jueves, 9 de septiembre de 2010

Benjamin Black / El otro nombre de Laura


“…Llevaba siempre en el bolso un bloc de papel avión, papel azul claro, de Basildon Bond, y también llevaba sobres, pues Leslie insistía en que fueran como las cartas de verdad, y siempre que tenía ella ocasión sacaba el papel y se ponía a escribir con un bolígrafo de tinta indeleble y sin pensar en lo que estaba escribiendo, limitándose a dejar que saliera de ella, sonrojándose la mitad del tiempo, mordiéndose el labio, capaz a duras penas de escribir con renglones rectos, encorvada sobre el papel como hacía en el colegio, cuando la chica con la que compartía el pupitre intentaba copiarle. Asumió riesgos terribles, pareció que no conociera el miedo. Escribía en el tocador, en el dormitorio, mientras Billy estaba afeitándose en el cuarto de baño; escribía en su mesa, en el cuchitril del Silver Swan, cuando estaba esperando a una clienta después de que se hubiera marchado la anterior. Escribió en los bancos de los parques, en los cafés, en el autobús cuando nadie viajaba a su lado. Una vez se coló en la iglesia de Clarendon Street y se sentó en un banco, en la parte de atrás, con el bloc sobre las rodillas, jadeando casi en medio de aquel silencio sagrado, con el olor a cera de las velas votivas que ardían allí cerca y le recordaba otros olores muy distintos, olores de la noche, olores de Leslie. A la vez que escribía se excitaba cada vez más, y casi llegaba a darle miedo. Le hizo pensar en aquella ocasión en que estaba trabajando en la farmacia y fue a confesarse y le contó al cura una retahíla de pecados inventados, referentes a que le había chupado la cosa al señor Plunkett y a que lo había hecho con un perro alsaciano, todo ello sólo por espeluznar al vejestorio que estaba tras la celosía del confesionario y oír qué se le ocurría decir.


Las cosas que escribió aquel día en la iglesia…¿fueron más subidas de tono que de costumbre, o solo le parecieron peores debido al lugar en que se hallaba? Llegó a encontrarse en tal estado, mientras el bolígrafo volaba sobre el papel, que tuvo que parar de escribir y desatarse el botón del lateral de la falda para introducirse una mano dentro de las bragas, en la caliente humedad, allí en medio, y emplear el dedo para venirse. El placer fue tan intenso que tuvo que apretar los dientes y cerrar los ojos con todas sus fuerzas para no ponerse a gritar. Por suerte era por la mañana, y allí no había nadie más que un sacristán viejo, calvo y encorvado, con una sobrepelliz color herrumbre, que iba de un lado para otro por delante del altar, deteniéndose siempre a hacer una genuflexión ante el Sagrado Sacramento, y que ni siquiera miró hacia donde ella estaba. Cuando ya se marchaba, con las bragas húmedas entre los muslos, percibió la luz roja del sagrario que la traspasaba por la espalda como si fuera un ojo acusador. ¡Pensar que había hecho todo lo que hizo en la iglesia! Tendría que estar avergonzada, pero no lo estaba; estaba exultante.”

Benjamin Black (El otro nombre de Laura)

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