miércoles, 17 de noviembre de 2010

Augusto Monterroso


Problemas de comunicación


Hasta ahora he sido incapaz de hacer de esto un verdadero diario (la parte publicable). Demasiado pudor. Demasiado orgullo. Demasiada humildad. Demasiado temor a las risitas de mis amigos, de mis enemigos; a herir; a revelar cosas, mías, de otros; a hablar de lo malo que parece bueno y viceversa; de lo que me aflige; de lo que me alegra; de lo que vanamente creo saber; de lo que temo no saber; de lo que observo; de lo que quisiera no observar; de mis libros; de mis proyectos; de mis sueños; de mi angustia; de mis visiones; de mi aburrimiento; de mis entusiasmos; de mi amor; de mis odios; de mis frustraciones; de mi digestión; de mi insomnio; de mis propósitos de Año Nuevo, de Mes Nuevo; de Semana Nueva; de Día Nuevo, de cada hora, de cada minuto que comienza; de mis amistades rotas; de la muerte de mis amigos; de mis problemas sin resolver con las comas (el estilo); de mis problemas resueltos con las comas (el estilo); de la lluvia; de los árboles; de las nubes; de las moscas cuando alguna me acompaña en mi cuarto para recordarme lo que nos espera; de mis afectos; de mi miedo a escribir y a no escribir; de lo que detesto en mis amigos, que son los que importan; en los restaurantes, en las reuniones, en las cenas formales; en los actos públicos, en los políticos (de otros países); en los triunfadores; en los perdedores; en la religión; en el ateísmo; en los funcionarios; en los colegas; en los que miran; en las premiaciones; en los homenajes; en las condecoraciones; de lo que me gusta en los animales; de los niños que vienen a mi casa conducidos por sus padres a confesarse y a pedirme perdón porque en un concurso literario de su escuela ganaron el primer premio plagiando un cuento mío y desde entonces no han podido dormir y se han enfermado de culpa y arrepentimiento como si la cosa tuviera importancia; de fotografías de mujeres desnudas que se abrazan entrando a un coche en el Bois de Boulogne en la colección Anatole Jakovsky; de mis influencias según los críticos; de mis influencias según yo, mías, recónditas, escondidas en lo más intimo, como tesoros secretos e incompartibles, semillas germinadoras después de dos mil años, o casi, o más, amuletos contra el Mal o la negación de todo o la desesperanza; de mi perro que se pasó tres días encerrado en un pedazo de jardín haciendo el amor con la linda perrita que le trajeron y de la forma en que ambos corrieron el uno hacia el otro y empezaron a besarse en medio de gruñidos y muestras de odio que en realidad eran muestras de amor y de deseo que finalmente cumplieron hasta el hastío con la posterior partida de ella y la actitud de él durante dos días, extrañamente tranquilo, extrañamente inquieto, hasta que por las mañanas vuelve a ocuparse en perseguir sombras de mariposas sobre el pasto y bajo el fuerte sol de marzo teniendo a las mariposas en persona al alcance de la boca, de la mano o de la pata o de lo que sea, pero siempre tras las sombras, y el sabrá por qué y yo no pienso sacar de esto ninguna ridícula conclusión filosófica.”


Augusto Monterroso (La letra e)

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