domingo, 19 de diciembre de 2010

George Grosz / Memorias





Tatlin.



(Se trataba de una torre de estilo constructivista de unos 400 metros de alto, superando en altura a la Torre Eiffel de París. Consistiría en una estructura espiral de hierro y acero, volcada hacia un lado en el ángulo del eje terrestre, conteniendo en su interior cuatro estructuras de vidrio con diferentes formas: un cubo, una pirámide, un cilindro y media esfera. Todos estos elementos rotarían a distintas velocidades. El cubo completaría su giro en un año, la pirámide en un mes, el cilindro en un día y la media esfera en una hora).
Todo el mundo estaba entusiasmado. Caramba, decían nuestros críticos más modernos, ¡estos rusos! Impresionante, verdaderamente impresionante…Hubo un único personaje dispuesto a aguar aquel festival de hechizo generalizado. Fue León Trotski, en aquel momento el dirigente más poderoso y popular después de Lenin. Lenin se interesaba muy poco por el arte cuando no estaba dirigido a la propaganda política. Trotski tenía una mente aguda y se expresaba a veces con una ironía incisiva. Inspeccionó la “Torre de la Tercera Internacional” y preguntó por qué aquel chisme tenía que girar y dar constantemente vueltas sobre sí mismo y sin moverse de sitio. En opinión de Trotski, la pregunta no obtuvo la respuesta satisfactoria, de modo que aquel gigantesco proyecto cayó en el olvido, y la misma suerte corrió el constructivismo en general. Tatlin desapareció del escenario público. Otros constructivistas emigraron, cuando pudieron, al extranjero, primero a Berlín y después a París o Londres.





Entretanto las masas iban sumando victorias, en el sentido de que se las escuchaba más que antes, y algunos viejos pintores amargados, hasta entonces calificados de pequeñoburgueses, fueron recuperados del destierro. Luego resultaron mejores ilustradores que todos aquellos botafuegos e intelectuales tan modernos.
Fui a visitar a Tatlin. Aquel loco grandioso habitaba una pequeña vivienda, vieja y destartalada. Mantenía unas cuantas gallinas que en parte dormían en su cama y ponían los huevos en un rincón. Tomamos té, Tatlin hablaba de Berlín, de los grandes almacenes Wertheim y de su actuación en la corte. Detrás de él, apoyado en la pared, había un somier de alambre de acero oxidado, con algunas gallinas sentadas encima que dormían con la cabeza escondida bajo el ala. Era el marco en que se me presentó el bueno de Tatlin. Cuando pasó a tocar su balalaika, fabricada por él mismo, mientras oscurecía tras la ventana sin cortina, cuyos cristales habían sido sustituidos en parte por tableros de madera, no me pareció ni mucho menos uno de aquellos constructivistas de vanguardia, sino más bien un personaje de la auténtica y antigua Rusia, sacado de un libro de Gógol. Y de repente el clima de la estancia se tornó melancólico. Nunca más lo he vuelto a ver ni he vuelto a saber de él ni del “tatlismo”, en su día tan debatido. Al parecer murió solo y olvidado.




“Recuerdo muy bien a Lenin. De repente se presentó ante nosotros, después de ser sometidos a una cuidadosa criba y a una prolija selección, y de haber sido provistos de pases especiales. Estábamos reunidos en uno de los salones del Kremlin, enteramente decorados en rojo. Lenin no era muy alto, tenía rasgos ligeramente tártaros, y en general su figura carecía de relevancia. Daba la impresión de haber sido desde siempre como era en ese momento. Tampoco había nada en él que causara temor o provocara respeto. Parecía hacer un pequeño guiño inexplicable con los ojos, pero hay que decir que los ojos tártaros a menudo parecen estar haciendo un guiño, sin que el gesto signifique una especial amabilidad.




Nos estrechó la mano mientras pasaba por delante de nosotros, acompañado de sus secretarios. Reconocí a Bujarin y a Radek. La escena fue muy rápida y se desarrolló sin grandes formalidades. Lenin iba a hablarnos. A mi lado estaba el corresponsal norteamericano Albert Rhys Williams, un hombre simpático, quien me explicó que Lenin, que nos hablaría en alemán, perdía a veces el hilo y que, a causa de su enfermedad, solía fallarle alguna que otra palabra. De vez en cuando, aunque estábamos bastante alejados de Lenin, oíamos que alguien le susurraba en voz baja un término o una fecha.
Me sentí un tanto deprimido. Las palabras de Williams me habían impresionado, y lo que veía a cierta distancia de mí era un hombre enfermo que de tanto en tanto perdía el hilo del discurso. Aunque parezca absurdo, recordé de repente a una tía mía que padecía un tumor en el cerebro, y que también sufría repentinos trastornos del lenguaje. La imagen del encuentro quedó envuelta en un halo de tristeza…Poco después el estado de Lenin empeoró y nunca logró reponerse.
Cuando hubo terminado su discurso, que creo duró una hora, se escuchó un fuerte aplauso. Poco después Lenin, apoyado en su médico, bajó de la tribuna de oradores. Por lo visto apreciaba mis trabajos, sobre todo mi libro “El rostro de la clase dominante”.


Es probable que le pareciera útil para desintegrar el odiado capitalismo. Como muchos otros, se engañó en cuanto al efecto que producirían esas imágenes distorsionadas en la nueva Edad Media en que estamos entrando. La época de la caricatura como instrumento de lucha por el progreso es cosa del pasado. Ahora, para encender los ánimos resulta mucho más útil una fotografía con un subtítulo adecuado.





León Trotski, en cambio, exteriorizaba una dosis mucho mayor de cierta pose dictatorial. Cuando lo oí pronunciar uno de sus discursos de aquella época, vestía un uniforme muy sencillo, confeccionado con el mismo paño de color fango amarillo del Ejército Rojo, sin distintivos de ninguna clase, distintivos que por cierto se prodigaban muy poco por aquellas fechas. Al hablar se mantenía muy erguido; era un orador brillante y sabía que, en un discurso, hay que prestar atención también a la postura. Tenía un porte marcial del que carecía Lenin, y subrayaba las frases con gestos breves. Hablaba en ruso y con las debidas pausas, para que sus palabras fueran traducidas de inmediato.




Radek me invitó a visitarlo en el Kremlin. Era un hombre muy inteligente, que sabía cómo tratar a los artistas. Encima de su mesa vi algunas de mis obras, como si por casualidad las hubiese estado mirando. Estaban allí para darme la impresión de que las ojeaba todos los días una o dos veces, por lo menos. Me dirigió unas alabanzas que yo acepté, humilde y feliz, pues él era entonces un gran personaje, y nosotros, los artistas, ambiciosos como somos, nos ablandamos en seguida cuando nos acercamos al poder. Que ese poder fuera rojo o de cualquier otro color solía sernos indiferente, mientras nos calentara como un suavecito rayo de sol.







“Es verdad que siempre me ha gustado plantear preguntas; creo que la curiosidad es una condición innata al ser humano. Pero si otros curiosos se dan por satisfechos cuando ven etiquetas, hechos y datos, a mí me sucede lo contrario. Un hecho siempre ha sido para mí algo parecido a un trozo de corcho que flota despreocupadamente sobre el oleaje. Yo veía el corcho, y para mí no era más que un corcho. Estaba convencido de que sería capaz de bucear, pero me dí cuenta de que ni siquiera buceando se llega a lo más profundo…”

George Grosz (Un sí menor y un NO mayor)

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