viernes, 30 de julio de 2010

Ruido y delirio / Josep Casals


Ruido y delirio

(…) En Barcelona es fácil irse a dormir con el ruido de un camión de riego, levantarse sobresaltado por una sirena, comer con la música de una máquina barredora o podadora, cenar con el rugido de un alboroto impuesto…
Y es todavía peor si alguien se atreve a emprender una actividad intelectual sostenida. ¿Debe insistirse en el hecho de que esto es algo incompatible con un ambiente que aturde? Quizá basten algunos casos ilustres: Kafka prefería vivir en una casa húmeda (y fatal para la tuberculosis) que allí donde el ruido le impedía escribir; Celan expresaba en sus últimas cartas la desazón que le producía el hecho de habitar en un apartamento “atrozmente ruidoso”; Cézanne dejaba de pintar cuando los ladridos le impedían alcanzar la conexión entre una pincelada y la siguiente…(…)
El problema del Palau ilustra la enorme distancia entre los agentes de decisión y los que invierten en un trabajo intelectual el tiempo que este exige: hacía años que músicos y cantantes padecían las irregularidades en la gestión, y sin embargo en el pasado julio Fèlix Millet fue honrado con la medalla de la ciudad al mérito cultural (honor suspendido poco después) “por haber convertido el Palau de la Música en un emblema artístico y cultural reconocido en todo el mundo”. Aquí, “artístico”y “cultural” son palabras retóricas; el vocablo decisivo es “emblema”, término al cual la prensa ha llevado su propio sentido y ha convertido en un elogio que revela los valores de una sociedad orientada a la exhibición y a lo “impactante”. Pero decir “valores” ya es decir demasiado. De hecho son tropismos que remiten a lo contrario: al kitsch –cuyas cacofonías son fenómenos equivalentes al ruido.
Hoy ya no se puede utilizar, como hacía Walter Benjamin, el carnaval como metáfora de un tiempo opuesto a la inercia, porque todo se ha convertido en carnaval, de modo que la inercia se expresa en términos que antes remitían al tiempo alternativo: “lúdico”, “festivo”…, “siempre es fiesta en Sant Antoni”. (…)En los años setenta Barcelona atrajo la atención por su movimiento vecinal (desde las comisiones de barrio hasta la eclosión de las asociaciones y la reanimación de los ateneos); después, ese tejido dejó su lugar a los centros cívicos regidos por funcionarios y a asociaciones que en algunos casos parecen apéndices de la administración y de la ideología del entretenimiento. (…)… decía Valéry que una máquina no es buena si no es silenciosa; pero las nuevas máquinas de limpieza son más o menos tan ruidosas como las antiguas. Y es que Barcelona se ha convertido en la capital del simulacro. Análogamente, se anuncia un protocolo para reducir la sirena de las ambulancias, pero no hay control para que se cumpla. Lo importante no es resolver el problema sino que parezca que se hace algo. Y como suele pasar, las actividades sonámbulas se acompañan de delirios, como el de ser una “ciudad del conocimiento”.
El complemento del amorfismo es el efectismo. El predominio del formulario se oculta detrás de la falsa apariencia. Y, no obstante, después de las elecciones del 2007 un destacado miembro de Iniciativa-Verds dijo: “La Barcelona de postal se acabó”. Pero eso también eran sólo buenas palabras. Muchos nos preguntamos entonces: ¿hasta cuándo durará el seguidismo de Iniciativa respecto a unas políticas ofensivas de toda sensibilidad social? (La última ha sido la privatización de los Servicios Fúnebres.) (…)¿Por qué el alcalde dice que las prostitutas monopolizan el espacio público y no quiere ver que hordas gritonas y con toallas playeras han expulsado a los barceloneses de la Rambla?
Y no sólo de la Rambla, aunque sea el caso más paradigmático. En Montjuic, los ciudadanos han sido expropiados de unos jardines ocupados por un hotel que quebró, y ya no es posible sentarse y charlar junto a La Pedrera, donde los autocares y buses turísticos permanecen con los motores encendidos mientras de las farolas cuelgan carteles que exhortan a “una conducción ecológica”: “parad el motor…”
Quizá es por una perversa correlación de tiempo –el peso del pasado enquistado y la inconsistencia de una agenda reducida al presente perpetuo–, pero se diría que también el sueño de la democracia produce monstruos.

Texto: Josep Casals, Licenciado en filosofía. Profesor de estética y teoría del arte de la UB.
De: Barcelona Metrópolis

No hay comentarios:

Publicar un comentario