viernes, 2 de julio de 2010

Marca de Agua / Joseph Brodsky



Marca de Agua (fragmento)
(…) Entonces un buque grande, chato, una mezcla de lata de sardinas y de sandwich emergió de ninguna parte y con un ruido sordo rozó el desembarcadero de la stazione. Un puñado de gente echó a tierra y, dejándome atrás, corrió hacia la escalera del terminal. Entonces vi a la úníca persona que conocía en esa ciudad; la visión era fabulosa.La había visto por vez primera varios años antes, en aquella misma encarnación previa: en Rusia. La visión había llegado entonces en guisa de eslavista, de una estudiosa de Mayakovsky, para ser exactos. Eso casi descalificaba a la visión como tema de interés dentro de la camarilla a que yo pertenecía. El que no lo hubiera sido daba la medida de sus propiedades visuales. Cinco pies diez pulgadas, huesos delgados, piernas largas, cabello castaño y ojos almendrados color de avellana, con un ruso pasable en esos labios maravillosamente conformados, vestida soberbiamente en un cuero tan liviano como papel y sedas que le hacían juego, olorosa a un perfume hipnótico, desconocido para nosotros, la visión era fácilmente la mujer más elegante que hubiera puesto su turbador pie en medio de nosotros. Del tipo que suscita sueños húmedos en los hombres casados.




Además, era una veneciana.De modo que prescindimos de su pertenencia al PC italiano y de su consiguiente sentimiento por los simplones de nuestra avant-garde de los años treinta, atribuyendo los dos a frivolidad occidental. Si hubiera sido una fascista confesa, creo que no la hubiéramos codiciado menos. Era positivamente deslumbrante, y cuando después cayó por el peor pelmazo posible en la periferia de nuestro círculo, algún majadero bien pagado de extracción armenia, la respuesta común fueron asombro y cólera más que celos o pesadumbre varonil. Por supuesto, si se lo piensa bien, uno no puede encolerizarse ante un trozo de encaje exquisito manchado por algunos fuertes jugos étnicos. Pero nosotros lo hicimos. Porque era más que un desengaño: era una traición al tejido.En esos días asociábamos estilo con sustancia, belleza con inteligencia. Al fin de cuentas, éramos una pandilla libresca y a cierta edad, si uno cree en la literatura, piensa que todo el mundo comparte o debe compartir nuestras convicciones y nuestro gusto. Así, si alguien es elegante, es uno de los nuestros. Inocentes del mundo exterior, del occidente en particular, no sabíamos aún que el estilo puede comprarse al por mayor, que la belleza puede ser apenas una mercancía. Así, mirábamos a la visión como la extensión física y como la encarnación de nuestros ideales y principios, y lo que usaba ella, cosas transparentes incluidas, pertenecía a la civilización.Tan fuerte era la asociación, y tan linda la visión, que incluso ahora, años después, parte ya de una edad diferente y, por así decirlo, de un país diferente, comienzo a recaer sin darme cuenta en la antigua actitud. Lo primero que le pregunto mientras me aprieto contra su abrigo de nutria en el puente del vaporetto colmado es su opinión sobre los Motetes de Montale, recién publicados. El resplandor familiar de sus dientes, todos los treinta y dos, reflejado en el brillo al borde de su pupila avellanada y promovido a la dispersa platería de la Vía Láctea allá arriba, fue todo cuanto obtuve por respuesta, pero era mucho. Preguntar, en el corazón de la civilización, sobre lo más reciente era quizás una tautología. Quizás simplemente yo estaba siendo descortés, ya que el autor no era del vecindario.

Joseph Brodsky (Leningrado, 1940-Nueva York, 1996)

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