domingo, 26 de diciembre de 2010

Oscar Domínguez




Sin miedo, llamo con los nudillos a la puerta del taller de Oscar Domínguez. Ya por la mañana, temprano, había oído por teléfono su voz oscura:-Ven cuando quieras.
Domínguez, “el último surrealista”, como le llaman sus amigos de Montparnasse, abre la puerta.-Pasa, siéntate, ¿Fumas? ¿Quieres preguntarme algo?
-Si, algunas tonterías. Así, improvisadas, a veces dan resultado.
-Pregunta lo que quieras.
-No sé. Dime qué quisieras ser, qué quisieras hacer, qué quisieras tener.-Mujer, si lo que yo quiero es morirme. ¿No ves lo triste que es para un pintor –dice señalando una de sus pinturas- ese esfuerzo que nadie ve, que a nadie interesa? Y si se pinta en serio, es a vida o muerte: como un buen torero ante su toro. Después, sólo quedan los colores, la composición, esas cosas…
-¿Dices que a nadie interesa?-¿No ves lo que ocurre con el Guernica, de Picasso, que sólo gusta a los intelectuales? A la masa, al pueblo, aunque es su tragedia, no les emociona. El sentimiento no es un arma revolucionaria, mejor es una ordenación. El cartel quizá sí lo sea, porque es como un grito. Entra por los ojos.
-¿Sientes alguna vez “morriña” por tu Canarias? Debe de ser bonita.Nuestra conversación queda cortada por un rin-rin del teléfono que tiene Domínguez sobre la mesa.
Mientras Domínguez habla por teléfono, veo algunos de los dibujos y de las pinturas que tiene en el taller. Sus palabras –“los colores, la composición, esas cosas”…- cobran un profundo significado. Veo al Domínguez desesperado, al Domínguez gracioso y contento, bebiendo y abstemio, cuerdo y loco. Siempre tan buen pintor, siempre buen amigo de todos.
Recuerdo “los bailes de escándalo” de final de curso, los bailes de artistas, a los que Domínguez asistía disfrazado de escocés, de salvaje, con una faldita de rafia. Era la época del estraperlo y de los cafés de Montparnasse abarrotados de un público heterogéneo, en el que los menos eran los artistas. Y, recién terminada la guerra, la intervención de Oscar Domínguez en el ensayo de pintura mural colectiva realizado en la Sala de Sade del “Centre Psychiatrique de Sainte-Anne” para suplir el fresco pintado por Frédéric Delanglade y destruido por los alemanes.



-Algunas noches – cuenta Domínguez-, al salir yo de trabajar en el mural, me paraba uno de los locos ya curados que servían la comida a los médicos y a los artistas. Y siempre me decía: “Estos artistas están locos, locos de atar”.

Recuerdo también una despedida de artistas españoles que iban a Checoslovaquia. Era un amanecer muy frío. Las mujeres de los artistas extendían los brazos hacia las ventanillas del autobús que los llevaba al aeródromo; algunas lloraban. Cuando dieron el aviso de salida, Domínguez asomó la cabeza, tocada con un turbante y un pasamontañas, y dijo: “Pobrecitas, no lloreís: vamos a repoblar Checoslovaquia.”
Rompiendo evocaciones, le pregunto:
¿Qué te parece el grupo de “Tachistes”?
-Eso ya se hacía hace mucho tiempo. Se aprovechaban las manchas de las paredes, se componían figuras, se hacían composiciones con las masas. La pintura siempre ha sido manchas, cuestión de manchas; pero hay que saberlas poner, y si no, que se lo pregunten a Velázquez.
- ¿Y la pintura abstracta?
-Eso se está acabando. Tubo su auge, claro, pero ya no se aguanta. Ahora trafican con eso.
- ¿Cuál será la nueva tendencia?- Muy pronto se volverá al Renacimiento.
El teléfono suena de nuevo.



Me acerco a la ventana. La luz entra por igual, es serena, todo está ordenado. Antes tuvo Domínguez otro taller en esta misma casa. Era la época de sus fantasmas de ropa tendida, La máquina de coser, La locomotora y el frutero, El carrito de flores, Niñas saltando a la comba… Una época que ya acusaba la decadencia del Montparnasse de antes de la guerra del 40, en que ya se animaban los cafés de Saint Germain des Prés. Un existencialismo mal interpretado exigía ir mal vestido, sin lavarse y sin peinarse. Los turistas llegaban con los traveller cheques limitados y preferían un bocadillo y un café entre gentes “disfrazadas”: letristas, bandas de jóvenes perversos de buenas familias haciendo extravagancias calculadas…
- ¿Cuánto tiempo llevas en París?
- Veinticinco años, aproximadamente.
- ¿Siempre en Montparnasse? Te debes de sentir muy a gusto en el barrio.
- No creas, me han matado a muchos de mis amigos, de mis mejores amigos. Pasan tantas cosas… Ha sido muy difícil y muy triste.
Suena el teléfono.
Domínguez vino a París como representante del comercio de plátanos que tenía su padre. Pronto lo abandona. En 1934 conoce al grupo surrealista. Él había trabajado por su parte en el mismo sentido. El grupo surrealista, algunos de cuyos componentes procedían del dadaísmo, lo formaban entonces Tristán Tzara, Miró, Giacometti, René Char, Chirico y otros. Domínguez aporta su personalidad pintando animales prehistóricos, monstruos. Hace esculturas que se desarticulan en piezas numeradas, como aparatos ortopédicos.
-¿Crees en la magia del arte?- Claro que sí. Es lo que los poetas andaluces llaman “duendes”. Es lo de los gitanos.

El teléfono. Domínguez contesta: “Me están haciendo unas preguntas muy graciosas.”


En un catálogo de una exposición de Oscar Domínguez, leo unas palabras de Paul Eluard: “De Picasso a Domínguez pasando por Miró y Dalí… Pintura de la imaginación, pintura en exilio… L’Espagne brûle son été le plus crû”.- Cuéntame algo de tu infancia en Canarias.- Quería mucho a una sobrina mía de la misma edad. Andábamos siempre juntos. Un día cayó enferma y se murió. La pusieron en una cajita de cristal y así la llevaron al cementerio. Yo quería morirme. Nunca he podido olvidarlo.
- Te voy a dejar trabajar. Volveré otro día.
- Ven cuando quieras, ya sabes.
- Antes de marcharme, quisiera preguntarte una cosa: ¿qué te interesa más, lo que ya has vivido o lo por venir?
- Lo pasado ya no me interesa. A pesar de todo, prefiero lo por venir.
- Ahora ya te he cogido, ya me voy contenta. ¿Ves? Tú no has querido nunca morirte. Prefieres seguir. Siempre es mejor. Me voy tranquila.- Ven cuando quieras; casi es todo lo que puedo decirte.
Y ya en la puerta, Domínguez añade:
- Y todo lo demás… tú ya lo conoces.
Al poco tiempo de esta conversación, Domínguez se quitó la vida. Era verdad lo que me dijo: quería morirse.


Mercedes Guillen (Artistas españoles de la escuela de París)



El suicidio del pintor Óscar Domínguez

Al abrirse las venas una noche de Año Nuevo, en su estudio de la rue Campagne-Premiére, Óscar Domínguez pone fin a una vida salpicada de creaciones agresivas y depresiones.

(Nacido en Tenerife, el 7 de enero de 1906, llegó a París en 1927. A partir de 1930 entra en el surrealismo con sus “objetos” y sus calcomanías, y entabla amistad con los miembros de este movimiento. En 1942 la exposición de su obra en la Galerie Carré llama la atención sobre su arte corrosivo. Al igual que Picasso, a quien conoció bien, amaba los toros. Sus figuras humanas se fragmentaban en ritmos desgarrados.)

Le Monde, 4 de enero de 1958

4 comentarios:

  1. Ah, eres un culturo, Luis. Debemos ser tú y yo las dos únicas personas que nos acordamos de Óscar Dominguez en el hemisferio norte. Me gustó la entrevista. Un abrazo

    Nota insolente. Leo al final que Oscar practicaba la "calcomanía". Deber ser un error de transcripción. Él inventó un téctinca que llamaba "Decalcomanía", que por lo que yo sé, se parece mucho a la técnica de los monotipos, es decir, las manchas aleatorias...

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  3. Hola Juan: Estoy seguro que en el hemisferio norte o más bien en el sur del hemisferio norte, habrá alguien más, o eso espero, que siga recordando a Domínguez y disfrutando con su obra. Yo ya sabía que a ti te interesaba: recuerdo que en tu blog has hecho alguna referencia a él y al gran Manolo Millares del que pronto colgaré un post.
    Respecto a tu insolente nota, te diré que tienes razón en cuanto al nombre, al menos así figura en el catálogo de la expo de 1996 en el Centro Atlántico de Arte Moderno y el Reina Sofía, de donde he transcrito la entrevista y la nota de Le Monde.
    En el mundo del grabado, (aquí donde me ves fui aguafuertista durante unos años) un monotipo es una obra única, al no existir una matriz que permita la tirada en serie, puesto que no se graba ninguna plancha sino que simplemente se pinta sobre ella y se transfiere a otro soporte, la obra resulta materialmente irrepetible.
    Sobre que fue una técnica que el inventó tengo mis dudas, no estoy muy seguro pero me parece que Max Ernst, otro grande del surrealismo, ya lo había hecho años antes…
    Te cuento, aunque quizá la conozcas, una anécdota: Este verano han puesto en Madrid una expo titulada, La subversión de las imágenes, en ella proyectaban una película muda de Víctor Brauner, director, guionista y protagonista; trataba de un tipo que visita obsesivamente una tienda donde vendían ojos de cristal. Tanto los deseaba que acababa arrancándose sus propios ojos. Años después, ya a este lado que llamamos realidad, hubo una violenta pelea entre Oscar Domínguez y el también pintor español Esteban Francés. Víctor Brauner, allí presente, intentó mediar. De un botellazo, Domínguez le saltó un ojo. Estos surrealistas…
    Un saludo

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    1. Hola, disculpe el pueril voyerismo pero me parecio muy graciosa la anécdota que cuenta sobre los ojos. Le soy sincera, nunca había oido hablar de este pintor, sin embargo con su publicación me ha hecho interesarme un poco más acerca de el y por lo menos, aunque no conocerlo del todo, vislumbrar sus chispeantes ideas. Gracias por compartir y no deje de hacerlo, sería un placer leerlo n.n

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