viernes, 23 de julio de 2010

El suplicio de las moscas / Elías Canetti


Wheen, a quien aprecio mucho, bibliotecario del "Victoria and Albert Museum", me refirió hoy la primera humillación que recuerda de su infancia. Creció en Australia, en Sidney, donde nunca tuvo trato con los nativos. Un día, tendría unos ocho años, toda la clase se fue de excursión con el profesor a Botany Bay, donde había una reserva de indígenas. Llevaban éstos una vida miserable rodeados de suciedad y ahogándose en alcohol. El profesor les condujo hasta un anciano que hacía las veces de cabecilla. Estaba tumbado a la entrada de una cueva y, al ver a los niños, les volvió la espalda. El profesor trató de convencerle de que hablase con ellos asegurándole que habían venido para verle. El anciano miró al pequeño Wheen e hizo un gesto de repugnancia como aquél no había visto jamás. Luego se volvió de nuevo y ya no fue posible hacerle cambiar de parecer. El asco que había mostrado fue algo que Wheen no pudo olvidar.


Durante el resto de su vida se sintió un ser repudiado, despreciado.Cuando, más adelante, siendo ya un joven, viajó a Europa, descendió del barco en Suez y se dirigió al barrio de los nativos acompañado de una muchacha. Un nativo que tenía un rostro muy bello y altivo se les acercó y le escupió a Wheen a la cara sin que mediara provocación alguna. Hablamos luego de otras cosas, y sólo más tarde le pregunté cuál había sido su reacción. No devolvió el golpe, y se sintió muy mal después de aquello, me dijo, y aún más la muchacha, que había esperado de él esa reacción, la más natural. Explicó su comportamiento achacándolo a la cobardía, y durante la larga discusión que mantuvimos en torno al asunto se negó a renunciar a esa palabra. Cuando al cabo de una hora nos separamos, me preguntó de pronto si no me había avergonzado nunca de ser blanco.

Elías Canetti / El suplicio de las moscas

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