jueves, 1 de julio de 2010

Antón Chéjov




La grosella
"Los hombres que vemos son aquellos que van al mercado a hacer la compra, los que de día comen, de noche duermen; vemos a los que van por ahí diciendo tonterías, se casan, envejecen y llevan apacibles al cementerio a sus difuntos; pero no vemos ni oímos a los que sufren. Todo cuanto de pavoroso tiene la vida ocurre no se sabe muy bien dónde, como quien dice tras bastidores. Todo es silencio y calma; solo protestan las mudas estadísticas: tanta gente se ha vuelto loca, se han bebido tantos baldes de vodka, tantos niños han muerto de desnutrición...

Y este orden de cosas parece necesario; el hombre feliz, al parecer se siente bien porque los desgraciados arrastran en silencio su duro destino y porque sin este silencio la felicidad sería imposible. Es como una hipnosis colectiva.Haría falta que tras la puerta de cada hombre feliz y satisfecho hubiera alguien con un martillito que le recordase continuamente con sus golpes que existe gente desgraciada, que la vida, por feliz que sea, tarde o temprano le enseñará sus garras y la desgracia —la enfermedad, la pobreza, la muerte— caerá también sobre él, y entonces nadie lo verá ni lo oirá, como ahora él tampoco oye ni ve a los demás. Pero no tenemos a este hombre del martillo. El hombre feliz sigue su vida, los pequeños quehaceres de cada día le afectan muy por encima, como a la encina el viento. En resumen, todo está a pedir de boca...
Aquella noche comprendí que también yo era un hombre feliz y satisfecho —prosiguió Iván Ivánovich poniéndose de pie—. Que yo también, en la mesa o en mis paseos de caza, daba lecciones de cómo vivir, cómo creer o cómo dirigir al pueblo. Que yo también decía: El estudio es luz, es necesario instruirse, pero para la gente sencilla basta de momento con las cuatro reglas. La libertad es un bien, decía yo, vivir sin ella es imposible, es como el aire, pero por ahora hay que esperar un poco. Sí, así hablaba yo. Pero ahora pregunto: Esperar, ¿en nombre de qué? —preguntó Iván Ivánovich mirando con severidad a Burkin—. Esperar, ¿en nombre de qué, les pregunto. ¿En nombre de qué argumentos?Me dicen que no puede hacerse todo de la noche a la mañana, que en la vida cualquier idea se hace realidad de modo paulatino, a su debido tiempo. Pero, ¿quién dice eso? ¿Dónde está la demostración de que es justo? Ustedes se remitirán al orden natural de las cosas, a la ley intrínseca de los fenómenos. Pero ¿qué orden y ley hay en el hecho de que yo, un hombre que vive y piensa, me encuentre ante un foso y espere que este se llene por sí solo o que se cubra de barro, cuando podría saltarlo o construir sobre él un puente? Y nuevamente digo: Esperar, ¿en nombre de qué? Esperar cuando no haya fuerzas para vivir, ¡y entre tanto hay que vivir, hay ganas de vivir!"

Antón Chéjov

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