jueves, 10 de junio de 2010

Roberto Fontanarrosa / Cartas para Annie


Rosario, 3 de agosto de 1987.


Estimada señorita Finnegan:
No puede usted siquiera imaginar la profunda emoción que me embargó al recibir, esta mañana, su carta. En rigor de verdad, señorita Finnegan, guardaba muy pocas esperanzas de recibir una respuesta suya, máxime que mi petición de correspondencia epistolar fue lanzada al azar, globalmente, sin apuntar a una persona física determinada. Le confieso que dudé mucho antes de escribir a la sección "Correo del Mundo" de la revista de la Unesco, ya que consideraba eso algo propio de la gente joven, de muchachos implusivos con deseo de contactarse. Y además, porque temía que no la publicasen, como no publicaron mis ocho misivas anteriores. Por eso, le reitero, señorita Finnegan, jamás me atreví a suponer que alguien como usted, una joven británica, sujeta a una educación real, forjada y modelada en costumbres sin duda victorianas, se haya tomado la molestia de responder a la invitación al diálogo por parte de un desconocido, habitante de un remoto ámbito del globo. De allí, también, mi emoción, que ojalá usted pueda comprender, señorita Finnegan.


Los latinos, los nativos de esta nación argentina de la cual es posible usted jamás haya escuchado hablar, somos descendientes de españoles e italianos. Gente afectuosa y emotiva, que demuestra sus estados de ánimo sin temor al ridículo, sin falsos pudores, pero lejos del mayestático y digno hieratismo que lucen los súbditos de la Rubia Albión. No quiero distraer su precioso tiempo, señorita Finnegan, ya que imagino que estará ocupada en sus trabajos de jardinería o en la cocción doméstica de esos deliciosos scones que ustedes tan bien saben hacer. Pero abrigo la esperanza de que no sea este nada más que un contacto pasajero, si no que se trate del comienzo de una prolongada y fructífera amistad. También me ha impactado, le confieso, su perfecto dominio del idioma español, aun sabiendo positivamente que el acopio cultural es un rasgo predominante en los sajones y que por ello supieron, en algún momento, expandir sus dominios por todo el mundo. De todos modos, no hubiese pensado nunca que una persona como usted se interesara en una lengua como la castellana, tan pobre y carente de gracia ante la precisa consistencia del inglés. Aguardando su próxima carta con renovada esperanza, suyo
Lamberto.

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29 de agosto de 1987.


Estimado señor Lamberto Margulis:
Debo confiarle que yo también, en un primer momento, vacilé en contestar a su generoso petitorio, su amplia convocatoria al diálogo. No soy de las que responden a la propuesta del primer hombre, no se si me comprende. Pero intuí en su prosa, breve pero serena, el espíritu de alguien que no desea perder su tiempo en bromas tontas si no que ansía una real comunicación a nivel humano. Por otra parte, admito, me atrae el contacto con una persona que habita tierras tan ajenas a estas islas y sobre las cuales me gustaría saber mucho más, pues me reconozco ignorante de todo aquello que no este bajo los dominios del Commonwealth. ¿Cómo es Rosario? ¿Está sobre el mar? ¿Es también castellano lo que se habla allí? ¿Es una población amurallada? ¿Es la harina de pescado su principal fuente de ingresos? ¿O la copra? Espero no agobiarlo con mis preguntas, pero he sido siempre una persona inquieta, curiosa, que todo lo consulta. Le diré que tampoco soy yo lo que puede llamarse una mujer joven; lo digo en relación a su suposición de que este tipo de contacto epistolar está reservado para la juventud; pero tampoco me considero una mujer madura. Creo firmemente que la juventud reside en la personalidad de cada uno y no en el paso del tiempo cronológico.


Con respecto su interés por mi dominio del español, le informo que accedí a él por pura necesidad, ya que mi familia tomó, dentro del personal de servicio, a una señora natural de Cádiz, España, que no hablaba en absoluto nuestro idioma. Esto nos ocasionó un sinfín de inconvenientes, en especial cuando procuramos explicarle el funcionamiento del lavarropas y procuró cocinar dentro de él un pavo trufado. Fueron tantos sus desatinos que me vi obligada a adentrarme en las dificultades del castellano en procura de dominar a esa mujer. Dispense lo breve de mi misiva, pero aquí los días son muy cortos y tampoco somos los ingleses gente muy dada en un primer momento. Espero, no obstante, recibir sus interesantes noticias desde el otro lado del mundo.
Miss Finnegan.

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