martes, 14 de septiembre de 2010

Bruno Schulz / Correspondencia






A Stanisław Ignacy Witkiewicz


Comencé a dibujar hace mucho tiempo: la historia de mi vocación se pierde en una especie de bruma mitológica. Yo todavía no sabía hablar cuando ya cubría de garabatos papeles y márgenes de periódicos; ya esos primeros intentos despertaron la atención de mi entorno. Al comienzo yo sólo dibujaba coches de caballos. Viajar en calesa me parecía un acontecimiento de la más alta importancia, cargado de todo un simbolismo secreto. Cuando tenía seis o siete años, volvía una y otra vez a mis dibujos la imagen de una calesa que, con la capota alzada y las linternas encendidas, salía de un bosque nocturno. Esa imagen pertenece al caudal fijo de mi imaginación, es una especie de centro de gravedad de innumerables vías que –ramificándose– van en las direcciones más diversas y se pierden en alguna parte en el infinito. Hasta hoy, aún no he agotado su contenido metafísico. La visión de un caballo de tiro no ha perdido para mí su poder de fascinación, continúa siendo turbadora. Su anatomía esquizoide, con todas las extremidades llenas de ángulos, nudos y prominencias, parece haber sido detenida en su desarrollo, cuando la misma intentaba desarrollarse y ramificar. La calesa es también una creación esquizoide, salida del mismo principio anatómico: una estructura fantástica, fuertemente membrada, hecha de chapas curvadas como aletas, de cuero equino y enormes ruedas tintineantes.

(…)

Hay temas que de alguna manera nos están predestinados, que parecen haber sido preparados expresamente para nosotros y nos esperan en el umbral mismo de la vida.

(…)

Estas imágenes son en sí mismas todo un programa; son las que constituyen el capital fijo de nuestra alma: un capital que se acumula en nosotros muy pronto, bajo la forma de presentimientos y sensaciones sólo en parte conscientes. Me parece que después, durante toda la vida, lo único que hacemos es interpretar esas visiones, intentar sacar a la luz la totalidad de las significaciones que encubren para nosotros y de filtrarlas tanto como sea posible a través de todo el alcance de nuestro intelecto. Esas primeras imágenes le imponen al artista límites que son los de su creatividad. Su obra nace de esas premisas. Después no descubre nada nuevo, sólo intenta comprender cada vez mejor el secreto que le ha sido confiado en el origen; su obra es una incesante exégesis, un comentario a ese único versículo que le ha sido otorgado al principio. Por lo demás, el arte no resuelve completamente este enigma; será siempre una parte del misterio. El nudo que ha servido para anudar el alma no es un falso nudo que se deshace al tirar por uno de sus cabos: al contrario, lo que hace es cerrarse aún más. Nosotros lo manipulamos, seguimos el curso de los hilos, buscamos su fin y el arte nace de esas manipulaciones.



A la pregunta de si se manifiesta la misma trama en mis dibujos y en mi prosa, responderé afirmativamente. No son más que capas separadas de la misma realidad. El material, la técnica, desempeñan aquí un papel selectivo. Por razones de orden técnico el dibujo le impone al artista límites más estrechos que la escritura.Eso es por lo que creo haberme expresado más plenamente en la prosa.

(…)

Creo que racionalizar la visión de las cosas contenidas en una obra de arte es algo así como querer desenmascarar a los actores de un drama: eso no conduce más que a interrumpir el juego y empobrecer la problemática de la obra. Sin embargo, el arte no es un logogrifo cuya llave esté escondida en algún lugar, y la filosofía no es un medio para resolver ese logogrifo. La diferencia entre los dos es más profunda todavía. El cordón umbilical que une la obra de arte a la totalidad de nuestra problemática no ha sido cortado, la sangre del misterio continúa circulando ahí libremente, venas y arterias van a perderse en la noche circundante para volver a regresar, cargadas de fluido tenebroso. La interpretación filosófica sólo nos da una especie de preparado anatómico desgajado del conjunto de la problemática.



(…)

Un principio particular se manifiesta en los hábitos y maneras de ser de esta realidad: es el principio de la mascarada universal. La realidad sólo asume ciertas formas de apariencia; es para ella una broma, una simple diversión. Se es hombre o cucaracha, pero esta forma no alcanza al ser en profundidad, no es más que un papel momentáneo, una especie de corteza superficial de la que uno se desembaraza un instante después. Todo eso viene a postular un monismo extremo de la sustancia; bajo esa óptica los objetos son solamente máscaras. Para vivir debe utilizar un número ilimitado de máscaras. Esa errancia de las formas es la esencia misma de la vida. Es por lo que emana de esa sustancia el aura de una especie de ironía universal. Una atmósfera de entre bastidores reina ahí perpetuamente; creeríamos ver detrás de la escena a los actores despojarse de sus ropajes y reírse de lo patético de su papel. La ironía es inherente al mismo hecho de existir en tanto que individuo: es una farsa en la que uno se deja coger, como un payaso que os saca la lengua.

(…)

Algunos han creído ver en mi libro una tendencia destructiva. Quizá sea cierto desde el punto de vista de ciertos valores establecidos. Pero el arte opera en profundidades anteriores a la moral, en una zona en que el valor se encuentra todavía in statu nascendi. Es el arte el que, siendo una expresión espontánea de la vida, debe asignarle tareas a la ética y no al contrario. Si sólo sirviese para confirmar lo que ya ha sido establecido, sería inútil. Su papel es ser una sonda arrojada en ese abismo que no tiene nombre. En cuanto al artista, es un aparato encargado de registrar los procesos que tienen lugar en las profundidades, ahí donde nacen los valores.



(…)

Siempre he creído que las raíces del espíritu individual –a poco que profundicemos en ello– se pierden en una mítica selva virgen. Ese es el fondo del abismo: más allá ya no hay salida.

(…)

Por mi parte, he intentado encontrar, a una escala más modesta, una especie de mitología privada, mis propias “historias”, mi propia génesis mítica. Igual que los antiguos hacían nacer a sus ancestros de matrimonios mitológicos con los dioses, yo he intentado establecer –para mi uso personal–, una generación mítica de antepasados, una especie de familia ficticia de donde saco mi verdadero origen.En cierto modo, esas “historias” son auténticas, toda vez que las mismas representan mi manera de vivir, mi destino particular. La dominante de ese destino es una profunda soledad, una vida radicalmente cortada de lo cotidiano.La soledad es un reactivo que provoca en mí la fermentación de lo real, la aparición de esos precipitados hechos de figuras y colores.

[Bruno Schulz: Correspondencia, Maldoror ediciones, Vigo 2008, 185 p. Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]

2 comentarios:

  1. Hola Luis:
    Segundo intento y espero que el puñetero agujero negro de Google no vuelva a dejarme a dos velas.

    cuando publicaste la entrada sobre Walser tuve la sana intención de hacerte un comentario y relacionártelo con Beuno Shulz y con dos personajes -un poco cabrones, todo hay que decirlo- como fueron Witkiewicz y Gombrowicz.

    Hoy vi que publicabas un fragmento de El sanatorio bajo la Clepsidra y cuando vengo a comentártelo ya estén estas perlitas de su correspondencia con Witkiewicz. Shculz es de esos que cada día escriben mejor, tal como se dice en Argentina de Gardel -que cada día canta mejor- a mi me parece que no, pero en fin...-. respecto al "Sanatorio..." recuerdo haberlo leído en una traducción muy de andar por casa en la editorial Montesinos -la que en el 81-82, editaba la revista Quimera-. Nada que ver con la traducción que hiciera Salvador Puig para la antiquísima Seix Barral -1972- de "Las tiendas de color canela" el primer libro de Shulz que se publicó en castellano. Shulz es de esos tipos que cada vez que lo relees te vuelve a sorprender con alguna cosa y aprendes algo nuevo. Su vida y, sobre todo su final, es toda una metáfora de lo que significa la creación artística o literaria en la sociedad actual.


    muy buena su labor don Luis de dar a conocer a toda esta gente que hoy en día uno ha de darse con un canto en los dientes si encuetras a alguien que haya oído hablar de esa generación de polacos increíbles.

    un abrazo,
    salut,
    hugo

    ResponderEliminar
  2. Hola Hugo:
    Eres muy amable en tus comentarios pero no te engañes: mi erudición es ficticia. Resulta que yo conocía a Bruno Schulz como dibujante y grabador pero no había leído nada de él. A partir de un ensayo de Coetzee, en el que por cierto lo califica de pintor mediocre (éste sabe mucho de literatura pero de pintura no tiene mucho criterio, ¡ni él es perfecto!), he conocido su vertiente literaria y su vida tan ilustrativa sobre la Europa de entreguerras y el nazismo. También resulta curioso que se le asignara la traducción de El proceso de Kafka, cuando fue su prometida quién lo hizo; Józefina Szelinska, de la que dijo:"Es la persona más próxima a mí en la Tierra", sin embargo, después de dos meses, la relación se rompió...qué historias...
    Un saludo

    ResponderEliminar