domingo, 5 de diciembre de 2010

Foucault / Magritte




DOS PIPAS

Primera versión, la de 1926, según creo: una pipa dibujada con esmero; y, debajo (escrita a mano con una letra regular, aplicada, artificial, con una letra de colegio de monjas, como podemos encontrarla, en calidad de modelo, en la parte superior de los cuadernos escolares, o en una pizarra después de una lección de cosas), esta mención: “Ceci n’est pas une pipe” (“Esto no es una pipa”).

La otra versión –supongo que la última- podemos encontrarla en Aube á l’Antipode. La misma pipa, el mismo enunciado, la misma letra. Pero en lugar de estar yuxtapuestos en un espacio indiferente, sin límite ni especificación, el texto y la figura están situados dentro de un marco colocado sobre un caballete, y éste a su vez sobre un entarimado bien visibles. Encima, una pipa exactamente semejante a la dibujada en el cuadro, pero mucho más grande.
La primera versión desconcierta por su simplicidad. La segunda multiplica visiblemente las incertidumbres voluntarias. El marco, de pie en el caballete y apoyado en las clavijas de madera, indica que se trata del cuadro de un pintor: obra acabada, expuesta, que lleva consigo, para un eventual espectador, el enunciado que la comenta o la explica. Y, sin embargo, esa escritura ingenua que ni es exactamente el título de la obra ni uno de sus elementos pictóricos, la ausencia de cualquier otro indicio que señale la presencia del pintor, la rusticidad del conjunto, las gruesas planchas del parquet, todo eso hace pensar en la pizarra de una clase: quizá un trapo pronto borrará el dibujo y el texto; quizá no se borre más que uno u otro para corregir el “error” (dibujar algo que no sea verdaderamente una pipa o escribir una frase que afirme que eso no es una pipa). ¿Equivocación provisional (un “malescrito”, del mismo modo como se diría un malentendido) que un gesto disparará en un polvo blanco?

Pero, además, ésa sólo es la menor de las incertidumbres. Veamos otras: hay dos pipas. ¿No habrá que decir más bien: dos dibujos de una misma pipa? O también una pipa y su dibujo, o también dos dibujos que representan cada uno una pipa, o también dos dibujos uno de los cuales representa una pipa pero no el otro, o también dos dibujos ninguno de los cuales son ni representan pipas, o también un dibujo que representa no una pipa, sino otro dibujo que representa, éste sí, una pipa, de tal modo que me veo obligado a preguntarme: ¿A que se refiere la frase escrita en el cuadro? ¿Al dibujo bajo el cual se halla colocada de un modo inmediato? “Mirad esos rasgos ensamblados en la pizarra; por más que se parezcan, sin la menor diferencia, sin la menor infidelidad, a lo mostrado allá arriba, no os engañéis; es allá arriba donde está la pipa, y no en ese grafismo elemental.” Pero quizá la frase se refiera precisamente a esa pipa desmesurada, flotante, ideal, simple sueño o idea de una pipa. Entonces habrá que leer: “No busquéis allá arriba una verdadera pipa; aquello es su sueño; pero el dibujo que está aquí en el cuadro, firme y rigurosamente trazado, ese dibujo es el que hay que tener por verdad manifiesta.”


Pero también me sorprende esto: la pipa representada en el cuadro –pizarra o tela pintada, poco importa-, esa pipa “de abajo” está sólidamente presa en un espacio con visibles puntos de referencia: ancha (el texto escrito, los bordes inferiores y superiores del marco), altura (los lados del marco, las patas del caballete), profundidad (las ranuras del entarimado). Estable prisión. En cambio, la pipa de arriba no tiene coordenadas. La enormidad de sus proporciones hace incierta su localización (efecto inverso Le tombeau des Lutteurs, donde lo gigantesco está captado en el espacio más preciso): ¿se encuentra esta desmesurada pipa delante del cuadro dibujado, relegándolo a un segundo plano, detrás de ella? ¿O bien está en suspenso justo encima del caballete, como una emanación, un vapor que acaba de desprenderse del cuadro, humo de una pipa que a su vez toma la forma y la redondez de una pipa, oponiéndose así y pareciéndose a ella (según el mismo juego de analogía y de contraste que hallamos en la serie de las Batailles de l’Argonne entre lo vaporoso y lo sólido)? ¿O acaso podríamos suponer, en último término, que está detrás del cuadro y del caballete, más gigantesca de lo que parece: sería su profundidad desgarrada, la dimensión interior que revienta la tela (o la pizarra) y que, lentamente allá abajo, en un espacio en lo sucesivo sin puntos de referencia, se dilata hasta el infinito?



Sin embargo, ni siquiera estoy seguro de esta incertidumbre. O mejor, lo que me parece muy dudoso es la simple oposición entre la fluctuación sin localizar de la pipa de arriba y la estabilidad de la de abajo. Mirando algo más de cerca, vemos sin dificultad que los pies de este caballete que sostiene el marco que encierra la tela, y en la cual se aloja el dibujo, esos pies que descansan sobre un suelo visible y seguro por su tosquedad, están de hecho biselados: no tienen más superficie de contacto que tres finas puntas que desproveen al conjunto, sin embargo bastante macizo, de cualquier estabilidad. ¿Caída inminente? ¿Derrumbamiento del caballete, del marco, de la tela o de la tabla, del dibujo, del texto? ¿Maderas rotas, figuras fragmentadas, letras separadas unas de otras hasta el punto de que las palabras tal vez ya no podrán reconstituirse? ¿Todo ese estropicio por el suelo, mientras que allá arriba la gruesa pipa sin medida ni señalización persistirá en su inaccesible inmovilidad de globo?

Michel Foucault


Carta de Magritte a Foucault

23 de mayo de 1966

Estimado amigo:

Espero que le complacerá considerar estas pocas reflexiones a propósito de la lectura que hago de su libro Les mots et les choses…
Las palabras Semejanza y Similitud le permiten sugerir con vigor la presencia –absolutamente extraña- del mundo y de nosotros mismos. Sin embargo, creo que estas dos palabras apenas están diferenciadas, y los diccionarios apenas son edificantes en cuanto a lo que las distingue.
Me parece que, por ejemplo, los guisantes entre sí tienen relaciones de similitud, a la vez visibles (su color, su forma, su dimensión) e invisibles (su naturaleza, su sabor, su peso). Lo mismo ocurre con lo falso y lo auténtico, etc. Las “cosas” no tienen entre sí semejanzas, tienen o no similitudes.
Ser semejante no pertenece más que al pensamiento. Se asemeja en tanto que ve, oye o conoce; se convierte en lo que el mundo le ofrece.



Es invisible, del mismo modo que el placer o la pena. Pero la pintura hace intervenir una dificultad: existe el pensamiento que ve y que puede ser descrito visiblemente. Las Meninas son la imagen visible del pensamiento invisible de Velázquez. ¿Sería, por tanto, lo invisible a veces visible? A condición de que el pensamiento esté constituido exclusivamente de figuras visibles.
A este respecto, resulta evidente que una imagen pintada –que es intangible por naturaleza- no oculta nada, mientras que lo visible tangible oculta indefectiblemente otro visible, si creemos en nuestra experiencia.
Desde hace algún tiempo se ha concedido una curiosa primacía a “lo invisible” debido a una literatura confusa, cuyo interés desaparece si tenemos en cuenta que lo visible puede ser ocultado, pero que lo que es invisible no oculta nada: puede ser conocido o ignorado, nada más. No hay por qué conceder más importancia a lo invisible que a lo visible, y a la inversa.
Lo que no “carece” de importancia es el misterio evocado “de hecho” por lo visible y lo invisible, y que puede ser evocado “en teoría” por el pensamiento que une las “cosas” en el orden que evoca el misterio.
Me permito proponer a su atención las reproducciones de los cuadros adjuntos, que he pintado sin preocuparme por una búsqueda original de pintar.(*)

Cordialmente,

René Magritte

(*) Entre esas reproducciones había Ceci n’est pas une pipe: en el dorso, Magritte había escrito: “El título no contradice al dibujo; afirma de otro modo”.

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