martes, 24 de agosto de 2010

Alice Munro


“Abrí la tienda en marzo de 1.964. En Victoria, en la Columbia Británica.
Yo me sentaba a mi mesa, con los libros detrás. Los representantes de las editoriales me habían aconsejado que adquiriese libros sobre perros y caballos, barcos y jardinería, pájaros y flores: según ellos, era lo que todo el mundo compraría en Victoria. Yo hice caso omiso de su consejo y traje novelas y poesía y libros sobre el sufismo y la relatividad y la escritura lineal B. Y cuando llegaron, los coloqué de tal forma que las ciencias políticas se proyectaran sobre la filosofía y la filosofía sobre la religión sin grandes distancias, de modo que los poetas compatibles pudieran reposar juntos, siguiendo cierto orden en las estanterías –a mi juicio- que reflejara el deambular natural de la mente, a cuya superficie puedan asomar continuamente tesoros nuevos y olvidados. Me había tomado todas aquellas molestias; ¿y qué? Pues esperé, con la sensación de quien se ha vestido espectacularmente para una fiesta, incluso quizá desempeñando las joyas de la familia, para encontrarse con una reunión de vecinos que juegan a las cartas.”


Alice Munro (La virgen albanesa)

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