lunes, 14 de junio de 2010

Dublinesca / Colectivo "Sepu"


Dublinesca / Editada por Enrique Vila-Matas.

Se iluminaron las farolas y de nuevo estalló la azarosa lluvia. Javier se hallaba junto a la ventana, como hipnotizado, fumando y mirando distraídamente la calle que, desde las alturas, se veía solitaria, tranquila y como adormilada. Sin ningún motivo especial –quizá el humo del cigarrillo- giró el cuello y miró a su derecha, a lo lejos, hacia el principio de la calle donde, si conoces, se pueden adivinar las columnatas del edificio de la casa de los Auster, a este lado del puente O’Connell. En el mismo instante, y como surgiendo de la bruma sobre lo real, apareció la desconocida. Se protegía de la lluvia con un paraguas decorado con minúsculos lunares, negro sobre blanco, y llevaba sin abotonar –ondeandose caprichosamente frente al viento- una gabardina gris.

La distancia y el paraguas se lo impedían, pero no necesitaba ver su rostro; sin duda era una mujer joven, sus vigorosos y decididos movimientos – sus pasos de baile- le impulsaron a imaginar que probablemente se dirigía a alguna cita importante, quizás prometedora. Sí, una vez más, a partir de “una” imagen Javier no pudo evitar su insensata tendencia a privilegiar, sobre otras opciones, la lectura literaria de cualquier incidente y asoció la gabardina y el viento con las enormes e inmaculadas bragas de Catherine Deneuve el día de su boda; la lluvia con Salinas (Asturias) y Dublín; los ágiles pasos de la desconocida –hacía este lado- con el salto de Cavalcanti; los camareros con Zamora; la mezquindad de los anticipos con Anagrama; el conglomerado de citas con “novela”; la nocilla con la manteca colorá, el salto inglés con el saqueo continental… ¿París no se acaba nunca?


Menos fugazmente de lo que le pareció a Javier, la desconocida alcanzó el ecuador de la calle, casi justo debajo de su ventana. Fue alertado en ese preciso momento por la recurrente percusión de los tacones sobre la acera mojada y regresó, por fin, de su ensoñación dublinesca. Aquí, en el continente, en la realidad de los bistecs, dónde la gente se apellida López, en el paraíso de los tópicos, seguía en escena la fina cortina de lluvia, los espejos de las nubes y el consabido temblor de las luces sobre el asfalto.

Javier observa, algo sorprendido, cómo la joven pausadamente reduce su velocidad y sus pasos se hacen cada vez más cortos hasta que llega a pararse; luego inclina hacia un lado el paraguas, levanta la vista y las gotas de lluvia se apresuran a cubrir su rostro de destellos plateados; brillan sus oscuros ojos y dirige la mirada –sí, no hay duda- justo hacia él, hacia su ventana.
- Soy yo, mírame, parece estar diciendo.
El rostro de Javier se ha quedado absolutamente exangüe, sus músculos, todos, se han ido progresivamente petrificando, su piel es ya mármol digitalizado; su voz es silencio, se siente como en un sarcófago, para su gusto demasiado angosto, en la Florencia de Dante.
-¿Eres tu Beatrice?
No puede ser -piensa Javier entre el temor y el deseo- esto no es Nueva York, no es Dublín, no es BCN. ¿Qué galaxia es ésta? ¿Dónde está la sangre? ¡¡Mi sangre!! ¿Es esto la meta-literatura? ¿Qué dice Google?
¡Dios mío! ¡En qué “Planeta” más zafio me has hecho renacer!
- Así que era esto…bien, bien, bien…
Ella, como si leyera su pensamiento, pero en realidad lo que ocurre es que interpreta su silencio como un rechazo, titubea durante unos instantes y finalmente, inconsolable pero menos, prosigue su camino. Avanza como una afilada navaja y el sonido de sus pasos claveteando por encima de la lluvia, languidece, se apaga lentamente, hasta enmudecer tras la esquina del ciber. El golpe ha sido certero. Todo se desmorona.


La lluvia arrecia. Hacia el puente cruza un caballo blanco envuelto en el sordo retumbo de sus cascos sobre el pavimento y tras él, una carroza fúnebre torpemente enjaezada con unos aparatosos crespones negros de indecoroso plástico y, para rematar el adefesio, el viejo logotipo “Gutemberg” serigrafiado en el portón trasero. Les siguen un reducido cortejo de “Planetarios” calígrafos y amanuenses; todos ellos adornados en su oreja derecha con un horrendo lápiz latino y la preceptiva servilleta blanca doblada sobre el antebrazo izquierdo. La lluvia cesa. Los vientos barren la calle y la ausencia y los destellos y los lunares, con innecesaria crueldad. Todos se han borrado. Y punto.
Javier, sufriendo las ya olvidadas consecuencias de la resaca, trata de soñar que todo lo ha soñado (exceptuando si acaso las peras de la mujer con cara de manzana).
“Mucho mejor, al final de todo, que las penas se pierdan y regrese el silencio. A fin de cuentas, es como has estado siempre. Solo.”
Hemos dejado de ser incondicionales pero, gracias D. Enrique, anota en su cuaderno.

Reseña editada por: Colectivo “Sepu”

2 comentarios:

  1. Tengo el libro aparcado hasta verano. No quiero leer muchas críticas ni nada que hable sobre él por no formarme una opinión. Sin embargo, ésta la he leído es que siempre me contradigo.
    Todos sus libros (los que he leído) me han hecho replantear muchas cosas, sobre todo el concepto de literatura y novela.
    Salut

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  2. Estoy de acuerdo, él siempre ha estado preocupado por esos temas En su última novela parece que desea dar "el salto inglés" para leer y ver desde otra lengua y otros autores.
    Espero que disfrutes Dublinesca.
    Un saludo.

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