jueves, 16 de diciembre de 2010

Javier Tomeo en la solapa




El termes lo tiene muy claro:
“Que no falte ni a una sola de nuestras ninfas –proclama- su alimento cotidiano, pero que, al mismo tiempo, no falten tampoco, en todo lo que les sirve de alimento, sustancias inhibitorias que sean capaces de detener su desarrollo y aseguren su futura condición de obreras y soldados. Con una reina tenemos más que suficiente. Puede, mi querido amigo, que se sienta usted sorprendido por nuestra sagacidad, pero aprendimos esa treta cuando el hombre no era todavía hombre: la grandeza y la estabilidad de nuestra monarquía se basa también en la esterilización del proletariado.”

Javier Tomeo
(en la solapa del libro: Los nuevos inquisidores)





EL POETA ASESINO

Estoy sentado bajo la encina, con la espalda apoyada en el tronco y las piernas abiertas en compás. La copa del árbol me ha protegido durante la noche de la perversidad de las estrellas. Todavía no se ha hecho de día, pero el cielo empieza a clarear.
Cuando por fin asoma el sol mi perro se despierta y se queda mirándome a los ojos sin decir nada. Soy yo quién le pregunta qué tal ha pasado la noche.
-Bastante bien –responde, con un resoplido.
No es demasiado listo. Se levanta y se despereza estirando las patas traseras, primero la derecha, después la izquierda.
Una vez ha puesto todos los músculos en su sitio me mira a los ojos y empieza a mover el rabo. Es su forma de darme a entender que está dispuesto para reanudar nuestra peregrinación a oriente. Se permite incluso ladrar. Parece convencido de que esta misma mañana podemos llegar al lugar donde cada día empieza la luz.
No me gusta que se sienta tan optimista, así que para ahorrarle decepciones le quito el seguro a la escopeta y le descerrajo un tiro en la cabeza. Luego me siento otra vez bajo la encina y en este preciso instante alguien que debe de estar de buen humor empieza a tocar el acordeón.

Javier Tomeo (Los nuevos inquisidores)

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