sábado, 25 de diciembre de 2010

Párrafos de "El juguete rabioso" de Roberto Arlt


“Tenía el prurito del movimiento, era un goloso visual, entraba en éxtasis frente a la mercadería por el dinero que representaba.
Acercábase a los vendedores de cerdo a pedirles precio de embutidos, examinaba codicioso las sonrosadas cabezas de cerdo, hacíalas girar despacio bajo la impasible mirada de los ventrudos comerciantes de delantal blanco, rascábase tras la oreja, miraba con voluptuosidad los costillares enganchados a los hierros, las pilastras de tocino en lonjas, y como si resolviera un problema que le daba vueltas en el meollo, dirigíase a otro puesto, a pellizcar una luna de queso, o a contar cuántos espárragos tiene un mazo, a ensuciarse las manos entre alcachofas y nabos, y a comer pepitas de zapallo o a observar a trasluz los huevos y a deleitarse en los pilones de manteca húmeda, sólida, amarilla, y aún oliendo a suero.”



“Dío Fetente se ha despertado y comienza a vestirse, es decir, a ponerse los botines. Sentado al borde del camastro, sucio y barbudo, mira en redor con aire aburrido. Alarga el brazo y coge la gorra, entrándosela en la cabeza hasta las orejas; luego se mira los pies, los pies encalcetados de groseras medias rojas, y después, hundiendo el dedo meñique en la oreja, lo sacude rápidamente produciendo un ruido desagradable. Termina por decidirse y se pone los botines; luego, encorvado, camina hacia la puerta del cartujo, se vuelve, mira por el suelo, y hallando una colilla de cigarro la levanta, sopla el polvo adherido y la enciende. Sale.”


“Y a medida que se destrenza mi deseo, reconstruyo los vestidos con que la cortesana se embellecerá, los sombreros armoniosos con que se cubrirá para ser más seductora, y la imagino junto a su lecho, en una semidesnudez más terrible que el desnudo.
Y aunque el deseo de mujer me surge lentamente, yo desdoblo los actos y preveo qué felicidad sería para mí un amor de esa índole, con riquezas y con gloria; imagino qué sensaciones cundirían en mi organismo si de un día para otro, riquísimo, despertara en ese dormitorio con mi joven querida calzándose semidesnuda junto al lecho, como lo he visto en los cromos de los libros viciosos.”


“Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro, rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que percibí dentro de la caja de mi cráneo una neblina roja que se movía con lentitud.
Cierto cansancio terrible me aplastaba los brazos. Veces hubo en que quise dormir dos días con sus dos noches. Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar allí sus cavernas oscuras. Acostábame rabioso, despertaba taciturno. La desesperación me ensanchaba las venas, y sentía entre mis huesos y mi piel el crecimiento de una fuerza antes desconocida a mis sensorios. Así permanecía horas enconado, en una abstracción dolorosa.”



“Cuando Monti me recibió de corredor a comisión, entregándome un muestrario de papeles clasificados por su calidad y precio, dijo:
-Bueno, ahora a vender. Cada kilo de papel son tres centavos de comisión.
¡Duro principio!
Recuerdo que durante una semana caminé seis horas por día inútilmente. Aquello era inverosímil. No vendí un kilo de papel en el trayecto de cuarenta y cinco leguas. Desesperado entraba en verdulerías, a tiendas y almacenes, rondaba los mercados, hacía antesala a farmacéuticos y carniceros, pero inútilmente.
Unos me enviaban lo más cortésmente posible al diablo, otros decíanme pase la semana que viene, otros argüían: “Yo ya tengo corredor que hace tiempo me sirve”, otros no me atendían, algunos opinaban que mi mercadería era excesivamente cara, varios demasiado ordinaria y algunos raros, demasiado fina. (…)
Cierta noche en la calle Rojas entré en una farmacia. El farmacéutico, bilioso sujeto picado de viruelas, examinó mi mercadería, después habló y parecióme un ángel por lo que dijo:
-Mándeme cinco kilos de papel de seda surtido, veinte kilos de papel parejo especial y hágame veinte mil sobres, cada cinco mil con este impreso: “Ácido bórico”, “Magnesia calcinada”, “Crémor tártaro”, “Jabón de Campeche”. Eso sí, el papel tiene que estar el lunes bien temprano aquí.
Estremecido de alegría anoté el pedido, saludé con una reverencia al seráfico farmacéutico y me perdí por las calles. Era la primera venta. Había ganado quince pesos de comisión.”



“El Pibe, no tenía diez años de edad, y menos de cuatro pies de estatura, pero en su rostro romboidal como el de un mogol, la miseria y toda la experiencia de la vagancia habían lapidado arrugas indelebles.
Tenía la nariz chata, los labios belfos, y además era enormemente cabelludo, de una lana rizada y tupida entre cuyos aros desaparecían las orejas. Todo este cromo aborigen y sucio se ataviaba con un pantalón que le llegaba hasta los tobillos, y una blusa negra de lechero vasco.
El Rengo le ordenó imperativamente:
-Agarrá eso.
El Pibe se echó la bolsa a la espalda y rápidamente marchó.
Era criado, cocinero, mucamo y ayudante del Rengo. Este lo recogió como se recoge un perro, y en cambio de sus servicios lo vestía y alimentaba; y el Pibe era fidelísimo servidor de su amo.”

Roberto Arlt (El juguete rabioso)

3 comentarios:

  1. ay, el jorobadito
    ay

    acabo de acordarme de él
    ay

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  2. Pues yo
    ay
    acabo de saber de él,
    del jorobadito, digo
    ay
    gracias
    no dejas de ampliar
    mis horizontes literarios.

    besos de juguete rabioso

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  3. Las aceras estaban sombreadas por copudos follajes de acacias y ligustros. La calle era tranquila,
    románticamente burguesa, con verjas pintadas ante los jardines, fuentecillas dormidas entre los
    arbustos y algunas estatuas de yeso averiadas. Un piano sonaba en la inquietud del crepúsculo, y
    me sentí suspendido de los sonidos, como una gota de rocío en la ascensión de un tallo. De un rosal
    invisible llegó tal ráfaga de perfume, que embriagado vacilé sobre mis rodillas, al tiempo que leía en
    una placa de bronce:

    ARSENIO VITRI — Ingeniero

    ( Juguete Rabioso )

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