viernes, 29 de octubre de 2010

Idea Vilariño




De quien dicen que plantaba jardines y los hacía florecer allí donde viviera. De quien dicen que era dura, implacable y hermosa, hermosa, hermosa. ¿Quién era usted, huérfana de madre, huérfana de padre, huérfana de hermano? Violinista. ¿Quién? Asmática, enferma de la piel, enferma de los huesos, enferma de los ojos. Profesora. Quién era usted, usted que hablaba poco y que habló tanto –tanto– de un solo amor de todos los que tuvo: de uno solo. Quién era usted. Usted, el haz de espadas. Usted, que dejó trescientas páginas de poemas, nada más, y sin embargo. Usted, que se murió en abril y en 2009 y que a su entierro fueron doce. Usted, que dejó una nota: "Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor. Cremar".
Publica: El Malpensante


Por: Leila Guerriero

(…)

Soledad "como una sopa amarga", escribía Idea Vilariño. Que era poeta, que era uruguaya.

(…)

"Ya no será / Ya no / ... No sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. / No volveré a tocarte. / No te veré morir". La voz hastiada. La voz suya. "

–¿Cuál es el estado presente de tu espíritu?

–Hace un tiempo que siento como si ya me hubiera muerto.

–¿Cómo te gustaría morir?

–Ya.

–¿Cuál es tu lema? –Ninguno. Pero podría ser: ¿para qué?".

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Escribía desde siempre –decía que desde antes de saber escribir– poemas armados con palabras que muchas veces no entendía pero cuyo sonido le resultaba fascinante. A los doce ya estaba enamorada: Rubén Cosito, de catorce –"precioso, elegante, bonito, con los ojos azules rasgados y una cabeza bien puesta que era una maravilla de ver"–, fue su novio por dos años, a pesar de la persecución de la familia.–Yo fui amiga de Idea desde el cuarto año del liceo, teníamos 16 –dice Silvia Campodónico–. Ella vivía en una casa delante de la calera, muy pobre. Eso de que le echaba el ojo a los hombres fue desde chica. Se asomaba a los balcones del liceo donde estudiábamos y se hacía de novios en la calle. Pero tenía un problema terrible, además del asma, y era el eccema. Cuando tenía eccema se transformaba en un monstruo. Hicimos juntas el ingreso a medicina, pero nos cambiamos a literatura. Las clases de filosofía eran con Emilio Oribe. Le compramos un libro de Paul Valéry, entre las dos. Idea le bordó la tapa. Bordaba impresionante. Y ya tenía intenciones con él. Don Emilio fue uno de los primeros amores que ella tuvo. Pero no sé cuándo empezó. Se sabe, apenas, que fue en torno a 1940, y entonces ella habrá tenido 20 y él 46.

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–Hablaba de los hombres como de "mis caballeros" –dice Ana Inés Larre Borges–. Tuvo muchos amantes. No porque fueran clandestinos, sino por el tipo de relación que ella sostenía. Manolo Claps sí fue un novio. Pero me parece que se le superponía con otros. Se enamoraba bestialmente, y se enamoraban de ella. El amor que le interesó es el amor pasión. Un amor intenso, que tiene que acabar para poder ser.

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Se llama Generación del 45, en Uruguay, a un grupo de escritores, poetas, críticos y editores que, al decir de Rosario Peyrou, fueron "cosmopolitas, inconformistas, rigurosos, introdujeron la literatura uruguaya en la modernidad... Realizaron una revisión crítica del pasado literario nacional, estudiaron y revalorizaron a los escritores modernistas del 900, fundaron revistas y editoriales, ejercieron el periodismo cultural, tradujeron y publicaron a los nombres mayores de la literatura europea y norteamericana de postguerra". A esa generación, a la que pertenecieron Mario Benedetti, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Ida Vitale y Juan Carlos Onetti, pertenecía Idea Vilariño. Fue la revista Marcha, una de esas publicaciones que fundan prestigios, la que fundó el suyo.

Vestía, de negro o de violeta oscuro, trajes y blusas –extrañamente, blancas–, y collares de perlas de una vuelta o de dos. Usaba a veces aros, a veces boinas. El pelo recogido en torzadas, rodetes, suelto al hombro. Las fotos del verano sugieren que se bronceaba demasiado, que alcanzaba un color de miel intenso, saludable, que eso la hacía sentir bien. Sus retratos son versiones de lo mismo: la frente un médano, los pómulos bruñidos, nunca sonrisas. Los ojos, hastiados más que tristes, o viendo algo que nadie más ve. Trabajaba en la Sala de Arte de la Biblioteca del Museo Pedagógico.Después llegó la enfermedad, y entonces todo eso importó poco.

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–Estaba en cama –dice Silvia Campodónico–. El agua del eccema traspasaba el colchón y mojaba el piso. Yo pensaba que esa locura de amor de ella venía de eso, de esa enfermedad, de la idea de muerte que le traería eso.

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En 1949, ella, Manuel Claps y Emir Rodríguez Monegal fundaron Número, una revista literaria que se transformó en un referente y a la que se incorporó, después, Mario Benedetti, que sería su amigo hasta el final. Para muchos fue fácil entender el afecto y la afinidad política pero no el respeto intelectual entre esa poeta exquisita y ese hombre al que se acusaba de escribir para el póster. Ella, en todo caso, no mentía: "Te debo carta desde que te fuiste –le escribía a Benedetti en 1998–. Pero la cosa era que se trataba de una carta difícil. Porque te dije entonces que te escribiría sobre tu libro, y no sé cómo decirte que no me gustó". En los años de Número los integrantes no se tomaban la molestia de ser educados para rechazar materiales de Neruda, de Borges, de Onetti. "Fuimos parricidas. Fuimos algo que debía suceder", diría después Idea Vilariño.

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"La década de los cincuenta es fundamental para mí –diría después–. Empieza la enseñanza, la militancia política. Me enamoro de Onetti". Fue en el barrio de Malvín, Montevideo, un bar. Manuel Claps –que ya no era su pareja– le anunció que habría un encuentro con Juan Carlos Onetti, que por entonces vivía en Buenos Aires y acababa de publicar La vida breve. En Construcción de la noche (Planeta, 1993), la biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez, el encuentro se recrea así: "Cuando Manuel Claps le avisó a Idea que en la noche se encontrarían con Onetti, ella dijo que con ese cretino no quería saber nada... Onetti tenía entonces una versión de Idea, por lo menos, estrafalaria". "Él pensaba que yo era una mujer gorda –decía Idea Vilariño en el documental Idea–, vestida con colores fuertes y a la pesca de un hombre con quien pasar la noche. Él estaba esperando conocer a una persona bastante horrible, bastante barata. Entonces dice que se sintió sorprendido de ver a un ser delicado con una sonrisa giocondina. Y a mí me pasó lo mismo. Yo iba a ver a un tipo medio despreciable y me encontré con un tipo seductor y muy inteligente".

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"Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré". Onetti regresó dos días después a Buenos Aires, y empezó una correspondencia abrumadora. "Si se encuentra con Idea –escribía él–, pídale que me escriba, dígale que ella y yo estuvimos o estamos histéricos, que mi última carta era asombrosamente imbécil". Idea le enviaba fotos de sí misma con frases como "estoy sola, dónde estás tú". Él no ocultaba esas cartas a su mujer, Elizabeth María Pekelharing, con quien acababa de tener una hija. "Éramos dos monstruos", diría Idea Vilariño, mucho después. Ese año publicó su cuarto libro, una plaquette de cuatro o cinco poemas, todos anteriores a Onetti. Lo llamó Por aire sucio.

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–Yo creo que la relación con Onetti fue una relación literaria, una relación para la biografía –dice Silvia Campodónico.–Yo nunca pude saber si Idea lo quería. Fue la única persona que la maltrató de maneras muy bajas. Pero ella en un momento empezó a jugar un poco con esa situación –dice Numen Vilariño.–Yo creo que si Onetti la hubiera elegido, ella hubiera dicho que sí, porque fue su gran amor, y ella lo fue construyendo como un gran amor –dice Ana Inés Larre Borges. –Yo creo que a Idea lo que le importaba mucho era hacer una pareja tan especial. El mejor escritor, la mejor poeta. Él le propuso muchas veces casarse, pero ella dijo que no porque consideraba que una relación permanente era imposible –dice María Esther Gilio.

"Había un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora –le decía Idea Vilariño a Hilia Moreira, para la revista Punto y Coma–. Cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día o de noche o si era sábado. Nos transformábamos en enemigos, en parientes, en desconocidos. En alguna oportunidad, llegamos a pasar días, encontrándonos a tientas, invocando algo que era como dar la vida. Era una experiencia de éxtasis... Una vez me propuso que nos casáramos. La propia intensidad y belleza de esos juegos los vuelve peligrosos, acaso al borde de una línea sin regreso. No son ceremonias que puedan repetirse a menudo".En 1953 Juan Carlos Onetti se separó, pero no para estar con Idea sino para casarse con Dorotea Muhr, Dolly, una mujer que su propia ex le había presentado. –Idea me contó que él le dijo: "El jueves me tengo que ir a Buenos Aires" –cuenta María Esther Gilio–. Y ella le preguntó: "¿Por qué?". "Porque me tengo que casar". Y yo le pregunté: "¿Y vos qué le dijiste?", y ella me contestó: "No debo haber dicho nada. Éramos muy especiales". En 1955 Onetti y Dolly se mudaron a Montevideo y empezaron a vivir en un apartamento helado, en el que él cultivaba oscuridad, alcohol, los cigarrillos. Idea, mientras tanto, trabajaba, escribía, enseñaba, vivía en una casa con luz, con biblioteca y piano, con las plantas. –Una vez la encontré a Dolly con una bolsa llena de latas, y me dijo: "Voy a casa de Idea, porque Onetti va a vivir con Idea unos días y ella no le da de comer, entonces le llevo latas" –dice María Esther Gilio–. Le dije: "Pero Dolly, ¿cómo es que no te importa que Onetti tenga otras mujeres?". Y me dijo: "Onetti trabaja con mujeres en sus libros. ¿Puedo pedirle que no conozca mujeres?". Ella quería que él fuera feliz. "Teníamos la relación más difícil y más imposible –decía Idea Vilariño en Construcción de la noche–. Es el último hombre de quien debí enamorarme... El sexo era para él una manera de explotarte, de torturarte, de revolverte el corazón y de hacerte decir hasta lo que no querías... Discutíamos, nos dejábamos de ver, pasaban meses, yo comenzaba otra relación y cuando estaba en lo mejor llamaba Onetti y se iba todo al demonio... Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, él leyendo un libro, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro, Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui".

(…)

En 1957 publicó Poemas de amor y lo dedicó –desembozada– "A Juan Carlos Onetti".Años más tarde quitaría esa dedicatoria, y él, ya viejo, sentiría rabia. Rabia. (…)"

–¿Cuál es el principal rasgo de tu carácter?

–El rigor.

–¿Tu principal defecto?

–La intolerancia.

–¿Tu ocupación preferida?

–Mis indagaciones sobre los ritmos poéticos. Las plantas".

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Anotaba, en una libreta, los nombres de todos los hombres con los que había estado. Cuando le preguntaron si eso no resultaba escandaloso, respondió: "A Mario Benedetti nunca le pareció escandaloso. Los demás pensaban que yo era una ordinaria". Cuando le preguntaron si la poesía amorosa era el centro de su vida, respondió: "No. El centro de mi vida ha sido una corporalidad invasora, ávida, que asediaba mi trabajo de escritura".

(…)

Era agosto de 1961. Cuando una bala destinada al Che Guevara –que daba una conferencia en Montevideo– mató al profesor Arbelio Ramírez. Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti llevaban tres días de encierro en la casa de la calle Durazno, "iluminados todo el tiempo con luz artificial, casi sin alimentarse, amenazados de extenuación amorosa", se lee en Construcción de la noche. En mitad de eso sonó el teléfono. Era una llamada del gremio de docentes para convocar a una asamblea. Idea se vistió, le dijo a Onetti que volvía en dos horas. "Cuando estaba por salir me dijo: ‘Si te vas, no me ves más´ –decía en Construcción de la noche–. Entonces volví. Me dice: ‘No, si te vas a quedar de esta manera es mejor que te vayas´. ‘¿Si? Bueno, entonces me voy´, y cuando llegué a la puerta agregó: ‘Te vas a arrepentir de esto. Vos sabés que yo no me puedo ir solo, pero me voy a ir de cualquier modo´. Conocía la manera de retorcerme el corazón. Regresé hasta él. Ahí nos volvimos a pelear y entonces sí, me fui". Cuando volvió a su casa, tres horas después, Onetti ya no estaba. Había dejado una nota, insultándola, y los poemas de amor, que ella le había dado, arrojados a los pies de la cama. "Cuando empiezo a ordenar, llena de tristeza, encuentro la inyección que debía darse ese día. Como no podía interrumpir el tratamiento, me fui hasta su casa. Toqué el timbre y me atendió Dolly... ‘Pasá, me dice, pasá que Juan está muy mal´... Estaba desesperado y triste, ya no tenía nada que ver con aquel tipo que me había estado amenazando toda la tarde. ‘¿Y los poemas? ¿Dónde están los poemas?´, me preguntaba. ‘Creí que formaban parte del insulto´, le dije. ‘No, no´, dice, ‘se me cayeron, yo quiero esos poemas´ ". Por esos días, cuando Idea volvió para ver cómo seguía, Dolly le preguntó: "¿Cómo es que queriéndolo así, de esa manera, tú puedes andar después con otros?". "Tú lo tenés y yo no –le dijo Idea–. Vivo sola, soy joven, a veces me paso años sin verlo, no puedo estar dependiendo de un hombre que se acuerde dentro de tres meses que existo. Ahora, lo que yo tampoco comprendo es cómo hacés tú para tolerar su relación conmigo y con otras mujeres". "Mirá", contestó Dolly, "lo que lo hace feliz a él, me hace feliz a mí. Yo quiero que él sea feliz". –Idea no fue ninguna víctima –dice Rosario Peyrou–. Para ser esposa de Onetti había que tener un grado de entrega y abnegación que ella no tenía. "Porque me voy, dijo; porque estaré con D; porque querrías que viviese contigo. No, no, que se muriese por mí, tal vez. Vivir, no; no nos dejaríamos vivir", anotaba Idea Vilariño en sus diarios, en 1959.

(…)

Ese año, (1973) Juan Carlos Onetti, y otros miembros del jurado de un concurso organizado por Marcha, fueron detenidos por premiar un cuento que resultó subversivo para el gobierno de facto, que cerró la revista. Onetti, por problemas de salud, fue trasladado a un hospital. Allí, después de años sin verse, el 15 de marzo de 1974 Idea Vilariño fue a visitarlo.

Esa misma noche escribió un texto que se reproduce en Construcción de la noche y que empieza con Dolly dejándolos solos. "Quedamos solos y callados... Me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labio superior, con una expresión ¿ de impotencia, de desesperación? ‘Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrís de amnesia. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos´. ‘Nunca me lo dijiste´. ‘Nunca entendí aquel deseo de posesión. No te dejaba ir a clase. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos... Lo que nunca pude recordar, lo que nunca pude saber, fue cómo terminó lo nuestro, cómo te perdí de vista, qué pasó´ ". Ella le recordó la noche de 1961, la muerte del profesor, la discusión, el abandono. " ‘Mirá, dijo, yo borracho, lloré una o dos veces en mi vida, vos sabés; pero en seco, nunca. Y siento que voy a llorar´. ¿Qué hacía yo ahí supremamente conmovida, inclinada hacia él desde mi silla, impotente, desesperada? Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres´, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo´. Estábamos como declarándonos. Entre otras cosas le dije: ‘Tuve años tu robe de chambre, aquella que fue de no sé quién, y que tú usaste, colgada allí, recordándote. Durante mucho tiempo la olía a veces, hundía la cara en la seda hasta que perdió aquel olor´... temí que iba a llorar. Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme... Estábamos como enfermos de emoción... Era lo de siempre; me tenía en sus manos, me partía en dos. No me olvidaba de L. ni de D. Si no, si hubiera cedido a mi emoción, creo que me hubiera arrodillado junto a la cama, y le hubiera dicho: ‘Lo que quieras, como quieras´ ". Entonces entró Dolly e Idea dijo que tenía que irse. Cuando se acercó a saludarlo, Onetti la besó en la boca. "Ella me acompañó hasta la puerta, y no me volví a mirarlo. Esperé largo rato el ómnibus con ganas de llorar o de morirme". Onetti se iría, poco después, a España. Se verían dos veces más pero nada indica que, luego de esa noche, volvieran a encontrarse allí, en Montevideo.

–Ella me mostraba las cartas que le mandaba él desde España –dice Irina Bogdachevski–. Le decía que no podía vivir sin ella, y estaba en otro país con otra persona. Pero ella también era bastante cruel, definitiva: si no es así, entonces que no sea nada."Yo muy a menudo decía que no –le decía Idea Vilariño a María Esther Gilio–. Pero no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza"."Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña. Es el estado del amor", le decía Onetti a María Esther Gilio, en 1965. En 1991, cuando Gilio le preguntó con qué poema de los que le había dedicado Idea se quedaría, Onetti dijo: "Ya no" y, hojeando Poemas de amor, se lamentó:

–Lo único que no me gusta de esta edición es que ya no me la dedica.

–Bueno, ella añadió ahí poemas que no son para ti.

–No me interesan las explicaciones racionales. Me interesa que ya no estoy más allí... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí... No digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo era algo muy cerebral, intelectual.

–¿Nada más?

–También es cama.

–Pero supongamos que sea verdad, que ella no te amó. ¿Y tú a ella?

–Andá a saber. Sé que ahí hubo un alto porcentaje de cosa sexual.


La entrevista llegó a oídos de Idea Vilariño. "Me enojó mucho –decía en el documental Idea–. Tener todos esos poemas de amor ahí y estar exhibiendo tu corazón deshecho, y que él después con unas frases así, livianas, desdiga todo eso, lo niegue. Eso me chocó, me dolió. ¿Cómo podés decir que una persona que escribió eso tuvo un amor intelectual por él? No sé. Era difícil este hombre. Decía que creía que yo estaba creando un amor para la historia de la literatura. Algo tan imposible. Vos no podés hacer eso cuando estás queriendo tanto y cuando estás escribiendo las barbaridades que yo he escrito para él".

(…)

Y en Madrid, en mayo, en 1994, Onetti se murió. "Quiere avisarme que él está internado, que está grave, que todo indica que esto es el final", anota en su diario el 28 de mayo de 1994, después de recibir una llamada de Raquel, la prima de Onetti. El texto sigue con un ruego (ella, que no creía en nada: con un ruego): "Que no se dé cuenta. Nunca quiso ni pensar en la muerte. En un cti. No sabe estar enfermo. Que no se dé cuenta". El 30 de mayo, después de hacer una llamada a Madrid, escribe: "Me atiende Paquita llorando. No hay esperanzas, no hay esperanzas". Se queda allí, llorando, pero cuando la radio dice que ha muerto ya no llora. Se queda laxa, tratando de recordar. Empiezan a llamar los diarios, pero ella dice no, no, y solo atiende a los amigos. La llama Manuel Claps. La llama Mario Benedetti. Alguien, le dicen, vio a Onetti el 8 de mayo, delgado, piel y huesos. "¿Cómo yo no supe eso? Le escribí esa carta que, dice Mario (Benedetti), llegó cuando ya había muerto. Muerto él".


"De tarde dicen que ya lo incineraron. Es un poquito de cenizas, todo aquel hombre, el amor mío".El amor suyo. "El amor mío". "Creo que la actitud más lúcida, más sana, es tener presente que la vida y el amor se acaban. Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles pero también digo que los hacen más intensos y más hondos", le decía a Mario Benedetti, en una entrevista publicada en Marcha en 1971. "De Dios ni hablar. No es un problema, no es una preocupación. Todo se acaba. El amor, la vida, el mundo. Para hacer planes con tu obra o con tu cuerpo tenés que estar loco. Y bueno, ésa es la cosa. Nada de Dios", decía en el documental Idea.

(…)

Pasó diciembre, pasó enero. Se internó varias veces en un sanatorio –el Centro de Asistencia del Sindicato Médico de Uruguay– hasta que en abril de 2009 –el 28– la llevaron allí para operarla con urgencia –el intestino– y entonces se murió: Idea Vilariño se murió. Pocos días después, el 17 de mayo, murió Mario Benedetti. El gobierno decretó duelo nacional y velatorio en el Congreso. Al panteón del Cementerio Central, donde lo llevaron, fueron dos mil personas. Al funeral de Idea Vilariño, en cambio –empresa Rogelio Martinelli, Canelones 1450– no fue nadie. O sí: diez. Dos eran funcionarios del gobierno.


"–¿Qué quisieras ser? –Un arqueólogo. Un artesano. –¿Donde desearías vivir? –En un médano frente al mar donde viví en Las Toscas, cuando aquello era un solitario paraíso. –¿Tu sueño de dicha? –La soledad".


–Éramos pocos en el velatorio –dice Rosario Peyrou–. Después la llevaron al paraninfo de la universidad y ahí fue un poco más de gente. Pero al Cementerio del Norte apenas fuimos diez. Selva, la empleada, fue la depositaria de las instrucciones: un papel en el que, con letra vieja, Idea Vilariño había escrito lo que esperaba de allí en más. "Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor, etc. Empresa Forestier Pose o Martinelli. Decir allí murió Idea Vilariño. Cremar": la técnica de la omisión de la anécdota llegando, aquí, a su grado máximo. Selva le dio el papel a Coriún Aharonián y entonces él –y Ana Inés Larre Borges– salieron a buscar un ataúd sin cruces.

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