lunes, 27 de septiembre de 2010

Coetzee sobre Faulkner



“¿Quién habría imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, celebre en su país y en el extranjero, sino también en la clase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?

No hay duda de que la educación formal de Faulkner no pasó del mínimo. (…) Su historial universitario fue mediocre; un semestre de lengua y literatura inglesas (puntuación: D), dos semestres de francés y español. Este explorador del Sur posbélico no asistió a ningún curso de historia; este novelista que entrelazará el tiempo bergsoniano en la sintaxis de la memoria, no estudió nada de filosofía ni psicología.
(…) se volcó a una estrecha pero intensa lectura de la poesía inglesa de fin de siglo, en especial Swinburne y Housman, y de tres novelistas que habían dado a luz mundos de ficción lo bastante nítidos y coherentes como para rivalizar con el real: Balzac, Dickens y Conrad. Si a esto le añadimos una familiaridad con las cadencias del Antiguo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años más tarde, un rápido estudio de lo que estaban haciendo sus contemporáneos de más edad T.S. Eliot y James Joyce, ya estaba totalmente equipado. En cuanto a materiales, lo que oía a su alrededor en Oxford, Mississippi, resultó ser más que suficiente: la épica, contada una y otra vez, incesantemente, del Sur, una historia de crueldad e injusticia y esperanza y desilusión y victimización y resistencia.




“Cautivado por la idea de convertirse en piloto (…) en 1918 se postuló para entrar en la Fuerza Aérea Real de Gran Bretaña.(…) Sin embargo, antes de que pudiera hacer su primer vuelo en solitario, la guerra terminó.
Regresó a Oxford ataviado con el uniforme de oficial de la RAF y luciendo un acento británico y una cojera, consecuencia, afirmaba, de un accidente de aviación. A sus amigos también les confió que le habían puesto una placa de acero en el cráneo.
Mantuvo la leyenda del aviador durante años; solo comenzó a bajarle el tono cuando se convirtió en una figura nacional y el riesgo de que lo descubrieran se volvió demasiado cercano. (…) En 1933, apenas dispuso de dinero extra, tomó lecciones de vuelo, se compró su propio avión, y durante un tiempo dirigió una compañía circense de acrobacias aéreas: “EL CIRCO AÉREO DE WILLIAM FAULKNER (autor famoso)”, decía el anuncio.



“La facilidad con que embaucó a la buena gente de Oxford (…) le demostró a Faulkner que una mentira, si es ingeniosa y se expone de manera convincente, puede triunfar sobre la verdad, y por lo tanto que uno puede no solo inventarse una vida, sino ganarse la vida con la fantasía.”



“En 1925 Faulkner emprendió su primer viaje al extranjero. Pasó dos meses en París y le gustó; se compró una boina, se dejó crecer la barba, comenzó a trabajar en una novela –que pronto abandonaría- sobre un pintor con una herida de guerra que se traslada a París para perfeccionar su arte. Se dejaba caer por el café favorito de James Joyce, donde llegó a ver al gran hombre pero no se le acercó.”




“Cuando Faulkner llegó a Hollywood, en 1932, gracias a su transitoria notoriedad como autor de Santuario (1931), no sabía nada de la industria (en su vida privada despreciaba las películas tanto como le disgustaba la música fuerte). Tampoco poseía talento para redactar diálogos ágiles. Además, en poco tiempo se ganó la reputación de ser un borracho poco fiable. En 1942, su salario, que llegó a alcanzar los mil dólares semanales, cayó a trescientos. En el transcurso de una carrera de trece años trabajó con directores comprensivos como Howard Hawks, cultivó la amistad de actores célebres como Clark Gable y Humphrey Bogart, conquistó a una atractiva y atenta amante hollywoodense, pero nada de lo que escribió para el cine es digno de rescatarse.
(En los últimos tiempos me di cuenta de lo mucho que escribir basura y porquerías para el cine corrompió mi escritura, admitió en 1947)



“Como historiador del Sur moderno, el logro perdurable de Faulkner es la trilogía de Snopes (El villorrio, 1940; La ciudad, 1957; La mansión, 1959), donde sigue la conquista del poder político a cargo de una clase de pobres blancos en ascenso en una revolución tan silenciosa, implacable y amoral como una invasión de termitas. Su crónica del ascenso del empresario perteneciente a la clase baja, rural y reaccionaria de los sureños es al mismo tiempo mordaz, elegíaca y desesperanzada por muchas razones, algunas de las cuales son que, primero, el Sur que él ama se construyó, como él sabe mejor que nadie, sobre los crímenes mellizos del desposeimiento y la esclavitud; segundo, que los Snopes no son más que otros avatares de los Falkner, ladrones y violadores de la tierra en su día; y, por lo tanto, tercero, él, William “Faulkner”, no tiene ningún terreno en el que sostenerse como crítico y juez.”



“La prueba de fuego es lo que los biógrafos de Faulkner dicen sobre su alcoholismo. En este tema debería andarse con tiento. La anotación en el archivo del hospital psiquiátrico
de Memphis donde ingresaban constantemente a Faulkner en un estado de sopor etílico era, según informa Blotner, “alcoholismo agudo y crónico”. Aunque a los cincuenta años de edad Faulkner exhibía un aspecto elegante y lleno de vida, eso no era más que una coraza. Una vida de alcoholismo había comenzado a afectar su funcionamiento mental. “Esto es más que un caso de alcoholismo agudo –escribió su editor Saxe Commins en 1952- la desintegración de este hombre es algo trágico de presenciar”
Penini añade el escalofriante testimonio de la hija de Faulkner: cuando estaba borracho su padre podía ponerse tan violento que era necesario que “un par de hombres” se interpusiera para protegerlas a ella y a su madre.”


“Es mi objetivo que la suma e historia de mi vida sea: Él hizo los libros y murió.”

3 comentarios:

  1. ¿Las ilustraciones son de Hopper?
    Son adecuadísimas con los textos de Coetzee sobre
    Faulkner.
    La soledad del la ciudad americana.

    No puedo dejar de relacionar estas ilustraciones con la obra del pintor polaco Rafal Olbinski y los textos con Adam Zagajewski, también polaco.

    Salud


    Francesc Cornadó

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  2. De Hopper sí, dos norteamericanos bien distintos pero lo dos viajaron a París a ver que aprendían y los dos se dieron cuenta que si son catetos localistas pero auténticos, se acaba haciendo arte universal.
    No conozco a los polacos que citas, trataré de remediarlo, te agradezco el apunte.

    Un saludo

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  3. Pondré algun poema de Adam Zagajewski en mi blog.

    Salud


    Francesc Cornadó

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