viernes, 3 de diciembre de 2010

Precipicios (14)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


De cómo el maestro de capilla Juan Sebastián Bach emergió, como San Jorge, de los sonidos del órgano, y la solitaria oyente huyó, estremecida, de la iglesia; y de cómo la joven Magdalena llegó a ser la esposa del prodigioso músico y le comprendió del todo porque le amaba.

Hoy ha venido hasta mi soledad una visita que me ha alegrado el corazón. Gaspar Burgholt el discípulo favorito, que también se ha hecho indagaciones para dar con mi paradero, y ha venido a visitarme. Realmente, ha tenido que buscar bastante para encontrar a la anciana señora Bach en su abandono y pobreza; porque, ¡ay!, ¡qué pronto se han olvidado los días felices de los Bach! El anciano y yo teníamos muchas cosas de que poder conversar. Me ha hablado de sus modestos éxitos artísticos, de su mujer y de sus jóvenes hijos, pero de lo que más hemos hablado ha sido del que ya se fue, de su maestro, de mi esposo. Después de recordar muchas cosas deliciosas de aquellos años maravillosos, Gaspar ha pronunciado unas palabras que podrán dar, de pronto, un alto sentido a mi humilde destino de hoy.
-¡Escriba usted –me ha dicho- una crónica sobre el gran hombre! ¡Usted le conoció como nadie; escriba todo lo que recuerde de él! ¡Estoy seguro de que su fiel corazón no habrá olvidado mucho; escriba usted sobre sus palabras, sus miradas, su vida y su música! ¡Los hombres desatienden hoy su recuerdo, pero no lo olvidarán para siempre! La humanidad no podrá guardar silencio sobre él durante mucho tiempo, y le quedará agradecida por lo que haya escrito.
Esas han sido las palabras de Gaspar; y, en cuanto se ha marchado, he corrido a escribirlas…”

La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach.

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