sábado, 18 de septiembre de 2010

Eduardo Lago / Llámame Brooklyn


“Hay coincidencias que no sé cómo interpretar. Supongo que no tienen ningún significado. Son casualidades, eso es todo. El día que fui a la clínica cumplí veintinueve años. Me parece imposible. ¿Por dónde se me ha escapado el tiempo? Doblas una esquina y has llegado a la vejez. Mira mi madre, sesenta y un años ya; me resulta inconcebible que haya perdido la belleza deslumbrante que hacía que la gente se volviera. Por las mañanas, cuando salgo de la ducha, miro mi cuerpo, compruebo los estragos del tiempo en mi rostro, tengo arrugas en los ojos, en los labios, no las ve nadie, no se ven, sólo las veo yo. Pero no lo digo como quien se lamenta, no es eso. La verdad es que no me importa tanto ir envejeciendo. Es algo tan redondo que carece de sentido tratar de disimularlo. Pero sobre todo, Gal, sobre todo no me importa envejecer porque no me da miedo lo que me aguarda. He perdido toda esperanza, y esto lo digo sin cansancio.


Procuro no engañarme. Me acerco al futuro como quien se asoma a un precipicio. No se distingue nada al fondo del abismo. Me conformo con lo que pueda hallar a mi alrededor. A veces encuentro belleza en los momentos, en los lugares, en alguna gente que conozco. Pero no soy capaz de llegar al fondo de las cosas, de abandonarme a nadie, Gal, tú eso lo sabes muy bien. Nadie me conoce como tú. Algo en mi me lleva a seguir buscando, sin saber muy bien qué es lo que busco. ¿Será por eso que hubiese querido tener un hijo, mejor dicho, una hija? ¿O será un anhelo irracional, que no sé por qué está ahí? A lo mejor lo ha puesto la naturaleza, aunque conozco a muchas mujeres que no quieren ni oír hablar de eso. Un hijo, Gal, una hija. Me tendré que resignar. Por eso me conformo con la pequeñez de ciertos instantes. La belleza es casi lo único que me reconforta, aunque tantas veces, de hecho casi siempre, sea una belleza triste. Hay gente que sabe lo que quiere y está dispuesta a conseguirlo. Yo no lo sé, no lo he sabido nunca. No procuro que mi voluntad influya en nada: acepto las cosas como me las encuentro. Y al apartar el velo que las cubre es cuando a veces surge un pequeño milagro, de paz o de belleza. Deberíamos conformarnos con eso. Ese es, tal vez, el sentido que tiene envejecer. Es como el otoño, que preludia la muerte de las cosas. Como la nieve, como el fuego.


Cosas que son sencillamente hermosas. Pero yo no puedo evitar que para mí también sean tristes. Escribo todo esto pensando en que algún día lo vas a leer tú; a medida que escribo, siento que se me aclaran las ideas, al hacerlo entiendo mejor algunas cosas. Estando contigo, jamás te pude hablar así: no es posible cuando se tiene a alguien tan cerca. Cuando la distancia es tan pequeña, sólo es posible entenderse con el cuerpo. Eso lo decías también tú. Si te tuviera aquí, me gustaría tocarte, morderte, dulcemente, o con rabia, pero en cuanto sucede eso, el deseo nos envuelve. Así, tan lejos, mientras cae la noche, escribo para decirte las palabras que entonces no supieron nacer solas. Aquí vienen ahora, aquí las dejo para ti, sólo para que tú las leas.”


Eduardo Lago (Llámame Brooklyn)



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