sábado, 24 de julio de 2010

F. Scianna




Empecé porque no quería ser médico o abogado como querían mis padres. Hacía fotos en el pueblo, de las chicas que me gustaban, de los vecinos, de las fiestas. Siempre tenía la sensación de que lo que capturaba estaba a punto de perderse. Como fotografiar Pompeya el día anterior a la explosión del volcán.
Mi concepción de la fotografía se centra en la idea del relato y de la memoria. Lo mismo que sustenta la literatura. Esta consideración resulta provocadora para la deriva de la noción de fotografía en la cultura contemporánea. La fotografía fue históricamente vivida y pensada como instrumento de documentación y testimonio. Sirvió para guardar nuestra memoria, la huella del tiempo que corre inexorable. Era escritura de la realidad. Hoy ha mutado su concepto central. Se mira, se muestra y se usa la imagen fotográfica como cualquier objeto estético. Se exige un acercamiento a ella igual al que requiere un cuadro.
A nadie se le ocurrió jamás montar una polémica sobre quién era el hombre a punto de ser fusilado en la pintura de Goya. Sin embargo, sobre el miliciano de Robert Capa se levantan un montón de interrogantes. Esto demuestra que una foto se interroga como huella de la realidad y no solo como imagen estéticamente convincente o conmovedora. Por esta razón no hacen un favor a Capa los que ahora zanjan la cuestión: "No importa saber si el varón de la foto fue fusilado o murió de viejo al cabo de muchísimos años. De todos modos es una imagen potente y bellísima".
La foto es un documento. Un fragmento de espacio y de tiempo único e irrepetible que se queda atrapado en un papel plateado.
No existe la fotografía en abstracto. Cézanne sí podía pintar manzanas sin tenerlas enfrente. La foto de un fruto, al revés, representa aquel particular fruto en aquel instante preciso. No puedo disparar y capturar la imagen de algo visto dos horas antes. Pero podría pintarlo. Si, como está pasando hoy, se emprende el esfuerzo conceptual de quitarle a la fotografía su sustancia de documento, si se le cose encima una presunta función poético-simbólica, se distorsiona su razón de ser. Se transforma en otra cosa. En arte, en lo que Aristóteles definía un objeto de creación subjetiva y arbitraria. Se cuelga en los museos y sobre todo se le cambia la etiqueta del precio.
No me considero un creador, sino un receptor. Soy un intérprete. Capturo un trocito de realidad, no la construyo.


La fotografía está en vías de extinción. Nació en la época positivista, en la primera mitad del siglo XIX, cuando el hombre quiso ordenar, comprender y dejar constancia de la realidad. Aquel impulso fundamental ya no caracteriza nuestro espíritu. Lo demuestra claramente lo que pasa con el NIE (DNI). Siempre ha llevado un retrato, ahora están pensando sustituirlo con un chip.
Hay sobreexposición. Pero la imagen ya no se usa para establecer un contacto con la realidad, para documentarla y testificarla. Todo lo contrario. La imagen domina la realidad. Paradójicamente, oculta la verdad, edulcora el mundo, lo retoca, es pura cirugía estética.
Sciascia fue un amigo, un maestro, un compañero: el pilar de mi vida. En 1963, alguien lo llevó a comer en Bagheria. Yo era un chaval cualquiera aficionado a la fotografía y tenía montada una exposición en el pueblo. Por casualidad Sciascia entró a verla y dejó un comentario muy gentil con su contacto. Cuando fui a conocerle me propuso hacer juntos un libro sobre las fiestas religiosas en Sicilia [que ganó el prestigioso Premio Nadar]. Fue un flechazo. Tuvo que morir para separarnos. Debo a él mi enamoramiento por España. Sobre todo por el Sur, tan afín a Sicilia. Hay algo en Andalucía que me hace sentir en casa.

El amor por esa tierra, Sicilia, siempre es oscuro, atormentado. A menudo obliga a poner distancias. Es bipolar, una continua contradicción entre afecto y rencor.
Por eso de Sicilia no te vas. De Sicilia huyes. Y no basta. Es violenta, como su sol. Allí aprendes de pequeño a esquivar la luz del sol, porque te asa los pies y daña los ojos, y a buscar la sombra. Por haber nacido allí, veo el mundo como un choque de luz y sombra, blanco y negro, un contraste neto, sin grises. Cartier Bresson me confesó que consideraba el momento ideal para tomar fotos una mañana con luminosidad velada, tintes matizados. ¡Yo ni me la puedo imaginar! Mis fotos, hasta las de moda, son un exorcismo de la luz despiadada de Sicilia.
¿Volver? Quizás a morir. Una tierra perfecta para morir.


De El País, ligeramente abreviado.

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