sábado, 11 de diciembre de 2010

Seelig / Walser



“Entonces estaba empeñado en escribir novelas. Pero me di cuenta de que me había encaprichado con una forma que era demasiado extensa para mi talento. Así que me retiré a la concha de caracol del relato corto y el artículo literario. Además el autor tiene que decidir soberanamente a qué género literario quiere dedicarse. Quizá sólo escriba tales novelas para volver a tener por fin aire para respirar. Es completamente irrelevante que el mundo diga sí o no a esto. Si se gana, también hay que saber perder…”


“Sólo la pobreza despierta la razón humana”.


“La dependencia tiene algo de bonachón, la independencia despierta hostilidad”.


“Le pregunto a Robert por la fuente de la Justicia de Biel, (…)
-Está delante del ayuntamiento gótico, y es de principios del siglo XVIII. Un espléndido trabajo. Por aquel entonces la genialidad aún anidaba en el pueblo, y al artista le bastaba con ser un sólido y anónimo artesano. Los artistas de hoy no saben cuánto han perdido junto con la modestia.”

“¿Se ha dado usted cuenta de que casi todos los avaros llegan a ser viejísimos? Es como si hasta la Muerte se espantara ante ellos”.

“Contra la intervención americana en Corea:
-¿Ha visto esas caras de gángster, esa carne de horca? Orgullosamente necios, arrogantes y rapaces. ¿Qué les importa a los americanos la lucha por la libertad de una antigua civilización? Naturalmente, con su supermoderna maquinaria de guerra lo destrozaran todo y vencerán. Pero ¿cómo devolverán después a su jaula a la bestia llamada “capitalismo”?”

“Contemplando la fotografía de un artista de tercera, dice:
-¡Mire su cabeza! ¡Ningún crítico podría desenmascarar sus limitaciones tan cruelmente como su propia cabeza!”

“Ya sabe usted que le aprecio…Pero cuando su estilo se vuelve rocoso y se convierte en monumental, me es ajeno. El lenguaje tiene que ser fluido.”

“Habría que dedicarse a la verdad, que a menudo es más fantástica que la fantasía de los poetas.”

“Por la tarde, larga conversación sobre la misteriosa muerte de Stalin.
-Siempre me repugnó el incienso que hacía extender a su alrededor –dice Robert-. Rodeado de servilismo, al final se convirtió en un ídolo que ya no podía vivir como un hombre normal. Quizá en él se ocultara la genialidad. Pero a los pueblos les conviene más ser gobernados por naturalezas mediocres. En el genio acechan casi siempre perversidades que los pueblos tendrán que pagar con sangre, dolor y vergüenza.”

“…Robert me da un codazo y me señala a dos mujeres que pasan ante nosotros:
-¿No le ha llamado la atención el desprecio con que nos han mirado, como si fuéramos delincuentes?
-O beatos que divagan sobre cualquier cosa –prosigo yo, y Robert se ríe:
-Sí, para las mujeres somos artículos defectuosos. Tenemos que conformarnos con eso, queramos o no.”

“(Robert) Habla con desprecio del masivo reparto de premios literarios a principiantes, en boga hoy en día:
-Si los malcrían tan pronto, seguirán siendo niños eternamente. Para hacerse hombre se necesita sufrimiento, falta de reconocimiento, lucha. El Estado no puede convertirse en comadrona de los escritores.”

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