jueves, 26 de agosto de 2010

Miguel Torga


Coimbra, 30/03/1968:Nunca me había sucedido una cosa así, pero hoy me ha ocurrido: ofrecerle espontáneamente un libro mío a una persona desconocida, sintiéndome feliz por haberlo escrito. Cuando la hice entrar, ni por asomo podía suponer el desenlace de la consulta. Mi imaginación falló miserablemente frente al azul intenso y profundo que llevaba en los ojos.


-Usted dirá... Se explicó, la reconocí, le receté, y en el último momento, al despedirnos, fue cuando escuché maravillado el relato refrenado y dramático de una ancestralidad disconforme con un destino fuera de su medio ambiente. Su padre, su abuelo y sus bisabuelos pescadores, y su madre, campesina librando a los hijos de la servidumbre oceánica para ponerlos a servir en tierra firme. Sus hermanos aceptaron de buena gana este exilio. Ella no. La devoraban las saudades de la lonja y los canastos. Las olas le golpeaban en los oídos día y noche, y, pasase lo que pasase, tenía que volver para casarse con un muchacho de la costa y seguir la tradición de la familia. Lejos de las redes y de la sal, la vida no era vida. Menuda y delicada, se iba transfigurando de tal manera según hablaba, que parecía un patrón a la proa de un barco.


-Fíjese que hay días que no puedo ni ir al mercado. Veo un puesto de pescado y me echo a llorar. Y en ese momento perdí yo también la compostura: -Espere un momento... -Uní a la receta un volumen de Mar-. Léalo, a ver si le gusta..


Miguel Torga

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