martes, 21 de septiembre de 2010

Hugo Claus / El asombro de un blasfemo





Hugo Claus (1929 – 2008)

En las paredes, hay obras de otros artistas, de épocas y estilos distintos (entre ellos, uno de Alechinsky).


"El orden no es mío; el gusto, tampoco -dice-. Mi esposa se ocupa de todo esto. En mi casa no tengo mis cuadros. Sería una descortesía para mis visitantes. Me parecería horrible imponerles la visión de mis telas."



"Nací en 1929 y por cesárea. No se trata de un detalle. Dicen que un nacimiento por cesárea predispone a la rebeldía, al malestar con el entorno, con la sociedad. En mi novela La pena de Bélgica , cuento algunos aspectos de mi niñez relacionados con esos hechos. Mi madre quedó embarazada un año y medio después de mi nacimiento y se sabía que una vez más debía someterse a una cesárea: entonces me internaron en un convento de monjas, hasta tanto mi hermano y ella necesitaran menos cuidados. Pero viví allí desde los dieciocho meses hasta los once años. Mi madre decía que de ese modo ella había podido recuperarse mejor del parto. De todos modos, diez años en un claustro me parecieron una exageración, aun para una madre con dos cesáreas. En realidad, me pusieron en el internado más barato. Mi abuelo era inspector general de escuelas católicas. Una especie de papa de las monjas educadoras. Lo veían llegar y temblaban de temor y de placer al mismo tiempo. Cómo no le iban a hacer un descuento al nieto del papa belga. Eso sí, no me ahorraban ninguna penitencia. El período que pasé como pupilo con esas monjas fue horrible. Me hizo perder la fe por completo y me llenó de culpa".



"Cuando tenía ya unos veinte años y estaba en París, en compañía de un amigo fotógrafo -recuerda-, me encantaba atacar a las monjas que pasaban a mi lado. En cuanto veía una, le arrancaba ese especie de cofia, de tocado que llevan. Hay fotos mías, tomadas por aquel muchacho fotógrafo, en que se ve cómo les sacaba esos velos y la cara de terror de ellas ponían. Yo estaba encantado".








"No tengo vergüenza de decir que de chico admiraba a los nazis -confiesa-. No tenía ni idea de lo que ellos representaban. Los alemanes entraron en Bélgica en 10 de mayo de 1940. Mis padres me habían retirado del internado. Vivía con ellos en Kortrijk, una pequeña ciudad de provincia, cerca de la frontera de Francia. Hasta que llegaron las tropas alemanas, había allí soldados aliados. Los franceses e ingleses eran prepotentes, desordenados, sucios, borrachos. En cambio, cuando llegaron los nazis, los chicos nos quedamos maravillados del orden que reinaba entre ellos, y que imponían a los demás. Ninguno de ellos se propasaba con las mujeres, y además llevaban esos uniformes tan hermosos, tan teatrales, que nos intimidaban. Uno pensaba en esas gorras militares que tenían calaveras negras delante, y ya empezaba a templar y a caer en ensoñaciones. Eran de verdad los señores de la guerra y de la muerte. Además eran altos, rubios, fuertes. Suponíamos que nadie podría vencer a esos dioses. Yo los admiré hasta que empezaron a perder la guerra. Como buen machista, ya de niño, era cobarde. Un machista siempre está con los ganadores. No hay nadie más cobarde que los hombres que hacen alarde de su sexo. Después de desencantarme de la religión, también las deidades nazis me desilusionaron".


"Todos alguna vez sentimos la necesidad de tener héroes -dice Claus-. Haya algo de púber en esa actitud. Por ejemplo, en una época yo tuve mucha admiración por Fidel Castro. Me parecía que encarnaba la democracia popular. Hice dos viajes a Cuba. En el primero, viajé con Fidel por el interior de la isla. Visitábamos pequeños pueblos. Él hablaba de la Revolución pero también se ocupaba de asuntos menores. La gente le planteaba problemas familiares. Una mujer le contaba cómo su cuñado le hacía la vida imposible, por ejemplo, y Fidel lo mandaba llamar y le decía que no debía comportarse así, que un verdadero hombre, un demócrata, un revolucionario debía actuar de otro modo. La vida pública y la privada se mezclaban. Y Fidel era algo así como un padre, como un juez, una especie de Salomón. Más tarde hice otro viaje y me di cuenta de que todo había cambiado para peor. La Revolución se había convertido en una dictadura. Era horrible, por ejemplo, el modo en que maltrataban a los homosexuales. Pero de aquella época todavía me queda una especie de eco admirativo. Cuando habla Fidel, lo escucho, pienso en lo que significó como promesa y trato de no pensar en lo que es. Se trata más bien de una nostalgia de lo que no fue".


"Ya entonces -dice- pensaba que había tres cosas importantes en la vida: el amor, la poesía y la revolución. Todavía lo sigo pensando. No puedo hablar de verdad con alguien que no comparta esos ideales. Me gustaba la aventura y también leer. Creía que podía ser un excelente autodidacta. Pero uno nunca termina de pagar la deuda de los autodidactas: nos la pasamos tratando de demostrar que sabemos más que los académicos.






Deseaba vivir. Había visto cosas atroces durante la guerra. Nada podía ser peor que eso. Había estado en contacto diario con la muerte, si bien por mi edad no me había tocado ir al frente. Pero mi padre tenía un sentido cívico y humano tan formidable como implacable e imbécil. Kortrijk, la ciudad en la que vivíamos, fue la más bombardeada de Bélgica. Cuando terminaba un bombardeo, se oía una sirena que indicaba el final del ataque: entonces mi padre se unía a los médicos, a los enfermeros, a los grupos de ayuda y de rescate, de los que formaba parte. Y me obligaba a acompañarlo. Yo tenía trece años y me espantaba ver esos cuerpos tranchados, cubiertos de sangre. Hurgábamos entre las ruinas y de pronto encontrábamos una pierna, un brazo, pero no sabíamos de quién era.


Una vez los aliados bombardearon un tren militar en el que viajaba un pelotón de soldados nazis. Las bombas también cayeron sobre un depósito de carbón que estaba al lado de las vías. Una verdadera muralla de carbón se derrumbó sobre los vagones destrozados y sobre los cuerpos de los alemanes. Nosotros ayudábamos a los heridos de los dos bandos, de modo que tratamos de rescatar a aquellos hombres sepultados bajo el carbón. Los hallábamos pintados de negro, como si esos dioses rubios, esos arios puros, se hubieran convertido, por obra de un hado maligno, en seres de otra raza, de la raza negra que despreciaban. Al principio, creí que nada de todo aquello me había afectado".


Entró a trabajar en una refinería de azúcar.
"El azúcar era muy caro en Europa en aquel entonces. En Francia estaba racionado. Con unos compañeros empezamos a robar pequeñas cantidades, después pasamos a sustraer un kilo, cinco, diez. Ya se sabe cómo son esas cosas. No pasó mucho y ya habíamos armado una red fantástica: robábamos camiones enteros de azúcar. Tenía muchísimo dinero. Pero como era surrealista (adoraba a Breton), acumular dinero me parecía inmoral. El dinero era para gastarlo, sobre todo en mujeres. Encontraba una prostituta que me gustaba y allí me iba con ellas. Me pasaba dos, tres, cinco días, encerrado con la que más me gustaba. Eran verdaderas maratones".


Dice Claus:


"Cuando tenía entre veinte y veinticinco años, mi mayor ambición era ser un gigoló. No un prostituto, sino una especie de odalisca de sexo masculino. Un hombre entregado por completo a una mujer, al cuidado de su amada. Quería tener una amante a la que pudiera hacerle el amor, la comida, lavarle los platos, recibirla con una sonrisa después de su trabajo; soñaba con anticipar y satisfacer cada uno de sus deseos. Tuve algo así. Una mujer bellísima, una actriz, Eli Norden. Quitaba el aliento de sólo verla. Era una estrella, me mantenía para que yo fuera su amante perfecto. Y creo que lo fui, hasta por los disgustos que debo de haberle dado".






Los sueños, como floraciones del inconsciente, fueron importantes para Claus durante muchos años:


"Ese interés procedía de mi adhesión al surrealismo. Buscaba soñar para poder despertarme y anotar lo que había soñado, interpretarlo e incorporarlo a mis poemas y a mis libros. Era un soñador profesional. Hasta que un día, no sé cuándo, me cansé y tiré todas esas anotaciones. Por supuesto, no dejé de soñar: todo lo contrario. Sueño con una intensidad insoportable. Tengo pesadillas, o más bien una sola pesadilla: sé que hice algo horrible y entonces aparecen unos jueces que me piden cuentas por el crimen cometido. Pero esos jueces son a la vez verdugos cargados con las hachas que les servirán para cortarme en pedazos. Yo trato de defenderme y entonces, inevitablemente, me despierto a los gritos. La sensación que tengo es tan real que salto de la cama y golpeo a mi esposa, que duerme a mi lado. Una vez me abalancé sobre los vidrios de la ventana y los rompí a puñetazos. Supongo que todos esos elementos cortantes proceden del recuerdo de aquellos fragmentos humanos, triturados, que vi en la guerra".



"Hoy ya no creo en aquellas consignas de Cobra -dice Claus-. Los niños no son puros: todos estamos hechos de luces y de sombras, a cualquier edad. Por otra parte, los artistas de Cobra se inventaron un estilo, se atrofiaron. Hoy uno va a los museos, ve los cuadros de esos hombres y los puede identificar. Cedieron al propio narcisismo. Detesto tener un estilo. Yo no lo tengo, ni como pintor ni como escritor. Me parece deshonesto y empobrecedor tener un estilo: es vivir y crear con anteojeras. Tampoco se trata de hacer cosas bonitas; se trata de hacer y decirlo todo. Por eso me encantaba Picabia: no le importaba hacer obras malas. No iba detrás de la belleza, sino de una verdad que está más allá de la hermosura".



"Siempre sentí envidia y cierta desconfianza por los novelistas que tienen ideas muy claras, como Thomas Mann. Un intelectual irreprochable, demasiado quizá".



El escritor belga especula: "Descartes detestaba el frío, pero era un cortesano; más aún, debía de ser un esnob. Y allí ya hay una pizca de irracionalismo. Cristina salía a cabalgar por las mañanas, y el pobre Descartes la seguía, envuelto en mantas y pieles, mientras le explicaba teoremas. Pero qué podían las cibelinas contra la nieve nórdica. Descartes se murió de pulmonía o de pleuresía, pero en realidad la causa de su deceso fue el esnobismo. Y todo eso por Cristina de Suecia, que era una reina amante de la filosofía, pero que no se parecía a Greta Garbo, porque era más bien masculina. ¡Qué habría hecho por lady Di! Otro dato curioso: Descartes escribió para la reina un ballet con un tema anticipatorio, la unión europea. Debe de ser algo así como el tatarabuelo del Mercado Común".






Claus se encerró tres semanas y copió lo mejor que pudo la estructura, el estilo, los tics de Faulkner. Cuando le entregó La caza del pato al editor, éste le pagó lo que habían convenido pero no le publicó la novela porque no le pareció suficientemente norteamericana. Claus presentó entonces la obra a un concurso muy importante y lo ganó. De inmediato se dijo que había aparecido un gran creador nacional:



"Todos dijeron que había sintetizado el alma de Flandes, que no se había escrito en décadas algo tan flamenco como esa novela. Les perdí el respeto a todos los críticos que dijeron eso. Lo extraño es que hace poco volví a leerla y tuve que admitir que tenían razón. Como copión de Faulkner, no soy más que un flamenco".
En cuanto a la poesía, una de sus últimas series le fue inspirada por la visita del papa a Bélgica. "Son blasfemas y vulgares -confiesa-. No sé por qué. O, más bien, lo sé, tuve necesidad de escribir todo eso. Pero yo no empecé: fue el papa el que lo hizo. Él vino aquí y, en cierto modo, me provocó".
"En cada libro, trato de encontrar un estilo, una forma, distintos del anterior. La vida ha sido siempre asombro para mí, el asombro del que habla el título de una de mis novelas. Las cosas me han sucedido de un modo imprevisto y lo planeado resultó a la larga distinto de lo que había pensado. Ese asombro está hecho de angustia, pero también de alegría, de perplejidad y de esperanza. Con mis pinturas, con mis piezas de teatro, con mis novelas, he tratado de que el lector, el espectador vuelvan a encontrarse en la vida, es decir, en el asombro perpetuo. No hay nada más alto que el asombro porque no hay nada más alto que la vida".


Fuente : LA NACION (Miércoles 25 de marzo de 1998)

No hay comentarios:

Publicar un comentario