viernes, 10 de diciembre de 2010

Georges Perec / Un hombre que duerme


“Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga, como si súbitamente te percataras de que desde hace mucho rato, desde hace muchas horas, eres presa de un malestar insidioso, entumecedor, apenas doloroso y sin embargo insoportable, la impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso.”



“Esto es tu vida. Esto te pertenece. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de otra cosa, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. Estás sentado y no quieres más que esperar, sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche, que suenen las horas, que los días pasen, que los recuerdos se borren.”


“Sólo te fascina a veces un insecto, una piedra, una hoja caída, un árbol: a veces te quedas durante horas mirando un árbol, describiéndolo, disecándolo: las raíces, el tronco, el ramaje, las hojas, cada hoja, cada nervadura, cada rama desde el principio, y el juego infinito de las diferentes formas que tu mirada ávida solicita o suscita: cara, cabalgata, dédalos o senderos, ciudades y blasones. A medida que tu percepción se afina, se hace más paciente y más ágil, el árbol explota y renace, mil matices de verde, mil hojas idénticas y sin embargo distintas. Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. El árbol no tiene una moral que proponerte, no tiene un mensaje que transmitirte.”



“Vida sin sorpresas. Estás a cubierto. Duermes, comes, caminas, sigues viviendo, como una rata de laboratorio que un científico distraído hubiera olvidado en su laberinto y que, día y noche, sin equivocarse nunca, sin vacilar nunca, se dirigiera hacia su comedero, girara a la izquierda y luego a la derecha, empujara dos veces una palanca pintada de rojo para recibir su ración de alimento en papilla.”


“Vienen casi cada vez. Los conoces bien. Te sientes casi tranquilizado. Si están ellos, entonces el sueño ya no está muy lejos. Van a hacerte sufrir un poco, y después se cansarán y te dejarán en paz. Te hacen daño, por supuesto, pero sientes frente a tu dolor, al igual que frente a todas las sensaciones que percibes, todos los pensamientos que te pasan por la mente, y todas las impresiones que experimentas, un desapego total. Ves sin asombro cómo te asombras, sin sorpresa cómo te sorprendes, sin dolor cómo eres atacado por los verdugos. Esperas a que se calmen. Les dejas sin resistirte los órganos que quieran. Ves desde lejos cómo se disputan tu vientre, tu nariz, tu garganta, tus pies.”


“Ya no eres más que un ojo. Un ojo inmenso y fijo, que lo ve todo, tanto su cuerpo desplomado como a ti, mirándote mirar, como si estuviera completamente girado dentro de su órbita y te contemplara sin decir nada, a ti, el interior de ti, tu interior negro, vacío, glauco, aterrado, impotente. Te mira y te paraliza. Nunca dejarás de verte. No puedes hacer nada, no puedes escaparte, no puedes escapar a tu mirada, no podrás nunca: aunque lograras dormirte tan profundamente que ningún sobresalto, ninguna llamada, ninguna quemadura pudieran despertarte, seguiría estando allí ese ojo, tu ojo, que no se cerrará jamás, que no se dormirá jamás.
Te ves, te ves verte, te miras mirarte. Aunque te despertaras, tu visión permanecería idéntica, inmutable. Aunque lograras añadirte miles, millones de párpados, estaría todavía, detrás, ese ojo, para verte. No estás dormido, pero el sueño ya no vendrá. No estás despierto y no te despertarás jamás. No estás muerto y ni siquiera la muerte sería capaz de liberarte.”


“La desgracia no ha caído sobre ti, no se ha arrojado sobre ti; se ha infiltrado lentamente, se ha insinuado casi suavemente. Minuciosamente ha impregnado tu vida, tus gestos, tus horas, tu habitación, como una verdad disimulada durante mucho tiempo, una evidencia rechazada; tenaz y paciente, tenue, encarnizada, ha tomado posesión de las grietas del techo, de las arrugas de tu rostro en el espejo cuarteado, de los naipes extendidos; se ha colado en la gota de agua del grifo de la toma de agua del rellano, ha resonado con cada cuarto de hora en el campanario de Saint-Roch.”



“Vienen hacia ti paso a paso con sus amables sonrisas, sus folletos, sus periódicos, sus banderas, los miserables combatientes de las grandes causas imbéciles, las máscaras huesudas que parten a la guerra contra la poliomielitis, el cáncer, los tugurios, la miseria, la hemiplegia, la ceguera, los cantantes tristes que hacen la colecta para sus camaradas, los huérfanos apaleados que venden mantelitos, las viudas demacradas que protegen a los animales domésticos. Todos los que te abordan, te retienen, te manipulan, te escupen a la cara su verdad mezquina, sus eternas preguntas, sus buenas obras, su camino verdadero. Los hombres –sandwich de la verdadera fe que salvará el mundo. Venid a El los que sufrís. Jesús dijo Vosotros que no veis pensad en los que ven.”


“No has aprendido nada, sólo que la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y traicionera. Estabas solo y eso es todo, y querías protegerte; que entre el mundo y tú los puentes se rompieran para siempre. Pero eres muy poca cosa y el mundo es una palabra muy altisonante: nunca hiciste más que errar en una gran ciudad, más que recorrer algunos kilómetros de fachadas, de escaparates, de parques y de muelles.”
Georges Perec (Un hombre que duerme)

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