miércoles, 14 de julio de 2010

Flann O'Brien / (3)


“Esta considerada mención que hizo el señor Trellis del difunto William Tracy, el eminente escritor de novelas del Oeste (su Flor de la Pradera aún sigue leyéndose), es, al parecer, un reconocimiento de los intrépidos esfuerzos del difunto por modificar ese proceso monótono y sin imaginación por el que todos los niños nacen invariablemente pequeños.
Muchos problemas sociales del mundo contemporáneo, escribió en 1909, podrían resolverse fácilmente si la prole naciera ya criada, con dientes, madura, educada y en condiciones de abordar las oportunidades competitivas que hacen la administración pública y los bancos tan atractivos para los jóvenes ganapanes de hoy en día. El proceso de crianza de niños es un anacronismo tedioso en estos tiempos ilustrados. Esas estratagemas mortificantes conocidas como control de la natalidad podrían convertirse en un mero recuerdo si se pudiese asegurar a padres y parejas casadas que su legítimo solaz produciría directamente ganapanes ya terminados o hijas casaderas.
También predijo que llegaría un día en que la concepción y alumbramiento feliz de Ancianos Pensionistas y otras personas ya de edad y enfermas que puedan aspirar al dinero público permitiría que el matrimonio deje de ser la lucha sórdida que es tan a menudo y pase a ser una próspera empresa mercantil de posibilidades ilimitadas.
Hemos de mencionar que el señor Tracy logró, tras seis abortos desconcertantes, que su propia esposa diese a luz un español de mediana edad que no viviría luego más de seis semanas. El novelista, que era hombre a quien los celos llevaban a extremos ridículos, insistió en que su mujer y el recién nacido ocupasen camas separadas y utilizasen el cuarto de baño en momentos distintos. Causó cierto regocijo en los círculos literarios la embarazosa situación de aquella mujer que había tenido un hijo tan viejo como para ser su padre, pero eso no desvió ni un ápice al señor Trellis de su búsqueda desapasionada de la verdad científica. De hecho, su ingenio y su tenacidad llegaron a hacerse legendarios en el mundo de la psico-eugenesia.”

Flann O’Brien (En Nadar-Dos-Pájaros)

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