sábado, 27 de noviembre de 2010

Ramón (Greguerías)


En los hilos del telégrafo quedan, cuando llueve, unas lágrimas que ponen tristes los telegramas.

Sólo hay un olor que puede competir con el olor a tormenta: el olor a madera de lápiz.

La estatua ecuestre no es buena si el caballo no le da una coz al que lee el discurso.

Recordamos, sí, pero nunca nos atrevemos a recordar como tendríamos que recordar.

Cuando los navegantes tropiezan por azar con la región del ombligo del mar, se pierden indefectiblemente.

La luz tiene timidez en penetrar el día. Se anuncia poco a poco a todo antes de encenderse por completo.

Aquella mañana los pájaros cantaban al revés.

Las espinas son una obra de arte de la naturaleza.

La eternidad envidia lo mortal.

La pulga hace guitarrista al perro.

El plátano es el único pez sin espinas.

Los pasodobles debían tener dos autores.

Las habas quieren que se diga que no tienen que ver nada con las judías.

Las costillas nos sirven para situar los dolores. “Me duele entre ésta y ésta”.

La merluza es un pescado hecho de rodajas.

Los relojes de pared no descansan más que en las mudanzas.

Lo malo de que llore una mujer es que después no querrá salir de paseo.

Todos los días del limbo son domingo.

No hay nada que enfríe más las manos que el saber que nos hemos olvidado los guantes.

Lo misterioso en la lluvia es quién hace a las nubes los agujeritos de la ducha.

Los pararrayos hubieran sido inútiles en el diluvio universal. Por eso los inventaron mucho después.

Los alfileres de perla presumen mucho y no son nada.

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