otros países. En este sentido, es evidente que ellos dominan una economía que no es en nada democrática. Pero, por otro lado, también compiten entre sí y eso debilita el conjunto de su sistema. Como Albert Einstein analizó muy bien en 1949: “La anarquía económica de la sociedad capitalista, tal como existe hoy, es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una inmensa sociedad de productores cuyos miembros buscan sin cesar privarse entre sí del fruto de su trabajo colectivo -no por la fuerza, pero, en suma, de acuerdo con las reglas legalmente establecidas. El aguijón de la ganancia en conjunción con la competencia entre los capitalistas es responsable de la inestabilidad en la acumulación y utilización del capital que conduce a depresiones económicas cada vez más graves. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo y la mutilación de la conciencia social de los individuos” [11]. El diagnóstico correcto con los tres elementos: la propiedad, la máxima ganancia, la competencia.
De este diagnóstico (con el que Einstein se une a Marx, de hecho), podemos extraer dos conclusiones. 1. Sobre la relación entre banqueros e industriales. 2. Sobre las relaciones en el propio seno de la clase capitalista en general.




1. No exagerar la importancia de la banca. Cierto, históricamente los banqueros han jugado un papel importante en la primera acumulación de capital que permitió la revolución industrial y la formación de los grandes monopolios. Y siguen siendo una parte importante del sistema económico actual. Pero la idea de que ellos y la especulación  son los únicos responsables de la crisis y de los males del capitalismo no es científica, no refleja las verdaderas leyes de su funcionamiento.
En realidad, las multinacionales industriales son la base del capitalismo, su explotación es la causa fundamental de la crisis, y son ellas, en última instancia, las que provocan las guerras. Einstein muestra bien que, en el supuesto de que no existieran los bancos, incluso en ese caso, los industriales provocarían crisis, a consecuencia de las reglas que hemos descrito. Por consiguiente, centrar toda la atención, por ejemplo, en Goldman Sachs y sus conspiraciones (reales o imaginarias), es negar el problema de conjunto de este sistema capitalista. Es hacer creer que curándolo de su “enfermedad bancaria o especulativa” sería capaz de acabar con la explotación y asegurar el bienestar para todos. Ilusión refutada por los hechos: nunca la humanidad ha producido tanta riqueza, nunca ha habido tantos humanos muriendo de hambre.




2. Medir bien las contradicciones entre capitalistas. A menudo se habla de las reuniones del Grupo Bilderberg como si fuera el poder absoluto y totalmente secreto de nuestra sociedad. Por un lado, es exacto que ese órgano donde se conciertan las multinacionales más grandes tiene más poder que los gobiernos y puede dictarles las orientaciones generales. Por otro lado, el hecho de que los principales capitalistas se concerten entre sí y traten de ponerse de acuerdo sobre algunas cuestiones no elimina la competencia feroz que estas grandes multinacionales se dirigen igualmente entre ellas y que las debilita.
Cuando los grandes bancos estadounidenses se ven sufriendo multas colosales, como se ha indicado anteriormente, y que Goldman Sachs la recibe de cinco mil millones de dólares (5 miliardos o 5.000 millones), es difícil creer que todo esto es parte de una gran confabulación urdida por Goldman Sachs que sería el amo absoluto del mundo. Hay que ser serios. Esa multa es el efecto concreto de las contradicciones entre los bancos y los otros capitalistas, estimando estos que los bancos les han hecho daño, han puesto todo el sistema en peligro y que por lo tanto se debe hacer de policía.
La Primera Guerra Mundial es una buena prueba de que si los capitalistas pueden de hecho  ponerse de acuerdo en algunas cuestiones de ínterés común, pueden también tener entre ellos conflictos totalmente destructivos y en ningún caso planeados. Ciertamente, en un principio, cada lado quería la guerra, con la esperanza de ganarla de forma rápida y barata. Sin embargo, nadie había previsto que iba a durar tanto tiempo y que algunas potencias saldrían muy debilitadas o aún destruidas. Alemania, recientemente crecida de poder, exigió: 1. Alsacia-Lorena, es decir, el carbón y el acero. 2. Los Balcanes como ruta estratégica hacia el Este y el petróleo. 3. Las colonias africanas finalmente, donde consideraba “no haber tenido su parte”. Gran Bretaña y Francia estaban persiguiendo sus propios objetivos imperialistas. La idea de que estos poderes hayan conspirado juntos es absurda [12].
Para concluir sobre este punto, una “conspiración global” es imposible porque los capitalistas están en competencia unos con otros. Pueden ponerse de acuerdo sobre uno o más complots cuando sus intereses convergen en un punto, en una región o para abatir un dirigente. Pero no pueden ponerse de acuerdo sobre una “conspiración global” porque sus intereses divergen y todo el mundo quiere abatir al otro.

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¿Análisis conspiracionista o análisis estratégico?
Falsa pues, esta visión de la “conspiración del capitalismo Todopoderoso” es peligrosa. Porque da la impresión de que la historia no se hizo por la lucha entre las diversas clases y fuerzas sociales, cada una de las cuales defiende sus intereses, sino por un puñado de personas todopoderosas. Así que esta visión desalienta la resistencia de las víctimas de este sistema. Da la impresión de que los trabajadores y los ciudadanos no tienen ninguna posibilidad de ganar puntos. Pero toda la historia de la lucha obrera y ciudadana demuestra que es muy posible defenderse y lograr progreso social: prohibición del trabajo infantil, limitación de la jornada de trabajo (hasta quince horas/día en el siglo XIX!), la obtención de la seguridad social (seguro contra el desempleo, enfermedad, accidente laboral, vejez…), cumplimiento de la higiene y la seguridad en el trabajo. Todos estos avances se han conseguido por las luchas obreras. Si los trabajadores europeos de hoy en día tienen un cierto nivel de vida, es gracias a las luchas de sus padres y abuelos, nunca debemos olvidarlo. Especialmente cuando los capitalistas ahora quieren retomar todo lo que debieron conceder.
Para defender estas conquistas y para obtener nuevos avances, es necesario no dejarse intimidar por la supuesta omnipotencia, oculta o no, de los patrones, sino al contrario verlos como son: con sus fuerzas, pero también con sus debilidades . Se debe, sin negar las dificultades, tener confianza en las propias fuerzas. El conspiracionismo es una forma de derrotismo y en el fondo hace el juego a los patrones y a la explotación.
Saïd Bouamama ha explicado bien la completa oposición entre los dos modos de pensamiento: “La teoría de la conspiración presenta los eventos políticamente importantes como el resultado de una conspiración global orquestada en secreto por un grupo social más o menos importante. El enfoque estratégico, es decir, materialista analiza la historia, como resultado de la lucha entre los grupos dominados (clases, minorías nacionales y/o étnicas, naciones, mujeres, etc.) y los grupos dominantes basada en una divergencia de ínterés material” [13].
La diferencia es esencial: el análisis materialista (en el sentido de un enfoque científico basado en hechos materiales, observables y comprobables) muestra cómo es posible luchar aprovechando los puntos débiles del oponente. Mientras que el conspiracionismo conduce a un callejón sin salida apuntando a falsos enemigos, generalmente inalcanzables.




El conspiracionismo no permite comprender las guerras
En cuestiones de guerra, hay muchos tipos de conspiración,  como hemos visto. Pero, de nuevo, sería peligroso creer que las grandes potencias ganan todas las conspiraciones que cocinan. La trama tiene éxito cuando hay despolitización y ausencia de movilización. Fracasa cuando la resistencia de las “víctimas” es consciente y bien organizada. Los Estados Unidos fueron vencidos en Vietnam; el pueblo palestino resiste desde hace más de sesenta años; los Estados Unidos ciertamente han sumido a Irak en el caos pero no han logrado controlar y explotar el país como Bush lo esperaba; los golpes de Estado han fallado en Bolivia, Ecuador, Venezuela. En resumen, el mundo es una lucha entre fuerzas opuestas, no siempre son los mismos los que ganan y depende mucho de la unidad y la conciencia de los pueblos. Sus ataques y conspiraciones pueden pues ser frustrados si la población ha sido bien preparada para resistir. Lo que comienza con una buena información sobre la realidad de las cosas.
Y para informarse bien, hay que romper, consciente y completamente, con los dos fantasmas: el conspiracionismo y la ingenuidad. Pues nos enfrentamos a dos peligros: ver conspiraciones por todas partes y no ver conspiraciones por ningún sitio. La primera teoría nos ofrece una explicación falsa que no permite comprender la sociedad ni transformarla. Al ocultar los verdaderos objetivos, hace el juego al poder. La segunda teoría quiere impulsarnos a confiar en los líderes políticos que nos dirían la verdad. Ambas son trampas paralelas.



¿Ver conspiraciones en todas partes? En lugar de estudiar detenidamente los mecanismos del capitalismo, el conspiracionismo es una explicación perezosa que algunos quieren imponer a las masas para evitarles pensar y para manipularlos. A menudo, con el fin de tomar el poder. Hitler hablaba de “una gran conspiración judeo-bolchevique” y en un primer momento tronó, en palabras, contra los bancos, pero era financiado por los grandes banqueros y los industriales alemanes y toda su acción les ha servido [14].

¿No ver conspiraciones por ningún lado? Aquellos que no ven conspiraciones “en ninguna parte”, ¡deberían entonces explicarnos para qué sirven los servicios secretos! ¿Los veinte mil empleados de la CIA cobran para jugar crucigramas o para conspirar? Es el momento de mencionar esta broma muy popular en América Latina: “¿Por qué no hay nunca ningún golpe de estado en los EEUU?”.  Respuesta: “Porque es el único país donde no hay embajada de los Estados Unidos! “.
Y cuando la NSA espía el mundo entero, ¿piensan vds. que es sólo contra el terrorismo o para ayudar en secreto a las empresas estadounidenses a debilitar a sus rivales extranjeros? La teoría de la ingenuidad, francamente, ¡no es mejor que la teoría de la conspiración!
Por último, ¿cómo conseguir una visión objetiva de la historia y de los conflictos actuales? En mi opinión, hay que decir que ha habido conspiraciones en la historia, incluso muchas (pensemos en los muchos golpes para sustituir a un dirigente por otro), pero ellas no hacen la historia, no constituyen la esencia. Son sólo un medio entre otros de defender intereses.




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3. ¿Por qué algunas personas hablan tanto de la “teoría de la conspiración”?
Entonces, si yo denuncio claramente el conspiracionismo ¿por qué algunos me acusan todavía ser un “conspiracionista”? ¿Y soy yo el único?
De hecho, nada de eso, desde que alguien critica la política internacional de los Estados Unidos, de Francia o de Israel, mostrando su carácter global, se ve acusado de “teoría de la conspiración”.
He aquí una lista (muy incompleta) de los “demonizados”: Ziegler, Chávez, Castro, Le Grand Soir, Lordon, Ruffin, Kempf, Carles, Gresh, Bricmont, Bourdieu, Morin, Mermet, Bonifacio, Enderlin, Cassen, Seno, Bové Péan, Godard, Jean Ferrat, Seymour Hersh, Wikileaks, e incluso los judíos analistas: Hessel, Chomsky, Finkelstein.
De hecho, es muy práctico. ¿No tiene argumentos en contra de los hechos expuestos? Entonces, simplemente trate a sus oponentes de “conspiracionistas” y la suerte está echada: ¡no hay necesidad de argumentar sobre los hechos, no hay necesidad de refutar las pruebas! La “teoría de la conspiración”, es el truco del abogado que sabe que su caso está podrido.
Yo he tenido personalmente  la prueba cuando debatí con Henri Guaino (autor de los discursos de Sarkozy). Expuse concretamente los crímenes de sus amigos de las multinacionales francesas en Mali y Níger. No teniendo nada que contestar, todo lo que halló para evadirse, fue “¡la teoría de la conspiración!” [15].
Hemos visto que la “teoría de la conspiración” fue inicialmente un concepto progresista desarrollado por Hofstadter para dar cuenta de los delirios y fantasmas del pensamiento  de extrema derecha. Por desgracia, según un método bastante típico, fue enseguida recuperada y manipulada por la CIA a partir de 1963. Se trataba entonces de desacreditar a los que exigían una verdadera investigación sobre el asesinato del presidente Kennedy: ¿por un hombre solo o por una conspiración? Y desde entonces, la “teoría de la conspiración” es utilizada constantemente por los responsables de los Estados Unidos para desacreditar a los críticos y rehuir el debate sobre los hechos. Porque la mejor manera de manipular, dividir y combatir a los progresistas es desviar y utilizar sus propios argumentos, hasta tal punto las ideas conservadoras son en sí mismas inconsistentes.
Si se limitara a eso, no sería en si un gran problema. Pero estos últimos años se ha reavivado en los medios y en Internet una campaña sistemática contra algunos analistas etiquetados arbitrariamente “de conspiracionistas”. ¿A partir de cuando? Desde la masacre de Gaza, en enero de 2009, cuando Israel se encuentra cada vez más aislado y criticado en la opinión pública internacional.
Esta campaña no cae del cielo. En fin, si más no: digamos, de la cima del estado. En los EE.UU., el sitio oficial del Departamento de Estado no borda mal sobre el tema “conspiracionismo y antisemitismo”. Del mismo modo, en Francia, después de Sarkozy, el presidente Hollande ha explotado la vena ante el lobby pro-israelí del CRIF:
“El antisemitismo ha cambiado de cara. (…) hoy en día, se alimenta también del odio hacia Israel. Importa aquí los conflictos de Oriente Medio. Establece de forma oscura la culpabilidad de los judíos en la desgracia de los pueblos. Mantiene las teorías de la conspiración que se propagan sin límite. Incluso aquellas que condujeron a lo peor. Hay que tomar conciencia de que las tesis conspiracionistas se difunden a través de Internet y las redes sociales. Mas hay que recordar que es principalmente por el verbo que se preparó el exterminio. Tenemos que actuar a nivel europeo e incluso internacional para que un marco legal pueda ser definido y que las plataformas de Internet que gestionan las redes sociales sean puestas frente a sus responsabilidades, y que se impongan sanciones en caso de incumplimiento” [16].
Confundiendo con mala fe el antisemitismo (racismo antijudío) y el antisionismo (rechazo del colonialismo israelí, es decir, de un Estado teocrático basado en una discriminación étnica, resumiendo, un estado completamente antidemocrático), el Presidente Hollande criminaliza a los solidarios con los palestinos. Les asimila resueltamente a los nazis y en realidad pretende prohibirnos hablar contra la política de Israel. La tesis de la “teoría de la conspiración” está preparando pues un ataque muy grave contra la libertad de expresión.
Siempre cercano al Palacio del Elíseo, Bernard-Henri Levy, obviamente sigue el juego acusando de “esa moderna enfermedad llamada la conspiracionismo” [17] organizando un “debate” en 2012 contra el “conspiracionismo”. Como le remarcó un espectador, ningún oponente fue invitado. Este hombre que tiene una enorme riqueza acumulada sobre las espaldas de los trabajadores de la madera africanos, mal pagados, maltratados y decididamente robados por su empresa familiar, se permite dar al mundo lecciones de dignidad humana y de rigor de pensamiento .



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Los grupos de presión manipulando los textos
Entonces, ¿es una coincidencia si las políticas rehuyen todo debate contradictorio y si se sustituyen por algunos pseudo-periodistas cercanos a Israel y los neoconservadores de Estados Unidos? En ese lobby de un nuevo género, se encuentran Caroline Fourest, Rudy Reichstadt y Ornella Guyet. Las tres han cooperado con grupos de derecha radical, de Estados Unidos o franceses. [18]
¿Es preciso entonces sorprenderse de que Caroline Fourest me tache de “complotista”, Rudy Reichstadt de “conspiracionista” y Ornella Guyet (a menudo escondida bajo varios seudónimos antifascistas) de “confusionista”? Bueno, ¿por qué ha salido ella con ese curioso concepto? ¿Porque se dio cuenta de que los otros cargos no se sostenían? ¿Para dar muestras de originalidad? La explicación puede ser más simple: nadie entiende ese término que no significa nada, y por lo tanto ¿cómo poder refutar un concepto tan… confuso …? Es práctico.
Las manipulaciones y las fuentes de extrema derecha de ese trío han sido expuestas con toda claridad por varios críticos: Fourest aquí [19] Reichstadt y su página web Conspiracy Watch, aquí [20] y Guyet, desenmascarado por Le Grand Soir, Acrimed y Le Monde Diplomátique, aquí. [21] Esos obsesionados con la teoría de la conspiración tienen dos características en común:




Primera característica: la manipulación de los textos. Ellos no buscan la verdad, sino que ocultan o distorsionan sistemáticamente mis textos que dificultan su tesis. O si no, me atribuyen amistades con personas que yo no apoyo (¡y, a veces, ni conozco!), esperando así ensuciar en amalgama. Todo esto no tiene nada que ver con el periodismo en el que se incluyen, en realidad son feroces fiscales que investigan siempre por encargo y descartan todo lo que contradiga sus acusaciones. No son periodistas, sino parte de los grupos de presión.
Se comportan así con todos sus “objetivos”. De una manera tan deshonesta que Pascal Boniface les ha dedicado un libro: “Los intelectuales falsarios”. Como ha indicado François Ruffin (el mensual Fakir, igualmente demonizado), los demonizadores aplican una receta deshonesta: “En primer lugar caricaturizar al extremo con el fin de dar una imagen simplista del adversario. Después concluir con el susodicho “simplismo” de estos “neo-izquierdistas” en su supuesta adopción generalizada de la teoría de la conspiración” [22].

Segunda característica: la cobardía. Los demonizadores rehusan cuidadosamente debatir con los que ellos demonizan. He aquí algo sorprendente: se molestan porque un amplio público en la oscuridad del conspiracionismo sea influída y manipulada por gente como yo. Pero cada vez que les he sugerido un debate contradictorio y publicado en mi sitio web Investig’Action, lo que les habría dado una oportunidad extraordinaria para devolver al redil todas esas ovejas perdidas, rehusaron cobardemente. ¿Por qué? La única explicación es que ellos saben que mienten, saben que sus argumentos se basan en falsificaciones de textos.
El debate sobre conspiracionismo es un falso debate movido para distraer. La verdad es mucho más simple: en las luchas sociales como en las luchas Norte – Sur, dominantes y dominados elaboran estrategias para ganar, es de hecho normal. Estas estrategias comportan batallas ideológicas, enfrentamientos abiertos y también complots. No todo es reducible a los complots, pero son parte de la estrategia de la lucha. Acusando de “conspiracionismo” se quiere desalentar la denuncia de las estrategias neo-coloniales y bélicas.
Queda una pregunta: ¿Por qué gastar tanta energía en demonizar? ¿Para cambiar de opinión a los que me leen? Imposible: saben que escribí exactamente lo contrario de lo que me atribuyen. Pero entonces ¿cuál es el verdadero propósito de los demonizadores? Se trata de asustar a los que no me conocen. Se trata de levantar un muro entre las personas que se hacen preguntas sin tener los medios para responderlas y nosotros, que proporcionamos respuestas con hechos concretos. Se trata de devolver a los dudosos a la versión oficial. Ridiculizar a los ciudadanos que cuestionan la versión oficial, machacando que el poder es honesto a pesar de sus defectos y que no hace falta hacernos preguntas: ¿a quién beneficia eso?
Para entenderlo, no hace falta limitarse a recorrer tal o cual ataque circulando en bucle por la red, sino que realmente hace falta ver el conjunto de lo que estas personas han escrito. A fin de entender de qué lado se alinean y adonde nos quieren embarcar.




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Caroline Fourest: ¿una conspiracionista?
Tomemos el caso de Fourest. Entre los medios de comunicación que la citan con complacencia como “experta en conspiracionismo“, ¿alguien irá a hurgar un poco más y señalar el artículo que ella publicó en el Wall Street Journal (periódico de la patronal de EE.UU.), artículo titulado “La Guerra por “Eurabia” [23]? Según Fourest, Europa estaría en trance de ser invadida por los árabes. Manipulados por el islamismo, esos inmigrantes incapaces de integrarse representarían una amenaza para la democracia. Hasta el punto de que Londres se convertiría en “Londonistan”.
Esta tesis delirante, la ha copiado ella directamente de tres ideólogos de extrema derecha. Uno se llama Norman Podhoretz, es un autor estadounidense que ha hecho campaña constantemente para bombardear Irán: “foco principal de la ideología islamofascista contra la que luchamos desde el 11 de Septiembre”. [24] Otra fuente es Daniel Pipes, otro ideólogo de la extrema derecha estadounidense, autor de La amenaza del Islam, se destacó particularmente apoyando al xenófobo holandés Geert Wilders.
Pero la creadora original del término Eurabia es Bat Ye ‘or, ensayista británico portavoz del lobby pro-Israel. He aquí cómo se presentó su libro “Eurabia – El eje euro-árabe”: “Desde hace más de tres décadas, Europa planifica con los países de la Liga Árabe la fusión de las dos orillas del Mediterráneo. Por el “Diálogo Euro-Árabe”, ha desarrollado una estructura de alianzas, y a menudo lealtades, con el mundo árabe. Europa sacrifica su independencia política, así como sus valores culturales y espirituales, a cambio de garantías (algunas un poco ilusorias) contra el terrorismo y los beneficios económicos que los países árabes le proporcionan. Si estos últimos suministran hidrocarburos a Europa, si le ofrecen mercados, no es sin imponer contrapartidas: exigen una apertura  continuamente creciente a su cultura, su lengua, su religión -el Islam- a sus emigrantes, que siempre quieren más numerosos. Se aprovechan de las condiciones del país de acogida con visos a mantener estos inmigrantes en su cultura de origen en lugar de facilitar su integración. Por último, la alianza euro-árabe se basa en una política común hostil a Israel y Estados Unidos. Es una estrategia de soborno de Europa que es así bien efectuada por los países árabes, con la complicidad activa de los órganos de gobierno europeos: la Comisión Europea pilota un poderoso dispositivo financiero sirviendo a esa política; ha desplegado una enorme tela mediática fabricando el “eurabe políticamente correcto”; ella reglamentó las instituciones escolares y universitarias, e incluso aún las iglesias, en esa empresa de desnaturalización de la identidad europea”.
Resumamos esta tesis de Eurabia: los países árabes aplican un plan secreto de islamización de Europa y las élites europeas son cómplices. ¡Si no es una teoría de la conspiración, somos el Papa! Por tanto, es muy sorprendente constatar que los medios de comunicación tan elogiosos con Fourest se callen completamente sobre este concepto de Eurabia, piedra angular de su “pensamiento”. Sin embargo, un análisis rápido permite encontrar ahí todos los criterios para la definición de una teoría conspiracionista según Hofstadter: 1. La conspiración dura varias décadas. 2. Lealtad a una potencia extranjera (el mundo árabe). 3. Europa sacrifica sus valores. 4. Los árabes imponen su lengua, su religión y sus valores. 5. El eje euro-árabe es hostil a Israel y Estados Unidos. 6. Los líderes de la UE dejan hacer o son cómplices. 7. Todo esto constituye una empresa para desnaturalizar la identidad europea.
El problema no se limita a Fourest. La web Conspiracy Watch se ha erigido también como “experta” del conspiracionismo para algunos medios de comunicación, los cuales olvidan mencionar que Reichstädt copia allí las tesis más racistas de los neoconservadores estadounidenses e israelíes.
Su padre espiritual, Pierre-André Taguieff, es a menudo presentado como un pensador, gran teórico de las teorías de conspiración. En realidad Taguieff violó groseramente la tabla de análisis de Richard Hofstadter, fusionándola con las prédicas islamófobas y belicosas de Daniel Pipes y Bat Ye ‘or. De 2009 a 2013, Taguieff ha publicado sus numerosos “análisis” en el sitio dreuz.info. Este sitio islamófobo de extrema derecha ve en Obama un “anti-semita”, que designaría por doquier a los “hermanos musulmanes”, lo que sería normal dado su segundo nombre “Hussein” [25]. Se ve el nivel, ¡y estas personas nos dan lecciones sobre el conspiracionismo!
Así, Levy, Fourest, Reichstadt, Guyet se han instaurado como una verdadera policía del pensamiento único. Para sofocar cualquier cuestionamiento. A través de nosotros, lo que atacan en realidad es el derecho de todos los ciudadanos a informarse libremente. Obviamente, cuando se ven sus métodos de falsarios, uno debe realmente preguntarse ¿por qué tantos medios les recopian amablemente cuando esas acusaciones no se sostienen? ¿En interés de quién? Esto nos lleva a nuestra última pregunta…



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4. ¿Los medios de comunicación hacen el juego al conspiracionismo?
Esta pregunta podrá parecer extraña puesto que los principales medios de comunicación no cesan de avisar contra del conspiracionismo. Pero ¿tal vez habría que echar un vistazo más de cerca? Algunos periodistas aman burlarse del público que se inclina a “creer cualquier cosa en Internet” y caer en el conspiracionismo. Este sentimiento de superioridad me parece desplazado. Por dos razones.
Primera razón: estos “grandes periodistas” ¿no han caído ellos mismos en muchas teorías de la conspiración?
– En Rumania, en diciembre de 1989, se anunció una fosa común de 4.632 víctimas de disturbios, muertos por balas o abiertos en canal con bayonetas. “Horrible fosa común de víctimas de los acontecimientos del domingo”, dice Le Monde. “Carnicería”, titula Liberación, “Cámaras de tortura donde, sistemáticamente, se desfigurarían con ácido las caras de los disidentes y líderes laborales”, dice El País. “Ceausescu, enfermo de leucemia, tendría que cambiar su sangre todos los meses”, dice la científica TF1. De hecho, esta gran conspiración de Ceausescu nunca existió como explicamos desde esas “revelaciones” y como los medios de comunicación tuvieron que reconocer dos semanas más tarde. [26] La fosa común era totalmente falsa.
– En 1990, estos mismos medios de comunicación anunciaron que Saddam Hussein, cuyas tropas invadieron Kuwait, había hecho volar todas las incubadoras de una maternidad en la ciudad de Kuwait, condenando a los bebés a una muerte horrible. Falso también.
– En 1999, justifican el bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia por la existencia de un “Plan de Exterminio” serbio para vaciar Kosovo de sus habitantes albaneses. Esta conspiración sólo existía en la imaginación fértil de los asesores en comunicación del ministro alemán de la  Guerra Rudolf Scharping.
– En 2003, la invasión de Irak fue justificada por el hecho de que Saddam Hussein ocultaba armas de destrucción masiva (químicas y biológicas) que nos podrían amenazar. Falso también.
– En 2011, el bombardeo de Libia se justifica por el hecho de que Gadafi preveía exterminar a las poblaciones resistentes y ya habría matado a seis mil personas en unos pocos días. Falso otra vez.
Y podríamos añadir muchos otros ejemplos. En resumen, los grandes medios de comunicación dadores de lecciones han caído en todas las trampas de la propaganda de guerra de los últimos treinta años. Peor aún: censuraron nuestras informaciones cuando dimos la alerta. En resumen, se puede uno preguntar quien debería tomar lecciones de vigilancia.
La segunda razón para ser menos arrogante: ¿continuar defendiendo a capa y espada la versión oficial sobre las guerras, negándose a criticar sus propios errores y rechazando todo debate público sobre la fiabilidad de la información, los medios de comunicación dominantes no crean ellos mismos ese reflejo de desconfianza general que sufren hoy día?
• Cuando las revistas estratégicas de Estados Unidos o de otras potencias occidentales (Stratfor, Rand Corporation, Foreign Affairs, etc.) exponen una versión completamente opuesta a la que se cuenta a la opinión pública, ¿por qué los medios no hablan de ello? Un solo ejemplo, Georges Friedman, director de Stratfor (cercano al Pentágono): “Los acontecimientos de principios de 2014 en Ucrania (fueron) el golpe de Estado más flagrante de la historia”. “Todo el Maidan (…) Los Estados Unidos han apoyado abiertamente el movimiento de los derechos humanos, incluido el aspecto financiero (…) Los rusos no han entendido lo que estaba pasando”. “Estados Unidos no pretenden “vencer” a Serbia, Irán o Irak, les hace falta extender el caos, para evitar que esos países se vuelvan demasiado fuertes” [27]. ¡Si nosotros escribiéramos la mitad de eso, ya nos tratarían de conspiracionistas!
• Cuando el propio Obama afirma: “El liderazgo americano implica violentar la voluntad de los Estados que no hacen lo que queremos que hagan. (…) Los Estados Unidos cuentan con la fuerza militar y otros medios para lograr sus objetivos. (…) Somos el más grande, el país más poderoso de la tierra. Aceptamos esta responsabilidad. Mi administración es muy agresiva en sus esfuerzos para intentar resolver los problemas” [28]. Nos gustaría que los medios nos dijeran si Obama ¿es también un conspiracionista?
• Cuando los correos electrónicos de Hillary Clinton confirman lo que hemos dicho desde el principio, a saber, que el objetivo de Sarkozy era meter sus manos en el petróleo y el oro de Libia, nos gustaría que los medios nos dijeran si Clinton ¿es también una conspiracionista?
En mi opinión, estas dos razones (caer uno mismo en las teorías de conspiración y negarse al debate) significan que los medios de comunicación son a su vez responsables del aumento de la sensibilidad conspiracionista. Las personas tienen buenas razones para ser cautelosas, ¡se les ha engañado tantas veces y tantas personas inocentes murieron a causa de estas mentiras de los medios! ¿Se dirá que los periodistas no son los responsables, que eso viene de los asesores compinchados y sus manipulaciones? Probablemente, pero ¿por qué no poner en marcha una completa investigación y un debate sobre esas manipulaciones? ¿No habría que poner a la gente en guardia contra la propaganda de guerra que se repite cada vez? ¿Tratarles como adultos?
Al negarse a hacerlo, seguir informando como si se nos dijera siempre o casi siempre la verdad, los medios animan a la gente a buscar la explicación en otro lugar. Y visto que desafortunadamente no hay educación sobre los medios en las escuelas, es pues inevitable que parte de este público desconfiado caiga en las fantasías repetidas por Internet.
Pero, si los periodistas desconfiaran un poco más, no tendríamos el truco de las armas de destrucción masiva a cada guerra. En resumen, los medios de comunicación no son inocentes, son los primeros responsables de lo que deploran sin analizarlo con seriedad y sin ponerse en cuestión. A mi ver, el conspiracionismo es el hijo no reconocido de los principales medios de comunicación.



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¿La única profesión que nunca se equivoca?
Lanzar a cada paso la etiqueta “conspiracionista” me parece una confesión de impotencia del periodista por temor a acometer un debate democrático sobre cómo la información puede ser manipulada desde arriba. Por desgracia, parece que esté prohibido a algunos periodistas admitir que estaban equivocados o fueron engañados. Como si esta fuera la única profesión que no comete errores jamás.
En realidad, ¿qué periodista nunca se equivocó? Pero las autocríticas son rarísimas. ¡No se puede correr el riesgo de bajar la audiencia y perder los ingresos de publicidad! Parecería que los medios se aplican la receta negacionista de Manuel Valls rehusando analizar las causas, es el eurojihadismo “Explicar, ya es un poco excusarse” [29]. ¡Práctico!
¡No se debate! Así, cuando el semanario L’Express – Le Vif consagra un informe al conspiracionismo, una “experta” en comunicación, Aurore Vande Winkel, recomienda no invitar jamás a “conspiracionistas” a la pantalla. Ni para rebatirlos porque “si lo hicieran,”contaminarían” (sic) a otros”. Lo que los medios deben hacer es dar la palabra a expertos sumamente especializados que desmontarán sus argumentos uno por uno. (…) Debe ser una prioridad restablecer la confianza de la población en el gobierno y los medios de comunicación” [30]. En este caso, ¿no es el cajón del dinero el que habla? ¡Y qué desprecio por la gente, supuestamente incapaz de hacerse una opinión por sí misma entre dos puntos de vista! Pero, servicio público o servicio privado, ¡la gente os paga para que les informéis correctamente, no para repetir los comunicados de las autoridades!
Menospreciándolo, Henri Maler (Acrimed) lo considera como un fallo grave de los medios dominantes: “Muy raras son las investigaciones periodísticas que (…) en los principales medios, no se limitan a denunciar a los “cerebros enfermos” y tratan de responder a los argumentos considerados “conspiracionistas”, dirigiéndose a vastas audiencias que dudan. Las explicaciones periodísticas, cuando existen, son difundidas por medios cuya audiencia es limitada. Ver conspiracionismo por todas partes impide a los periodistas enfrentarse a él cuando lo encuentran”. Y propone otro método: “Para esas derrotas del periodismo, un solo remedio: ¡menos maldiciones y más periodismo!” [31].
El filósofo Lawrence Paillard piensa también que es esencial debatir sobre la información: “La crítica de los medios inspirada por la sociología es el mejor antídoto contra la teoría de la conspiración. Ella demuestra en efecto que la falta de pluralismo es consecuencia de una lógica de clase y no el resultado de un pacto secreto” [32].
¿Lógica de clase? La falta de objetividad de los medios de comunicación y su sumisión al orden establecido requieren ciertamente análisis sociológicos como los que Herman y Chomsky han mostrado brillantemente en Manufacturing Consent (La fabricación del consenso) en 1988 [33]. Los contenidos mediáticos son influenciados por cuatro factores principales: la propiedad de los medios de comunicación (en manos del 1%), la publicidad invasiva de las multinacionales (ídem), y finalmente el dominio -consciente o no- de la ideología dominante (también la del 1%).
No vamos a desarrollar aquí este análisis que llevamos a cabo en otros lugares. Pero conviene refutar la idea de que todo el problema vendría de la falta de tiempo de que los periodistas disponen para trabajar bien. Ciertamente, hay una presión de “¡siempre más rápido! “, pero no lo explica todo. Hay que distinguir dos categorías. Por un lado, los periodistas (la gran mayoría) a los que su jefe no les deja tiempo para trabajar bien, controlar, verificar, investigar. A estos, uno sólo puede compadecerlos: en la información-mercancía (es decir, la Información con soporte publicitario), no es “rentable” practicar el rigor que les enseñaron en (algunas) escuelas de periodismo.
Pero, por otro lado, también tenemos el periodista que hizo sus elecciones políticas, conscientemente, del lado del 1%, y que se cree un Dios-sabelotodo. Por ejemplo, en ArteTv, he aquí como Daniel Leconte presentó una gran velada para desenmascarar supuestos conspiracionistas: “Creíamos ¡saberlo todo. Pues bien, parece que estábamos equivocados [34].  “Saberlo todo”, ¿esa es vuestra definición del buen periodista? Pero ¿no es eso exactamente lo contrario? ¿Buscar y hurgar en lo que no sabe para explicarnoslo bien? De hecho, a Leconte no le falta tiempo, le falta dignidad.
El mismo desprecio al ciudadano espectador se encuentra en Fourest. Así es como, en febrero de 2013, ella presentó su emisión “Los obsesionados con la conspiración” en France 5: “Ven conspiraciones por todas partes y han hecho de la manipulación por los medios de comunicación su única pantalla de lectura del mundo y de la actualidad. Estos son “obsesionados con la conspiración”, estas tribus de internautas sometidos a mercenarios de la propaganda pasados a maestros en el arte de desinformar para ridiculizar las identidades y desacreditar a la democracia, a la vez que la prensa”. Admiren las variadas trampas…
• “Tribus de internautas”: salvajes en el fondo, pero afortunadamente, ¡una antropóloga escuchando sólo a su valor nos librará!
• “Internautas sumisos”. Incapaces por lo tanto de pensar por sí mismos.
• “Manipulados” por “mercenarios”. Por supuesto, Fourest no cita ningún nombre aquí para evitar un juicio que ella perdería. Simplemente, insinúa que las personas que no adoran la política de Washington o Tel Aviv son forzosamente vendidos. Traidores, se les llama.
• ¿Traidores a qué? “A la democracia”. Que, como todo el mundo sabe, funciona admirablemente, los ciudadanos están todos encantados de que se escuchen sus necesidades.
• Y traidores también a “la prensa”. Que todo el mundo también sabe, no ha dejado de decir la verdad sobre todas las guerras. Fourest se cuidará bien de no decir quién la paga por la difusión de sus mentiras.
Fourest no trabaja como periodista, sino como miembro de un grupo de presión. No busca la verdad, sino el rol de perro de guardia. Así que cuando se nos pone esa etiqueta de “obsesionado con la conspiración”, cabrá siempre preguntarse quien habla, cuáles son sus antecedentes, qué intereses él o ella defiende. Será siempre necesario superar el juego de las etiquetas, comprobar los textos y analizar el fondo de las informaciones. Hacerse una opinión por sí mismo, no creer a nadie de palabra.

Conclusión
Resumamos nuestro análisis:
1. Sí, existen las conspiraciones. En la economía, en la política, en las guerras.
2. Pero no constituyen la explicación esencial del funcionamiento de nuestra sociedad. El conspiracionismo es un callejón sin salida que impide su comprensión.
3. Los obsesos con la “teoría de la conspiración” son una distracción para ocultar la falta de argumentos.
4. Los medios de comunicación, rechazando el debate sobre sus carencias, están haciendo el juego al conspiracionismo.
Investig’Action, al contrario, trabaja para proponer explicaciones que no sean simplistas, sino objetivas. Tener en cuenta la complejidad de las situaciones, extraer los intereses esenciales que se enfrentan, aclarar los métodos de desinformación que esconden estos intereses. Y exponer todo esto simplemente en un lenguaje accesible a todos. Porque la verdad está al servicio de la gente.
Fuente: Investig’Action

Notas:
[1] La responsabilidad de la CIA ha sido descrita en un informe interno The Battle for Iran hacia 1975, establecida por James Risen (New York Times) en 2000 y, finalmente, reconocida en … 2009 por Obama en su discurso en El Cairo: “Los Estados Unidos desempeñaron un papel en el derrocamiento de un gobierno iraní elegido democráticamente”.
[2] William Colby, director de la CIA (1973-1976) reconoció que la CIA había gastado siete millones de $ por requerimiento de Kissinger para “alimentar un clima propicio al golpe de Estado”. 30 años de la CIA, 1978.
[3] Entrevista en Le Nouvel Observateur, 15 de Enero de 1998.
[4] Entrevista de Democracy Now, 2 de marzo de 2007.
[5] http://www.independent.co.uk/news/uk/politics/tony-blair-and-iraq-the-damning-evidence-8563133.html
[6] Michel Collon, Israel, hablemos!, Investig’Action, 2010, p 348.
[7] Michel Collon, ¿Yo soy o no soy Charlie?, Investig’Action, 2015, p. 232.
[8] Observatorio del neoconservadurismo, Hoftstadter y las teorías de conspiración, https://anticons.wordpress.com/tag/hofstadter/
[9] https://anticons.wordpress.com/2015/04/28/theorie-du-complot-comment-le-best-seller-de-richard-hofstadter-le-style-paranoiaque-fut-detourne-par-les-neo-conservateurs-12/
[10] http://www.liberation.fr/futurs/2013/12/04/cartel-des-taux-l-ue-inflige-17-milliard-d-euros-d-amendes-a-8-banques_964103
[11] Monthly Review (EE.UU.), Mayo de 1949.
[12] Michel Collon y Denise Vindevogel, 14-18, se cree morir por  la patria, morimos por los industriales (video), http://www.michelcollon.info/14-18-On-croit-mourir-pour -la.html
[13] https://bouamamas.wordpress.com/2016/01/01/de-lesprit-du-11-janvier-a-la-decheance-de-la-nationalite-chronique-dune-annee-de-regression-culturaliste/
[14] Jacques Pauwels, Gran negocio con Hitler, Aden, Bruselas, 2013. Kurt Gossweiler, Hitler, El irresistible ascenso? Aden 2006.
[15] Esta noche o nunca, https://www.youtube.com/watch?v=7a0VHV6_7os
[16] http://www.lepoint.fr/societe/au-memorial-de-la-shoah-hollande-pourfend-la-theorie-du-complot-et-le-negationnisme-27-01-2015-1899969_23.php
[17] www.bfmtv.com/international/bhl-victime-du-complotisme-en-tunisie-844100.html
[18] Fourest: También con el CEO de Total en marzo de 2012 y en Tel Aviv. http://www.ojim.fr/portraits/caroline-fourest/. GUYET: http://www.upr.fr/actualite/upr-parti-politique/qui-veut-nuire-a-lupr-dr-jekyll-mrs-hyde-lantifasciste-boutoleau-et-la-tres-americanophile-professor-guyet
[19] Carta de Enlace a Karim Fadoul. Ver también mi libro, Yo soy o no soy Charlie, Capítulo 9. ENLACE
[20] https://anticons.wordpress.com/2013/09/09/rudy-reichstadt-opportuniste-neo-conservateur/
[21] http://www.legrandsoir.info/analyse-de-la-culture-du-mensonge-et-de-la-manipulation-a-la-marie-anne-boutoleau-ornella-guyet-sur-un-site-alter.html Ver también : http://free.niooz.fr/ornella-guyet-l-archetype-de-la-desinformation-anticons-observatoire-du-neo-conservatisme-4198539.shtml
[22] François Ruffin, El aire de sospecha, Fakir, 10 de Septiembre de 2013.
[23] http://www.wsj.com/articles/SB110729559310242790
[24] Las razones para bombardear Irán, andrynoss.net, jiuin de 2007.
[25] http://www.dreuz.info/2009/06/08/article-32392664/ http://www.dreuz.info/2015/09/29/barack-obama-nest-pas-musulman-mais-comme-il-les-aime-regardez-sa-nouvelle-trouvaille
[26] Solidario (Bélgica), 10 de enero de 1990.
[27] Kommersant 19 de diciembre de 2014.
[28] Obama “Estrategia de Seguridad Nacional” Barack, EE.UU., 2015.
[29] https://jeanyvesnau.com/2016/01/11/manuel-valls-expliquer-cest-deja-vouloir-un-peu-excuser-comment-faut-il-entendre-le-premier-ministre/
[30] Express – Le Vif 6 de febrero de 2015.
[31] www.acrimed.org/Journalisme-contre-complotisme-des-imprecateurs-qui-se-prennent-pour-des
[32] “Operación Correa: una película antídoto a la teoría de la conspiración”, Lawrence Paillard, La ZIndigné (s) Nº 24)
[33] Véase también nuestro ¡Atención medios!, 1992 (agotado).
[34] http://www.acrimed.org/Arte-et-la-theorie-du-complot-une-emission-de-propagande-de-Daniel-Leconte
– Ver más en: http://www.investigaction.net/complotiste-moi/#sthash.7N7qGo52.dpuf
Traducido por Carles Acózar Gómez para Investig’Action
Fuente : Investig’Action




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jueves, 25 de agosto de 2016

Richard Sennett: La lógica de fronteras / Rafael Gumucio



Hay dos cosas que siempre estuvieron ahí para Richard Sennett, uno de los sociólogos más prestigiosos de la actualidad. Una es la música clásica, la otra las viviendas sociales. Nacido en Chicago el Año Nuevo de 1943, creció en Cabrini Green, un housing project o complejo de edificios para personas de bajos ingresos, donde su madre llegó a trabajar como asistente social. A los trece años empezó a estudiar violonchelo y musicología en la reputada Juilliard School de Nueva York, y pensó que ese sería su destino, su pasaporte para salir de la pobreza y el gueto. Ahí conoció a Hannah Arendt y empezó a fundir en sus textos la literatura, la filosofía, la sociología y el urbanismo. A los 73 años, este profesor honorario de la London School of Economics y de la Universidad de Nueva York está a punto de publicar The Open City, el volumen que completará su trilogía sobre la sociedad contemporánea que componen además El artesano (2008) y Juntos (2013).

La historia de ese lento y complejo descubrimiento de su vocación está en el centro de El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad(2003), donde aborda el tema de la desigualdad desde la conciencia de sí mismo y la sensación de poder de los excluidos del sistema.

Eso que en otro libro llama los ocultos agravios de clase. El respeto es también una historia de las distintas formas en que la caridad y el trabajo social han tratado de comprender a los pobres, intentando servirles y al mismo tiempo olvidarlos. Sennett, un hombre alto y grande pero extrañamente delicado en sus gestos, y con una piel casi tan desnuda de pelos y marcas como la de un recién nacido, se ha propuesto devolver la voz de los desiguales al centro de la conversación sobre la desigualdad. No solo sus exigencias o necesidades, sino también su subjetividad, sus sueños, sus miedos, sus culpas y sus ganas.





Otro objeto recurrente de su investigación es la ciudad. Ha rastreado la transformación de la idea de ciudad desde el Renacimiento hasta nuestros días. Se ha preocupado también de los distintos sistemas de viviendas sociales, y eso lo llevó a desarrollar una relación con el arquitecto chileno Alejandro Aravena, de quien le atrae la idea de las viviendas incrementales. Para Sennett, estas resuelven la principal deficiencia de todas las políticas sociales, que es la ausencia de voz y voto de sus beneficiarios. Plantea que descartar como centro de esas políticas la experiencia vital de quienes las experimentarán termina por crear en el sujeto la impresión de verse atrapado en un experimento, como el hámster que da vueltas en la misma rueda.
Sennett se reclama heredero del pensamiento pragmático del filósofo norteamericano William James. En abierta rebelión contra las distintas corrientes del idealismo europeo, quiere pensar desde la experiencia concreta del ser humano.
No desde el ser, sino desde el hacer. Su carrera frustrada de violonchelista le enseñó que quizás la única salvación a la que podía recurrir era el ejercicio diario de una disciplina, rutinaria, regular, pero también perfectamente creativa y abierta. Seguir la partitura hasta que esta se abre hacia lo desconocido, lo inesperado, lo nuevo.

Obsesivamente, de un libro a otro, Sennett intenta rastrear las huellas en la vida íntima de las grandes políticas sociales. El título de uno de sus clásicos sobre la historia de la ciudad, Carne y piedra (1996), resume el viaje que emprende en la mayor parte de sus escritos: desde los monumentos de piedra inconmovibles hasta la carne misma de las personas más o menos anónimas que viven en urbes cada vez más atomizadas por el «nuevo capitalismo». Con un cuidado obsesivo, defiende la vida de esa persona supuestamente común, que se ha perdido en una sociedad transparente, que fomenta la especulación perpetua y la competencia desalmada, determinando incluso hasta las palabras para contarse a sí misma. Le interesa eso que llama la corrosión del carácter, es decir la pérdida de lo único que queda cuando no queda nada: la conciencia de ser uno mismo.   Sennett rastrea las historias de contables, obreros, enfermeras, constructores, y las pone en el contexto de los clásicos, no solo del pensamiento sino también de la literatura y el arte, tan importantes en sus libros como los datos estadísticos. Defiende así la rutina de las grandes fábricas y al mismo tiempo el trabajo del artesano que no compite con nadie ni con nada, sino que se funde en su trabajo para comprenderse en él a sí mismo.




Pero no solo se ha interesado en los grupos más anónimos de la sociedad. A pesar de su infancia y juventud en los barrios más pobres de la peligrosa Chicago, debutó en la sociología estudiando a la muy tradicional clase alta bostoniana.

Para su sorpresa, encontró en ella códigos comunitarios sólidos e interesantes. El dinero y el poder podían desaparecer, pero se mantenía una solidaridad de clase compleja y multifacética.
Entrevistando a hijos y nietos de la elite aprendió a escuchar al otro. Su método para abordar las entrevistas se parece mucho al de los periodistas de su generación, como Gay Talese o Janet Malcolm. Como una mosca en la pared que está y no está, aprendió a escuchar hablando, a usar su propia experiencia para permitirle al otro decir la suya. Siguió así a obreros y funcionarios medios para rastrear las transformaciones de lo que llama «el nuevo capitalismo» en la vida íntima de sus entrevistados. Y en otra obra clásica suya, El declive del hombre público (2011), aborda el final de la comunidad como lugar de expresión de las individualidades y la privatización de la acción política.



La artesanía, objeto de uno de sus títulos más inesperados, y que promueve como una respuesta a la desposesión de sentido a la que terminan llegando todas las grandes utopías contemporáneas, es algo que aplica a su propio trabajo. Apabullantemente completos, resumiendo siglos de pensamiento en pocas páginas, en sus textos nunca deja la modestia de quien pareciera descubrir en el acto su propio arte. Es imposible apartar de la cabeza esta última palabra, arte, cuando se leen sus libros, que no tienen nada de la vaguedad, la impresión o el voluntarismo con que se suele identificar ese concepto. Se leen como novelas donde las voces de los entrevistados y de los autores, las intuiciones del propio Sennett y los estudios de sus equipos se responden unos a otros, en una estructura siempre sorprendente en la que el rigor no es enemigo de la belleza.

«Es lo que mis lectores sociólogos más odian», sonríe con timidez en su oficina de la London School of Economics, uno de esos espacios falsamente gentiles, de vidrio y colores modulares, de los que habla en sus escritos.




«Trato de convertir la sociología en una rama de la literatura», sigue explicando, agazapado detrás de unos grandes anteojos de marcos muy negros, sin los cuales sería imposible discernir sus rasgos. «Me influyen mucho más en mi trabajo escritores, novelistas incluso, que especialistas en estadísticas. Mi modelo sería en eso Roland Barthes».
–Pero Barthes hizo el camino contrario al suyo. Partió de la literatura para moverse cada vez más hacia el lenguaje de las ciencias sociales.
–Esa separación es algo nuevo ahora, pero en el siglo xix teóricos esenciales como Stuart Mill o Tocqueville eran ante todo grandes escritores.
Algo pasó entre medio que yo creo que tiene que ver con las universidades. Algo que llamaría el cautiverio académico. Mucha de la sociología actual le interesa a un número muy pequeño de personas, aunque hable de temas importantes y serios. Es muy triste para mí. Imagínese, Marx era un periodista, nunca tuvo una plaza en ninguna universidad.



–Me interesa en sus libros la polifonía de voces: cada capítulo va respondiendo al otro hasta formar un todo. Tengo la impresión de que eso debe provenir de su pasado como músico. ¿Cuánto influye en su escritura la práctica del violonchelo?
–Trato de entender demasiado sobre lo que hago. Eso me pasa cuando escribo novelas.1 Uno no puede explicarlas demasiado. Trato de no pensar a propósito. Creo que la autoconciencia es un peligro en cualquier trabajo literario.
–Tal como en sus libros, hoy en Chile el tema de la desigualdad es una obsesión del debate público. Se hizo patente con las marchas estudiantiles del 2011. A mí siempre me llamó la atención que no fuese la salud, o la ciudad, o las condiciones laborales, sino el tema de la educación lo que encendió la alerta sobre el tema de la desigualdad.
–No creo que la educación sea la respuesta a la desigualdad, porque está capturada por la idea neoliberal. Tengo la impresión de que la obsesión por la educación es también una obsesión neoliberal. La educación busca talentos excepcionales, despreciando los talentos ordinarios. La base misma del neoliberalismo es que el talento es escaso. La elite entonces tiene sentido porque el talento es escaso. Esa es la clave de la ideología neoliberal. Lo veo aquí, en la London School of Economics. Esta es una escuela muy internacional, pero veo permanentemente a los alumnos compitiendo para ser el que lo logró. Veo el desprecio por los otros. Buscan ser el uno, el que lo logró entre los cien, dejando atrás a otros noventa y nueve.



–¿Tendría que haber una democratización del talento?
–Le puedo contar lo que ha pasado aquí, en Gran Bretaña. Solía haber una muy buena educación politécnica. Escuelas donde la gente salía con el título de policía, de enfermera, de obrero calificado. Esto cambió bruscamente con la idea de que la educación universitaria era la única que proporcionaba validez social. El resultado no es que se hayan creado puestos de trabajo para todos esos nuevos universitarios que de pronto llenaron el sistema. Los puestos de trabajo siguieron siendo los mismos. Pero los estudiantes empezaron a prepararse para fallar, porque por más esfuerzos que hicieran sabían que no iban a encontrar trabajo. Yo tengo muchos amigos en el mundo de la arquitectura. Muchos me dicen: el número de arquitectos que se necesita es cada vez menor, pero las escuelas de arquitectura se han multiplicado por diez.
–Hay algo además con esa búsqueda del talento que intenta la sociedad neoliberal. El talento nace muchas veces de la diferencia, de lo inesperado. Es muy difícil planificar lo impensado, construir una rutina que quiebre la rutina.
–Al final de mi libro El artesano me pregunto justamente eso. ¿Cómo tantas personas viven la obligación de ser muy buenos artesanos? No genios, pero estar en un nivel muy alto. Y buscando con más atención nos dimos cuenta de que muchos de los trabajos mejor remunerados y más comunes, como las finanzas o los de los medios, no requieren de ningún talento especial.
Esto es particularmente visible en finanzas. Te pagan mucho ahí por cosas que la mayor parte de la gente puede hacer, como la capacidad de ser deshonesto, o corrupto.



–Muchos amigos de mi mujer en Nueva York trabajan in money, en dinero. No trabajan solo para ganar dinero, o para gastar, sino que además trabajan en el sector del dinero. Producen y reproducen dinero a partir de dinero.
–Es lo que digo en ese libro, hay una desconexión total entre lo que llamamos meritocracia y la política y la economía. No hay relación alguna entre nuestro discurso meritocrático y la verdadera jerarquía del mundo actual. En tiempos de Diderot, en el siglo xviii, existía la idea de que se debía recompensar según el talento de cada cual. Ya no es así. El nuevo capitalismo ha roto con esa fantasía.
–¿La obsesión por la educación parece, quizás, una forma de retornar a esa fantasía rota?
–Es lo que me pregunto en el caso de Chile.
¿No cree que esa obsesión por la educación es una respuesta a los rigores de la primera edad del neoliberalismo? Hablo de los años ochenta y noventa. Puede ser que esa fe en la educación sea una manera de encontrar una especie de validación personal contra el sistema. Frente a ese sistema totalmente excluyente y exclusivo, quizás la educación es una forma de defenderse. Yo no sé. Una de las cosas que nos llamó la atención de Chile es justamente la aprobación del neoliberalismo. A todos los extranjeros nos chocó la fe en el neoliberalismo de los chilenos. Para mí eso es inexplicable.




–Bueno, se explica en parte por la violencia con que se implementó en los años ochenta, en plena dictadura. Pero también por una sensación de libertad, de fluidez, de ligereza que el nuevo capitalismo imprime en sus víctimas. Lo digo en primera persona, porque fue algo que sentí muy fuerte en los años noventa: la idea de ser un felino y no un funcionario, la de trabajar en cinco cosas al mismo tiempo.
–¿Y ahora qué le parece a usted eso?
–Es que ahora no es una liberación, porque es una obligación. No lo hago porque quiero, sino porque tengo que hacerlo para pagar las cuentas. Se me pide un esfuerzo extraordinario para conseguir metas que son ordinarias.
–Yo soy de otra generación que usted. Para mi generación era evidente que el capitalismo estaba sufriendo una crisis final. Eso lo compartíamos los marxistas y los progresistas no marxistas. En los años setenta era evidente para todo el mundo.
El neoliberalismo era algo que no esperábamos.
Recuerdo cuando empecé a hacer estudios sobre los primeros científicos que trabajaron en Silicon Valley, y quedé completamente sorprendido al ver que ellos hacían cosas nuevas, inestables y al mismo tiempo económicamente provechosas.
Eso para mí era una contradicción en los términos. Era algo que en mi esquema no podía funcionar, aunque es evidente que funciona a la perfección.
–¿Funciona o funcionaba?
–Yo creo que sigue funcionando. Funciona para cada vez menos personas, pero funciona. El motor de esta combinación sigue funcionando.
Hace un año visité las oficinas de Google y es lo mismo que Silicon Valley en los ochenta. Un monopolio hacia afuera, pero puertas adentro un mundo completamente abierto. El capitalismo monopólico feroz del siglo XIX, pero por dentro de la institución un mundo en el que nada es rígido, todo es dinámico.
–Es raro, porque muchas de estas empresas fueron creadas por jóvenes que jubilan a los treinta años. Es raro ese sueño de ganar dinero para no hacer nada después.
–Es la idea de ser el único, el elegido. Muy pocos realmente lo hacen. Es una fantasía de los jóvenes, pero la gente de cuarenta años ya no la tiene.



–En su libro El respeto, usted habla de las distintas formas en que se hace la ayuda social. Y contrasta la forma estatal, anónima o burocrática, que intenta no sentimentalizar la ayuda, con la caridad religiosa, que tiene rostro, nombre y apellido. ¿Cómo ve en ese contexto la emergencia del islam radical en algunos barrios marginales de ciudades en todo el mundo, como una manera de buscar respeto?
–Una de las cosas que me llaman la atención es esta idea de la religión no como fe sino como identidad. Muchos de estos fundamentalistas islámicos conocen muy poco del islam y se basan en ciertas reglas y ciertos supuestos culturales que son efectivamente islámicos, pero no nacen de un profundo estudio del Corán.
–¿Quizás este tipo excluyente de religión logra adeptos porque hace caridad con rostro humano? Dice a los marginados que son alguien y no algo, como lo hacen los sistemas estatales de solidaridad.
–Pero esto es tan antiguo como los griegos, lo que es nuevo es esa división entre nosotros y el resto del mundo. Una división que no se basa en lo económico sino en otras ideas. Después del 11 de septiembre del 2001, se pensó que los atentados en Estados Unidos los hacían los excluidos del sistema. Pero los que los cometieron eran burgueses muy bien educados. Yo creo que la idea de que esto es resultado de la exclusión social no sirve como explicación. Puede ser una respuesta a la globalización, aunque me parece que eso también puede ser un cliché. Yo creo que lo central del fenómeno es la idea de que si estás incluido todo está permitido, y si estás excluido del círculo de fieles nada está permitido.
La conexión entre la economía y esa forma de terrorismo no me convence en este caso. Creo que es mucho más complicado.
–¿Qué lleva entonces al terrorismo?
–El término «terrorista» me parece una trampa.
Yo no creo que el terrorismo islámico no tenga nada que ver con el terrorismo, por ejemplo, en América Latina. Creo que plantear ese término es una forma de esconder el problema.
–¿Cuál sería el problema? 
–Todas las investigaciones dicen que los jóvenes islámicos más religiosos son los que menos pertenecen a estos grupos. Esto me hace pensar en algo que era cierto en el cristianismo y que sigue siendo cierto en el judaísmo, sobre todo en Israel, y es que cuando se habla de religión se habla más de fronteras que de fe. Se trata de saber quién está incluido y quién está excluido.
–¿O sea, es un sistema de exclusión social alternativo al del dinero, que es el sistema de exclusión social del nuevo capitalismo?
–Pero eso no es esencial a la religión. Yo, porque tengo fe, me resisto a creer que es la religión en sí la que produce esto. El problema, para los que creemos, es cómo se puede vivir la fe en un escenario de profunda desigualdad, donde existen ellos y nosotros. Me resisto a creer que sea la religión la que provoca esa desigualdad. Hice contacto hace poco con sirios refugiados, y me dijeron que quienes han sido más castigados en los últimos tiempos no son ni los creyentes ni los no creyentes, sino quienes eran más inclusivos, es decir, los que no practicaban la lógica de fronteras.

1 Sennett ha publicado tres novelas: The Frog Who Dared to Croak (1982), An Evening of Brahms (1984) y Palais-Royal (1987).

Rafael Gumucio es escritor y profesor de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.



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