miércoles, 15 de diciembre de 2010

Robert Walser / Escrito a lápiz




" Escrito a lápiz "


Duermo a pierna suelta Duermo a pierna suelta. Creo poder decir que durmiendo soy una auténtica marmota. Por lo demás, me parece conmovedor que a una tal Judith se le antojara, no ha mucho tiempo, declarar lo siguiente: “El tipo besa que es una delicia”. Dedujo esta certeza de los libros que he ido publicando hasta la fecha, libros que su alma buena frecuentaba y de cuyo contenido se empapaba en sus horas muertas para distraerse lo indecible. Que yo siempre había sido un buen ciudadano, le decía en voz baja, con una ternura indescriptible, a la gente, la cual no alcanzaba a comprender la dimensión de estas amables palabras, ni se atrevía a desmentir rotundamente la afirmación y su supuesta trascendencia, ni tampoco a grabarla en los rincones de su conciencia como algo que está fuera de toda duda. Era ella de una belleza brillante, pardusca, que se esfuerza o esforzaba siempre en darme calabazas, quiero decir en lavar mi imagen ante mis conciudadanos, por no decir que la peinaba. Un servidor puede casi sumir a la gente en un profundo sueño, tanto les fatiga el relato de mis cientos de alegrías, con las que espero, grosero como soy, haber causado más de un disgusto a las mujeres de aquí, que son más pálidas y mejores. Oh, cuánto esfuerzo inútil por iniciar relaciones y volver a romperlas al instante, con gallardía, contiene esta suposición. A mí tanto me gusta llegar como marcharme, tanto llenar hasta el tope las maletas y demás como deshacerlas con decoro y suma prudencia. ¿A quién me estoy dirigiendo? ¿Sólo a un público íntegro? Y qué otra cosa voy a contar, si no un paseo realizado con toda la felicidad del mundo en el que abundaban las preguntas como: “¿Acaso le importaría decirme luego, así, rapidito, qué camino debo tomar?”. Y es que es completamente cierto, es decir, total, rigurosa y absolutamente cierto que iba yo abatido por el agujero negro y enorme de la noche de nuestro querido universo, tranquilo, maravillosamente secreto, y que de vez en cuando me salían unas arengas que, desde el estrado del camino rural, dirigía a la mismísima cara de la naturaleza cósmica. “Oh, hay que ver cómo roncas, querido amigo, al lado de esa mujer insuperable, aunque puede que tú no te enteres y lo hagas sin mala intención”, dije entre otras cosas, refiriéndome a un compañero de trabajo, a un hombre infatigable, distinguido, que se pasa el día dando vueltas a sus problemas y que no acababa de comprender por qué había desaparecido yo de manera tan extraña en una fonda para poder acostarme como es debido. La cosa me costó en sueños una puñalada, pues me desperté sobresaltado de lo más profundo de mi pesadilla, lanzando un enorme suspiro, después de lo cual me incorporé de un salto y exclamé: “Como vuelva a ocurrir...”. El dramatismo de mi actuación no fue más allá.

Robert Walser

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