martes, 24 de agosto de 2010

Alice Munro


“Sylvia no actuó como Harriet. La literatura ni le influía ni le estorbaba, y cuando descubrió lo que estaba ocurriendo se puso simplemente hecha una furia.
-Eres un cretino – le dijo a Nelson.
-Eres una falsa – me dijo a mí.
Estábamos los cuatro en el salón de nuestra casa. Donald limpió y llenó la pipa; le dio unos golpecitos, la acarició y la inspeccionó, dio una calada, volvió a encenderla: parecía como tan de película que sentí vergüenza ajena. Después, metió unos libros y el último número de Macleans en su maletín, fue al cuarto de baño a coger su cuchilla de afeitar y al dormitorio a por el pijama y se marchó.
Fue al apartamento de una joven que trabajaba de secretaria en su clínica. En una carta que me escribió más adelante, me contaba que jamás había pensado en aquella mujer sino como amiga hasta aquella noche, en que de repente se le ocurrió lo bonito que sería querer a una persona amable y sensible, que “no estuviera echada a perder”.


Alice Munro (La virgen albanesa)

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