viernes, 30 de julio de 2010

Roberto Bolaño / Estrella distante


“Esa noche fuimos con Bibiano a ver a la Gorda Posadas. A simple vista parecía igual que siempre, incluso mejor, más animada. Hiperactiva, no paraba de moverse de un lado a otro, lo que a la larga crispaba los nervios de quien estuviera con ella. No la habían expulsado de la universidad. La vida seguía. Era necesario hacer cosas (las que fuera, cambiar de puesto un florero cinco veces en media hora, para no volverse loca) y encontrar el lado positivo de cada situación, es decir, afrontar las situaciones una por una y no todas al mismo tiempo como tenía por costumbre hasta entonces. Y madurar. Pero pronto descubrimos que lo de la Gorda era miedo. Estaba más asustada de lo que nunca había estado en su vida. Vi a Alberto, me dijo. Bibiano asintió con la cabeza, él ya conocía la historia y tuve la impresión de que dudaba de la veracidad de algunos pasajes de ésta. Me llamó por teléfono, dijo la Gorda, quería que fuera a verlo a su casa. Le dije que él nunca estaba en su casa. Me preguntó cómo lo sabía y se rió. Ya le noté en la voz un tonito como velado, pero Alberto siempre ha sido medio secreto y no le di importancia. Lo fui a ver. Quedamos a una hora y allí me presenté, puntual.


La casa estaba vacía. ¿No estaba Ruiz-Tagle? Sí, dijo la Gorda, pero la casa estaba vacía, ya no quedaba ni un mueble. ¿Te mudas, Alberto?, le dije. Sí, gordita, me dijo él, ¿se nota? Yo estaba muy nerviosa, pero me controlé y le comenté que últimamente todo el mundo se mandaba a mudar. Él me preguntó quién era todo el mundo. Diego Soto, le dije, se ha ido de Concepción. Y también la Carmen Villagrán. Y te nombré a ti (yo), que por entonces no sabía dónde te habías metido, y a las hermanas Garmendia. A mí no me nombraste, dijo Bibiano, de mí no dijiste nada. No, de ti no dije nada. ¿Y Alberto qué dijo? La Gorda me miró y solo entonces me di cuenta que no sólo era inteligente sino también fuerte y que sufría mucho (pero no por cuestiones políticas, la gorda sufría porque pesaba más de ochenta kilos y porque contemplaba el espectáculo del sexo y de la sangre, también del amor, desde una platea sin salida al escenario, incomunicada, blindada). Dijo que las ratas siempre huían. Yo no pude dar crédito a lo que acababa de oír y le dije ¿qué has dicho? Entonces Alberto se giró y me miró con una gran sonrisa en la cara. Esto se acabó, gordita, dijo. Entonces a mí me dio miedo y le dije que se dejara de enigmas y me contara algo más entretenido. Déjate de huevadas, conchaetumadre, y respóndeme cuando te estoy hablando. En mi vida había sido más vulgar, dijo la Gorda. Alberto parecía una serpiente. No: parecía un faraón egipcio.
(…) Las Garmendia están muertas, dijo. La Villagrán también. No lo creo, dije. ¿Por qué van a estar muertas? ¿Me querís asustar, huevón? Todas las poetisas están muertas, dijo. Esta es la verdad, gordita, y tú harías bien en creerme. Estábamos sentados en el suelo. Yo en un rincón y él en el centro del living. Te juro que pensé que me iba a pegar, que de repente, pillándome por sorpresa, me iba a empezar a dar de cachuchazos. Por un momento creí que me haría pipí ahí mismo.”

Roberto Bolaño (Estrella distante)

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