jueves, 27 de mayo de 2010

Vargas Llosa / Manuel Puig



MARIO VARGAS LLOSA sobre MANUEL PUIG



De todos los escritores que conocí, el que parecía menos interesado en la literatura fue Manuel Puig (1932-90). Nunca hablaba de autores o libros y, cuando la literatura se infiltraba en la conversación, se mostraba aburrido y cambiaba de tema. En Manuel Puig y la mujer araña, su biografía muy bien investigada y cuidadosamente documentada, Suzanne Jill Levine afirma que, en ciertos momentos de su vida, Puig leía mucho, pero su propio libro parece contradecirlo cuando recrea el contexto de su sujeto: las referencias más frecuentes son a películas, actrices, actuaciones y, muchas veces, a la música popular. Muy de vez en cuando aparecen algunos autores (por lo general la persona, no la obra).

Un joven escritor argentino que lo visitó en Río de Janeiro se sorprendió al descubrir que en el departamento de Puig, donde tenía una videoteca de unas 3.000 películas, sólo había un puñado de libros; aparte de sus propios libros en español y sus versiones traducidas, el resto consistía, casi exclusivamente, en biografías de actrices y productores cinematográficos.No era un escritor inculto. Era un hombre de cine, o tal vez de imágenes visuales y fantasía, que se descubrió naufragando en la literatura casi por omisión. Levine relata cómo Puig llegó a su vocación literaria en forma gradual y casi por accidente; después de sus frustraciones como estudiante de cine en Italia y sus intentos fallidos porque se produjeran sus guiones y por encontrar trabajo como director, pasó casi imperceptiblemente de escribir para la pantalla esquiva a escribir para sí mismo, componiendo un texto autobiográfico basado en sus recuerdos infantiles de las películas que había visto en las salas de General Villegas, una ciudad pequeña de la pampa argentina.

Con los años, el texto evolucionó hasta convertirse en su primera novela, La traición de Rita Hayworth (1968). Con este libro comenzó una carrera literaria sui generis que, décadas después, lo catapultaría a la fama mundial, gracias al extraordinario éxito de la versión teatral y cinematográfica de su novela más popular, El beso de la mujer araña (1976).La obra de Puig, que consiste en ocho novelas, es una de las más originales de los últimos años del siglo XX. Su originalidad no reside en los temas, el estilo o, incluso, la estructura de su narrativa, aunque estos muchas veces ponen de manifiesto una habilidad soberbia y una inteligencia sutil, sino en los materiales que utilizó para crearlos, los tipos y estereotipos de la cultura popular: romances baratos, radioteatros y teleteatros, el melodrama feroz de los boleros, los tangos y las rancheras, las columnas de chismes, los escándalos publicados por la prensa sensacionalista y, sobre todo, la seudo-realidad creada por las situaciones, los personajes y los sueños de las películas. Todo esto fue retratado anteriormente en la literatura, de mil maneras diferentes, pero siempre como un elemento más en una compleja realidad humana.

La innovación en la obra de Puig es que la versión artificial y caricaturizada de la vida elimina y reemplaza la otra dimensión y se convierte en la única verdad. (…)La explicación es simple: como deja en claro la biografía de Levine, Puig aprendió de chico que los seres humanos habían diseñado un método para escapar, por un tiempo, de la crueldad y la miseria de este mundo y él sistemáticamente se apropió de la ficción hasta transformarla en su modo de vida. No la ficción de los libros, sino las películas que iba a ver todos los días con su madre, Malé, la figura más importante en su vida, a los cines de General Villegas. Las películas abrían las puertas de la irrealidad frente a sus ojos; poco a poco, convirtió ese refugio en su residencia privada, casi permanente, un lugar donde podía sentirse protegido y ser él mismo, a salvo de cualquier peligro que él eligiera no enfrentar, rodeado sólo por estas estrellas de cine sublimes, incitantes, excitantes. Su presencia lo enriquecía y compensaba una realidad sórdida.Para todo chico sensible, la vida real tiende a ser una experiencia dura, especialmente en una pequeña ciudad latinoamericana saturada de machismo y prejuicios salvajes, y mucho más para un chico que, al madurar, descubre su homosexualidad. Era un contexto inhóspito para este muchacho, atacado en la escuela y al que le gustaba vestirse de mujer. Y así, con la ayuda inconsciente de su madre, una fanática devota del cine, desarrolló la capacidad de vivir lo menos posible en la realidad y dedicar la mayor parte de su tiempo, energía e imaginación al mundo del cine.

Hasta qué grado Puig se sentía cómodo en el universo de ficción de las imágenes de celuloide queda demostrado en esta maravillosa anécdota: es medianoche en Nueva York en 1978. El cameraman español Néstor Almendros, un amigo íntimo, acaba de llegar de París y Puig lo obliga a ir a su departamento para hablar de películas, aunque Almendros ya está cómodamente instalado para pasar la noche en la habitación de su hotel. Almendros acepta y la conversación se prolonga durante horas. A eso de las 2 de la mañana, un Puig apasionado pronuncia elogios de Lana Turner, a quien llama una "mujer sensible" que intentaba hacer su trabajo. Almendros responde que, para él, es "una mala actriz, una prostituta" y dice que la desprecia. Puig abre la puerta y lo echa a empujones: "Una persona que odia a Lana no puede permanecer bajo mi techo. Eres como todas las otras mujeres francesas, desagradable y amarga". Con sus maletas bajo el brazo, Almendros tiene que irse y encontrar un taxi en las frías calles del Greenwich Village.(…)

La intensa vida homosexual de la época también aparece retratada, plena de anécdotas, ya que Puig se entregó a esa vida casi con la misma pasión que le dedicó a las películas. Tuvo infinidad de relaciones, desde encuentros casuales —la mirada perspicaz de Levine descubrió que entre las "muchas conquistas" de Puig estaban Stanley Baker y Yul Brynner— hasta relaciones de varios meses. Pero nunca pudo formar una relación estable, aunque siempre la anheló. (En sus últimos años se quejaba amargamente de haber pasado su vida "en una búsqueda infructuosa de un buen marido"). Estas circunstancias contribuyeron a la sensación de soledad que parece haberlo rodeado en su juventud, intensificada con el tiempo y devenida en neurosis al final de su vida.

Sin embargo, una vez reconocidas estas virtudes, me pregunto si la escritura de Puig tiene la trascendencia revolucionaria que le atribuyen Levine y otros críticos. Me temo que no. Creo que es más ingeniosa y brillante que profunda, más artificial que innovadora, y demasiado dependiente de las modas y los mitos de su época como para alcanzar, alguna vez, la permanencia de las grandes obras literarias, como las de un Borges o un Faulkner. Los grandes libros, a diferencia de las grandes películas, no están hechos de imágenes sino de palabras —es decir, ideas que surgen de una serie de imágenes y, finalmente, constituyen una visión del mundo, de la condición humana, del flujo de la historia—. Esta visión florece en el espíritu del lector, gracias a la riqueza y efectividad de un lenguaje y un estilo, y produce la fascinación de una obra literaria. En la escritura de Puig hay imágenes cuidadosas, hábilmente construidas, pero no ideas, ni una visión central que organice y le dé significado al mundo ficcional, ni un estilo personal. Hay fantasmas y manifestaciones de ingenio, algunos títeres de las sombras a los que la destreza formal del escritor ocasionalmente otorga una semblanza de realidad, pero, unas páginas después, desaparecen como espejismos.

La vida, en realidad, nunca se abre paso: está recortada por la superficialidad, una actitud que funde sustancia con apariencia y, en una inversión de valores, le da prioridad al parecer y no al ser.Por estas características, la obra de Manuel Puig tal vez sea la más representativa de lo que se llamó "literatura liviana", tan emblemática de nuestro tiempo: una literatura placentera que no exige ni tiene otro fin que el de entretener. Esta literatura rechaza como arrogante y estúpido el esfuerzo de los autores que creían que escribir podía cambiar el mundo, revolucionar la vida, transformar los valores, enseñar a sentir y a vivir. Nada de eso. La literatura debe aceptar que los libros que no son importantes ahora forman parte de la vida de la gente. Aceptar que el entretenimiento —que le ayuda a una persona a pasar el tiempo de una manera placentera, absorbente, comprometida, como lo hacen los programas de telvisión más populares— cumple una función honrosa y respetable, que es la tarea de la literatura en un tiempo de ritmos veloces y preocupaciones como el nuestro. Con tanto trabajo, tantas preocupaciones agobiantes, tantos placeres y diversiones, nuestros ciudadanos casi no tienen tiempo de ponerse serios y reflexionar, o de leer novelas que puedan darles un dolor de cabeza.

Traducción de Claudia Martínez.De: Bitácora de Manuel Puig / Cinosargo

6 comentarios:

  1. De M Puig solo he leído "Boquitas pintadas" (el "beso de la mujer araña no cuenta que la he visto en peli" y aunque me apliquen el primer grado no sabría decir de qué va el libro.
    Creo que lo lei por asociarlo con Puig, una marca de colonias que mi abuela usaba hasta el odio pituitario.
    Creo que es peor que digan que tu libro es malo a que ni tan siquiera recuerden que es malo.
    Salut

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  2. Vargas Llosa es un escritor al que desprecio y al que no leo, aunque sé que es alguien muy culto y leído y que domina su oficio. Si he incluido este texto en el blog es porque resulta muy ilustrativo sobre sus criterios, que son los de la corriente dominante en la crítica literaria, sobre la literatura "popular" y "la alta literatura". Lo que valora y lo que subestima. Resulta que "el culto" nos dice que la literatura de Puig era "así" porque Puig era "así". Sin embargo Corin Tellado era...

    Va a resultar que D. Mario puede ser divertido.

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  3. No me había fijado hasta el final de quien era el texto. No desprecio a V.Llosa, he leído tres libros suyos y no creo que pueda decirse que lo considera uno de los que volvería a leer o releer. Sus ideas me dan la mismo, creo que todos tienen derecho a pensar lo que quieran.
    no influye en mí si un autor es así o no lo es.
    Salut

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  4. Seguro que no me he explicado bien. Por su puesto que la gente tiene derecho a pensar lo que quiera y a expresarlo. Don Mario y yo (no me importa rebajarme a su altura), por ejemplo. El ha expresado su fervorosa admiración por Margaret Thatcher, su desprecio por la revolución cubana (antes fue fanático fidelista y luego fanático anticastrista) y ha calificado de escritores subalternos y corruptos a García Márquez, Cortázar y Benedetti.El pinochetista Borges le parece un ciudadano ejemplar o él mismo, sin ir más lejos, hizo su campaña para la presidencia en Perú con la subvención del amigo americano.
    En fin, no creo que haya que teclear mucho para ver la calaña de éste personajillo (con los méritos que ha hecho no me explico cómo, todavía, no le han dado el Nobel). La pequeña diferencia está en que el "pontifica" en púlpitos de primer nivel "The New York Times" "El País" etc. Y nosotros podemos debatir en nuestras modestas bitácoras.
    Ahora bien, lamento no compartir contigo el criterio de que da lo mismo cuales sean sus ideas. A diferencia de las obras artesanales, las obras artísticas están empapadas de "la filosofía" del "concepto del mundo" del artista que las crea, y esto ocurre de manera consciente o inconsciente, pero ocurre. La grandeza del "Quijote" es la grandeza de la concepción del mundo de Cervantes, su filosofía sobre el honor, la libertad, la iglesia, el poder, los motivos por los que se puede y se debe aventurar la vida...
    Un ejemplo más: Navokov era un ciudadano políticamente conservador y anticomunista. Los bolcheviques le habían incautado a su familia un impresionante palacio en San Petersburgo y una fortuna de 2.000.000 de dólares de la época.(¿Qué va a pensar la criatura?)
    Ahora bien, su novela "Lolita" obedece a la "filosofía" de alguien que saca a la luz toda la sórdida "realidad" que se oculta bajo la costra "rosa" del "american way of life". No solo la forma, el contenido de su obra es revolucionario. Se le puede perdonar que menospreciara a Cervantes y Dostoyevski...
    La obra de D. Mario está empapada de su concepción "reaccionaria" del mundo, por eso le desprecio, a él y a su obra. Yo no soy políticamente correcto, hay "ideas" que de ninguna manera me parecen "respetables".
    Así que como Manuel Puig era maricón y peliculero y tenía pocos libros en casa por eso le salió una obra artificial y sin vida...
    Si hubiese sido tan machote y tan leído como Don Mario...
    ¡Lo que hay que leer!

    Un saludo.

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  5. Estoy de acuerdo contigo. Yo no soy tan dura ni tan culta a la hora de calibrar los autores.
    Coincido con que algunos se venderían por un plato de lentejas (quien dice lentejas dice premio N) pero también es cierto que muchos han traspasado los límites de su propia realidad para crear libros universales para suerte nuestra.
    Soy bastante idealista y creía que tener una u otra tendencia ya no condicionaba a la hora de juzgar. Veo que me equivoqué. De todas maneras aunque Puig fuera un macho ibérico digno de tener en lo anales de la historia, tampoco me diría gran cosa.
    Salut
    Me pasa un caso parecido al tuyo con Fernando Savater.

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