jueves, 9 de diciembre de 2010

Josep Plá / Manolo Hugué




“Cuando llegué a Vallirana, la mujer del Nen me dijo jovial, gritando:
-Si ves que un mulo de una coz mata una polla, traémela en seguida y te la freiré.
En virtud de aquel dulce instinto que caracteriza a los niños maté a pedradas y estacazos más de un animal doméstico y me di unos banquetes considerables.

Fue entonces cuando me enamoré de los carros y de los arrieros, ilusión que todavía mantengo. Jugaba en medio de la carretera, con todo el polvo, con unas aparejadas colgadas del cuello. Pedía a los arrieros que me dejasen subir y si podía coger una rienda, de placer parecía que me daba vueltas la cabeza. Dormía en los pajares con los mozos, hacía tintinear los cascabeles de los collares, andaba de posada en venta. Las había con cuadras grandes, pantalones altos, abrevadero, pajar y establos a los lados. ¡Qué buenos tiempos! Por dos reales te daban dos platos de sopa, carne del cocido, pan y vino. Por veinte céntimos más te asaban tres chuletas. Cogidos a las sogas de los carros, iba carretera arriba y abajo y siempre que quería me comía un racimo de uva negra, estas uvas polvorientas que ensucian la cara y la camisa. Me puse bien muy pronto y al regresar a Barcelona me dieron unas ganas tan fuertes de ser carretero que para que no volviese a enfermar me tuvieron que llevar a una cuadra. Tuve una gran desilusión y el alma se me cayó a los pies. Encontré que las cuadras en Barcelona eran húmedas y malolientes. Las voces delicadas y melifluas de los gitanos de cuadra me ponían la carne de gallina. A mí me gustaban las posadas y las cuadras del pueblo, con su olor de estiércol caliente, el aroma de la paja, la alfalfa y la algarroba, las uvas negras del Panadés, las gallinas de la mujer del Nen, la guarnicionería brillante, las ruedas pesadas y las velas de los grandes carros de la carretera.


Mi abuela murió siendo yo una criatura de once años, y ello contribuyó mucho a que las cosas de la familia pasaran de mal a peor. A once años sabía leer apenas. Había frecuentado el estudio que el señor Miró tenía abierto en la calle de Dufort. El señor Arnau, el maestro, era un hombre alto y flaco, triste, con patillas. A los seis o siete meses me expulsaron por indisciplinado. Después frecuenté otro colegio del que recuerdo sólo que tenía una parra y una fuente. A los tres o cuatro días fui considerado una criatura tozuda y violenta y antes de que ocurriera lo peor me descolgué a la calle por el balcón y no volví más a la escuela. Y a eso quedan reducidos, como quien dice, mis trabajos escolares y mi cultura oficial.



A los doce años fui matriculado en las clases nocturnas de la Escuela de Lonja, pero no para que llegara a ser un artista, sino porque estaba muy flojo en gramática y aritmética. Allí hice mis primeros dibujos, que fueron corregidos por el gran pintor Benito Mercadé.
Mercadé trataba a los alumnos sin aquel despotismo peculiar en los maestros de su tiempo. Corregía los dibujos copiados de láminas con paciencia y pulcritud. Era corto de vista, tenía una barba blanca y un aspecto de señor. Su grave figura melancólica la he tenido grabada en la memoria toda la vida. Luego, con intermitencias seguí frecuentando la Lonja y hasta algunos me han dicho que llegué a pasar la prueba del antiguo. No lo recuerdo exactamente. Lo que sí recuerdo es que el año siguiente me gasté el dinero de las matrículas comiendo bacalao a la sartén en el Nuevo Noé, que era una taberna que estaba por los bajos de la Lonja.



En la época de mi infancia, Barcelona era una baraúnda comprimida en sus calles estrechísimas. Manolo a Benet: “El abandono urbanístico, realmente africano, contrastaba, sin embargo, con la limpieza de las tiendas y de las tabernas del barrio. Tabernas olorosas de licores fuertes, con el mostrador, donde corría el agua sin cesar. Allí, la patrona, como una especie de reina en delantal limpio –brazos carnosos y manos de bermellón natural –servía a arrieros y marinos licores del país y la endiablada caña ultramarina. Tabernas con la rama de pino colgada en lo alto de la puerta y, a cada lado, las clásicas sabinas…”


Mis lazos familiares se fueron aflojando a medida que fui creciendo. La familia me pesaba. Recuerdo algunas Navidades lóbregas y otras fiestas por el estilo. Eran los únicos días en que la cocina, siempre gris, emprendía una cierta variación y abundaba más la comida. Resultaba, sin embargo, que, estando todos sentados a la mesa, cuando llegaba el pollo, la conversación se deslizaba hacia el recuerdo sentimental. Se hablaba de los antepasados y de los ausentes, con una ternura sospechosa, consecuencia directa de los efectos de la comida. Estos desahogos culinario-lacrimógenos me desagradaban físicamente.


Sí, no tengo por qué ocultártelo. Prácticamente desde niño mi vida fue de una libertad completa. Fui uno de esos chicos que hacen caer la cara de vergüenza. Cuando advertía en la calle la presencia de algún familiar, me escabullía por la primera esquina para no verle llorar. Pasé semanas y semanas fuera de casa y ya de chaval perdí la costumbre hasta de entrar para dormir. Era un chiquillo y ya conocía todas las timbas, burdeles, casas de dormir, tabernuchos, rincones y rinconcillos de Barcelona. Trataba y conocía a majos y valientes. Era lo que se llama un “pinta”…Pero ahora que los guisantes estan desgranados y son tan tiernos –dice de pronto el escultor, sin solución de continuidad, riendo como un niño- vamos a ver si hacemos un arrocillo porque el pobre señor Manolo tiene hambre y ya es hora de que cenemos.”

Josep Plá (Vida de Manolo)

4 comentarios:

  1. Esto es una maravilla. La obra de Pla es monumental. Soy un admirador incondicional. Sus "Homenots" son unos retratos excelentes, la adjetivación de Pla es puro rigor y exactitud.

    Salud

    Francesc Cornadó

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  2. Manolo Hugué fue un representante excelente del Noucentisme, esta corriente artística acababa con la locura panteista del Modernismo, trajo la racionalidad y las formas clásicas de nuestro mar Mediterráneo, bajó el telón del medievalismo, de las hadas y los dragones, se encendió la luz meridiana del mundo clásico sobre los bosques umbríos. Costa Llobera recuperó a Horacio y Carner, Carles Riba y los demás noucentistas dotaron de rigor el panorama artístico catalán, con ellos el inconmensurable Josep Pla.

    Salud

    Francesc Cornadó

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  3. Este libro es una obra asombrosa, me dejó impresionado cuando lo leí por primera vez; la palabra de Manolo y la prosa de Plá han conseguido un libro único, lleno de sabiduría y sencillez.
    Y sí, Francesc, inconmensurables los dos.

    Un saludo

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  4. Pues yo no lo he leído, pero me gustan las esculturas de Hugué.
    Si no me equivoco tengo por ahí uno de Plá sobre Dalí, pero no lo he leído (sólo miré las ilustraciones).
    Un saludo.

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