jueves, 18 de noviembre de 2010

El Aduanero Rousseau / A. Monterroso




Nada que declarar
Dentro de unos minutos iré a ver en el Gran Palais una exposición casi completa del Aduanero Rousseau.
¿Me atreveré a anotar aquí lo que me pareció cuando sé que lo que me va a parecer es lo normal y que no dejaré de hacer, a medida que contemple sus grandes cuadros maravillosos, las mismas reflexiones sobre sus falsos tigres y ávidas panteras, su clásica figura de pintor de domingo rechazado por las autoridades competentes, su posible o fabulado viaje a México que le inspiraría la flora exuberante y fantástica de esos cuadros; su descubrimiento, adopción y homenaje por parte de los surrealistas?
Y allá voy, con la ilusión del niño que se dirige a una fiesta de la mano de un familiar.
Ahí mismo, si lo hay, no recuerdo, comeré en el restaurante una comida internacional, sin nada de color local, sencilla, barata, fresca y abundante para, una media hora después, volver a Rousseau como a un viejo tío bueno, aceptado y entronizado, ahora sí, por el mundo oficial, que es naturalmente el de la gran burguesía, con otro nombre y un nuevo disfraz más o menos socialista.
Pero será otro día. Frente a la puerta, el aviso de que el museo cierra los martes.
Augusto Monterroso

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