viernes, 19 de noviembre de 2010

Martin Amis / Éxito


“...El reparto me lleva horas: los autobuses hacinados se retrasan y ninguno va adonde yo necesito. (Ellos se enfadan conmigo y no puedo decir nada). Soy el que barre. No me dejan vender. Me tratan como a un escolar insoportable. Ya ni siquiera les gusto. Me pagan exactamente la mitad del salario medio nacional, menos de lo que cobra cualquiera que yo conozca o de quien haya oído hablar. Y dicen que pronto me lo reducirán, porque ellos también están ganando menos.


El dinero me preocupa a todas horas: me siento como la encorvada “L” del signo de la libra esterlina o la tremolante inscripción en un estandarte al viento. Ya no me atrevo a abrir las cartas. He vendido todo aquello que se podía vender. Aquel “costoso” coche verde mío (…), marchó hace rato: esperaba que me dieran tal vez 100 libras por él, pero el idiota pueblerino del Garaje de los Ladrones dijo que tendría suerte si lo vendía como chatarra (el bruto estaba totalmente en lo cierto, por supuesto: era un coche inservible, que apenas valía para llevarte por la calle. No me he comprado nada de ropa desde marzo; me mantengo gracias a la generosidad de mi guardarropas, pero en realidad a estas alturas se halla penosamente desprovisto (y la mayor parte de mi ropa es extravagante, no puedo ponérmela para el trabajo). Comprar cualquier cosa no esencial me hace sentir furtivo, como un delincuente o un estafador. Maldita sea, cualquier intercambio de dinero por bienes me llena de un temor desmedido. ¿Desmedido? No puedo vivir con el dinero que me pagan. Nadie podría. No puedo ir y venir del trabajo todos los días y comer y no volverme loco del todo. No puedo mantenerme vivo con lo que gano. Mi descubierto crece en líneas de guarismos y letra impresa, cargos bancarios en aumento, pago de intereses. Ya no puedo leer un libro ni mirar la televisión sin que ese otro drama se alce dentro de mi cabeza, echándome a perder página o pantalla. No puedo hacer nada sin que el dinero me mire maliciosamente por encima del hombro. El dinero me ha despojado de todo cuanto tenía.


Y no hay más allí de donde viene. Oh, somos distinguidos, cómo no, y yo realmente odio a los malvivientes (como ellos a mí: Están esperando. Yo estoy esperando. Vivo en un perpetuo temor a la violencia. Un joven me abordó abruptamente la semana pasada en la plaza y yo cambié de dirección y me alejé protegiéndome con los brazos levantados. El joven se mostró sorprendido y preocupado; sólo quería saber dónde estaba el metro. Cualquier desorden o agitación en la calle –y actualmente abundan: el mundo está en ebullición; la gente se está poniendo más desagradable; todo el mundo anda borracho; todo el mundo está desesperado- me hace sudar y me hace huir corriendo. No salgo por la noche si puedo evitarlo. Hay gente esperando para romperme los dientes. Hay gente aguardándome para hacerme daño), pero nunca tuvimos mucho dinero, y mi padre se lo ha gastado casi todo, ese loco de mierda (mi lenguaje será lo siguiente en marchar). Duró para él. No durará para mí. Gracias. Ahora desearía haber estudiado más y haber hecho esto o lo otro. Pero no hice nada. Creí que a la gente respetable no le hacía falta. Ahora resulta que sí…”


Martin Amis (Éxito)

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