viernes, 29 de octubre de 2010

Precipicios (9)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




“A uno le adjudicó Correos ese destino, de forma arbitraria o atendiendo a sus deseos; el otro fue allí porque había leído libros; porque aquello era el Sur, donde creía que el dinero escaseaba menos, las mujeres eran mas clementes, y los cielos, extremosos y japoneses. Porque iba huyendo. Unas cuantas casualidades los hicieron arribar a ambos a la ciudad de Arles, en 1888. Aquellos dos hombres tan dispares se agradaron; cuando menos, el aspecto de uno de ellos, del de más edad, agradó al otro lo suficiente para que lo pintase cuatro o cinco veces: es, pues, creencia común que sabemos cómo eran los rasgos que tenía el hombre aquel en aquel año, a los cuarenta y siete de su edad, de la misma forma que sabemos cómo eran los de Luis XIV en cualquiera de sus edades, o de Inocencio X en 1650; y es innegable que no se destocó para retratarse, que es lo mismo que hacen los reyes, y aparece en sus retratos sentado como un papa; con eso basta. También sabemos unos cuantos asuntillos de su vida, que a él le causaría gran asombro ver, bajo su propio rostro, en las prolijas notas de libros muy eruditos. Sabemos, por ejemplo, que la administración de Correos lo trasladó, a finales de 1888, de Arlés a Marsella, y si se trató de un ascenso por su entregada labor o de una penalización por sus cogorzas, es cosa que no consta; sabemos a ciencia cierta que vio por última vez a Vincent en el hospital de Arlés en febrero del siguiente año…”


Pierre Michon (Señores y sirvientes)

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