sábado, 18 de septiembre de 2010

Franz Kafka / Diarios



“27 de noviembre. Bernhard Kellermann ha hecho una lectura. “Algunas cosas inéditas salidas de mi pluma”, empezó diciendo. En apariencia, un hombre simpático, de pelo tieso, casi canoso; afeitado cuidadosamente, la nariz puntiaguda, sobre los pómulos, la carne de las mejillas oscila a menudo de un lado a otro, como una ola. Es un escritor mediocre, con buenos momentos (un hombre sale al corredor, tose y mira a su alrededor, a ver si no hay nadie), es además un hombre honrado, que quiere leer lo que ha prometido, pero el público no le dejó; el terror ante el primer relato sobre un manicomio, el aburrimiento por su forma de leer, hicieron que a pesar de las tensiones, mal resueltas, de la historia; salieron con diligencia, como si hubiese otro lector en la sala contigua. Cuando, tras el primer tercio de la historia, bebió un vaso de agua mineral, se fue un montón de gente. Él se asustó. “Esto se está acabando”, mintió sencillamente.


Cuando estuvo listo, todo el mundo se levantó, hubo unos pocos aplausos que sonaron como si, entre toda la gente puesta en pie, hubiera alguien sentado aplaudiendo para si. Entonces Kellermann pretendió continuar la lectura, otro relato, tal vez algunos más. Ante la desbandada, se quedó simplemente con la boca abierta. Al fin, tras habérselo aconsejado algunos, dijo: “Me gustaría leer un breve cuento, que sólo dura quince minutos. Voy a hacer un descanso de cinco minutos.” Algunos se quedaron todavía, y él les leyó un cuento con pasajes que habrían justificado a cualquiera salir corriendo a través y por encima de todos los oyentes, desde el último rincón de la sala.”


F. Kafka.

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