domingo, 24 de octubre de 2010

Alice Munro / Odio, amistad...


“Cuántos cambios en Sabitha en apenas tres semanas, el lapso en que Edith había trabajado en la tienda y su madre se había repuesto de la operación. Sabitha tenía la piel de un marrón dorado suculento y el pelo más corto, flotaba alrededor de su cara. Sus primas se lo habían cortado y le habían hecho la permanente. Llevaba una especie de vestido sport con falda pantalón, botones al frente y volantes en las mangas de un adecuado color azul. Había engordado un poco y cuando se inclinó a recoger su vaso de café con hielo, que estaba en el suelo, exhibió un escote mórbido y resplandeciente.
Pechos. Debían de haberle empezado a crecer antes de que se marchara, pero Edith no lo había notado. Quizás una se los encontraba un día al despertarse. Quizá no.
Surgieran como surgieran, parecían marcar una ventaja totalmente injusta e inmerecida.
Sabitha hablaba hasta por los codos de los primos y de la vida en el chalet. Decía: “Oye, tengo que contarte algo increíble”, y luego se ponía a chapurrear sobre lo que le había dicho tía Roxanne a tío Clark en medio de una pelea, y cómo Mary Jo los llevaba a todos a un bar de la carretera conduciendo el coche de Stan con la capota baja y sin permiso (¿quién era Stan?), y nunca quedaba del todo claro por qué la historia era tan genial o increíble.


Pero al cabo de un tiempo se aclararon otras cosas. Las auténticas aventuras del verano. Las niñas mayores –entre ellas, Sabitha- dormían en el piso de arriba del cobertizo de las barcas. A veces hacían guerras de cosquillas. Y luego se juntaban todas contra una y le hacían cosquillas hasta que se rendía y aceptaba bajarse el pantalón pijama y mostrar si tenía pelos. Se contaban historias sobre niñas del internado que hacían cosas con el mango del cepillo de dientes, con el mango del cepillo del pelo. Guugui. Una vez, dos primas habían montado un show: una se había puesto encima de la otra y había hecho de chico, y habían trenzado las piernas y gemido y jadeado y perdido la cabeza.
La hermana del tío Clark y su marido habían ido a pasar la luna de miel, y a él se le había visto meterle mano bajo el traje de baño.
-Esos dos sí que se querían. Haciéndolo día y noche –dijo Sabitha. Se apretó un cojín contra el pecho-. Cuando la gente está tan enamorada no puede evitarlo.
Una de las primas ya lo había hecho con un chico. Era un ayudante de verano del centro turístico que había carretera abajo. Se la había llevado en un bote y había amenazado con empujarla al agua si no dejaba hacérselo. O sea, que no había sido culpa de ella.
-¿Y no sabía nadar? –preguntó Edith.
Sabitha se metió el cojín entre las piernas.
-Aaay –dijo-. Qué gusto da.
Edith lo sabía todo sobre los placenteros tormentos que sentía Sabitha, pero la pasmaba que alguien se los infligiera en público. A ella, por su parte, le daban miedo. Años atrás, sin saber aún qué estaba haciendo, se había dormido con las sábanas entre las piernas; su madre la había descubierto y le había contado la historia de una niña que hacía esas cosas tan constantemente que, para solucionar el problema, habían acabado por operarla.
-Primero le echaban agua fría, pero ni de ese modo se curó –había contado su madre-. Así que tuvieron que amputarla.
De lo contrario se le habrían congestionado los órganos y podría haber muerto.
-Para ya –le ordenó a Sabitha.
Pero Sabitha siguió gimiendo, desafiante, y dijo: -No es nada. Lo hacemos todas. ¿Tú no tienes cojín?...”


Alice Munro (Odio, amistad…)

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