martes, 23 de noviembre de 2010

Paseos con Robert Walser


“Cuando Robert me pregunta por mis recuerdos navideños, le cuento que en una ocasión fui remando con un misionero británico a la isla de Malekula, en los Mares del Sur, de cuyos habitantes se decía que aún eran auténticos caníbales. Cuando penetramos en el interior de la isla, salieron de entre los arbustos unos cuantos hombres armados de aspecto salvaje, cuyas aplastadas narices estaban atravesadas por cañas de bambú. Aparte de unas hojas que cubrían sus genitales, iban desnudos. Hacían gestos bastantes furibundos, nada navideños. Pero el misionero tuvo la feliz ocurrencia de sacarse la dentadura postiza, lo que asombró de tal modo a los superticiosos isleños que miraban atónitos a mi acompañante y hacían señas que daban a entender que no querían hacernos nada malo. En cualquier caso, renunciaron a emplearnos como cena festiva.


-En general, las gentes llamadas “malas” no son en absoluto tan malas como las llamadas “buenas”. Hace pocos días –sigo contando a Robert- participé en las fiestas de Navidad de la penitenciaría de Regensdorf, en Zurich. Durante la cena con el director y algunos invitados oficiales me enteré de lo siguiente: en el año 1914, después del servicio religioso dominical, el director del centro comunicó a los internos que se iba a formar un coro de presos. Quien quisiera cantar en él tenía que apuntarse con su director, Ernst Honegger. Éste recibió a cada uno de ellos para probar su voz y su oído. Luego presentó al director de la cárcel a los diez mejores cantantes. El director se sobresaltó, llevó a un lado a Honegger y dijo: “¡Qué extraño! ¿Quiere usted formar un coro precisamente con diez asesinos?”.
Robert dice:
-No fue casualidad. La mayoría de los crímenes se produce por causas irreflexivas. ¿Y qué otra cosa son la mayoría de los artistas, sino naturalezas irreflexivas? ¿Y acaso los cantantes no son artistas?


Tras esta observación, continúo:
-El director me confesó después que a menudo lamentaba tener que perder a los mejores cantantes cuando cumplían su pena. En una ocasión había tenido a un bajo de poderosa voz, que hubiera podido cantar con los cosacos del Don. Otro preso, que había asesinado a su madre y era su mejor tenor lírico, había hecho carrera como músico en Roma después de su puesta en libertad.
-Con eso se podría escribir una novela, o incluso una ópera: un director de prisión se enamora de tal modo de una voz que instiga a su poseedor a cometer un crimen para poder incluirlo en su coro…”


Carl Seelig (Paseos con Robert Walser)

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