domingo, 27 de junio de 2010

Mark Strand / tres poemas




Llegar a esto
Hicimos lo que se nos dio la gana.
Nos libramos de sueños, prefiriendo la industria
pesada de cada uno, y le abrimos las puertas al dolor
y al hábito imposible de quebrar lo bautizamos “ruina”.

Ahora estamos aquí.
Está lista la cena y no podemos comer.
La carne está apoyada sobre ese lago blanco que es el plato.
El vino espera.

Llegar a esto
tiene sus recompensas: nada se nos promete y nada se nos quita.
Y no tenemos corazón ni gracia que nos salve,
ningún lugar adonde ir, ni tampoco razón para quedarnos.

Tú dicesEstá todo en la mente, me dices, y no guarda
ninguna relación con la felicidad. Pueden venir el frío
o el calor, pero la mente tiene todo el tiempo del mundo.
Me tomas del brazo y me dices que algo está por pasar,
algo insólito, para lo que siempre estuvimos preparados,
igual que el sol que llega después de un día en Asia,
o la luna que parte tras pasar una noche con nosotros.


La noche, el porche
Mirar fijo el vacío es aprender de memoria
el lugar hacia donde seremos arrastrados,
y desnudarse al viento es sentir lo inasible
en algún lugar, cerca. Los árboles se pueden
agitar o estar quietos. El día o la noche pueden
ser lo que quieren ellos. Lo que deseamos, más
que una estación o un clima, es la comodidad
de ser extraños, aunque sea para nosotros.
Ése es el quid de la cuestión. Incluso ahora
pareciera que estamos esperando algo,
que con su aparición se esfumara. El sonido
de unas hojas que caen, o quizá de una sola,
o menos, todavía. Lo que hay para aprender
es infinito. El libro nos dice todo eso
pero jamás fue escrito con nosotros en mente.






Mark Strand

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