jueves, 16 de diciembre de 2010

René Char

“Considero a René Char nuestro mayor poeta vivo, y su libro Furor y misterio lo tengo por lo más sorprendente que la poesía francesa nos ha ofrecido desde las Iluminaciones de Rimbaud y Alcoholes de Apollinaire. (…) La poesía de Char habita el relámpago, y no sólo en sentido figurado. El hombre y el artista, que caminan al mismo paso, se templaron ayer en la lucha contra el totalitarismo hitleriano, hoy en la denuncia de los nihilismos contrarios y cómplices que desgarran nuestro mundo. Del combate común Char aceptó el sacrificio, no el disfrute. “Ser del salto, no del festín, su epílogo.” Poeta de la rebelión y de la libertad, jamás ha aceptado la complacencia ni confundido –con palabras suyas- la rebelión con el capricho.”
Albert Camus (1958)




No te demores en el surco de los resultados.




Pienso en ese ejercito de cobardes con gusto por la dictadura a quienes quizá volverán a ver en el poder, en este país olvidadizo, los supervivientes de nuestro tiempo de álgebra condenada.



Existe un tipo de hombre que se adelanta siempre a sus excrementos.



Un hombre sin defectos es una montaña sin grietas. No me interesa. (Regla del zahorí y del inquieto.)


Se dejan caer con todo el peso de sus prejuicios, o borrachos con el ardor de sus principios falsos. Asociarlos, exorcizarlos, aligerarlos, muscularlos, suavizarlos, y luego convencerles de que a partir de cierto punto la importancia de los tópicos heredados es relativa en extremo, y que a fin de cuentas “el asunto” es un asunto de vida o muerte y no de matices que haya que defender en el seno de una civilización cuyo naufragio podría no dejar ni la menor huella en el océano del hado: eso es lo que intento hacer aprobar en derredor mío.



Nos hallamos desgarrados entre la avidez de conocer y el desespero de haber conocido. El aguijón no renuncia a su escozor, ni nosotros a nuestra esperanza.


Si a veces el hombre no cerrase soberanamente los ojos, acabaría por no ver lo digno de ser mirado.




Acercas una cerilla a la lámpara y lo que se enciende no alumbra. Es lejos, muy lejos de ti, donde el círculo ilumina.



Nos parecemos a esos sapos que en la austera noche de la ciénaga se llaman sin verse, doblegando a su grito de amor toda la fatalidad del universo.



El anti-terror es ese vallejo que poco a poco colma la niebla, el rumor fugaz de las hojas como un enjambre de cohetes entumecidos, esta gravedad bien repartida, esta circulación enguatada de animales e insectos trazando mil líneas en la corteza tierna de la noche, este grano de alfalfa sobre el hoyuelo de un rostro acariciado, este incendio de la luna que jamás será un incendio, un mañana minúsculo cuyas intenciones no conocemos, un busto de vivos colores que se ha plegado sonriendo, es la sombra, a pocos pasos, de un breve compañero en cuclillas que piensa que el cuero de su cinturón va a ceder…¡Qué importan entonces la hora y el lugar de la cita que el diablo ha concertado con nosotros!


¿Seremos más adelante parecidos a esos cráteres donde ya no acuden los volcanes, y amarillean los tallos de la hierba?


Hoy me explico mejor esa necesidad de simplificar, de meterlo todo en lo uno, en el momento de decidir si tal cosa debe ocurrir o no. Al hombre le cuesta alejarse de su laberinto. Los mitos milenarios le intiman para que demore la partida.



La lucidez es la herida más cercana al sol.



Con algunas mujeres pasa como con las olas del mar. Proyectándose adelante con toda su juventud, franquean una roca demasiado elevada para el retorno. A partir de entonces la poza se estancará allí, cautiva de bello reflejo, a causa de los cristales de sal que contiene y que poco a poco le van sustituyendo la vida.

René Char (Hojas de Hipnos)

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