sábado, 28 de agosto de 2010

Alice Munro


“Las mujeres casadas tienen anillos de diamantes y dolores de cabeza, piensa Gail. Todavía sigue siendo así, con las que de verdad triunfan. Y también tienen maridos gordinflones, golfistas zurdos, que dedican toda su vida a apaciguarlas.
Por fin, a los pasajeros que no van a Sidney, los sacan del avión. Los llevan a la terminal y allí abandonados por la azafata, recogen el equipaje, pasan por la aduana y deambulan de acá para allá, tratando de localizar la línea aérea que va a encargarse de sus billetes. En un momento dado, los asalta un comité de bienvenida de unos hoteles de la isla, que canta canciones hawaianas y les pone guirnaldas de flores alrededor del cuello. Pero por último consiguen meterse en otro avión. Comen, beben y duermen, y las colas para los servicios se alargan y los pasillos se llenan de desperdicios mientras las azafatas hablan de hijos y de novios en sus asientos. Después, el inquietante brillo de la mañana, la costa australiana, de arena amarilla, allí abajo, a una hora absurda, e incluso los pasajeros mejor vestidos y más guapos están ojerosos, desganados, aletargados, como después de un largo viaje en tercera clase. Y antes de abandonar el avión sufren otro asalto. Unos hombres velludos con pantalones cortos abordan el aparato y lo rocían todo con insecticida.
“A lo mejor es así como se entra en el Cielo –se imagina Gail diciéndole a Will-. La gente te pone flores que tú no quieres y todo el mundo tiene dolor de cabeza y estreñimiento y te rocían con algo para matar los gérmenes de la Tierra.”
Es la costumbre: intentar pensar cosas inteligentes y frívolas que contárselas a Will.”
Alice Munro (El Jack Randa Hotel)

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