martes, 18 de mayo de 2010

John Banville / El intocable



“El hecho es que la mayoría de nosotros no tenía más que un conocimiento muy superficial de la teoría. No nos tomábamos la molestia de leer los textos: teníamos quienes lo hacían por nosotros. Los camaradas de la clase trabajadora eran los grandes lectores; el comunismo no habría podido sobrevivir sin autodidactas. Yo conocía uno o dos textos de los más cortos –el Manifiesto, por supuesto, ese grandioso y vibrante alegato cargado de buenas intenciones- y había empezado a leer Kapital –la omisión del artículo definido era de rigueur para nosotros, jóvenes a la última; lo que importaba era que la pronunciación fuera echt deutsche-, pero me harté muy pronto. Además, tenía que leer a causa de mis estudios, y eso era más que suficiente. De todas formas, la política no consistía en leer libros; la política era acción. Más allá de las frondosidades de la árida teoría se arremolinaban las masas, el Pueblo, la decisiva, auténtica piedra de toque, a la espera de que lo liberásemos convirtiéndolo en colectividad. No veíamos contradicciones entre la liberación y lo colectivo.

La ingeniería social holística, como la llama ese viejo reaccionario de Popper, era el lógico y necesario medio para lograr la libertad. ¿Por qué no habría de haber orden en los asuntos humanos? A lo largo de la historia la tiranía de lo individual no había traído más que caos y matanzas. ¡El Pueblo debía ser unido, debía ser fusionado en un ser único, vasto, que respirara al unísono! Éramos como esas turbas jacobinas de los primeros días de la Revolución Francesa, que se sublevaron en las calles de París anhelando la fraternidad y estrecharon al Hombre Común contra sus pechos con tal ardor que lo dejaron para el arrastre. “Oh Vic”, solía decirme Danny Perkins, meneando la cabeza y sonriendo amablemente, “¡cómo se habría burlado mi padre de ti y de tus camaradas!” El padre de Danny había sido minero en Gales. Murió de un enfisema. Un hombre fuera de lo común, no tengo la menor duda.

En cualquier caso, de todos nuestros modelos ideológicos, siempre preferí secretamente a Bakunin, tan impetuoso, voluble, extremado e irresponsable en comparación con el imperturbable Marx de velludas manos. Una vez llegué a copiar a mano la descripción elegantemente virulenta que Bakunin hizo de su rival: “El señor Marx es de origen judío. Reúne en su persona todas las cualidades y defectos de esa raza tan dotada. Miedoso, según algunos, hasta bordear la cobardía, es enormemente rencoroso, vano, pendenciero, tan intolerante y autocrático como Jehová, el Dios de sus padres, y, como Él, insensatamente vengativo.” (Ahora bien, ¿no nos recuerda a nadie esta descripción?)

No es que Marx fuera menos extremado que Bakunin, a su manera; yo admiraba en particular su aniquilamiento intelectual de Proudhon, cuyo posthegelianismo petit-bourgeois y su bobalicona confianza en la bondad innata del Hombre Común puso Marx en cruel y exhaustivo ridículo. El espectáculo de Marx destruyendo despiadadamente a su infortunado predecesor es terriblemente apasionante, tanto como observar a una enorme fiera de la selva hundir sus fauces en la panza abierta de algún pacífico herbívoro de miembros delicados. Violencia vicaria, esa es la cosa: estimulante, satisfactoria, segura.
¡Cómo lo retrotraen a uno a los días de su juventud esas anticuadas batallas por el alma del hombre! Estoy muy excitado, aquí en mi despacho, en estos últimos días de primavera llenos de insoportable expectación. Es hora de tomar una ginebra, creo.”
John Banville (El intocable)

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