jueves, 7 de octubre de 2010

Francisco Casavella


Los guardianes del secreto

Durante años, el guionista Eric Roth ha luchado por llevar a la pantalla The good sheperd (El buen pastor), un relato que, a partir del fiasco de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, cuenta el origen, la tenebrosa evolución y ciertos mecanismos de la más legendaria estructura burocrática de la segunda mitad del siglo XX: la Agencia Central de Información (quizá de Inteligencia), la CIA. De la mano de Robert de Niro, el resultado final es una historia que se intuye de brillante concepción, pero malbarata en su desarrollo las sutilezas del guión con un subrayado excesivo. En otras palabras, buena música tocada sólo con dos dedos. El estreno de la película llega, sin embargo, en un momento idóneo. La semana pasada moría en Miami Howard Hunt, el conspicuo oficial de la CIA, novelista y consejero de seguridad de Nixon cuyos méritos en vida fueron más que notables: no sólo escribió la serie de novelas protagonizada por el agente secreto Peter Ward, la réplica estadounidense a James Bond, sino que enriqueció el significado de la voz "fontanero" al aplicar en su propio país los métodos de desestabilización que había utilizado con éxito variable en Guatemala, Uruguay y Cuba. Este 2007 se cumplen, además, 60 años de la creación de la Agencia, hora de mostrar la peculiar moral política que impulsó sus actividades y cómo la novela y el cine han retratado esa insondable ambigüedad.


La CIA se creó para luchar contra la supuesta némesis del modelo americano de democracia: el comunismo y su posible expansión. Dos imperios frente a frente. Durante la guerra fría, mientras los movimientos o amagos militares se encaminaban hacia el abismo de la Destrucción Mutua Garantizada, en el subsuelo se dirimía otro juego que sólo parecía tener un fin: asegurar la perpetuidad de ese mismo juego. O así se nos antoja todo aquello desde la caída del muro, cuando los servicios secretos dejaron de lado las excusas ideológicas para convertirse, ya descaradamente, en aval fraudulento de intereses corporativos. Los golpes de Estado, las dictaduras, la constante amenaza para algunos países, o la guerra caliente y cruenta para otros, sólo fueron movimientos circunstanciales de una trama absurda.
¿De qué pasta estaban hechos aquellos oficiales de la CIA? En el terreno de la ficción, hubo alguien que lo vio primero y lo vio entero. Me refiero a Graham Greene, quien en su obra maestra El americano impasible nos dio, ya en 1955, y en el personaje de Alden Pyle, un retrato del oficial paramilitar ultramarino: pinta de ejecutivo, vago ideario y acciones contundentes donde, sin conocer, ni importarle, cuáles eran las raíces de un problema, justificaba los fines con cualquier medio. Para calibrar el acierto de la creación, no hay más que comparar el personaje de Greene con el retrato que de sí mismo dibuja, con intención favorable, desde luego, Howard Hunt en sus impagables Memorias de un espía. En ese libro, escrito como descargo de su intervención en el escándalo Watergate, el ex oficial de la CIA exhibe un desfachatado ejercicio del cinismo más entusiasta. Así, tras derrocar el Gobierno democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala, Hunt escribe: "Por vez primera desde la Guerra Civil española, un Gobierno comunista había sido derrocado". Una tonada que sigue sonando igual, después de tantos años, en voces de variada afinación. Quizá sea ése el modelo único. No cabía más, ni se esperaba menos.


Otras obras se inclinan a creer que ese patrón de malabarista del secreto, el cartesianismo tortuoso y el chantaje es producto de un idealismo pervertido por una suerte de pecado original. Eso nos contaba El fantasma de Harlot, la colosal novela de Norman Mailer, ambientada en el mismo periodo que la película de De Niro, e inspirada en el mismo modelo real, James Jesus Angleton, Madre, el que fuese jefe de Contrainteligencia en los años cruciales de la guerra fría. Retratado como un lord Byron del espionaje, Angleton se veía a sí mismo y a sus oficiales como una nueva orden de caballería dispuesta a convertirse en la mente de Estados Unidos. Talentos reclutados entre la crema de la Ivy League a quienes se inculcaba la mística de una Visión, un Destino, ser la mano de una Providencia, la más excelente de las burocracias, la cual no tiene más remedio que ocultar bajo escombros de teorías y justificaciones el hecho inapelable de recurrir una y otra vez a métodos antidemocráticos para erigirse en salvaguarda de la Libertad, con mayúscula y antorcha. Los nuevos monjes guerreros, los guardianes del secreto.


Eso cuenta, y aún podría contar mejor, The good sheperd, el modo en que un elegido por la Providencia se convierte en su víctima, la continuidad de un legado de traición, la corrupción general inducida por la corrupción de unas élites. El lema de la Agencia, tomado del evangelio de san Juan (8, 32), "Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" se ha convertido en este pensamiento de Pascal: "Hemos triturado palabras largo tiempo, nos han sostenido astutas sensaciones, pero no por ello se dirá que hayamos pensado".


Fuente: El País 02-02-2007

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