viernes, 17 de septiembre de 2010

Francisco Casavella / Filosofía de salón




FRANCISCO CASAVELLA / El País 13/01/2007

(…) Remy de Gourmont sigue la estela de los moralistas franceses y acusa la influencia de Nietzsche. Recuperado ahora en España, este autor francés, fallecido en 1915, inspiró a muchos modernistas.
Uno de tantos philosòphes desconocidos del siglo XVIII, nómada de cortes, tentado siempre a morder la mano que le alimentaba por un entonces nuevo y hoy -casi- obvio sentido de libertad, consiguió la sentencia de sentencias cuando enunció: "Los aforismos cuestan lo que valen: nada". La inversión de los términos -valen lo que cuestan- también hubiera sido certera si comulgásemos con su contenido. No lo compartimos del todo, así que explicaremos en unas frases la historia del más sintético de los géneros literarios. Reminiscencia natural de los proverbios latinos, de la enseñanza clásica ("que tus preceptos sean breves", Horacio) el aforismo rebrilló en los salones cortesanos durante el reinado de Luis XIV en forma de agudeza rápida y malévola: una estocada en duelo incruento cuya herida era más dolorosa por la infección de ridículo ("el amor propio es el mayor de los aduladores", La Rochefocauld). Una versión más reflexiva, menos detonante y mundana, llegó de la mano de Pascal en sus Pensamientos ("cuando se lee demasiado deprisa o demasiado despacio no se entiende nada"). Así, durante el siglo XVIII y, sobre todo, en Francia (aunque Lichtenberg brille con luz propia en Alemania), la sentencia, la pulla ingeniosa, la frase tocada por la gracia y el esprit, no sólo hizo que las damas rieran tras sus abanicos y las lenguas torpes o de amplia retórica se vieran humilladas antes de orientar sus pesados cañones: también edificó una cultura basada en la ligereza bien afilada, mientras se abrían vías de agua en los rumorosos estanques del Antiguo Régimen.


La prosa francesa, cuando no retoma el clasicismo en su vertiente heroica y guillotinaria, aún conserva esa voluntad de servir, por un lado, el ingenio de Port-Royal y, por otro, las pecas postizas ("el alcohol brinda mañanas conmovedoras, pero difíciles", Guy Debord). El peligro del género es que, en la mayoría de ocasiones, su fascinante apariencia sólo resiste una primera impresión. Así que el oyente se asombra, pero no tanto el lector, quien tras revisar el aforismo cae en la cuenta de la perogrullada. Porque hasta lo muy breve requiere un talento específico. Así, la chorrada fácil abunda en Voltaire, cuya magia, por llamar de algún modo a su ilusionismo, requiere la necesidad de una réplica o el desarrollo de un astuto despliegue; sin embargo, el brillo aforístico es el único legado de autores como Chamfort ("¿qué es el mundo literario?: ¡asnos coceando ante un pesebre vacío!") o Rivarol ("hacemos más por quienes tememos que por quienes amamos"). Este último, la alegría de los salones en los años previos a la toma de la Bastilla, cayó en el olvido durante el siglo XIX y fue recuperado en sus postrimerías por quien sería su alumno en la peculiar disciplina del ágil latigazo verbal. Hablamos de Remy de Gourmont el autor de estos Pasos en la arena.


"En 1914, Remy de Gourmont, el escritor del Mercure de France, era una gran figura literaria de ese país. Escribía de un modo aéreo y ligero; dotado del genio de la lengua, su espíritu anarquizante parecía totalmente libre de prejuicios. Físicamente era un monstruo y socialmente un tímido. Murió el 29 de septiembre de 1915. (...) En la consideración general, hoy De Gourmont ha descendido enormemente. Se ha volatilizado, desvanecido”.


Ésa es la idea que, en época de entreguerras, le merecía De Gourmont a un Josep Pla poco dado a la ornamentación de fondo y forma. En efecto, De Gourmont fue, durante su vida, una poderosa e influyente figura literaria cuyo relumbrón social quedó anulado a los treinta años por una enfermedad de la piel que deformó su rostro. Eso no le impidió, desde las filas del simbolismo, disponer el campo para el resto de ismos que habrían de llegar, no sólo mediante un ingente trabajo crítico y erudito, sino con una serie de novelas y cuentos de tono subido que, en el ámbito de su influjo, marcarían también la pauta de nuestro primer modernismo. Rubén Darío le veneraba: "Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que fuese un Lulio". De su audaz narrativa, hoy apenas se recuerda la nouvelle Una noche en el Luxemburgo, editada aquí por última vez en el mítico sello Nostromo con un epílogo mareante de Ramón Gómez de la Serna, quien quizá le admirase también. Mayor valor, por el clasicismo inherente al género, tienen los aforismos recogidos en estos Pasos en la arena con un impecable prólogo de Luis Eduardo Rivera y semblanzas del autor por Guillaume Apollinaire (de circunstancia) y Paul Léautaud (cruda, pero estupenda).


En sus aforismos, De Gourmont sigue, no le queda otro remedio, el camino que en la misma arena fue abriendo una tradición de moralistas franceses. Sin embargo, la influencia decisiva, el genial desenfoque conceptual, la bravura, de Friedrich Nietzsche se dejan notar en cada uno de esos pasos. De entre los muchos logros del prusiano, uno fue espabilar la autocomplacencia de los literatos europeos con la sutil ferocidad de sus máximas, escritas por un ángel con el veneno del mundo: "Quien llora quiere que se llore con él; así ejerce dominio y se alegra". De Gourmont, por su parte, se las apaña tan bien, si no mejor, que el maestro: "El hombre es un animal que ha logrado serlo, eso es todo".



Esta pequeña, pero suculenta obra, no es la de un epigramático vacío. De Gourmont trata los asuntos propios del género: la estética, el amor, la vanidad, la moral y la muerte, cada una por su lado o en ágiles combinaciones. La única discrepancia con el prologuista sería determinar el asunto donde más acierta el de De Gourmont. Para Rivera es en la faceta estética, y tendrá razón. Sin embargo, opino que aquel escritor muy feo, generoso y nada sentimental afinaba en el terreno que decía aborrecer, las intermitencias del espíritu: "Hay que ser dichosos. Nos debemos esto, aunque sólo sea por orgullo". "Estar por encima de todo. Despreciarlo todo y amarlo todo. Saber que no hay nada y que sin embargo esa nada lo contiene todo". "Yo sonrío ante las ilusiones humanas; pero no quisiera unificarlas en una sola ilusión obligatoria". "Palabras de un cura de pueblo a una devota muy escrupulosa: 'Dios no es tan tonto como parece".
Hay escritores que merecen recuperarse. Y, al menos aquí, De Gourmont consiguió un libro de cabecera que aguanta el paso del tiempo.

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