lunes, 30 de agosto de 2010

Marcos Ana / Miguel Hernández



Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes.Tristes.


Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes.Tristes.


Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes.Tristes.

Miguel Hernández



Marcos Ana fue de los afortunados. Estuvo condenado en dos ocasiones al paredón, pero le cambiaron las penas por 30 años cada una. Del terror hizo resistencia y costumbre.
En la prisión de Porlier, Buero Vallejo le presentó a Miguel Hernández.


«Sólo compartimos unos días, porque él estaba de paso. Iba a la cárcel de Ocaña. Era excepcional. Siempre rodeado de gente. Enseñaba a leer, a escribir, daba clases de poética, de arte… Las cárceles se fueron convirtiendo en universidades clandestinas. Una vez vencidos los años primeros, los del odio y el hambre, los presos logramos crear un frente carcelario. Era sobrecogedor ver a los condenados a muerte estudiando… Ya ves, con las pocas posibilidades que había de salir vivo de ahí… Aún recuerdo una escena conmovedora: estaba en mi celda y a mi compañero lo llamaron en una saca [asesinatos de reos]. Él estaba leyendo. Y cuando escuchó su nombre dobló la esquina de la página y dejó el libro cerrado sobre el jergón, como si esperase volver. Leer y estudiar, aun condenado a muerte, era una forma de dar salida a nuestros vacíos y desalientos. Sabíamos que muchos no llegaríamos, pero queríamos ir lo más formados posible al improbable encuentro con el futuro. Yo le debo a la cárcel mi educación».

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