lunes, 5 de julio de 2010

Ramón Muñoz / Desamor




[Diagnóstico] Cuando una mujer (o un hombre) te pudre el alma hay pocas cosas que se puedan hacer, salvo contemplar sarcástica o pacientemente el progreso de la descomposición. Tiende el despechado a pensar que el desamor ha sido sólo un puro malentendido, un percance de última hora. Y yerra. Los otros, a los que les importa un carajo el lío sentimental del susodicho, lo ven tan claro como el cristal de fábrica. Es un hecho contrastable que la ex le dejó porque tenía otras alternativas más vistosas, más útiles si cabe.
Y por mucho que en su afán de encontrar una excusa el abandonado escarbe en los últimos momentos que compartió con la amada, o trajine en su mente con las conversaciones que precedieron a la ruptura, no encontrará una solución lógica a su doloroso dilema. Ninguna palabra la ofendió más de lo que otras pudieron ofenderla en otro tiempo, ningún acto o gesto fue motivo de la frialdad de trato que precedió a la terrible ruptura. Le dejó porque ya tenía pensado dejarle.
No tuvo la culpa el despechado, no. Nadie la tuvo. Fue simplemente el desamor. Puede que hubiera otro. Pero "si te dejó, fue por algo", dice la sabiduría popular, y subrayo lo de algo, porque no dice "alguien", dice "algo". Ese algo bien puede resumirse en una palabra: hastío. A nadie le gusta que le dejen por aburrimiento, claro. Si encontró un sustituto es porque ya no precisaba del amante, se le había quedado corto o caduco, y sobre todo, la aburría.



Las pruebas del desamor son incontestables. Las citas comenzaban a escasear, y se acortaban, como si hubiera prisa por irse a casa. "Mañana me levanto temprano", decía. Recuerde también el penado que en las conversaciones la ex no hacía ya nunca alusión al futuro, y que la sola mención de esos proyectos ilusos que fabulan los amantes en el despertar de su pasión estaba vetada bajo pena de silencio y cabreo. Sólo cabía un tema de charla: los problemas personales; sí, pero los de ella.
Nada de idealizaciones. Si reflexiona un rato, recordará que sus últimas citas eran un extenuante, cuando no un suplicante, ejercicio de mercadeo, como el de un bazar turco. "¿El miércoles? Ya, ya, tienes Pilates. Ah, ¿y el viernes? Sales con los del trabajo. ¿El lunes, entonces?". Pero una cita con la amada no puede regatearse ni convertirse en una ganga, porque se supone que el amor nos sublima, no nos rebaja; nos sube a los cielos, no nos arroja a los infiernos de la indignidad. ¿O sí? Precisado el diagnóstico, toca curarse.


[Cura]. Para el desamor sólo caben cuidados paliativos, nada milagroso ni definitivo. El dolor por la pérdida de la amada se puede aminorar. Pero la humillación extrema de no ser ya más amado, lo que llaman los bardos "la herida", no tiene compensación posible. Se lleva como un estigma. Si el finado encuentra luego otra amante, tendrá siempre presente la brutal escabechina en que acabó su anterior pasión. Y aplicará la desconfianza o el cinismo a su nueva relación. Consecuencia: será casi imposible que disfrute otra vez de la embriaguez del amor.
Un primer consejo: céntrese en los remedios caseros y huya de los trascendentales. No tome ninguna decisión que ataña al trabajo, la salud o el patrimonio. Todo sencillito. Salga con amigos que estén dispuestos a fingir que muestran interés por sus cuitas amorosas o haga actividades físicas extenuantes. El caso es que no se quede solo con su dolor. Es mil veces más fuerte que usted. Esquívelo con pastillas, televisión o alcohol, lo que sea. No se le ocurra plantarle cara porque le linchará sin contemplaciones a la vista de todos y al final de esa pelea desigual le dejará balbuceando un discurso lloroso de mea culpa, que apestará a sus allegados y del que se mofarán sus enemigos.



El segundo consejo es el obvio en cualquier adicción: no consuma. La amada es ya un fantasma. Siempre estará su sombra en la alcoba, en el paseo, en cuantos lugares frecuentaron juntos, pero es sólo un espectro. No mantenga relación alguna con ella. Serán cientos las veces que busque un pretexto para llamarla, remitirle un email o mandarle un sms. Si lo hace, cavará su tumba, y le enterrarán vivo en ella. Piense que se fue para siempre. Ojo, no que se ha muerto, porque eso exacerbaría su pena. Necesita sentir que está viva para no olvidar que le despreció, y que el resquemor mate a la nostalgia.
No lea. La lectura es idealizante. Los poemas de amor están estrictamente prohibidos y, bajo pena capital, los auténticos. Tenga presente que fueron escritos por grandes despechados como usted, y que leerlos sería como beberse una copa de ginebra como terapia de grupo en una reunión de alcohólicos anónimos.
Y basta de consejos inútiles. El desamor se cura con dolor y reloj. Alíviese con drogas, a ser posible legales, deje correr el segundero, y suerte. Está usted más solo que la una, por más que sus íntimos le intenten consolar con lindezas de comedia de enredo. Y lo malo del amor es que, en el fondo, sólo amamos la imagen que tenemos de nosotros mismos.




Ramón Muñoz

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