domingo, 19 de diciembre de 2010

Precipicios (18)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…





“CAPÍTULO PRIMERO

No hable nunca con desconocidos

A la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en “Los Estanques del Patriarca” aparecieron dos ciudadanos. El primero de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano, era pequeño, moreno, bien alimentado y calvo. Tenía en la mano un sombrero aceptable en forma de bollo, y decoraban su cara, cuidadosamente afeitada, un par de gafas extraordinariamente grandes, de montura de concha negra. El otro, un joven ancho de hombros, algo pelirrojo y desgreñado, con una gorra de cuadros echada hacia atrás, vestía camisa de cow-boy, un pantalón blanco arrugado como un higo y alpargatas negras.
El primero era nada menos que Mijaíl Alexándrovich Berlioz, redactor de una voluminosa revista literaria y presidente de la dirección de una de las más importantes asociaciones moscovitas de literatos, que llevaba el nombre compuesto de MASSOLIT* (*que quiere decir “literatura de masas”); y el joven que le acompañaba era el poeta Iván Nikoláyevich Ponirev, que escribía con el seudónimo de Desamparado.
Al llegar a la sombra de unos tilos apenas verdes, los escritores se lanzaron hacia una caseta llamativamente pintada donde se leía: “Cervezas y refrescos”.
Ah, sí, es preciso señalar la primera particularidad de esta siniestra tarde de mayo. No había un alma junto a la caseta, ni en todo el bulevar paralelo a la Málaya Brónnaya. A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de haber caldeado Moscú, se derrumbaba en un vaho seco detrás de la Sadóvaya, nadie pasaba bajo los tilos, nadie se sentaba en un banco: el bulevar estaba desierto.
-Agua mineral, por favor –pidió Berlioz.
-No tengo –dijo la mujer de la caseta como ofendida.
-¿Tiene cerveza? –inquirió Desamparado con voz ronca.
-La traen para la noche –contestó la mujer.
-¿Qué tiene? –preguntó Berlioz.
-Refresco de albaricoque. Pero no está frío –dijo ella.
-Bueno, sírvalo como esté.
El sucedáneo de albaricoque formó abundante espuma amarilla y el aire empezó a oler a peluquería…”

Mijaíl Bulgákov (El maestro y Margarita)

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