lunes, 31 de mayo de 2010

Patti Smith / Éramos unos niños



ÉRAMOS UNOS NIÑOS
PATTI SMITH



Originalmente en: ABC.abcd





Fue el verano en que murió Coltrane. El verano de Crystal Ship. Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterrey. AM radio retransmitió Ode to Billie Joe. Hubo disturbios en Newark, Milwaukee y Detroit. Fue el verano de la película Elvira Madigan, el verano del amor. Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida.
Fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe. [...]
El primer invierno que pasamos juntos fue crudo. Incluso con mi mejor sueldo de Scribner´s teníamos muy poco dinero. A menudo, nos quedábamos ateridos en la esquina de Saint James Place, cerca de la taberna griega y la tienda de material artístico Jake´s, mientras decidíamos cómo gastarnos nuestros pocos dólares, sin saber si comernos dos sándwiches calientes de queso o comprar material. A veces, incapaces de distinguir qué deseábamos más, Robert montaba nerviosamente guardia en la taberna mientras yo, poseída por el espíritu de Genet, robaba el sacapuntas metálico o los lápices de colores que tanto necesitábamos. Yo tenía un concepto más romántico de la vida y los sacrificios del artista. En una ocasión, leí que Lee Krasner había robado material a Jackson Pollock. No sé si es cierto, pero me servía de inspiración. A Robert le inquietaba no ser capaz de mantenernos. Yo le decía que no se preocupara, que dedicarse a las bellas artes era su recompensa. [...]

A mí no me importaba trabajar en el anonimato. Estaba aprendiendo. Pero Robert, pese a ser tímido, poco comunicativo y parecer desconectado de quienes le rodeaban, era muy ambicioso. Tenía a Duchamp y a Warhol como modelos. Bellas artes y alta sociedad, aspiraba a ambas. Éramos una curiosa mezcla de Cara de ángel y Fausto. [...]
Había días, grises días de lluvia, en que las calles de Brooklyn eran dignas de una fotografía: cada ventana, el objetivo de una Leica, la vista granulada e inmóvil. Juntábamos nuestras láminas y lápices de colores y dibujábamos como niños salvajes hasta que, agotados, nos derrumbábamos en la cama muy entrada la noche. Yacíamos uno en brazos del otro, aún vergonzosos, pero felices, intercambiando apasionados besos mientras el sueño nos visitaba.
El muchacho que yo había conocido era tímido y tenía dificultad para expresarse. Le gustaba dejarse llevar, que lo cogieran de la mano para entrar sin reservas en un mundo distinto. Era masculino y protector, pese a ser femenino y sumiso. Meticuloso en su vestuario y modales, también era capaz de un desorden atemorizante en su obra. Sus mundos eran solitarios y peligrosos, y vaticinaban libertad, éxtasis y liberación.

A veces, me despertaba y lo encontraba trabajando a la débil luz de velas votivas. Retocando un dibujo, girándolo en esta o aquella dirección, examinándolo desde todos los ángulos. Pensativo, absorto, alzaba la vista, me veía observándolo y sonreía. Aquella sonrisa primaba sobre cualquier otra cosa que estuviera sintiendo o experimentando, incluso más adelante, mientras estuvo agonizando, fulminado por el dolor. [...]
El proceso de creación le parecía pesado por la rapidez con que veía la obra concluida. Se sentía atraído por la escultura pero creía que el soporte estaba obsoleto. Aun así, se pasaba horas estudiando los Esclavos de Miguel Ángel, queriendo acceder a la sensación de trabajar con la forma humana sin el esfuerzo de usar martillo y cincel. [...]
Las primeras obras de Robert estaban claramente inspiradas en sus experiencias con el LSD. Sus dibujos y pequeñas construcciones poseían el anticuado encanto del surrealismo y la pureza geométrica del arte tántrico. Poco a poco, su obra dio un giro hacia el catolicismo: el cordero, la Virgen y Cristo.[...]
Pero Robert, que deseaba librarse de su yugo católico, habitaba en otra parte del espíritu, regida por el ángel de la luz. La imagen de Lucifer, el ángel caído, terminó eclipsando a los santos que utilizaba en sus collages y cajas esmaltadas. En la tapa de una cajita de madera, pegó el rostro de Cristo; en el interior, una Virgen con el niño y una diminuta rosa blanca; y, en el reverso de la tapa, me sorprendió hallar el rostro del diablo sacando la lengua. [...]

A principios de junio, Valerie Solanas disparó a Andy Warhol. Aunque Robert no tendía a ser romántico con los artistas, se disgustó mucho. Adoraba a Andy Warhol y lo consideraba uno de los artistas vivos más importantes. Fue lo más próximo a la idolatría que estuvo nunca. Respetaba a artistas como Cocteau y Pasolini, que fundían vida y arte, pero, para Robert, el más interesante de todos era Andy Warhol, quien documentaba la puesta de escena humana en la Factoría, su estudio forrado de papel de plata.
Yo no sentía por Warhol lo mismo que Robert. Su obra reflejaba una cultura que yo quería evitar. Detestaba la sopa y la lata no me decía apenas nada. Prefería un artista que transformara su época, no que la reflejara. [...]
A principios de septiembre, Robert se presentó en Scribner´s de forma inesperada. Vestido con una larga trinchera granate de piel abrochada con cinturón, estaba guapo y parecía perdido. Había [...] solicitado una beca de estudios. Se había comprado la trinchera y un billete a San Francisco con parte del dinero.(…)
-Ven conmigo. Allí hay libertad. Tengo que descubrir quién soy.
Lo único que yo conocía de San Francisco era el gran terremoto y Haight-Ashbury.(…)
No estuve nada compasiva, un hecho que terminé lamentando. Por sus ojos, parecía que hubiera estado trabajando toda la noche colocado de speed. Sin mediar palabra, me entregó un sobre.
Vi cómo se alejaba y se perdía entre la multitud.

Lo primero que me sorprendió fue que hubiera escrito su carta en papel de Scribner´s. Su letra, por lo general tan cuidada, estaba plagada de contradicciones: pasaba de ser pulcra y precisa a meros garabatos infantiles. Pero incluso antes de leer las palabras, lo que me conmovió profundamente fue el sencillo encabezamiento: «Patti - Lo que pienso - Robert». Le había pedido, incluso suplicado tantas veces antes de marcharme que me dijera qué estaba pensando, qué tenía en la cabeza. Él no había tenido palabras para mí. (…)
«Abro puertas, cierro puertas», escribía. No amaba a nadie, amaba a todos. Adoraba el sexo, odiaba el sexo. La vida es una mentira, la verdad es una mentira. Sus pensamientos concluían con una herida curativa. «Estoy desnudo cuando dibujo. Dios me tiene de la mano y cantamos juntos.» Su manifiesto como artista. [...]

L.L.G. / De una sentada



De una sentada
Rebusco
entre las llamadas de papel
y los trozos arrugados
aprovecho la ilógica necia
y flotante que celebran
los pecios y su tendencia
a la mudanza sin embalajes
ni emociones anacrónicas

me siento próximo
a ninguno y los miro
con notable frecuencia
como a colegas
en el daca y toma indiferente
y restituyo guiños
y abrazos de perdición
durante la caza de nubes rojas

solo y sonámbulo
recorro las calles
del placer barato
persiguiendo borrosas figuras
rondando escaleras extrañas
pisando peldaños crujientes
como roídos
por muelas sin juicio

vigilo
las agitadas atmósferas
de las esquinas descarnadas
y a las bañistas
en el jardín de las orquídeas
de P.V.C.

rodeo
el mar
hasta que se le acaba
la cuerda
y los naufragios de basura
arrojada y esotérica

rememoro
de una sentada en el andén
como volaban sobre los muros
el pincel baldío
la enciclopedia del boquiabierto
las bellaquerias lavadas y planchadas
el alivio formidable y su pedo
la rascada burlesca y su cuchillo
el pensador autorreferente y su pensamiento
las previsibles consignas y sus días sumisos
el mástil empantanado y su bandera
la carta abatida y su baraja
los poemas incendiarios y sus cenizas
encontré tu hilo y yo del extremo.




L.L.G.

domingo, 30 de mayo de 2010

Enrique Lihn / Yo el libro



Yo el libro



También el cuerpo se descompagina
porque lo hojeen distraídamente.
Soy un imbroglio de maltratado papel
entre las manos de una lectora poco atenta
un magazine en una sala de espera
que irá a parar en unos días más
a la bolsa negra de polietileno.
Antes de que esto ocurra, lee en mí
el último capítulo de nuestra historia en común
para que sepas.



Enrique Lihn

Nicanor Parra / Autorretrato



"Autorretrato"
.......
Considerad, muchachos,
Esta lengua roída por el cáncer:
Soy profesor en un liceo obscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
Por la cal de la tiza degradante.
......
En materia de ojos, a tres metros
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
La mala luz, el sol,
La venenosa luna miserable.
Y todo para qué,
Para ganar un pan imperdonable
Duro como la cara del burgués
Y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
Si nos dan una muerte de animales!
......
Por el exceso de trabajo, a veces
Veo formas extrañas en el aire,
Oigo carreras locas,
Risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
Y estas mejillas blancas de cadáver,
Estos escasos pelos que me quedan,
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.

Nicanor Parra

Celso Emilio Ferreiro / Epitafio...



EPITAFIO SIN SARCÓFAGO


Existen monumentos al soldado desconocido
pero nadie se acuerda del labrador que labra la tierra
en el campo donde nació el soldado desconocido,
ni del obrero que construyó la casa
donde vivió el soldado desconocido,
ni de la madre que parió un niñito rubio
que después llegó a soldado desconocido,
ni del poeta que canta, muriéndose de asco,
para que en el mundo no haya soldados desconocidos.


Celso Emilio Ferreiro


***

viernes, 28 de mayo de 2010

Italo Svevo / Livia



LiviaUna vez convencida de que Ettore estaba bien muerto (caramba, ¡hacía seis meses que no lo veían!), Livia se dejó convencer para que aceptara otro novio. Lo recibió creyendo de buena fe que estaba enamorada. Era apuesto y buen mozo, fornido, muy tieso; tenía unos dientes preciosos y un par de bigotes nada fin de siècle ; last but [not] least , era rico.
Antes de la entrevista, Olga se preocupó de aleccionarla. No confiaba mucho en el incipiente amor de su hija y quería dejarle bien claro que, en aquella relación, lo que su corazón no le dictara, el interés debía sugerírselo.
–Compórtate bien, y piensa que para nosotros quizá sea una suerte que Ettore haya muerto. Éste tiene…
Y, con un gesto de la boca, le dio a entender «dinero».
Livia no replicó: se hacía cargo de que efectivamente era así, y el sentido común le aconsejó no protestar. Dedicó un suspiro a la memoria del ausente, que estaba muerto, recordó que él no le había hecho otra recomendación que la de ser feliz y… se resignó. Le dijo al recién llegado que hacía mucho tiempo que lo amaba; se habían conocido cuando Ettore aún vivía y, si no se había enamorado de él desde el primer momento, la culpa era del destino, que había hecho que ella ya estuviera prometida.
El otro escuchaba sonriente, muy convencido de su buena estrella. Sin mostrar la menor sorpresa, se atusó el flamante bigote negro y dijo con calma:
–Lo sé, lo sé. Ya me había dado cuenta.
Livia se sorprendió. Aquello no era cierto, y desde luego a ella, en su lugar, le hubiera costado creerlo. ¡Qué fácil de engañar era éste! A Ettore todo se le volvían suspicacias; el nuevo novio quedaba convencido así sin más de lo primero que una decía.
Olga dejó a la pareja a solas, para darles tiempo de conocerse más a fondo.
Él fue directo a abrazarla y a besarla en la boca en plan conquistador; a ella le costó un poco, pero se acordó de los consejos de su madre y respondió al abrazo poniendo cara de contenta. Un ruido detrás de la puerta los interrumpió (el ánima de Ettore, que rebullía).
Así pues, estaban conformes.
A continuación, él emprendió una larga parrafada –a todas luces preparada de antemano– con la que le explicó largo y tendido lo que él consideraba el ideal de esposa. Parte de lo que dijo coincidía con lo que había dicho Ettore. Este otro también se casaba con una mujer para que ella viviera exclusivamente para él.
La diferencia estaba en que Ettore no había dicho que la mujer de César no debía dar pie ni siquiera a que hablaran de ella; la mujer de Ettore no era la mujer de César.
–El pasado te pertenece –añadió–. Pero (y aquí se enroscó los bigotes con ademán imperativo) quiero conocerlo.
Ella, no sin vacilar un poco, se lo contó. Le habló de K., y él no abrió la boca.
Le habló de M., y se burló de ella. Por fin se disponía a hablarle de Ettore, pero él la interrumpió:
–Ése no. El recuerdo de Ettore no me preocupa –dijo en un tono tranquilo de superioridad que hizo que la puerta emitiera un crujido doloroso.
–Ya me ha dicho tu madre que lo soportabas por compasión.
Ella lo miró estupefacta; pero como la salida le pareció de lo más cómodo, no llegó a responder.
Aunque ya estaba muerto y bien muerto, Ettore moría por segunda vez.


Italo Svevo



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Sobre “La conciencia de Zeno” de Italo Svevo
Svevo en esta novela no mira más allá de los confines de Trieste, tal y como ocurre en las primeras obras de su amigo Joyce, el cual nunca abandonó Dublín en los últimos años de Irlanda como colonia británica. Svevo muestra en ella una aguda y sardónica visión de Trieste y de su héroe, Zeno Cosini, un mediocre hombre de negocios que engaña a su mujer y miente a su psiquiatra mientras intenta explicarse a sí mismo revisando sus memorias.

El protagonista Zeno utiliza el psicoanálisis, dice, para descubrir el porqué de su adicción al tabaco. Tal y como revela en sus memorias, cada vez que ha dejado de fumar lo ha hecho con la férrea decisión de que ese sería su último cigarrillo, sintiendo con ello la estimulante sensación de que su vida comienza de nuevo sin el lastre de sus viejos hábitos y errores. Esta sensación, sin embargo, es tan fuerte y agradable que le impulsa a fumar de nuevo, aunque sólo sea para sentirla una vez más al volver a dejar de fumar.


Svevo también fumó durante toda su vida. Paradójicamente, mientras en su lecho de muerte intentaba reponerse de las mortales heridas sufridas tras ser atropellado por un coche al ir a cruzar la calle, Svevo solía pedir un cigarrillo a sus visitantes intentando convencerles de que ese sería realmente su último cigarrillo, mas su petición no fue atendida.

Leopoldo María Panero / A Claudio Rodríguez...



A Claudio Rodríguez, recordando el día en que, con un cigarrillo temblándole en los labios, me dijo, en el Drugstore de Fuencarral, “a esta gente hay que ganarla”.




Aun cuando tejí mi armadura de acero
el terror en mis ojos muertos.
Aun cuando con mano blanca y nula
hice de silencio tus orines
y la nieve cae aún sobre mi cuerpo
pese a ello se impone un silencio aún más hondo
a los clavos que habían horadado mi cráneo:
aun cuando sean huesos quizá lo que no tiembla
aun cuando el musgo concluye mi pecho
el terror remueve las cuencas vacías.

Leopoldo María Panero

jueves, 27 de mayo de 2010

Vargas Llosa / Manuel Puig



MARIO VARGAS LLOSA sobre MANUEL PUIG



De todos los escritores que conocí, el que parecía menos interesado en la literatura fue Manuel Puig (1932-90). Nunca hablaba de autores o libros y, cuando la literatura se infiltraba en la conversación, se mostraba aburrido y cambiaba de tema. En Manuel Puig y la mujer araña, su biografía muy bien investigada y cuidadosamente documentada, Suzanne Jill Levine afirma que, en ciertos momentos de su vida, Puig leía mucho, pero su propio libro parece contradecirlo cuando recrea el contexto de su sujeto: las referencias más frecuentes son a películas, actrices, actuaciones y, muchas veces, a la música popular. Muy de vez en cuando aparecen algunos autores (por lo general la persona, no la obra).

Un joven escritor argentino que lo visitó en Río de Janeiro se sorprendió al descubrir que en el departamento de Puig, donde tenía una videoteca de unas 3.000 películas, sólo había un puñado de libros; aparte de sus propios libros en español y sus versiones traducidas, el resto consistía, casi exclusivamente, en biografías de actrices y productores cinematográficos.No era un escritor inculto. Era un hombre de cine, o tal vez de imágenes visuales y fantasía, que se descubrió naufragando en la literatura casi por omisión. Levine relata cómo Puig llegó a su vocación literaria en forma gradual y casi por accidente; después de sus frustraciones como estudiante de cine en Italia y sus intentos fallidos porque se produjeran sus guiones y por encontrar trabajo como director, pasó casi imperceptiblemente de escribir para la pantalla esquiva a escribir para sí mismo, componiendo un texto autobiográfico basado en sus recuerdos infantiles de las películas que había visto en las salas de General Villegas, una ciudad pequeña de la pampa argentina.

Con los años, el texto evolucionó hasta convertirse en su primera novela, La traición de Rita Hayworth (1968). Con este libro comenzó una carrera literaria sui generis que, décadas después, lo catapultaría a la fama mundial, gracias al extraordinario éxito de la versión teatral y cinematográfica de su novela más popular, El beso de la mujer araña (1976).La obra de Puig, que consiste en ocho novelas, es una de las más originales de los últimos años del siglo XX. Su originalidad no reside en los temas, el estilo o, incluso, la estructura de su narrativa, aunque estos muchas veces ponen de manifiesto una habilidad soberbia y una inteligencia sutil, sino en los materiales que utilizó para crearlos, los tipos y estereotipos de la cultura popular: romances baratos, radioteatros y teleteatros, el melodrama feroz de los boleros, los tangos y las rancheras, las columnas de chismes, los escándalos publicados por la prensa sensacionalista y, sobre todo, la seudo-realidad creada por las situaciones, los personajes y los sueños de las películas. Todo esto fue retratado anteriormente en la literatura, de mil maneras diferentes, pero siempre como un elemento más en una compleja realidad humana.

La innovación en la obra de Puig es que la versión artificial y caricaturizada de la vida elimina y reemplaza la otra dimensión y se convierte en la única verdad. (…)La explicación es simple: como deja en claro la biografía de Levine, Puig aprendió de chico que los seres humanos habían diseñado un método para escapar, por un tiempo, de la crueldad y la miseria de este mundo y él sistemáticamente se apropió de la ficción hasta transformarla en su modo de vida. No la ficción de los libros, sino las películas que iba a ver todos los días con su madre, Malé, la figura más importante en su vida, a los cines de General Villegas. Las películas abrían las puertas de la irrealidad frente a sus ojos; poco a poco, convirtió ese refugio en su residencia privada, casi permanente, un lugar donde podía sentirse protegido y ser él mismo, a salvo de cualquier peligro que él eligiera no enfrentar, rodeado sólo por estas estrellas de cine sublimes, incitantes, excitantes. Su presencia lo enriquecía y compensaba una realidad sórdida.Para todo chico sensible, la vida real tiende a ser una experiencia dura, especialmente en una pequeña ciudad latinoamericana saturada de machismo y prejuicios salvajes, y mucho más para un chico que, al madurar, descubre su homosexualidad. Era un contexto inhóspito para este muchacho, atacado en la escuela y al que le gustaba vestirse de mujer. Y así, con la ayuda inconsciente de su madre, una fanática devota del cine, desarrolló la capacidad de vivir lo menos posible en la realidad y dedicar la mayor parte de su tiempo, energía e imaginación al mundo del cine.

Hasta qué grado Puig se sentía cómodo en el universo de ficción de las imágenes de celuloide queda demostrado en esta maravillosa anécdota: es medianoche en Nueva York en 1978. El cameraman español Néstor Almendros, un amigo íntimo, acaba de llegar de París y Puig lo obliga a ir a su departamento para hablar de películas, aunque Almendros ya está cómodamente instalado para pasar la noche en la habitación de su hotel. Almendros acepta y la conversación se prolonga durante horas. A eso de las 2 de la mañana, un Puig apasionado pronuncia elogios de Lana Turner, a quien llama una "mujer sensible" que intentaba hacer su trabajo. Almendros responde que, para él, es "una mala actriz, una prostituta" y dice que la desprecia. Puig abre la puerta y lo echa a empujones: "Una persona que odia a Lana no puede permanecer bajo mi techo. Eres como todas las otras mujeres francesas, desagradable y amarga". Con sus maletas bajo el brazo, Almendros tiene que irse y encontrar un taxi en las frías calles del Greenwich Village.(…)

La intensa vida homosexual de la época también aparece retratada, plena de anécdotas, ya que Puig se entregó a esa vida casi con la misma pasión que le dedicó a las películas. Tuvo infinidad de relaciones, desde encuentros casuales —la mirada perspicaz de Levine descubrió que entre las "muchas conquistas" de Puig estaban Stanley Baker y Yul Brynner— hasta relaciones de varios meses. Pero nunca pudo formar una relación estable, aunque siempre la anheló. (En sus últimos años se quejaba amargamente de haber pasado su vida "en una búsqueda infructuosa de un buen marido"). Estas circunstancias contribuyeron a la sensación de soledad que parece haberlo rodeado en su juventud, intensificada con el tiempo y devenida en neurosis al final de su vida.

Sin embargo, una vez reconocidas estas virtudes, me pregunto si la escritura de Puig tiene la trascendencia revolucionaria que le atribuyen Levine y otros críticos. Me temo que no. Creo que es más ingeniosa y brillante que profunda, más artificial que innovadora, y demasiado dependiente de las modas y los mitos de su época como para alcanzar, alguna vez, la permanencia de las grandes obras literarias, como las de un Borges o un Faulkner. Los grandes libros, a diferencia de las grandes películas, no están hechos de imágenes sino de palabras —es decir, ideas que surgen de una serie de imágenes y, finalmente, constituyen una visión del mundo, de la condición humana, del flujo de la historia—. Esta visión florece en el espíritu del lector, gracias a la riqueza y efectividad de un lenguaje y un estilo, y produce la fascinación de una obra literaria. En la escritura de Puig hay imágenes cuidadosas, hábilmente construidas, pero no ideas, ni una visión central que organice y le dé significado al mundo ficcional, ni un estilo personal. Hay fantasmas y manifestaciones de ingenio, algunos títeres de las sombras a los que la destreza formal del escritor ocasionalmente otorga una semblanza de realidad, pero, unas páginas después, desaparecen como espejismos.

La vida, en realidad, nunca se abre paso: está recortada por la superficialidad, una actitud que funde sustancia con apariencia y, en una inversión de valores, le da prioridad al parecer y no al ser.Por estas características, la obra de Manuel Puig tal vez sea la más representativa de lo que se llamó "literatura liviana", tan emblemática de nuestro tiempo: una literatura placentera que no exige ni tiene otro fin que el de entretener. Esta literatura rechaza como arrogante y estúpido el esfuerzo de los autores que creían que escribir podía cambiar el mundo, revolucionar la vida, transformar los valores, enseñar a sentir y a vivir. Nada de eso. La literatura debe aceptar que los libros que no son importantes ahora forman parte de la vida de la gente. Aceptar que el entretenimiento —que le ayuda a una persona a pasar el tiempo de una manera placentera, absorbente, comprometida, como lo hacen los programas de telvisión más populares— cumple una función honrosa y respetable, que es la tarea de la literatura en un tiempo de ritmos veloces y preocupaciones como el nuestro. Con tanto trabajo, tantas preocupaciones agobiantes, tantos placeres y diversiones, nuestros ciudadanos casi no tienen tiempo de ponerse serios y reflexionar, o de leer novelas que puedan darles un dolor de cabeza.

Traducción de Claudia Martínez.De: Bitácora de Manuel Puig / Cinosargo

Leopoldo María Panero / La canción del...



LA CANCIÓN DEL CROUPIER DEL MISSISSIPI



«Fifteen men on the Dead Man's Chest
Yahoo! And a bottle of rum!»
Canción pirata



Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
Fumo mucho. En el cenicero hay
ideas y poemas y voces
de amigos que no tengo. Y tengo
la boca llena de sangre,
y sangre que sale de las grietas de mi cráneo
y toda mi alma sabe a sangre,
sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,
en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños
que se mueven ingenuos, torpes, en
esta vida que ya sé.
Me palpo el pecho de pronto, nervioso,
y no siento un corazón. No hay,
no existe en nadie esa cosa que llaman corazón
sino quizá en el alcohol, en esa
sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,
la única sangre en este mundo que no existe
que es como el mal programado, o
como fábrica de vida o un sastre
que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o
quizá el reloj y las horas pasan.
Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo
de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio
y mi vida oliendo.
Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo
y que este cuento es cierto, este
absurdo que delatan mis ojos,
este delirio en Veracruz, y que este
país es cierto este lugar parecido al Infierno,
que llaman España, he oído
a los muertos que el Infierno
es mejor que esto y se parece más.
Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,
me digo que estar borracho es no estarlo
toda la vida, es
estar borracho de vida y no de muerte,
es una sangre distinta de esa otra
espesa que se cuela por los tejados y por las paredes
y los agujeros de la vida.
Y es que no hay otra comunión
ni otro espasmo que este del vino
y ningún otro sexo ni mujer
que el vaso de alcohol besándome los labios
que este vaso de alcohol que llevo en el
cerebro, en los pies, en la sangre.
Que este vaso de vino oscuro o blanco,
de ginebra o de ron o lo que sea
¿ginebra y cerveza, por ejemplo?
que es como la infancia, y no es
huida, ni evasión, ni sueño
sino la única vida real y todo lo posible
y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento
a algún ser que es probable que esté
ahí la vida de los dioses
y unos días soy Caín, y otros
un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros
un cazador de dotes que por otra parte he sido
pero lo mío es como en «Dulce pájaro de juventud»
un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,
un asesino tímido y psicótico, y otros
alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,
en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me
recuerdan, dicen
con la copa en la mano, hablando mucho,
hablando para poder existir de que
no hay nada mejor que decirse
a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube
la marea del vino en la sangre y el alma.
O bien alguien perdido en las galerías del espejo
buscando a su Novia. Y otras veces
soy Abel que tiene un plan perfecto
para rescatar la vida y restaurar a los hombres
y también a veces lloro por no ser un esclavo
negro en el sur, llorando
entre las plantaciones!
Es tan bella la ruina, tan profunda
sé todos sus colores y es
como una sinfonía la música del acabamiento,
como música que tocan en el más allá,
y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,
tengo sangre en los ojos de borracho
y el alma invadida de sangre como de una vomitona,
y vomito el alma por las mañanas,
después de pasar toda la noche jurando
frente a una muñeca de goma que existe Dios.
Escribir en España no es llorar, es beber,
es beber la rabia del que no se resigna
a morir en las esquinas, es beber y mal
decir, blasfemar contra España
contra este país sin dioses pero con
estatuas de dioses, es
beber en la iglesia con música de órgano
es caerse borracho en los recitales y manchas de vino
tinto y sangre «Le livre des masques» de Rémy de Gourmont
caerse húmedo babeante y tonto y
derrumbarse como un árbol ante los farolillos
de esta verbena cultural. Escribir en España es tener
hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya
no justifica nada ni nadie, ninguna sombra
de las que allí había al principio.
Y decir al morir, cuando tenga
ya en la boca y cabeza la baba del suicidio
gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas
en este paraíso para espectros
y también a los ciervos que he visto en el bosque,
y a los pájaros y a los lobos en la calle y
acechando en las esquinas
«Fifteen men on the Dead Man's Chest
Fifteen men on the Dead Man's Chest
Yahoo! And a bottle of rum!»

Leopoldo María Panero

martes, 25 de mayo de 2010

Instantes / ¿Leyenda urbana?



Instantes

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.



Es paradójico que el poema más conocido de Jorge Luis Borges sea “Instantes”, que no fue escrito por Jorge Luis Borges. La profusa difusión que se le ha dado a la especie de que Borges lo escribiera, ha hecho que la gente crea como cierta esta suerte de leyenda urbana de la literatura de habla hispana.

Kodama reveló que la autora de “Instantes” es realmente Nadine Stair. Iván Almeida, ofrece una conclusión sobre un nombre adicional: Ron Herold. Según Almeida, “Instantes”, además de haber sido atribuido erróneamente a Borges, lo ha sido también respecto a la señora Stair.

lunes, 24 de mayo de 2010

Por qué es tan malo Paulo Coelho



. ¿Por qué Coelho, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente? Traducido a 56 idiomas, publicado en 150 países, con más de 54 millones de libros vendidos, a Paulo Coelho hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales.

En su libro de mayor éxito, El alquimista (1988), un pastor de ovejas andaluz viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro. Antes de llegar a su destino se encuentra con el gran mago que posee los dos pilares de la sabiduría alquímica, es decir, sabe destilar el elíxir de la larga vida y ha fabricado un huevo amarillo, la piedra filosofal, con cuya ralladura se puede convertir en oro cualquier otro metal. En su viaje hacia las tumbas de los faraones el alquimista le ha revelado al muchacho otro secreto: “Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando”. Luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque “los hombres ya no tienen interés en encontrarlo”. Sospecho que muchos desgraciados se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista descarnadamente, es sólo una simpleza o una pía ilusión.Pero ¿cómo lo hace? ¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?
La primera respuesta que me di, apenas empezando la lectura de algunos de sus libros, fue que quizá Coelho disfrazaba de misterio y asombro las puras tonterías. Oigan esta, por ejemplo: “Era un día caluroso y el vino, por uno de estos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo”. De verdad, qué misterio insondable que un líquido quite la sed. Después me di cuenta de que sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas. Para empezar, los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales.

...“con donaire y destreza”, Paulo Coelho le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia.
un adivino escribe sobre la arena los episidios más significativos del pasado del joven protagonista, incluyendo la primera vez que se hizo la paja.: “Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como (...) su primera y solitaria experiencia sexual”.

“Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”. Pero además de este tipo de enseñanzas baratas…
Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianimo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro...

Sus técnicas para ir tejiendo la trama son tan elementales que me recordaron de inmediato el estudio clásico sobre las formas canónicas del cuento infantil. Vladimir Propp, uno de los padres de la narratología, publicó en Leningrado su monumental Morfología del cuento infantil (1928). El principal mérito de este gran trabajo consiste en haber hallado, por encima de los argumentos superficiales de cada cuento, una serie de elementos formales repetitivos. Mirados al microscopio, es posible descubrir que en todos los cuentos de hadas los personajes, por distintos que sean, acometen siempre las mismas acciones, se ven envueltos en situaciones o “motivos” análogos. Como señala Propp, “cambian los nombres de los personajes, pero no sus acciones, o funciones, por lo que se puede concluir que el cuento le atribuye operaciones idénticas a personajes distintos”.

No voy a decir que Coelho leyó a Propp,. Eso sería muy sofisticado. La cosa es más simple: Coelho usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil. Tomen ustedes cualquiera de los libros de Coelho y verán lo fácil que resulta identificar situaciones como las siguientes, señaladas por Propp en su Morfología: “El héroe abandona la casa”; “el héroe es puesto a prueba o interrogado”; “el héroe se pone en contacto con alguien que le dará un don”; “el héroe recibe un objeto mágico”; “el héroe cae en desgracia”; “el héroe se traslada o es llevado al lugar donde está el objeto de su búsqueda”; “el héroe lucha con un antagonista”; “el héroe regresa”; “el antagonista es castigado”; “el héroe se casa y sube al trono (u obtiene grandes riquezas)”.

De: mimalapalabra

domingo, 23 de mayo de 2010

Franz Kafka / Un artista del trapecio




Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera- primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.


De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

Franz Kafka

Julio Cortázar / Amor 77


“Amor 77”

"Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son."

Julio Cortázar / Un tal Lucas, 1979

Eduardo Galeano / Entrevista




"El hombre mata callando"

Una periodista amiga me invitó a entrevistar a Eduardo Galeano. Era lunes. A las siete de la mañana salía el barco hacia Montevideo. En tres horas cruzaríamos el río para encontrarnos con el autor de Las venas abiertas de América Latina, El libro de los abrazos y Patas arriba. La cita era en un bar muy antiguo llamado El Brasilero, todo revestido en madera, con retratos que colgaban de las paredes, algunos del propio Galeano. Llegamos temprano, recorrimos las calles de la zona del puerto. Comimos el infaltable chivito al plato uruguayo. Llegamos al café El Brasilero un rato antes de la cita. A las tres en punto llegó él, se acercó a la barra y saludó a las camareras y a los mozos. Cuando se dio vuelta le hicimos una seña, tímidamente, avisándole que estábamos ahí. Se acercó y nos saludó. Nos cambiamos a una mesa que daba a la calle, que es su mesa preferida. Enseguida vino el mozo con el pedido. Galeano apuró el exprimido de naranja, casi sin despegar el sorbete de sus labios.

Empezó la entrevista. Galeano no dejaba de mirar el grabador, como preocupado. En un momento llegué a decirle que todo estaba bien, que no se preocupara, que la cinta estaba corriendo bien.Entonces nos contó que una vez, en Brasil, le hicieron una entrevista en portugués para una radio, la entrevista duró casi una hora y cuando la periodista hizo la prueba con su grabador para ver cómo había quedado el sonido, se encontró con una grabación sobre la vida sexual de las abejas. Nos reímos. Le dije otra vez que se olvidara, que yo me ocuparía de mirar el grabador, que sólo una vez le podía pasar algo así.
Las venas abiertas de América Latina están cumpliendo 35 años. Galeano dice que es un libro con el que se identifica todavía en lo esencial, que el libro no estaba equivocado y que la realidad le dio la razón en lo que el libro de algún modo preguntaba. Si el subdesarrollo es una etapa en el camino del desarrollo o es una consecuencia del desarrollo ajeno, es la pregunta esencial que el libro formula, entonces da datos como para empezar a responderse que no, que un niño y un enano se parecen pero no son lo mismo, que esta no es la infancia del capitalismo sino una suerte de vejez precoz, un producto deforme del desarrollo. No hay ninguna riqueza que sea inocente, y la riqueza de pocos se explica con la pobreza de muchos, y viceversa.

"Sigo apostando a la posibilidad de que haya otras soluciones que no sean tan violentas como la violencia que el sistema de poder practica cada día destruyendo vidas humanas, mutilándolas, sometiendo a países de maneras a veces muy violentas, como cuando bombardea Irak, y de maneras también muy violentas pero que no hacen ruido, como cuando se impone el hambre a través de un plan de ajuste. El hombre mata callando."
Mientras miraba de reojo, con la obsesión de controlar que la cintacorriera, Galeano nos contó que en el exilio, su hija tenía un hámster en la azotea y a él le daba mucha pena que esté enjaulado, entonces, un día que estaban por salir, sin que ella lo viera, le abrió la puertita de la jaula para que fuera libre y para que pudiera caminar por ahí. Cuando volvió, horas más tarde, "el hámster estaba ahí, arrinconado en el mismo lugar de la jaula, temblando de pánico, temblando del miedo a la libertad. La libertad da mucho miedo. Al hámster y a nosotros también."

"La democracia es un sistema que permite que el pueblo decida su historia, su destino, y eso no se ha realizado claramente en ningún lado, todavía. Todo lo que se avance en esa dirección es bueno, pero sin que eso implique el sometimiento a ninguna norma preestablecida de democracia, que va naciendo a medida que se va haciendo, y por lo tanto admite diferentes caminos, y en estos últimos años hay muchos movimientos que han puesto el acento con toda razón en lo que se llama participación popular, protagonismo democrático, tratando de extender el concepto de democracia más allá de lo que sería el derecho de voto una vez cada cuatro años, algo que es importante, pero la democracia no termina ahí. En algunas cosas seha avanzado, hay un desarrollo democrático de base mucho más articulado que el que había hace algunos años.
Las voces establecidas, las del poder, son una rutina del eco perpetuo. La gente que ha estado siempre marginada, que no ha sido jamás escuchada, que es la gente que yo creo que de verdad tiene cosas para decir, que vale la pena escuchar para que uno las transmita, las contagie, sea capaz de recrearlas. Las voces malditas, las despreciadas, las no escuchadas. Las que no son previsibles, son las voces que suenan en esas bocas que se supone que no tienen nada que decir. A veces hasta mis buenos amigos de la teología de la liberación insisten en decir que son la voz de los que no tienen voz, algo que me parece un disparate mayúsculo. Todos tenemos voz. Todos tenemos algo para decir a los demás. Para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo.

La mejor definición que conozco sobre los medios de comunicación la leí en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, en una pared que decía: “Nos mean y los diarios dicen que ha llovido."Galeano cuenta que cuando escribe las pequeñas historias las va tejiendo, "la palabra texto viene del latín "textum" que significa tejido, o sea que quien escribe, teje. Escribir es tejer. Cuando termino de escribir lo leo en voz alta y la música de las palabras me dice qué es lo que sobra y qué es lo que falta y luego la crítica de Helena, mi mujer, que es implacable, y que es también muy difícil arrancarle un elogio. A veces por error, o por distracción me elogia algo..."
Helena sueña muchísimo, es una máquina de soñar. Entra en la noche como si fuera un cine. Ella tiene sueños prodigiosos. Y yo lo que hago es robarle los sueños, porque los sueños míos son horribles, son sueños mediocres en los que pierdo un avión o tengo que hacer un trámite, son inconfesables, no puede haber un tipo que tenga sueños tan de mierda como los míos. En cambio los sueños de Helena son increíbles. El otro día soñó que estábamos los dos en la cola de un aeropuerto, donde están las máquinas que controlan los equipajes, y la máquina exigía controlar la almohada con la que habías dormido la noche anterior, la pasabas por una cinta y leía los sueños que habías tenido, la almohada guardaba los sueños de la última noche. Y Helena cuenta sus sueños en el desayuno para humillarme cuando empieza el día, para que yo sepa cual es mi lugar en el mundo.
Nos despedimos con un abrazo en la vereda del bar. Caminamos hasta el puerto. Se largó a llover. Los relámpagos se reflejaban en el río. El barco parecía ir más lento que a la ida. Poco a poco nos alejábamos de Montevideo.

Andrea Stefanoni (Buenos Aires)
De: RadioMontaje

viernes, 21 de mayo de 2010

Rimbaud / Saldo



Saldo
En venta lo que los Judíos no han vendido, lo que ni la nobleza ni el crimen han saboreado, lo que ignoran el amor maldito y la probidad infernal de las masas; lo que ni el tiempo ni la ciencia han de reconocer:
Las voces reconstituidas; el despertar fraterno de todas las energías corales y orquestales y sus aplicaciones instantáneas; ¡la ocasión, única, de liberar nuestros sentidos!
¡En venta los Cuerpos sin precio, al margen de toda raza, de toda gente, de todo sexo, de toda descendencia! ¡Las riquezas que surgen a cada paso! ¡Saldo de diamantes sin control!
¡En venta la anarquía para las masas; la satisfacción irreprimible para los aficionados superiores; la muerte atroz para los fieles y los amantes!
¡En venta las moradas y las migraciones, deportes, magias y confort perfectos, y el ruido, el movimiento, y el porvenir que producen!
En venta las aplicaciones de cálculo y los saltos de armonía inauditos.
Los hallazgos y los términos insospechados, posesión inmediata,
Impulso insensato e infinito hacia los esplendores invisibles, hacia las delicias insensibles –y sus secretos enloquecedores para cada vicio- y su alegría aterradora para la multitud.
¡En venta los Cuerpos, las voces, la inmensa opulencia incontestable, lo que no se venderá jamás.
¡Los vendedores no han terminado el saldo! ¡Los viajantes no tienen que devolver tan pronto su comisión!

Arthur Rimbaud (Iluminaciones)

Augusto Monterroso



La Fe y las montañas

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe.


La tela de Penélope, o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

Los otros seis
Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.
Augusto Monterroso

jueves, 20 de mayo de 2010

Augusto Monterroso / Fábulas




Sansón y los filisteos
Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada de los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.
Únete siempre a los filisteos.

Monólogo del Bien
“Las cosas no son tan simples –pensaba aquella tarde el Bien- como creen algunos niños y la mayoría de los adultos.
Todos saben que en ciertas ocasiones yo me oculto detrás del Mal, como cuando te enfermas y no puedes tomar un avión y el avión se cae y no se salva ni Dios; y que a veces, por el contrario, el Mal se esconde detrás de mí, como aquel día en que el hipócrita Abel se hizo matar por su hermano Caín para que éste quedara mal con todo el mundo y no pudiera reponerse jamás.
Las cosas no son tan simples.”

La Cucaracha soñadora
Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

Augusto Monterroso

Augusto Monterroso / El Mono piensa...



El Mono piensa en ese tema.

¿Por qué será tan atractivo –pensaba el Mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura- y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero lector mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que entre más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?


Augusto Monterroso

miércoles, 19 de mayo de 2010

Rimbaud / Vocales



Vocales

A, negro; E, blanco; I, rojo; U, azul: vocales,
he de mostrar un día vuestro nacer recóndito.
A, negro jubón velludo de moscas zumbadoras
que pululan en torno de la cruel hediondez,

golfos de sombra; E, candor de brumas y de tiendas,
lanzas de ventisqueros, reyes blancos, temblor de umbelas;
I, púrpuras, salivazo sangriento, reír de bellos labios
en la embriaguez penitente o en la cólera;

U, ciclos, vibraciones del mar divino y verde,
paz de las praderas y el ganado; paz de las arrugas
que imprime la alquimia en la dulce faz del sabio;

O, clarín excelso lleno de raras estridencias,
silencio atravesado por Mundos y por Ángeles:
-¡Oh la Omega, violeta destello de Sus Ojos!

Arthur Rimbaud

Rimbaud / Hasta en las chapas



Arthur RimbaudSe conservan un centenar de páginas de su poesía, el instrumento con el que quiso "cambiar la vida" y que abandonó a los 18 años. Hay ediciones de su obra en casi cualquier idioma, y eso incluye el cingalés (!). En Francia, el gran salto se produjo en el centenario de su nacimiento; en 1954, la revista Paris Match le dedicó su portada y ocho páginas, bajo el titular de Arthur Rimbaud: ángel o demonio. En Estados Unidos, la figura del poeta en su faceta más irreverente caló en el movimiento de la contracultura a través de los escritores de la beat generation.

El Rimbaud relacionado tortuosamente con Paul Verlaine devino icono gay; la prensa juvenil explota el mito del adolescente rebelde y los viajeros admiran al trotamundos que dejó París para explorar las tierras africanas y acabar de traficante de armas. La imagen más presente de todas acaso sea la de la fotografía tomada por Etienne Carjat, que muestra a un Rimbaud adolescente de pelo revuelto y con aspecto de dandi. Un retrato con poderes de seducción planetarios. Aparece en camisetas, bodys de bebé, chapas y ¡hasta en un tanga!
Posología: Tómese, de una sola vez, con un sorbito de su refresco habitual, no se han detectado efectos adversos.

Arthur Rimbaud (1854 - 1891)



Arthur Rimbaud fue un contemporáneo insoportable. Le conocí. Comía vorazmente y no tenía modales en la mesa. Guardaba un silencio desdeñoso durante horas, y después vomitaba con volubilidad injurias e invectivas. No era nada divertido.
Edmond Lepelletier








Desde la llegada de Rimbaud (mi marido) empezó a vestir de una forma muy descuidada; se había vuelto a poner bufandas espantosas y sombreros blandos; pasaba a veces una semana sin cambiarse de ropa interior y sin hacerse limpiar los zapatos; pero aquel día, después de haber pasado la noche completamente vestido, estaba especialmente sucio y desaliñado. Fue, sin embargo, con este atuendo con el que aquella misma noche acudió al Théâtre-Francais para ver la primera representación de L’Abandonnée, una obra de Francois Coppée. Allí, entre los fracs negros y las corbatas blancas de sus compañeros, al lado de los elegantes trajes escotados de las mujeres, Verlaine, vestido del modo que he descrito anteriormente – botas embarradas, chaqueta arrugada y sombrero blando- acompañado de su amigo Rimbaud, se paseó por la antesala.
Huelga decir que su compañero no iba más elegante que él. Rimbaud era por aquel entonces terriblemente sucio. Cuando abandonó la casa y entré en la habitación que él había ocupado, me sorprendió ver pasear por encima de la almohada unos animalitos que yo veía por primera vez: eran piojos. Cuando se lo dije a mi marido, soltó una carcajada y me contó que a Rimbaud le gustaba tener ese tipo de insectos en su cabellera para tirárselos a los curas con los que se encontraba.
Mathilde Mauté








Mis últimas palabras aquí no pueden ser otras que éstas: Rimbaud fue un poeta que murió joven (a los dieciocho años, pues, nacido en Charleville el 20 de octubre de 1854, no conocemos versos suyos posteriores a 1872), pero virgen de toda vulgaridad o decadencia; fue un hombre que también murió joven (a los treinta y siete años, en el hospital de la Concepción de Marsella), pero fiel a su deseo perfectamente formulado de independencia y a su absoluto desprecio por cualquier compromiso con todo aquello que no le gustara hacer o ser.
Paul Verlaine


¿Cayó el muro? / ELOTRO




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El muro de la foto lo han construido los israelíes, dicen que para defenderse de los palestinos malos. De todos. No abunda la información sobre él y lo que es más extraño, tampoco la desinformación. Este muro no lo salta ni Dios, tiene 8 metros de alto y un montón de kilómetros de largo. Este muro se ve, está en la superficie y cierra eficazmente el paso de los miserables palestinos hacinados en los campamentos de refugiados hacía la zona israelí. Para cerrar el círculo, en el otro flanco, en la frontera egipcia se está construyendo otro muro, para que no pasen armas, dicen, este no se ve, es subterráneo, inédito en la historia de la humanidad, de fabricación USA: 25 metros de profundidad y 10 kilómetros de longitud. Pretende cortar de raíz la única vía por la que llegan las medicinas y los alimentos a la franja de Gaza a través de los túneles excavados por los palestinos en la frontera. Caen muros, se levantan muros, pero, ¡no compares, tío!

ELOTRO

* Noam Chomsky, de 81 años, se presentó en la frontera israelí del puente Allenby el domingo 16-05-2010 sobre las 13,30. Fue sometido a un interrogatorio de más de tres horas, durante el cual, según el propio Chomsky, un oficial de fronteras le comentó que había leído todos sus libros y que sus opiniones, muy críticas con la política israelí y con la ocupación de los territorios palestinos, no gustaban nada al Gobierno. Chomsky, simpatizante con el anarquismo y receloso ante todo tipo de poder, empezando por el de Estados Unidos, respondió que sus opiniones no gustaban a ningún Gobierno. Al término del interrogatorio le fue denegado el acceso.
Las opiniones de Chomsky tienen un gran impacto en Israel. El profesor jubilado del Instituto Tecnológico de Massachussetts es judío, habla un hebreo fluido y vivió en Israel en los años 50. Mientras la derecha mayoritaria le considera prácticamente un traidor, lo que queda de la izquierda israelí siente hacia él un profundo respeto.
Dos días después del rechazo fronterizo a Chomsky, el músico británico Elvis Costello anunció la cancelación de los dos conciertos que tenía previstos a finales de junio en Cesarea, en la costa mediterránea de Israel. En un comunicado publicado en su sitio de Internet, Costello explicó su decisión por "la intimidación, la humillación y cosas muchos peores" ejercidas por Israel sobre los palestinos "en nombre de la seguridad nacional".

martes, 18 de mayo de 2010

John Banville / El intocable



“El hecho es que la mayoría de nosotros no tenía más que un conocimiento muy superficial de la teoría. No nos tomábamos la molestia de leer los textos: teníamos quienes lo hacían por nosotros. Los camaradas de la clase trabajadora eran los grandes lectores; el comunismo no habría podido sobrevivir sin autodidactas. Yo conocía uno o dos textos de los más cortos –el Manifiesto, por supuesto, ese grandioso y vibrante alegato cargado de buenas intenciones- y había empezado a leer Kapital –la omisión del artículo definido era de rigueur para nosotros, jóvenes a la última; lo que importaba era que la pronunciación fuera echt deutsche-, pero me harté muy pronto. Además, tenía que leer a causa de mis estudios, y eso era más que suficiente. De todas formas, la política no consistía en leer libros; la política era acción. Más allá de las frondosidades de la árida teoría se arremolinaban las masas, el Pueblo, la decisiva, auténtica piedra de toque, a la espera de que lo liberásemos convirtiéndolo en colectividad. No veíamos contradicciones entre la liberación y lo colectivo.

La ingeniería social holística, como la llama ese viejo reaccionario de Popper, era el lógico y necesario medio para lograr la libertad. ¿Por qué no habría de haber orden en los asuntos humanos? A lo largo de la historia la tiranía de lo individual no había traído más que caos y matanzas. ¡El Pueblo debía ser unido, debía ser fusionado en un ser único, vasto, que respirara al unísono! Éramos como esas turbas jacobinas de los primeros días de la Revolución Francesa, que se sublevaron en las calles de París anhelando la fraternidad y estrecharon al Hombre Común contra sus pechos con tal ardor que lo dejaron para el arrastre. “Oh Vic”, solía decirme Danny Perkins, meneando la cabeza y sonriendo amablemente, “¡cómo se habría burlado mi padre de ti y de tus camaradas!” El padre de Danny había sido minero en Gales. Murió de un enfisema. Un hombre fuera de lo común, no tengo la menor duda.

En cualquier caso, de todos nuestros modelos ideológicos, siempre preferí secretamente a Bakunin, tan impetuoso, voluble, extremado e irresponsable en comparación con el imperturbable Marx de velludas manos. Una vez llegué a copiar a mano la descripción elegantemente virulenta que Bakunin hizo de su rival: “El señor Marx es de origen judío. Reúne en su persona todas las cualidades y defectos de esa raza tan dotada. Miedoso, según algunos, hasta bordear la cobardía, es enormemente rencoroso, vano, pendenciero, tan intolerante y autocrático como Jehová, el Dios de sus padres, y, como Él, insensatamente vengativo.” (Ahora bien, ¿no nos recuerda a nadie esta descripción?)

No es que Marx fuera menos extremado que Bakunin, a su manera; yo admiraba en particular su aniquilamiento intelectual de Proudhon, cuyo posthegelianismo petit-bourgeois y su bobalicona confianza en la bondad innata del Hombre Común puso Marx en cruel y exhaustivo ridículo. El espectáculo de Marx destruyendo despiadadamente a su infortunado predecesor es terriblemente apasionante, tanto como observar a una enorme fiera de la selva hundir sus fauces en la panza abierta de algún pacífico herbívoro de miembros delicados. Violencia vicaria, esa es la cosa: estimulante, satisfactoria, segura.
¡Cómo lo retrotraen a uno a los días de su juventud esas anticuadas batallas por el alma del hombre! Estoy muy excitado, aquí en mi despacho, en estos últimos días de primavera llenos de insoportable expectación. Es hora de tomar una ginebra, creo.”
John Banville (El intocable)

Cosecha de loco / L.L.G.




Cosecha de loco

Juntas mis manos
abiertas solas y ahuecadas
recojo cosecha de loco

uno tras otro y otro
granos de sombra
de tus pensamientos

y prosigo
Penélope peluquera
trenzando y destrenzando
la noche de negro entera
con lazos de amaneceres
rojos
y los mechones de sueños
tallados a puntaseca
sobre el agua

con el día
cautelosa se acerca la espuma
y la marea trémula y enmarañada
besa la roca
y la orada
y la perfuma
con una ola tras otra y otra
incuba iconos
sobre la arena
son recuerdos
de rojo tintados
y abrazos tibios

y destrenzan
en absurda y plácida tarea
gota a gota
de arena
grano a grano
de agua

Juntas mis manos
abiertas solas y ahuecadas
recojo cosecha de loco.


L.L.G.

lunes, 17 de mayo de 2010

No Violencia / ELOTRO

Niño, espanta las moscas.

CICERON, Oratoria


El autor de la escultura que vemos en la foto, situada en el exterior del edificio de la ONU en Nueva York, se llama Carl Fredik Reuterswärd, es un escultor sueco, el título es NO VIOLENCIA y está fechada en 1988. Conocí la escultura in situ e incluso la fotografié desde varios ángulos. Las pruebas de lo que digo deben de estar decolorándose dentro de un álbum en alguna estantería de la casa propiedad de mi segunda ex. Hoy me he tropezado con ella, la escultura, en un blog italiano, por eso he podido escribir el nombre del autor y lo demás, de los que ya se pueden imaginar no tenía ni puñetera idea. Pero lo que me ha empujado a escribir esta nota ha sido el contenido del único comentario (está en italiano, lengua que tampoco domino) que tenía el post: ¡Bellissima!, así acaba el comentario después de informarnos que existen réplicas de la misma escultura en otros lugares.

También me ha llamado la atención que el único y ¡Bellissimo! comentario está firmado por el “titular” del blog. Esto es sinceridad, sé de quién se inventa anónimos para amatojar vergonzantemente su soledad en la red. Sincero si parece ser, pero o bien es un tipo con un criterio estético con tendencia al entusiasmo gratuito (cosa que dudo a la vista del contenido de su blog) o es un fanático de las armas y esta le faltaba en su colección (lo que estimo más improbable). O quizá lo que le parezca ¡Bellissimo! sea el mensaje anti-violencia que nos llega de ese cañón retorcido, inutilizado para su uso habitual. En ese caso nuestro amigo italiano que, seguro, anda sobrado de atributos seductores y de los otros, carece evidentemente del imprescindible diccionario de sinónimos que le permita en un solo ¡clic! encontrar una expresión más adecuada. O quizás exista otra razón sin duda definitiva, que justifique su exaltada locución y que se nos escapa a las mentes más pedestres. Pero no, no es lo acertado del adjetivo lo que me preocupa, ni los criterios del “Bambino”, si no mi propia estupidez “compulsiva” cuando encuentro una imagen que catalogo como “apta” para ilustrar un futuro texto “antiviolencia” en mi propio blog.

Desde mi punto de vista esta escultura no va más allá de una idea ingeniosilla, que además, en el año de su realización (en la pintura, en la ilustración y sobre todo en el cómic) estaba ya muy trillada.(Acabo de leer que el sueco era amigo de John Lennon y que la obra la hizo en homenaje a él tras su asesinato; releo y decido no cambiar una sola coma de lo que ya tenía escrito) El elefantito de Barceló (ver post), 20 años después, es la misma bisutería, pero más banal si cabe y sí, interesante si tienes 11 o 12 años (Hermanos Coen, dixit). Pero no nos desviemos, porque lo que ha hecho que salten mis alarmas no es la calidad artística del sueco, si no, la obra de “arte” que es el conjunto, o sea la macro-instalación: Nueva York capital del imperio, la sede central de la ONU, el organismo mundial creado con la “lucrativa” intención de resolver los conflictos entre las naciones por medio del dialogo y la negociación, evitando la vía bélica. Y la susodicha escultura. La eficacia del mensaje del conjunto resulta extraordinaria.

Cómo se consuela nuestro corazón de ver que en la capital del mundo reside la sede del organismo garante de la paz ¿Cuántas guerras se han sucedido, sin poderlo evitar, desde su creación? ¿Cuántos los millones de víctimas? , aunque eso sí, dirigido por los países más poderosos, los únicos que tienen derecho de veto, los más belicistas y que curiosamente son los mayores fabricantes de armas, nucleares y de las otras, pero esto no debe de ser relevante más que para los demagogos de siempre. Y como guinda la esculturita antiviolencia a la entrada. ¿Queda “guay” o no? Que no somos insensibles, que también lloramos por John; será por mensajes antiviolencia, nos dicen.
Asistimos, por fin, al espectáculo de como las hordas de turistas catetos, yo por ejemplo en el año 92, disparan sus cámaras extasiados y maravillados ante el conjunto y exclaman: ¡Que Arte! ¡Que armonía! ¡Bellissimo! sin sospechar lo más mínimo, las dimensiones de la falacia que engullimos, mientras nos penetra la doctrina por la puerta de atrás.


ELOTRO

Eduardo Galeano / En pequeñas dosis




Los intrusos. El poder dice: se acabó la historia. Y dice: el destino soy yo. Pero en el fútbol, como en todo lo demás, hay intrusos. No están previstos en el guión y, sin embargo, se meten donde no los llaman, sin permiso, de contrabando, y actúan. Ellos son consuelo y profecía. Se agradece.


Ni derechos ni humanos. Si la maquinaria militar no mata, se oxida. El presidente del planeta anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán las próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán, que castigó a los castigados y mató a los muertos; y ya se necesitan enemigos nuevos.


Símbolos. «Esta guerra será larga», ha anunciado el presidente del planeta. Mala noticia para los civiles que están muriendo y morirán, excelente noticia para los fabricantes de armas. No importa que las guerras sean eficaces. Lo que importa es que sean lucrativas. Desde el 11 de setiembre, las acciones de General Dynamics, Lockheed, Northrop Grumman, Raytheon y otras empresas de la industria bélica han subido en línea recta en Wall Street. La bolsa las ama.


Humor negro. La gasolina con plomo agregado fue un inventito de EU. Allá por los años veinte, se impuso en Estados Unidos y en el mundo. Cuando el gobierno estadunidense la prohibió, en 1986, la gasolina con plomo estaba matando adultos a un ritmo de 5 mil por año, según la agencia oficial que se ocupa de la protección del ambiente. Además, según las numerosas fuentes citadas por el periodista Jamie Kitman en su investigación para la revista The Nation, el plomo había provocado daños al sistema nervioso y al nivel mental de muchos millones de niños, nadie sabe exactamente cuántos, durante 60 años. Charles Kettering y Alfred Sloan, directivos de la General Motors, fueron los principales promotores de este veneno. Ellos han pasado a la historia como benefactores de la medicina, porque fundaron un gran hospital


Los derechos de los trabajadores ¿Un tema para arqueólogos? Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992 la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.


Espejos blancos para caras negras. «Parece negro», o «parece indio», son insultos frecuentes en América Latina; y «parece blanco» es un frecuente homenaje. La mezcla con sangre negra o india «atrasa la raza»; la mezcla con sangre blanca «mejora la especie». La llamada democracia racial se reduce, en los hechos, a una pirámide social: la cúspide es blanca, o se cree blanca: y la base tiene color oscuro.


Eduardo Galeano

domingo, 16 de mayo de 2010

Séneca


"Retírate a tu interior cuanto puedas; rodéate de aquellos que han de hacerte mejor; admite a los que también tu puedes hacer mejores: estas dos cosas se consiguen recíprocamente, porque los hombres aprenden mientras enseñan."


Séneca

Enrique Lihn / A la manera...



A LA MANERA DEL SEÑOR CORALES

¿Que el alcohol me hace delirar?

¡La soledad me hace delirar!

¡La injusticia me hace delirar!

¡El delirio me hace delirar!.

Nicanor Parra


Por Enrique LihnDedico estas postales o lo que fueren de Nicanor Parra -obra de la mala fe y de la inocencia colectivas-, con o sin el beneplácito de su autor, a quienes las adquieran por razones de curiosidad, sin que el precio subido de las mismas agrave el delito de su lectura. Como es sabido, gracias a la recesión, el dinero en manos del sector privado ha aumentado en forma importante. Pero no se eximen de esta Dedicatoria quienes reciban las postales gratuitamente, en su totalidad o por unidades, como consta en el capítulo de culpas. Mención negativa especial merecen quienes, forzando los términos, invocarían una suerte de Derecho de Gratuidad, leyendo ostentosamente a Parra en las librerías como si éstas fueran bibliotecas. Cabe recordar que el sistema ofrece sólo al comprante el privilegio de abandonar, con las manos vacías, los locales de venta.


Tampoco sería bueno que nos hiciéramos reos de Exceptuación y declináramos la responsabilidad de la presente Dedicatoria quienes nos hemos visto envueltos, por parte de don Parra, en producción y puesta en el mercado de esta Caja de Pandorra: Un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero, como dice el diccionario para no ir más lejos.
Por Decreto de esta Dedicatoria, que se hace extensivo al fabricante de la caja, todo sujeto de la lectura de estas postales debe desactivarlas, cada dos días, en el cuartel de policía más cercano a su domicilio sin que sea válido el argumento de que la desactivación las haría desaparecer.
En cuanto a los receptores clandestinos, por sus estallidos de risa los conoceréis.
Decreto de mandibulosis galopante para los estallados de la risa que preabunda en boca de los capirotes, por inducción magnética. Y un premio, en cambio, a la sonrisa postal menos ofensiva del año: Un beso con lengua de lo Absoluto.


La mandíbula batiente de aquellos a quienes uno le da la mano y le toman a uno la mano y su labor de zapa atenta contra la seriedad transicional de la sonrisa a la risa, so pretexto de que los tontos graves bloquean la idea misma del proceso y alimentan un clima de indefinición.
No es de extrañar, entonces, que desarticulemos la mandíbula y aplastemos, provisionalmente, la mano de los capirotes, en tanto que la prudencia aconseja desactivar a los tontos graves por centésimas o milésimas de grado, de modo que no reparen en ello.
En suma, una Gran Risotada se impone por sí misma, como asimismo la necesidad de que no estalle parra sí misma. Hay que abstraerla en el Bien Común, pues más vale prevenir que curar.
Propongo que, en virtud de esta Dedicatoria, se invista al humor de personalidad jurídica y se proceda concentrarlo en un solo humorista legalmente responsable de sus ocurrencias. Alguien con quien no me pueda enjuagar la boca, como se dice en el Trópico.
El acápite antedicho de esta Dedicatoria queda sin efecto por estúpido. Que todo el mundo se cague de la risa, fertilizando la Provincia Señalada con sus hilarantes excreciones.
Es más, conmino a los cagados de la risa a que se limpien el trasero con las partículas de esta Dedicatoria que delaten alguna incoherencia, haciendo de las otras partículas un íntimo regocijo y un monumento público a la claridad meridiana.


Dedico, en fin, esta dedicatoria al autor de la caja de parras -tarjetero de exabruptos- de cuya circulación me honro a punto tal por las cualidades que suman y siguen:
Al hombre de pro y de contra, del Yin y el Yan, del Fa y el Fu, de la dialéctica del tercero incluido, patafísico, surreachilista y ecólogo natural. Un abrazo de hierro.
Al señor mecánico racional y premio Nacional de Literatura, poeta de circo y de salón, Nerrudiano, antipoeta y no mago (Los dedicantes vuelan cantando la canción tricolor sobre el techo del dedicado).
Al creyente de Mañana por cuya conversión a largo o eterno plazo apostamos una sotana de buen corte y mejor confección y una carabina para matar pajaritos. Se le excusa, por ahora, el que confunda la cruz con un molino de viento, una bicicleta o una mujer con las piernas abiertas (Los dedicantes siguen cantando tricolormente, esta vez en el ábside).
Al con par don Nicanor, hermano y padre espiritual de Violeta Parra como le consta a cualquiera que esto escriba, por ejemplo yo, que la conocí cuando cantaba en la radio canciones mexicanas, ni violeta aún, ni parra todavía, pero ya a punto de que le cayera la chaucha, Nicanor la ponía donde hay que ponerla para que caiga en sentido figurado.
Al hermano -un poco más a secas- de todo lo que hay en la viña del Señor en materia de Parras. Venga un abrazo de la tribu, empezando por el tío Roberto, el de las Cuecas Choras. Venga un abrazo de la tribu. Al Premio, bueno, Nobel de pasado mañana o de ahora mismo: un coup de des jamais n'abolira l'azar, que nunca se sepa.


Al profesor, otra vez, de mecánica racional o de literatura e iliteratura. De los que enseñan menos con la labia inútil que con el dedo visionario, el punto de intersección de todas las dificultades, más difícil de ver que el ojo de la papa (los dedicantes, piticiegos, se miran sin verse unos a otros. Y luego, helos ahí: ¡Videntes!).
Al único poeta popular chileno hiperculto, como si dijéramos el Góngora de la Cueca Larga pasado por Quevedo y hervido en el caldo del humor negro, sin que se cueza ni se queme: El dedicado goza de una excelente salud un sí es no es verde (Los dedicantes ven pasar lolas y más lolas, por el aire, entre Conchalí, Isla Negra y la Reina, los puntos cardinales del aludido.
Al inventor o reinventor que siempre excede por todos lados a sus inventos. Piénsese, por ejemplo, en la poesía ecológica que enseña Parra en la Escuela de Ingeniería, en verso libre. Los dedicantes se forman en escuadrón. Atención, firrmée. De frente, marr Y parrten en todas dirrecciones.
Se dedican a sí mismos (como que les resbala esta dedicatoria que les dedico con la mayor empatía) las susodichas tarjetas, sus coautores y/o más bien ilustradores -algunos más que otros- los bien pintados artistas chilenos a cuya dedicación débese el parto de esta caja de visiones postales fotografiadas, pintadas, dibujadas, timbradas, rasguñadas o deyectadas en blanco y negro y según las precisas e imperiosas instrucciones de nuestra simpatiquísima amiga y dueña de la Galería Época, Lily Lanz, que tuvo la reidea de la caja. A nuestros artistas, por orden alfabético (el único posible y el que debiera ser Supremo):

febrero, 1983
de Chistes paRRa desorientar a la poesía/poesía (pliego en caja con postales; textos de Nicanor Parra y gráfica de diveros artistas plásticos chilenos), Santiago, Galería Época, 1983

sábado, 15 de mayo de 2010

El golpe / Manuel Rivas


MANUEL RIVAS 15/05/2010

Me ha parecido oír de nuevo el repique de los teletipos. El muchacho inquieto corre hacia el redactor jefe. Con gesto grave, indaga entre líneas y murmura: "¡Es un golpe!". Alguien mueve el dial de una vieja radio, y a los 50 años de su muerte, se escucha una grabación de Albert Camus: "Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa". En las secciones de Internacional del mundo entero destacan la suspensión del "juez pionero de la justicia universal" (Le Monde, ayer) y la apertura de juicio por haber atendido las denuncias de familiares de víctimas e intentar investigar crímenes contra la humanidad que no prescriben. Es acusado de prevaricador precisamente quien rompió por una vez la infame rutina prevaricadora: según la ley, en España los jueces tienen la obligación de personarse cada vez que aparecen restos humanos con señales de violencia.

Se han exhumado miles de víctimas en los últimos diez años, gracias a voluntarios, pero los jueces, con un par de excepciones, nunca comparecieron ni para dar el pésame, pese a ser llamados desde el locus horroris. El final de Garzón estaba escrito en la agenda de los torvos. No se molestaban ni en ocultar las pistas. El portavoz de Justicia de la derecha senatorial consultó el oráculo y dijo en brutal homenaje a la presunción de inocencia: "Va a tener tiempo para cazar abundantemente, si es que está en la calle" (Agustín Conde, refiriéndose al juez Garzón). Todavía algunos ilusos no ven la maniobra torva que anticipa la impunidad de los corruptos. Eso escribió Flaubert a Turgueniev: "Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda no deja de golpear sus muros y amenaza con tirarla abajo". ¿Habéis oído? Sí. Ese es el sonido de un golpe de mierda.

viernes, 14 de mayo de 2010

Qué sería de... / ELOTRO


Qué sería de nosotros, ignorantes y miserables currantes, sin Toxo y Mendez, sin UGT Y CCOO, sin el sindicalismo de clase, combativo y de base asamblearia.

Qué sería de nosotros si los dirigentes sindicales no sufrieran en sus propias carnes ( y en la de sus familiares más cercanos) y en sus propios bolsillos; los contratos basuras, los salarios escasos, las jornadas laborables flexibles cuando se estiran, la alarmante reducción de derechos, la pavorosa ampliación de los deberes y humillaciones y el siempre alcista nivel de productividad, los agobios existenciales, los eres, las colas del paro, los no me llores que mi vida también es muy triste…

Qué sería de nosotros si nuestros legítimos representantes no se batieran el cobre, hoy no y mañana tampoco, frente a la voracidad depredadora de los empleadores.

Qué sería de nosotros sin el respeto que imponen nuestros sindicatos, con su unidad, su responsabilidad y su agresiva acción reivindicativa, en las mesas de negociación con la CEOE, con el gobierno, incluso con alguien con mando en plaza, como Emilio Botín-Sanz de Sautuola García de los Ríos.


Qué sería de nosotros sin las ventajas de la Zona Euro, las rentables televisiones autonómicas, la Audiencia Nacional y sin el iphone, los campos de golf de 18 hoyos, sin el Senado, sin los libros de Muñoz Molina, sin el revisionismo histórico de Pío Moa y el periodismo de investigación de Pedro J., sin los Borbones, sin los “curator”, sin la Liga BBVA…

Qué sería de nosotros si por un casual, dios no lo quiera, no arrimamos el hombro y esto se cae y Epaña! se nos…

Qué sería de nosotros si por una vez dejamos de pensar en lo que el capitalismo puede hacer por nosotros y nos preguntamos qué podemos hacer nosotros por las Koplowitz, los March, Florentino y don Emilio…y algo también por los abnegados dirigentes sindicales y su coleguilla Díaz Ferrán, que parece que últimamente no tiene suerte el chaval.

Qué sería de nosotros si…

jueves, 13 de mayo de 2010

Enrique Lihn / Agosto 1987




-¿Función de la crítica? Lo que hace el crítico es proponer, por escrito, la lectura ejemplar de un texto. De acuerdo con su visión de las cosas. Conforme: no hace ciencia de la literatura, pero hay vanidosos que se sienten críticos literarios.
¿Qué función dentro de la poesía chilena atribuye Ud. A su poesía? Me sitúo entre los trabajadores que se han concertado, sin ponerse de acuerdo en el estilo, para levantar la casa de la poesía chilena. No se vive ni se escribe a la interperie. Hemos rescatado algunos restos del siglo diecinueve, quizás una hermosa puerta de hierro forjado, antigüedades. Pero todo eso se encuentra en el jardín y en el primer piso: yo trabajo en el tercero y no siempre con compañeros de mi agrado, pero cada cual hace lo suyo. Lo que no puede pedírsenos es que funcionemos como órganos de una determinada tradición estilística, bajo una sola batuta. Basta con una tradición de geniosidad, habilidad y eficacia en un país como éste, culturalmente en pañales: casi una selva, casi un desierto. Un buen refugio para completarlo mañana o para demolerlo pasado mañana, eso es todo. Lo que no soporto son los aprendices ineptos, los meros curiosos que circulan por la construcción o esos falsos niños con sus canastillos de arena en el jardín, y los poetastros, los poetas justamente olvidados, los “guaripoetas”

Enrique, ¿qué relación tienes con tu época, con este tiempo que estás viviendo hoy? Bueno, nosotros, los que nos hemos quedado en Chile, vivimos desde hace catorce años en la aldea más grande y triste del mundo. Evidentemente la atmósfera que hay en este país, la realidad abrumadora que existe en este país, gravitan sobre lo que uno hace, (...)
Entonces, eso influye sobre lo que uno escribe, evidentemente, y creo que especialmente en lo que respecta a mi prosa, a lo que he hecho en la novela y en el teatro, eso ha condicionado o ha agudizado un sentido de lo grotesco que yo ya había desarrollado previamente en mis trabajos. En el sentido que lo grotesco elude el sentido, porque lo grotesco es una respuesta de igual a igual a una realidad caótica, no es precisamente una crítica esclarecida de lo que ocurre sino simplemente una transposición de lo que ocurre al mundo de lo imaginario. Yo he comparado siempre lo que ocurre en Chile con lo que ocurrió en España en los siglos XVI y XVII bajo la Inquisición, durante la persecución a los moros y a los judíos, en ese estado como “epileptoide” de la sociedad española del Barroco.

Había entonces una desesperación que producía un efecto tanático sobre la escritura, estoy pensando en los barrocos españoles, en Quevedo, en Góngora y sobre todo en El Quijote de Cervantes, que es una obra maestra de cómo eludir toda posible censura en un espacio inquisitorial sin camuflarla sino ocultando, como una manera de revelar ese movimiento simultáneo de ocultar, lo que se revela inventando un personaje que era el portavoz de ciertas perseguidas ideas humanistas, perseguidas por la España Medieval del Renacimiento, pero asume en el texto un sujeto que se desautoriza por ser un viejo loco que dice verdades de calibre, pero que al mismo tiempo dice disparates igualmente grandes que se equilibran los unos con los otros; es una palabra desautorizada que dice la verdad pero que no la dice de una manera específica, no la dice como un sabio o un juez, o un cura, ni como nadie, sino que la dice de una manera tal que no se le puede censurar.

Santiago de Chile, agosto de 1987

Roberto Bolaño / Nicanor Parra



…al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento.


De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta por ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayoría absoluta, dijo ella.

Roberto Bolaño, en El gaucho insufrible (2003).

Ricardo Bornez



Un poema de Ricardo Bornez




Mi padre tiene 84 años.

De joven estuvo en la guerra civil
haciendo paquetes para el racionamiento,
en el bando republicano.

Cuando los golpistas ganaron
le detuvieron junto a las 13 rosas y todos los demás,
era el más joven,
14 años,
14 años cuando le hicieron un simulacro de fusilamiento.

Le conseguía papel de plata a Marcos Ana
para que hiciera “submarinos” con sus poesías.
conoció a Miguel Hernández,
fue amigo hasta la muerte de Buero Vallejo.

Cuando llegó la 2ª restauración borbónica,
le quisieron comprar con un cargo en el partido,
pero prefirió continuar junto a su gente
en su Tetuán de las Victorias.

Cuando dejó de ser vocal en el ayuntamiento,
le montaron un homenaje en el que casi se duerme,
y le dieron una placa
que guardó en un cajón,
entre la ropa que no se pone.

Fue a Carabanchel para evitar que la derribaran
y volvió con una arritmia
cuando vio a los usurpadores
haciéndose fotos bajo las pancartas.

Cuando la empezaron a derribar
le vi llorar y maldecir
los ladrillos que había colocado
junto a otros presos políticos.

Mi padre, a sus 84 años
un día nos dará un susto
para irse hacia el universo.

Y cuando eso suceda,
lo que reivindicaría no sería
el simulacro de su fusilamiento,
la condena a muerte,
su lesión coronaria
por las palizas en la DGS,
su detención después del asesinato de Grimau
en un 1 de Mayo que yo vi,
los registros en su casa,
los años de sacrificio y lucha en su barrio,
no,

lo único que reivindicaría
sería la III República

que yo tampoco veré
pero que recojo como testigo
para entregárselo a mi hijo.

Ricardo Bornez (La hamaca de lona, noviembre 2009)
Publicado en el blog de Ana Pérez Cañamares, El alma disponible.