viernes, 30 de julio de 2010

Roberto Bolaño / Estrella distante


“Esa noche fuimos con Bibiano a ver a la Gorda Posadas. A simple vista parecía igual que siempre, incluso mejor, más animada. Hiperactiva, no paraba de moverse de un lado a otro, lo que a la larga crispaba los nervios de quien estuviera con ella. No la habían expulsado de la universidad. La vida seguía. Era necesario hacer cosas (las que fuera, cambiar de puesto un florero cinco veces en media hora, para no volverse loca) y encontrar el lado positivo de cada situación, es decir, afrontar las situaciones una por una y no todas al mismo tiempo como tenía por costumbre hasta entonces. Y madurar. Pero pronto descubrimos que lo de la Gorda era miedo. Estaba más asustada de lo que nunca había estado en su vida. Vi a Alberto, me dijo. Bibiano asintió con la cabeza, él ya conocía la historia y tuve la impresión de que dudaba de la veracidad de algunos pasajes de ésta. Me llamó por teléfono, dijo la Gorda, quería que fuera a verlo a su casa. Le dije que él nunca estaba en su casa. Me preguntó cómo lo sabía y se rió. Ya le noté en la voz un tonito como velado, pero Alberto siempre ha sido medio secreto y no le di importancia. Lo fui a ver. Quedamos a una hora y allí me presenté, puntual.


La casa estaba vacía. ¿No estaba Ruiz-Tagle? Sí, dijo la Gorda, pero la casa estaba vacía, ya no quedaba ni un mueble. ¿Te mudas, Alberto?, le dije. Sí, gordita, me dijo él, ¿se nota? Yo estaba muy nerviosa, pero me controlé y le comenté que últimamente todo el mundo se mandaba a mudar. Él me preguntó quién era todo el mundo. Diego Soto, le dije, se ha ido de Concepción. Y también la Carmen Villagrán. Y te nombré a ti (yo), que por entonces no sabía dónde te habías metido, y a las hermanas Garmendia. A mí no me nombraste, dijo Bibiano, de mí no dijiste nada. No, de ti no dije nada. ¿Y Alberto qué dijo? La Gorda me miró y solo entonces me di cuenta que no sólo era inteligente sino también fuerte y que sufría mucho (pero no por cuestiones políticas, la gorda sufría porque pesaba más de ochenta kilos y porque contemplaba el espectáculo del sexo y de la sangre, también del amor, desde una platea sin salida al escenario, incomunicada, blindada). Dijo que las ratas siempre huían. Yo no pude dar crédito a lo que acababa de oír y le dije ¿qué has dicho? Entonces Alberto se giró y me miró con una gran sonrisa en la cara. Esto se acabó, gordita, dijo. Entonces a mí me dio miedo y le dije que se dejara de enigmas y me contara algo más entretenido. Déjate de huevadas, conchaetumadre, y respóndeme cuando te estoy hablando. En mi vida había sido más vulgar, dijo la Gorda. Alberto parecía una serpiente. No: parecía un faraón egipcio.
(…) Las Garmendia están muertas, dijo. La Villagrán también. No lo creo, dije. ¿Por qué van a estar muertas? ¿Me querís asustar, huevón? Todas las poetisas están muertas, dijo. Esta es la verdad, gordita, y tú harías bien en creerme. Estábamos sentados en el suelo. Yo en un rincón y él en el centro del living. Te juro que pensé que me iba a pegar, que de repente, pillándome por sorpresa, me iba a empezar a dar de cachuchazos. Por un momento creí que me haría pipí ahí mismo.”

Roberto Bolaño (Estrella distante)

Elías Canetti


No olvides que para algunos eres tan tonto como pueda serlo para ti el más tonto de todos.

Elías Canetti

Ruido y delirio / Josep Casals


Ruido y delirio

(…) En Barcelona es fácil irse a dormir con el ruido de un camión de riego, levantarse sobresaltado por una sirena, comer con la música de una máquina barredora o podadora, cenar con el rugido de un alboroto impuesto…
Y es todavía peor si alguien se atreve a emprender una actividad intelectual sostenida. ¿Debe insistirse en el hecho de que esto es algo incompatible con un ambiente que aturde? Quizá basten algunos casos ilustres: Kafka prefería vivir en una casa húmeda (y fatal para la tuberculosis) que allí donde el ruido le impedía escribir; Celan expresaba en sus últimas cartas la desazón que le producía el hecho de habitar en un apartamento “atrozmente ruidoso”; Cézanne dejaba de pintar cuando los ladridos le impedían alcanzar la conexión entre una pincelada y la siguiente…(…)
El problema del Palau ilustra la enorme distancia entre los agentes de decisión y los que invierten en un trabajo intelectual el tiempo que este exige: hacía años que músicos y cantantes padecían las irregularidades en la gestión, y sin embargo en el pasado julio Fèlix Millet fue honrado con la medalla de la ciudad al mérito cultural (honor suspendido poco después) “por haber convertido el Palau de la Música en un emblema artístico y cultural reconocido en todo el mundo”. Aquí, “artístico”y “cultural” son palabras retóricas; el vocablo decisivo es “emblema”, término al cual la prensa ha llevado su propio sentido y ha convertido en un elogio que revela los valores de una sociedad orientada a la exhibición y a lo “impactante”. Pero decir “valores” ya es decir demasiado. De hecho son tropismos que remiten a lo contrario: al kitsch –cuyas cacofonías son fenómenos equivalentes al ruido.
Hoy ya no se puede utilizar, como hacía Walter Benjamin, el carnaval como metáfora de un tiempo opuesto a la inercia, porque todo se ha convertido en carnaval, de modo que la inercia se expresa en términos que antes remitían al tiempo alternativo: “lúdico”, “festivo”…, “siempre es fiesta en Sant Antoni”. (…)En los años setenta Barcelona atrajo la atención por su movimiento vecinal (desde las comisiones de barrio hasta la eclosión de las asociaciones y la reanimación de los ateneos); después, ese tejido dejó su lugar a los centros cívicos regidos por funcionarios y a asociaciones que en algunos casos parecen apéndices de la administración y de la ideología del entretenimiento. (…)… decía Valéry que una máquina no es buena si no es silenciosa; pero las nuevas máquinas de limpieza son más o menos tan ruidosas como las antiguas. Y es que Barcelona se ha convertido en la capital del simulacro. Análogamente, se anuncia un protocolo para reducir la sirena de las ambulancias, pero no hay control para que se cumpla. Lo importante no es resolver el problema sino que parezca que se hace algo. Y como suele pasar, las actividades sonámbulas se acompañan de delirios, como el de ser una “ciudad del conocimiento”.
El complemento del amorfismo es el efectismo. El predominio del formulario se oculta detrás de la falsa apariencia. Y, no obstante, después de las elecciones del 2007 un destacado miembro de Iniciativa-Verds dijo: “La Barcelona de postal se acabó”. Pero eso también eran sólo buenas palabras. Muchos nos preguntamos entonces: ¿hasta cuándo durará el seguidismo de Iniciativa respecto a unas políticas ofensivas de toda sensibilidad social? (La última ha sido la privatización de los Servicios Fúnebres.) (…)¿Por qué el alcalde dice que las prostitutas monopolizan el espacio público y no quiere ver que hordas gritonas y con toallas playeras han expulsado a los barceloneses de la Rambla?
Y no sólo de la Rambla, aunque sea el caso más paradigmático. En Montjuic, los ciudadanos han sido expropiados de unos jardines ocupados por un hotel que quebró, y ya no es posible sentarse y charlar junto a La Pedrera, donde los autocares y buses turísticos permanecen con los motores encendidos mientras de las farolas cuelgan carteles que exhortan a “una conducción ecológica”: “parad el motor…”
Quizá es por una perversa correlación de tiempo –el peso del pasado enquistado y la inconsistencia de una agenda reducida al presente perpetuo–, pero se diría que también el sueño de la democracia produce monstruos.

Texto: Josep Casals, Licenciado en filosofía. Profesor de estética y teoría del arte de la UB.
De: Barcelona Metrópolis

jueves, 29 de julio de 2010

Daniel Pennac


El derecho a no terminar un libro: hay infinitas razones para negarnos a terminar un libro, desde la no comprensión, o la no aceptación del estilo o forma, hasta la rutina cotidiana y el no poder saber que estoy haciendo con este libro entre mis manos…dejemos que alguna vez la decisión de no terminarlo no nos haga sentir ni hacer sentir culpables, no concentremos nuestro esfuerzo si la lectura no nos provoca hasta el final, el ansia de la resolución y el deseo de no acabarla.
Daniel Pennac

Ian McEwan / Chesil Beach


“Pensó que tenía controlados el pánico y el asco, amaba a Edward y lo único en que pensaba era en ayudarle a que tuviera lo que tan ardientemente deseaba y que la amase tanto más por ello. Fue con este ánimo como deslizó la mano derecha entre la ingle de Edward y la suya. Él se alzó un poco para abrirle paso. Le complació a sí misma haber recordado que el manual rojo decretaba que era perfectamente aceptable que la novia “mostrara el camino al hombre.”
Primero encontró los testículos y, sin ningún temor ahora, curvó los dedos con suavidad alrededor de aquel extraordinario bulto erizado que había visto en diferentes formas en perros y caballos, pero que nunca había creído del todo que encajase cómodamente en adultos humanos. Recorrió con los dedos la parte inferior y llegó a la base del pene, que palpó con un cuidado extremo porque ignoraba lo sensible o robusto que era. Pasó los dedos por su longitud, advirtiendo con interés su textura sedosa, hasta la punta, que acarició levemente; y luego, asombrada por su propia audacia, los deslizó un poco para cogerlo con firmeza, como a la mitad de su largura, y lo empujó hacia abajo, un ligero ajuste, hasta que notó que le tocaba los labios.
¿Cómo podría haber sabido el terrible error que estaba cometiendo? ¿Habría tirado de lo que no debía? ¿Habría agarrado demasiado fuerte? Él lanzó un gemido, una complicada sucesión de vocales angustiadas en crescendo, un sonido similar al que ella había oído una vez en una película cómica donde un camarero que se tambaleaba a un lado y a otro parecía a punto de dejar caer una pila imponente de platos de sopa.
Soltó el pene, horrorizada, mientras Edward, incorporándose con una expresión desconcertada, arqueó en espasmos la espalda musculosa y se derramó encima de Florence en cantidades vigorosas pero decrecientes de gotas que le llenaron el ombligo y le bañaron el vientre, los muslos y hasta una parte de la barbilla y de la rótula con un líquido tibio y viscoso. Fue una calamidad y ella supo de inmediato que era culpa suya, que era una inepta, una ignorante y estúpida. No tenía que haber interferido, no debería haber creído lo que decía el manual. No le habría parecido más horrible si a Edward se le hubiese reventado la yugular. Qué típico de ella, aquel exceso de confianza con que se entrometía en cuestiones de tremenda complejidad; debería haber sabido de sobra que allí no pintaba nada la actitud que adoptaba en los ensayos del cuarteto de cuerda.”

Ian McEwan (Chesil Beach)

miércoles, 28 de julio de 2010

Ezra Pound / Manuel Vicent



La mezcla de un santo laico y de un poeta loco da como resultado un profeta. Hubo uno que se llamó Ezra Pound. Nació por casualidad el 30 de octubre de 1885 en el poblado perdido de Hailey, en Idaho, profundo Oeste de Norteamérica, donde su padre fue a inspeccionar una mina de oro de su propiedad, pero a los seis meses lo devolvieron a Nueva York y allí paseó la adolescencia como un perro urbano sin collar ni gloria alguna. Se licenció en lenguas románicas por la Universidad de Pensilvania. Fue maestro de escuela, recusado muy pronto por raro. Tuvo una primera novia, Mary Moore, que un día le preguntó por su casa. Ezra contestó que su casa era solo su mochila y cargó con ella. Cuando su madre, Isabel Weston, abandonada por el marido, se recluyó en un asilo, el poeta, con 20 años, cogió los bártulos y se fue a Inglaterra en busca de los escritores y otros colegas que admiraba, Joyce, D. H. Lawrence, Eliot, Yeats, y compartió con ellos la admiración con la emulación, alimentado solo con patatas. Desde el principio demostró que su audacia literaria carecía de límites. Yeats le entregó unos poemas para que los mandara a la revista Poetry de Chicago y el joven discípulo se permitió corregirle algunos versos de propia mano antes de ponerlos en el correo. Después del ataque de cólera, Yeats admitió que las correcciones habían mejorado el original y añadió: "Ezra tiene una naturaleza áspera y testaruda, y siempre está hiriendo los sentimientos de las personas, pero creo que es un genio".


Parece que este zumbado vino al mundo, como los fieros catequistas, con el único propósito de hacer cambiar de opinión o de convencer de algo inútil a cuantos le rodeaban, siempre y en cualquier lugar, un empeño que estuvo a punto de llevarle ante el pelotón de fusilamiento. Fue uno de esos tipos que luchan denodadamente a lo largo de la vida para alcanzar el propio fracaso y no cesan de combatir hasta conseguirlo. Ezra Pound inició su aventura literaria en Londres, la siguió en el París de entreguerras, luego en Rapallo, después en el manicomio penitenciario de St. Isabel en Washington, donde estuvo condenado 12 años por traición a la patria, y finalmente entregó su alma atormentada en Venecia el 1 de noviembre de 1972. (…)
Se consideraba un hombre reducido a fragmentos e imaginaba el universo como un poema roto. Para recomponerlo lo reducía todo a poesía, su propia vida, las noticias de los periódicos, los datos de la economía, los episodios de la Biblia, las cotizaciones de Wall Street, los partes meteorológicos, la filosofía de Lao Tse, el carro de la basura, la gloria de los griegos y todos los desechos de la historia. Metabolizaba textos ajenos, aspiraba el detritus que el ganado humano iba dejando a su paso y convertía cada mínimo excremento en una punta de diamante, como si recogiera todo el material que había quedado fuera de la Divina Comedia para someterlo a ritmo interno y forma libre.


(…) La ruina le llevó de nuevo a la poesía y esta al París del Barrio Latino, años veinte, y allí formó parte de la Generación Perdida en torno a la gallina clueca de Gertrude Stein y de la celeste librera Sylvia Beach, junto con Dos Passos, Scott Fitzgerald y la recua de pintores de Montparnasse. (…)
De hecho Pound reunió el dinero que permitió a Joyce terminar el Ulises, aunque luego no pudiera soportar la fama que estaba acaparando el libro. Antes ya le había ayudado a publicar Retrato de artista adolescente por capítulos en la revista americana The Egoist.
Entre su egocentrismo legendario y la generosidad sin límites, el alma de Ezra Pound tuvo siempre dos vertientes: una le llevaba a la santidad; otra, a cometer cualquier bajeza. De la misma forma que no encontraba barrera alguna entre la prosa y el verso, tampoco distinguió el judaísmo de la usura y la estética fascista de la redención de la especie humana. Un día le dio por la economía y la política y la emprendió con ellas como un filósofo individualista, esteta desesperado, socialista aristocrático y anticapitalista. Había asistido a la marcha de Mussolini sobre Roma. Comenzó a clamar contra los que se lucraban con el trabajo ajeno, y su propia exaltación poética le llevó a atacar la plusvalía y los préstamos usureros que practicaban los judíos. De pronto, en 1939 se encontró ante un micrófono en Italia transmitiendo por Radio Roma alegatos fascistas contra su propio país, primero bajo su firma, luego con soflamas anónimas. Cuando el Ejército norteamericano invadió Italia, el poeta fue apresado y primero lo exhibieron públicamente en una jaula como a un mono durante varias semanas en Pisa. Después lo llevaron a Washington para ser juzgado como traidor a la patria.


Los amigos le echaron una mano. Se prestaron a testificar que ya era un demente en Londres y en París. El juez asumió estos testimonios en su veredicto y lo salvó de morir fusilado a cambio de pasar 12 años encerrado en un manicomio. Y al final de esta condena un juez llamado Bolitha J. Laws, en 1958, lo volvió a declarar loco, pero inofensivo, y lo dejó en libertad, con la barba ya florida de ceniza. Y entonces Pound anunció: "Cualquier hombre que soporte vivir en Estados Unidos está loco" y se fue a Italia. Murió en Venecia a los 87 años en brazos de su hija. Poco antes se paseaba por el jardín entonando sus excelsos cantares rotos e inconexos como si aún estuviera exhibido en público como un mono en la jaula. En realidad solo fue un incendiario que trató de quemar el mundo con sus versos.

Ezra Pound / Con Usura


CANTO XLV


Con Usura

Con usura ningún hombre tiene una casa de buena
piedra.
Cada bloque pulido bien encajado
para que el diseño lo cobije,
con usura
ningún hombre tiene un paraíso pintado en la pared de
su iglesia
harpes et lutz (arpas y laúdes)
o donde virgen reciba mensaje
y halo se proyecte por la grieta,
con usura
ningún hombre ve a Gonzaga sus herederos y sus
concubinas
ninguna pintura es hecha para durar ni para vivir con
ella
sino que es hecha para vender y vender pronto
con usura, pecado contra natura,
tu pan es cada vez más de trapos viejos
seco es tu pan como papel,
sin trigo de montaña ni harina fuerte
con usura la línea se hace gruesa
con usura no hay clara demarcación
y ningún hombre puede hallar sitio para su morada.
El tallador de piedra es alejado de su piedra,
el tejedor alejado de su telar
CON USURA
no viene lana al mercado
la oveja no da ganancia con la usura
La usura es una morriña, la usura
mella la aguja en la mano de la doncella
y detiene la habilidad de la hilandera. Pietro Lombardo
no vino por usura
Duccio no vino por usura
ni Pier della Francesca; Zuan Bellini no por usura
ni fue “La Calunnia” pintada.
No vino por usura Angélico; no vino Amborgio Praedis,
No vino ninguna iglesia de piedra pulida firmada:
Adamo me fecit.
No por usura St Trophine
No por usura Saint Hilaire,
La usura oxida el cincel
Oxida el arte y el artesano
Roe el hilo en la rueca
Ninguna aprende a bordar oro en su bastidor;
El azur tiene un chancro por la usura; el cramoisí está
sin bordar.
La esmeralda no encuentra su Menling
La usura asesina al niño en el vientre
Impide el galantear del muchacho
Ha traído parálisis al lecho, yace
Entre la novia y el esposo
CONTRA NATURAM
Han traído putas a Eleusis
Cadáveres se han sentado al banquete
Invitados por la usura.

Ezra Loomis Pound

Bertolt Brecht


Yo siempre he pensado que las palabras más sencillas
deben ser más que suficientes. Con decir lo que está pasando
a cualquiera se le tendría que romper el corazón.


Bertolt Brecht

Elías Canetti / Suplicio de las moscas


La historia más terrible la encontré hoy en las memorias de una mujer, Misia Sert. La llamo Suplicio de las moscas y la transcribo literalmente:

"Una de mis compañeras de habitación había llegado a dominar el arte de cazar moscas. Tras estudiar pacientemente a estos animales, descubrió el punto exacto en el que había que introducir la aguja para ensartarlas sin que murieran. De este modo confeccionaba collares de moscas vivas y se extasiaba con la celestial sensación que el roce de las desesperadas patitas y las temblorosas alas producía en su piel."


Elías Canetti

martes, 27 de julio de 2010

Elías Canetti / Apuntes


* Sus juicios son esencialmente medidas de longitud.


* Grados de la desesperación: no recordar nada, algo, todo.


* Él le rogó a ella que se apease de sus ojos.


* Se dice que los matrimonios de conveniencia son los más felices. Entonces más vale no ser feliz.


* Se aprende de memoria ciudades enteras antes de verlas. Ama los nombres de las calles que aún no conoce. Sueña con ellas, los nombres siempre están más vivos que los propios lugares.


* Resulta casi imposible conocer a una persona hasta el punto de poder respetarla siempre. La mayor parte de las veces se la conoce demasiado poco, y a menudo demasiado bien. Quien fuese capaz de llegar en su conocimiento de los demás hasta el punto adecuado y lograra detenerse allí, encontraría un apoyo en ellos.


* "Sed parcos. No cantéis en la vida ni os lamentéis en la muerte" (Mo-Tse). También eso es chino. ¿Es que hay algo que no sea chino?


* Si hubiera aprovechado el tiempo, no habría llegado a nada.


* Leer mientras se oye el tictac del reloj, lectura responsable.Leer con todos los relojes parados, lectura feliz.


* 'Eraritjaritjaka' — una expresión poética arcaica en lengua aranda, significa "rebosante de deseo por algo que se ha perdido".

* Dejadle murmurar, se está aplaudiendo.


* En la vejez se comentan los grandes libros. Son los mismos que de jóvenes quisimos romper en pedazos. Como no lo logramos, lo intentamos de nuevo. Luego los dejamos a un lado. Los olvidamos. Y ahora vuelven a surgir. Los años de olvido nos han hecho merecedores de ellos. Contemplamos sus excelencias. Les hablamos. Ahora, pensamos, habría que comenzar una nueva vida para poder entender uno solo.


* Gente que se le acerca con un uniforme especial de lacayo hecho de palabras. Estaban de servicio y quieren seguir estándolo, pero buscan un amo de más alcurnia.


* Ningún sueño es tan descabellado como su interpretación.


* Clasifica los instantes, hasta que se apagan.


* Queda muy poco de lo que soñamos de jóvenes. ¡Pero el peso de ese poco!


* ¿Limitarse a aquello que realmente nos concierne?Precisamente ahí radica la miseria y la gloria del hombre, que ha de preguntar por aquello que no le concierne en absoluto.


Elías Canetti

Fresán / Banville




Coloquio Banville y Fresán.




RODRIGO FRESÁN: Una vez me dijiste que una de tus fantasías es entrar en una librería, chasquear los dedos y hacer desaparecer todos tus libros para poder empezar de nuevo.
JOHN BANVILLE: Sí, seguro que tú también conoces esa sensación. Odiamos a nuestros hijos, bizcos y desdentados; nos encerramos en una habitación durante uno o dos años haciendo estos objetos y, para cuando los acabamos, los detestamos por completo. Toda mi obra anterior está ahí como testimonio evidente de mi falta de talento, aunque también es cierto –lo he dicho muchas veces– que considero que mi obra es mejor que la de los demás, sólo que no es lo suficientemente buena para mí. Soy de esa clase de perfeccionistas. Y me atormenta no ser capaz de hacerlo bien. Una vez le preguntaron a Iris Murdoch por qué escribía tanto y respondió que pensaba que cada nueva novela la exculparía de todas las anteriores. Yo pienso lo mismo.
FRESÁN: Pero al menos sentirás que hay algún tipo de mejora con cada libro… ¿O es sólo otro libro de John Banville?
BANVILLE: Siempre he envidiado a los poetas, que revisan su obra anterior con profundo placer. Tengo amigos que leen poemas que escribieron a los diecisiete, hace cincuenta años, y les encantan. Yo eso lo encuentro muy extraño. Parece que los poetas no mejoran, de hecho, la mayoría empeora. Uno puede hacer poesía excelente de joven, pero no creo que sea el caso de los novelistas. Supongo que uno aprende a usar el lenguaje de un modo más fluido y con más sensibilidad a medida que pasa el tiempo. Pero, por supuesto, nuestras ideas y nuestra ignorancia sobre el mundo son tan densas como siempre. De joven pensaba que cuando envejeciera me volvería más sabio, pero la edad no trae sabiduría, sólo confusión. Aunque a veces la confusión puede resultar interesante. Ahora dejo que en mis libros pase lo que tenga que pasar con mayor frecuencia que en los viejos tiempos, me gusta la idea del azar. Pero, ¿mejoro? Cuando lees en voz alta percibes todos los errores, que se encontraban agazapados como ratas, y que se te lanzan a la garganta según vas leyendo, y piensas “Dios, ¿cómo pude haber escrito esto?”.
A veces, cuando acudes a una lectura, si ves a un autor leyendo con una mueca que parece de dolor, no es indigestión ni nada parecido, se trata de otro error, de otro movimiento en falso. Pero también es verdad que en cada página hay alguna frase que no es totalmente horrible, que me hace continuar. No estoy exagerando. La gente piensa siempre que sólo es una pose, pero de verdad que odio mi trabajo, me avergüenza mucho.
Joyce vs. Beckett
FRESÁN: Me pregunto si parte del problema no tendrá que ver con ser un escritor irlandés. En cierta ocasión dijiste que sientes que todos tus antepasados son como “estatuas gigantes de la Isla de Pascua”.



BANVILLE: Sí, es difícil ser un novelista irlandés. Es un país pequeño con un número extraordinario de escritores de una estatura enorme. No parece que tengamos muchos escritores mediocres, sólo maravillosos o realmente horribles. Joyce lo metió todo, Beckett lo sacó todo, y los demás nos movemos en el terreno que dejaron en medio sin saber muy bien qué hacer. Mi amigo Neil Jordan, por ejemplo, decidió dedicarse al cine porque sentía que no podía competir con los escritores del pasado. Por mi parte, he tratado de forjar un nuevo tipo de ficción que es en buena medida un tanto pedestre… Se trata de buscar nuevos modos de avanzar. ¿Por qué sentimos que tenemos que hacerlo? No lo sé. Creo que uno de los peores consejos que se pueden dar es el de Ezra Pound: “Que sea nuevo”. Un buen día, cuando tenía unos cuarenta años, me pregunté “¿por qué, qué hay de maravilloso en que algo sea nuevo?”. Lo que valoramos y apreciamos más en el arte es el elemento tradicional que contiene. De manera que me he transformado en un antivanguardista. Es decir, soy el líder de la “retroguardia”.
FRESÁN: Has dicho que el libro que te abrió los ojos como novelista fue Dublineses, de James Joyce, y que, con los años, te has ido acercando mucho más a Beckett. Lo cual me extraña mucho. Sí reconozco en tu escritura una voz sonámbula en primera persona que intenta relatar el universo entero, pero en cuanto a la prosa me parece que estás mucho más cerca de un Proust, por ejemplo, en el aspecto sensorial.



BANVILLE: Sí, hay una distinción muy práctica, de mi propia cosecha, según la cual los escritores irlandeses de ficción pueden tomar dos caminos: el joyceano y el beckettiano, y supongo que en mi caso –en un sentido muy amplio– sigo el camino de Beckett, aunque no soy un escritor como él. Su proyecto era, desde el principio, un asalto al lenguaje, un esfuerzo por negarlo. En cambio, a mí el lenguaje me resulta peligrosamente atractivo. Gozo con él, aunque intento evitarlo. Una vez estaba leyendo unos textos en el Trinity College, éramos varios lectores sentados entre el público, subíamos, leíamos y después volvíamos a nuestra butaca. Yo subí, leí lo mío y en medio de los aplausos oí que alguien, unas tres filas atrás, decía “demasiadas palabras”, citando a aquél que dijo sobre la música de Mozart que tenía demasiadas notas. Debo tener mucho cuidado con eso porque el lenguaje es, para mí, el medio más hermoso. Si alguien me preguntase cuál es el mejor invento de la civilización, respondería que una oración: constituye la base de todo nuestro conocimiento, de toda expresión, de toda emoción.
Una realidad ficcionable
FRESÁN: Hay mucha realidad en tus libros, y eso me intriga. Por ejemplo, algunos de tus personajes se inspiran en personas reales, como Anthony Blunt, en El intocable, o Paul de Man, en Imposturas.
BANVILLE: Hay un verso que me encanta del gran poeta estadounidense Wallace Stevens: “Las cosas tal como son cambian en la guitarra azul”. Nosotros tomamos la vida, la materia corriente que vivimos todos los días, y la transformamos en la guitarra azul del arte. Yo siento que, cuando escribo un libro a partir de un personaje real, como Kepler, Copérnico, Anthony Blunt o quien sea, en el momento en que empiezo a escribir sobre ellos se ficcionalizan, dejan de tener realidad en el mundo. La ficción es un género artístico caníbal, consume el mundo que usa.



FRESÁN: En cierta ocasión me dijiste que cuando publicaste El intocable todo el mundo escribió reseñas y artículos sobre la parte no ficcional de la novela y sobre Anthony Blunt, cuando todo lo que tomaste de Blunt fue una sonrisa que esbozó durante la conferencia de prensa en la que iba a ser desenmascarado.



BANVILLE: Digamos que eso fue lo que me hizo decidir que tenía que escribir sobre él. Anthony Blunt era uno de los espías de Cambridge, el último, de hecho, que fue descubierto. También era una gran figura de la clase dirigente inglesa, conservador de las pinacotecas de la Corona y un gran erudito del arte, especialista en Poussin. Yo estaba viendo en la televisión un documental sobre Poussin que empezaba con una filmación de Anthony Blunt el día en que Margaret Thatcher, entonces Primer Ministro, dijo en el Parlamento que era un espía. Blunt estaba sentado ante un montón de periodistas que preparaban sus cámaras, sus libretas y sus grabadoras. Y él los observaba, impasible; obviamente, no sabía que había una cámara filmando, a su lado. Entonces una sonrisa diminuta cruzó por su cara mientras miraba a los periodistas. Uno podía ver que se estaba diciendo: “Esta gente piensa que me va a sacar la verdad. Pero no”. Mi mujer se giró hacia mí y me dijo: “¡Tienes que escribir sobre él!”. Y contesté: “Acabo de empezar a inventarlo”.
Nabokov dijo una vez que después de inventarse Rusia tuvo que irse a Estados Unidos e inventarlo. La noción de realidad es muy extraña en el contexto de la ficción. La vida sucede durante veinticuatro horas al día, día tras día, semana tras semana, año tras año y, al final, nos morimos. Una novela, incluso Finnegans Wake, tiene principio, desarrollo y fin. La vida no: no recordamos nuestro nacimiento, no vamos a experimentar nuestra muerte. Todo lo que tenemos es este confuso trozo de en medio. Como sostiene el crítico Frank Kermode, por eso acudimos a la obra de arte: en busca del sentido de un final, de algo con forma y fin, completo.
La erudición y la crítica
FRESÁN: Acabas de mencionar a Frank Kermode. ¿Qué te parece la crítica literaria? ¿Crees que los escritores tienen algo que aprender de los críticos académicos?



BANVILLE: George Steiner me dijo hace años que los especialistas son los carteros del futuro. Me parece una excelente justificación de su trabajo, pero lo cierto es que no suelo leer obras académicas. No es que no me gusten, es que no son para mí. No puedo leer textos sobre mi propia obra, igual que no puedo leer mi propia obra. Me sorprendió un día, hace relativamente poco, darme cuenta de que la única persona que no puede leer mis libros soy yo. Porque ya los conozco, y conozco asimismo todas las versiones anteriores, y eso los ensucia. Mientras que para un lector que llega a ellos por primera vez, todo es nuevo. Un buen especialista siempre da la sensación de llegar al libro por primera vez. Por otro lado, quedan muy pocos críticos realmente estimulantes, como Edmund Wilson, personas que estaban fuera de la academia pero también absolutamente comprometidas y eruditas. Y erudito, a mi parecer, suele ser algo completamente distinto de académico.
Benjamin BlackFRESÁN: No contento con crear personajes, creaste un escritor de novelas: Benjamin Black.



BANVILLE: Benjamin Black está a medio camino entre John Banville y el tipo de periodista literario que soy desde hace unos treinta o cuarenta años. Si yo me pongo a escribir un texto para New York Review tardo un día, lo hago de un tirón. Benjamin Black también escribe de modo muy rápido, muy fluido. Mientras que el pobre Banville escribe como un caracol que cruza la página, dejando esa horrible baba… Así que son dos métodos de escritura completamente distintos. Empecé a ser Benjamin Black hace unos cinco años porque en aquel momento pensé que sería divertido, y que además podía ganar algo de dinero. Tenía un guión para la televisión que no se iba a hacer, así que decidí convertirlo en una novela. Pero si lo pienso ahora me doy cuenta de que me hacía falta, Banville necesitaba un empujón para salir del camino en el que se sentía encerrado.
FRESÁN: Una manera posible de separar a Banville de Black, muy simplista, es decir que los libros del primero están impulsados por el estilo y los del segundo, por la trama, lo cual para mí no es verdad.
BANVILLE: Pues yo creo que sí. Cuando empecé a escribir con Black, por primera vez en mi vida, “novelas” (porque nunca me he considerado a mí mismo un novelista), pensé: “¡Qué fácil! ¿Por qué se quejan tanto?”. Me sorprende lo mal que escriben en general los escritores de novela policíaca. Compré hace poco una novela de un escritor escocés, Ian Rankin, muy reputado, leí unas cincuenta o sesenta páginas y lo tuve que dejar: ¡era horrible! Quizás se me había olvidado lo mala que es la escritura policíaca… Eso hizo que me replantease la cuestión, y pensé: ¿estoy trabajando con un instrumento degradado?, ¿estoy haciendo el tonto?, ¿este tipo de escritura tiene que ser necesariamente torpe, cuando no abiertamente mala? Pero luego pienso en Simenon, Richard Stark, James M. Cain, que son unos estilistas soberbios.



FRESÁN: ¿Es fácil escribir thrillers? ¡Si es lo más difícil del mundo!



BANVILLE: ¡No! Te sientas, te inventas unos personajes, les das un nombre, los pones en movimiento, les das una trama, añades un par de situaciones tópicas, ¡y al final tienes un libro! ¡Es un proceso asombroso! Comprendí que podía disfrutar escribiendo. Es el placer del artesano: hago un objeto, como una mesa o una silla cómodas, algo que está bien hecho, que no es insistente, no es llamativo, que no está diciendo: “Mírame, mírame, mírame”, que es lo que mis libros de John Banville hacen constantemente.










Desde que me he convertido en Benjamin Black, cada vez escribo menos reseñas, porque obviamente ese tipo de escritura, de la que disfruto, ya la practico con estas novelas. Llevo toda la vida trabajando en el periodismo, y empecé a escribir novelas en 1968. No he sido redactor, sino técnico, corrector, editor, en periódicos. Y me gustaba el periodismo, ser un técnico de ese tipo. Un editor que tuve en un periódico que ya no existe, The Irish Press, definía a los correctores como gente que cambia las palabras de otros y vuelve a casa en la oscuridad… Creo que es un trabajo ideal para un aspirante a novelista, porque pasas la noche ganándote el pan y el día escribiendo. Con Benjamin Black he vuelto a ese trabajo artesanal.
El estilo y la tramaFRESÁN: Volviendo al tema del estilo y a la trama, una vez me comentaste “El estilo avanza con zancadas triunfantes mientras que la trama arrastra los pies”.




BANVILLE: Sí, como somos novelistas no nos podemos librar de la trama, una novela tiene que tener historia. Si no, no es ficción. Yo he tratado de trabajar dentro de las reglas y de la tradición de la ficción.
FRESÁN: ¿Y cómo relacionas la idea de la trama y la de estilo? Para mí, el párrafo más revelador de toda tu obra está en El libro de las pruebas, cuando Frederick Montgomery dice: “Nuestro destino no era estar en este planeta, esto es un error”. Cómo te enfrentas a eso, a estar en el planeta equivocado y tratar de encontrar estilo y trama aquí.
BANVILLE: Se trata de un párrafo de El libro de las pruebas que escribí hace veinte años, en el que un personaje dice: “Nunca me he acostumbrado a estar en esta Tierra. Siento que nuestra presencia aquí es un error cósmico, y que nuestro destino era otro planeta”. Y luego se pregunta cómo les irá a esos terrícolas delicados, a los que iban a venir aquí, en el otro lado del universo, y se dice “no, hace mucho que deben de haberse extinguido, cómo habrían podido sobrevivir los delicados terrícolas en un mundo hecho para contenernos a nosotros”. Y creo que es verdad. Me siento, como todos nosotros, un extraño en la Tierra.
Este es un mundo absolutamente exquisito, no hay más que mirarlo, tan distinto de nosotros. Hemos adquirido un conocimiento que las otras criaturas no tienen, la conciencia de la muerte, y hemos pagado un precio enorme por ello, sólo hay que ir a cualquier sala de espera de un hospital psiquiátrico para entender el daño que la conciencia nos ha infligido. Se trata de un regalo muy valioso, pero también muy difícil. Un don que nos ha distanciado del mundo, de los animales, lo cual me consterna profundamente. ¿Sabes cómo nos miran los animales? No me refiero sólo a los animales domésticos, sino también a los salvajes. Nos miran con perplejidad, y constantemente tratan de comprendernos. Como dice Nietzsche, los animales nos miran como al animal que ríe, el animal infeliz, el animal loco. Por eso, supongo, es por lo que escribo, a causa de esa sensación de distanciamiento, e intento encontrar el camino de vuelta al mundo mediante oraciones. No creo que sea algo excepcional, es lo que todos hacemos cuando hablamos, cuando tratamos de expresarnos ante un ser amado u odiado…
Entre la pintura y la cienciaFRESÁN: Tus libros están llenos de pintores y de cuadros. He leído que trataste de ser pintor pero no te gustaba lo que pintabas. Dijiste al respecto algo muy interesante, que intentar pintar te enseñó mucho sobre la escritura y sobre la manera de mirar las cosas. Si alguien bajase del cielo, uno de los dioses de tu última novela, y te dijese que podrías pintar el cuadro que quisieras. ¿Cuál sería?
BANVILLE: Cualquiera de la serie de la baigneuse del último Bonnard, de los estudios de su mujer en el baño, hay seis u ocho, cualquiera de ellos, sobre todo el último, uno de los mejores… Por cierto, las enseñanzas de la pintura también se pueden apreciar en la obra de John Updike, que tenía formación artística.
FRESÁN: Sí, intentó hacer dibujos animados, con Walt Disney…
BANVILLE: …Y estudió dibujo en Londres, en la Ruskin School. No diré que la pintura te haga percibir el mundo de una manera diferente, pero sí te proporciona una mirada más aguda, miras los detalles de otro modo, de una forma más minuciosa. ¡Desgraciadamente yo no tenía ningún talento! No sabía dibujar, no tenía sentido del color, ni conocimiento del oficio… Era un adolescente, y creo que intenté pintar porque las palabras me desesperaban, me parecían un medio demasiado difícil. Y aún me lo parecen. Una de las razones es que son la moneda común de nuestra vida diaria. Como ese personaje de Molière, que descubre a los cincuenta años que lleva toda la vida hablando en prosa. El hecho de que hablemos un tipo de prosa no literaria hace doblemente difícil la renovación de este medio común para que parezca nuevo. La pintura me pareció, en aquella época, un medio simple. Estaba equivocado, desde luego.




FRESÁN: En todos tus libros el lenguaje es lo más importante y definitivo, pero también están llenos de ciencia, por ejemplo, los que escribiste sobre Kepler y Copérnico, incluso La carta de Newton y Mefisto. ¿Cómo llegaste a ello? ¿Has pensado alguna vez en volver al descubrimiento científico como tema literario?
BANVILLE: El protagonista de mi próxima novela es un matemático. Siempre me ha fascinado la ciencia. Creo que la ciencia del siglo XX ha producido algunas de las ideas, y hasta de las imágenes, más hermosas. Me parece mucho más interesante la física que la filosofía del siglo XX. Por supuesto, de ninguna manera soy un experto; como todo novelista, vergonzosamente, finjo saber cosas que no sé. En los años setenta, en Copérnico y Kepler, escribí sobre ciencia como una forma de escribir sobre la creatividad sin escribir sobre el arte. Estoy convencido de que la ciencia y el arte surgen de la misma fuente interior. Adoptan formas muy diferentes –la ciencia tiene rigor y el arte no, uno no puede refutar un soneto, pero sí una teoría científica–, pero creo que el origen es el mismo. Ahora tengo sentimientos muy ambiguos hacia esos libros. Me hicieron perder mucho tiempo dedicándome un poco a la investigación. Hasta un poco de investigación, para un novelista, resulta completamente extenuante… Cuando escribí esos libros era joven, tenía veinte años, había una pequeña serie de libros de bolsillo en aquel tiempo, se llamaba Fontana Modern Masters y tenía cosas tipo George Steiner sobre Heidegger. Yo me imaginaba, en un futuro lejano, mi nombre en el lomo de uno de aquellos libros y el de algún crítico eminente que hubiera escrito sobre mí. Quería ser uno de los grandes novelistas de ideas europeos. Como digo, era joven.
FRESÁN: ¿Y esa inquietud no tenía que ver con la idea de que la ciencia es exacta y la literatura no?
BANVILLE: No, era más bien que me fascinaban las personas como Copérnico y Kepler. Copérnico sólo fue a ver estrellas tres veces en toda su vida; Kepler tenía doble visión, así que cuando miraba al cielo lo veía todo doble. Realmente no les interesaban las cosas tal y como son, la realidad efectiva. Lo que querían era concebir un sistema que pudiese, como se decía, “salvar los fenómenos”. Era una forma totalmente distinta de hacer ciencia. Ni siquiera se llamaba ciencia, se llamaba “filosofía natural”. Pero me fascinaba, porque es de hecho lo que hace el artista: trata de imponer un sistema sobre una realidad incoherente.




FRESÁN: Y con el ir y venir de tus libros, ¿crees que te estás acercando a una suerte de “teorema Banville”?
BANVILLE: [Risas]. No, como he dicho, la edad sólo trae confusión.





*** Coloquio Banville-Fresán. Traducción: Araceli Maira, para revista Minerva, no. 13, IV época, 2010, Círculo de Bellas Artes, Madrid, España.

Cuba / Miguel Ángel López

































(Fotografías de Miguel Ángel López)

“El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido pero no derrotado.”
Ernest Hemingway

Entrevista: Antonio Gamero (1934-2010)



"El comunismo me hizo persona"


JESÚS RUIZ MANTILLA / MIGUEL MORA 22/08/2004

Una tarde de tráfico denso, junto a un ventanal del Café Gijón, Antonio Gamero se toma un par de jarras de cerveza y cuenta su vida.
Pregunta. Este café fue un buen refugio en la posguerra, ¿qué recuerda de aquellos tiempos?
Respuesta. Pues el Cara al sol y el rosario. Fui al colegio de los maristas de Chamberí y un cura cazurro me echó del confesionario a los 14 años por ateo.
P. ¿En casa pasaron hambre?
R. No, mi padre era subsecretario general de Telefónica. Teníamos para garbanzos y cuatro cosas más.
P. O sea, que padre facha.
R. Sí, mi infancia tiene mucho que ver con las Memorias de un niño de derechas, de Umbral.
P. Hasta que se torció.
R. Sí, me llevaba mal con mi padre. Era muy fascista, muy autoritario, y salí por el lado contrario.
P. ¿Y cómo se hizo actor?
R. Primero tuve que estudiar Derecho por cojones. Lo dejé en tercero y un amigo de papá y mamá me metió de auxiliar en el Banco de Vizcaya, hasta que me echaron. Monté una huelga y el amigo le dijo a mi padre: "Sólo le ha faltado sacarse la chorra y mearnos encima". Luego me enchufaron en Telefónica.
P. La cantera del cine español.
R. Sí, Margarita Lozano y Roberto Bodegas trabajaban conmigo. En esa época empecé a hacer teatro. Montamos Panorama desde el puente, de Arthur Miller, Las sillas, de Ionesco...
P. No está mal, dada la época.
R. Les daba igual, ni se enteraban. Ionesco les sonaba a chino.
P. ¿Y entonces entró en el PC?
R. Sí, por un amigo de Telefónica. Me enrollé con él y me metí en una célula en el año 57.
P. ¿Y qué hacía?
R. Repartir propaganda, atender a los compañeros, captar. Todos teníamos seudónimo. Yo me llamaba Alejandro. Lo que contaba González Sinde en aquella película ¡Viva la clase media! está basado en nuestra célula. Éramos del grupo mixto, cada uno de su padre y de su madre. ¡En aquella época sólo podías ser comunista, no había otra cosa! En el PSOE sólo había cuatro gatos.
P. ¿Y captó a mucha gente?
R. Algunos del cine y del teatro, pero igual no quieren que se sepa. Había dejado Telefónica y entré en la Escuela de Cine para ser director, pero me detuvieron cuando iba a empezar mi primera película y ya no pudo ser.
P. ¿Y cómo le trataron?
R. ¡Pues mira! [enseña el audífono]. Me reventaron los tímpanos y casi me dejaron sordo. Pero no me canearon más que a otros. Entre 19, cantó uno. Yo no tenía nada que cantar porque me interrogaron el último.
P. Y todos a la cárcel.
R. Dos años. Por propaganda ilegal y asociación ilícita. Me condenaron a ocho años y siete meses, pero pillé dos indultos, el de los 25 años de paz y un jubileo.
P. ¿Y qué tal la cárcel?
R. Me aburrí como una mona. Leí mucho, incluso a Luckacs. Y paseé. Y al salir, me hice actor. Mis amigos me dieron papeles para poder sobrevivir.
P. Actor forzoso.
R. Claro, me prohibieron dirigir, pero hice guiones con seudónimo para Televisión Española. Como no podía poner mi nombre, firmaba Pilar García, que era una amiga mía falangista, pero de izquierdas. Nada dudosa.
P. También pasará a la historia como autor de la frase "Como fuera de casa, en ningún sitio".
R. No es así, todo el mundo la dice mal. "Como fuera de casa no se está en ningún lao". Así es más castiza. Se la atribuían a Azcona, pero él tuvo el detalle de dejar claro que era mía en público.
P. ¿Y tiene alguna más de la que haya que dejar constancia?
R. "No le cuente usted sus penas a sus amigos; que les divierta su puta madre". Se la dije a Aznar una vez que nos recibió a los del cine. Le pedimos que arreglara el problema y empezó a dar largas. Y García Sánchez dijo: "Gamero, suelta tu frase". Se quedó alucinado, pero se rió. Y hay otra cojonuda: "De la familia, la sagrada, y ésa, ni en el comedor colgada".
P. ¿Sigue siendo comunista?
R. ¡Claro! El comunismo ha sido media vida mía, las pasé putas, pero también tuve muchas satisfacciones y lo hice convencido. Como a tantos, el PC me hizo persona, me equilibró y me ayudó a considerar cosas que de otro modo no hubiera visto.

lunes, 26 de julio de 2010

Flann O'Brien


“Pero, ¿quién de nosotros puede pretender tantear con dedo indagador los confusos pensamientos que revolotean dentro de la cabeza de un loco? Un individuo puede llegar a pensar que tiene el trasero de cristal y tener miedo a sentarse por si se le rompe. Y puede ser por lo demás un hombre de gran vigor intelectual, capaz de acompañarnos en una excursión mental por los laberintos de las matemáticas y la filosofía, siempre que se le permita permanecer de pie durante tales disquisiciones. Otro individuo puede ser perfectamente cortés y bien educado pero no girará bajo ninguna circunstancia más que a la derecha y llegará al extremo de comprar una bicicleta construida de modo que no pueda girar más que en esa dirección. A otros pueden obsesionarles los colores y atribuir méritos indebidos a artículos que son rojos o verdes o blancos solo por ser de ese color. Otros reaccionan y se dejan influir por la textura de una tela o por la redondez o angulosidad de un objeto. Sin embargo, los números son responsables de una gran proporción de humanidad desequilibrada y doliente. Hay individuos capaces de recorrer las calles buscando automóviles con números divisibles por siete. Bien conocido es, por desgracia, el caso de aquel pobre alemán que estaba muy encariñado con el tres y que convirtió todos los aspectos de su vida en cuestión de tríadas. Una noche volvió a su casa y se tomó tres tazas de té con tres cucharadas de azúcar cada una y se cortó la yugular tres veces con una navaja barbera y garrapateó con una mano agónica sobre una foto de su esposa adiós, adiós, adiós.”

Flann O’Brien (En Nadar-Dos-Pájaros)

Nicanor Parra / Pedradas


"Una de las características de mi poesía es que su unidad esencial no es la palabra, ni la estrofa, ni la frase, que sufre las inflexiones del ritmo. Mi unidad es el verso, que en mi poesía aparece como aislado, como una serie de pedradas lanzadas hacia el lector"
Nicanor Parra

Enrique Lihn / Hay Sólo Dos Países




Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos
por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad
pero, a la larga, eso no tiene sentido.
Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes
seguiremos unidos, hasta la muerte
separadamente unidos.
Con los enfermos cabe una creciente complicidad
que en nada se parece a la amistad o el amor
(esas mitologías que dan sus últimos frutos a unos pasos del hacha)
Empezamos a enviar y recibir mensajes de nuestros verdaderos
conciudadanos
una palabra de aliento
un folleto sobre el cáncer

Enrique Lihn

Elías Canetti / Laberinto


He ido a parar a un laberinto formado por las ideas más extrañas, quizá porque no he temido exponerme a esta época, quizá por fanfarronería, por una especie de convicción juvenil de que era posible superarla intelectualmente incluso a ella; pero, sea cual sea la razón, ahí está el laberinto, y yo en medio, y debo encontrar una salida tanto para otros como para mí.

Elías Canetti

domingo, 25 de julio de 2010

Daniel Pennac


Derecho a saltearse las paginas: no creo que existan buenos lectores que alguna vez al menos, no hayan hecho uso de este derecho, no sancione al niño que lo hace, ni al joven, en realidad, es saludable saltearse lo que va a quitarnos el placer de lo bueno que queremos disfrutar.


Daniel Pennac

Eduardo Galeano / La burocracia




Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.
En medio del patio de ese cuartel, había un banquito. Junto al banquito, un soldado hacía guardia. Nadie sabía porqué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé qué general o coronel, quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

Eduardo Galeano (El libro de los abrazos)

sábado, 24 de julio de 2010

F. Scianna




Empecé porque no quería ser médico o abogado como querían mis padres. Hacía fotos en el pueblo, de las chicas que me gustaban, de los vecinos, de las fiestas. Siempre tenía la sensación de que lo que capturaba estaba a punto de perderse. Como fotografiar Pompeya el día anterior a la explosión del volcán.
Mi concepción de la fotografía se centra en la idea del relato y de la memoria. Lo mismo que sustenta la literatura. Esta consideración resulta provocadora para la deriva de la noción de fotografía en la cultura contemporánea. La fotografía fue históricamente vivida y pensada como instrumento de documentación y testimonio. Sirvió para guardar nuestra memoria, la huella del tiempo que corre inexorable. Era escritura de la realidad. Hoy ha mutado su concepto central. Se mira, se muestra y se usa la imagen fotográfica como cualquier objeto estético. Se exige un acercamiento a ella igual al que requiere un cuadro.
A nadie se le ocurrió jamás montar una polémica sobre quién era el hombre a punto de ser fusilado en la pintura de Goya. Sin embargo, sobre el miliciano de Robert Capa se levantan un montón de interrogantes. Esto demuestra que una foto se interroga como huella de la realidad y no solo como imagen estéticamente convincente o conmovedora. Por esta razón no hacen un favor a Capa los que ahora zanjan la cuestión: "No importa saber si el varón de la foto fue fusilado o murió de viejo al cabo de muchísimos años. De todos modos es una imagen potente y bellísima".
La foto es un documento. Un fragmento de espacio y de tiempo único e irrepetible que se queda atrapado en un papel plateado.
No existe la fotografía en abstracto. Cézanne sí podía pintar manzanas sin tenerlas enfrente. La foto de un fruto, al revés, representa aquel particular fruto en aquel instante preciso. No puedo disparar y capturar la imagen de algo visto dos horas antes. Pero podría pintarlo. Si, como está pasando hoy, se emprende el esfuerzo conceptual de quitarle a la fotografía su sustancia de documento, si se le cose encima una presunta función poético-simbólica, se distorsiona su razón de ser. Se transforma en otra cosa. En arte, en lo que Aristóteles definía un objeto de creación subjetiva y arbitraria. Se cuelga en los museos y sobre todo se le cambia la etiqueta del precio.
No me considero un creador, sino un receptor. Soy un intérprete. Capturo un trocito de realidad, no la construyo.


La fotografía está en vías de extinción. Nació en la época positivista, en la primera mitad del siglo XIX, cuando el hombre quiso ordenar, comprender y dejar constancia de la realidad. Aquel impulso fundamental ya no caracteriza nuestro espíritu. Lo demuestra claramente lo que pasa con el NIE (DNI). Siempre ha llevado un retrato, ahora están pensando sustituirlo con un chip.
Hay sobreexposición. Pero la imagen ya no se usa para establecer un contacto con la realidad, para documentarla y testificarla. Todo lo contrario. La imagen domina la realidad. Paradójicamente, oculta la verdad, edulcora el mundo, lo retoca, es pura cirugía estética.
Sciascia fue un amigo, un maestro, un compañero: el pilar de mi vida. En 1963, alguien lo llevó a comer en Bagheria. Yo era un chaval cualquiera aficionado a la fotografía y tenía montada una exposición en el pueblo. Por casualidad Sciascia entró a verla y dejó un comentario muy gentil con su contacto. Cuando fui a conocerle me propuso hacer juntos un libro sobre las fiestas religiosas en Sicilia [que ganó el prestigioso Premio Nadar]. Fue un flechazo. Tuvo que morir para separarnos. Debo a él mi enamoramiento por España. Sobre todo por el Sur, tan afín a Sicilia. Hay algo en Andalucía que me hace sentir en casa.

El amor por esa tierra, Sicilia, siempre es oscuro, atormentado. A menudo obliga a poner distancias. Es bipolar, una continua contradicción entre afecto y rencor.
Por eso de Sicilia no te vas. De Sicilia huyes. Y no basta. Es violenta, como su sol. Allí aprendes de pequeño a esquivar la luz del sol, porque te asa los pies y daña los ojos, y a buscar la sombra. Por haber nacido allí, veo el mundo como un choque de luz y sombra, blanco y negro, un contraste neto, sin grises. Cartier Bresson me confesó que consideraba el momento ideal para tomar fotos una mañana con luminosidad velada, tintes matizados. ¡Yo ni me la puedo imaginar! Mis fotos, hasta las de moda, son un exorcismo de la luz despiadada de Sicilia.
¿Volver? Quizás a morir. Una tierra perfecta para morir.


De El País, ligeramente abreviado.

F. Scianna


“La Casualidad, única divinidad, decidió por mí".


( F. Scianna )

El Roto


viernes, 23 de julio de 2010

El suplicio de las moscas / Elías Canetti


Wheen, a quien aprecio mucho, bibliotecario del "Victoria and Albert Museum", me refirió hoy la primera humillación que recuerda de su infancia. Creció en Australia, en Sidney, donde nunca tuvo trato con los nativos. Un día, tendría unos ocho años, toda la clase se fue de excursión con el profesor a Botany Bay, donde había una reserva de indígenas. Llevaban éstos una vida miserable rodeados de suciedad y ahogándose en alcohol. El profesor les condujo hasta un anciano que hacía las veces de cabecilla. Estaba tumbado a la entrada de una cueva y, al ver a los niños, les volvió la espalda. El profesor trató de convencerle de que hablase con ellos asegurándole que habían venido para verle. El anciano miró al pequeño Wheen e hizo un gesto de repugnancia como aquél no había visto jamás. Luego se volvió de nuevo y ya no fue posible hacerle cambiar de parecer. El asco que había mostrado fue algo que Wheen no pudo olvidar.


Durante el resto de su vida se sintió un ser repudiado, despreciado.Cuando, más adelante, siendo ya un joven, viajó a Europa, descendió del barco en Suez y se dirigió al barrio de los nativos acompañado de una muchacha. Un nativo que tenía un rostro muy bello y altivo se les acercó y le escupió a Wheen a la cara sin que mediara provocación alguna. Hablamos luego de otras cosas, y sólo más tarde le pregunté cuál había sido su reacción. No devolvió el golpe, y se sintió muy mal después de aquello, me dijo, y aún más la muchacha, que había esperado de él esa reacción, la más natural. Explicó su comportamiento achacándolo a la cobardía, y durante la larga discusión que mantuvimos en torno al asunto se negó a renunciar a esa palabra. Cuando al cabo de una hora nos separamos, me preguntó de pronto si no me había avergonzado nunca de ser blanco.

Elías Canetti / El suplicio de las moscas

Recuerdo que...


Le había entrado la obsesión de buscar un agujero por el que escapar de este mundo.

J. M. Coetzee


“La historia de Tony Blair (*) podría proceder directamente de Tácito. Un muchacho corriente de clase media con todas las actitudes correctas (los ricos deben subvencionar a los pobres, hay que tener bien sujetos a los militares, es preciso defender los derechos civiles contra las intrusiones del Estado), pero sin ninguna base filosófica (…) se embarca en la travesía política (…) y acaba siendo un entusiasta de la codicia empresarial, un belicista, un cómplice de la tortura y la desaparición de adversarios.”

J. M. Coetzee (Diario de un mal año)

(*) O Felipe González o Zapatero; los otros no han tenido “actitudes correctas” en su puta vida. / Luis dijo.

Te necesitan...


“Te necesitan para remar, pero el timón, ni tocarlo.”


( Un remero viejo ).

jueves, 22 de julio de 2010

Lipovetsky


El narcisismo de las sociedades contemporáneas se manifiesta sobre todo en el hablar por hablar: "la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, (...) el emisor convertido en el principal receptor" (Lipovetsky)

Benjamin Péret - Paul Éluard


“Aplastar dos adoquines con la misma mosca”

Benjamin Péret / Paul Éluard

Cárceles


104 presos se suicidaron en las cárceles españolas entre 2005 y 2008, según el informe del Defensor del Pueblo.

Daniel Pennac



Derecho a no leer: la mayor parte de los buenos lectores se conceden diariamente el derecho a leer o no, a mirar una mala película que a tomar un buen libro, no obligue en el momento y el lugar, no piense ni opine de que, el leer es un acto sólo para intelectuales, no coloque a la lectura en el sitio de los eruditos.
Daniel Pennac

miércoles, 21 de julio de 2010

Van Gogh / A. Artaud



8 de septiembre de 1888

"En mi cuadro 'Café por la noche', intenté expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes. En resumen busqué, mediante contrastes de rosa tenue y rojo sangre y heces de vino, de verde suave Luis XV y Veronés en contraste con verdes amarillentos y verdes blanquecinos duros, todo junto en una atmósfera de horno infernal de azufre pálido, expresar algo así como la potencia tenebrosa de una taberna". "Y a pesar de todo eso, asumiendo una apariencia de alegría japonesa unida a la candidez de un Tartarín..." "¿Qué quiere decir dibujar? ¿Cómo se llega a hacerlo? Es la acción de abrirse paso a través de un invisible muro de hierro que parece interponerse entre lo que se siente y lo que es posible realizar. Cómo hacer para atravesar ese muro, pues de nada sirve golpear fuertemente sobre él; para lograrlo se lo debe corroer lenta y pacientemente con una lima, tal es mi opinión".

**********

Qué fácil parece escribir así.

¡Y bien! Probadlo entonces, y decidme si no siendo el autor de una tela de Van Gogh, podríais describirla tan simplemente, sucintamente, objetivamente, durablemente, válidamente, sólidamente, opacamente, masivamente, auténticamente y milagrosamente, como en esa breve carta suya. (Pues el criterio del punzón separador no depende de la amplitud ni del crispamiento sino del mero vigor personal del puño). Por lo tanto, no describiré un cuadro de Van Gogh después de haberlo hecho él, pero diré que Van Gogh es pintor porque recolectó la naturaleza, porque la retranspiró y la hizo sudar, porque salpicó sus telas, en haces, en monumentales gavillas de color, la secular trituración de elementos, la terrible presión elemental de apóstrofes, estrías, vírgulas, barras que, después de él nadie podrá discutir que formen parte del aspecto natural de las cosas. Y la barrera de cuantos rodeos reprimidos, choques oculares tomados del natural, parpadeos tomados del tema, corrientes luminosas de las fuerzas que trabajan la realidad, han tenido que derribar antes de ser por fin contenidos y como izados hasta la tela y aceptados. No hay fantasmas en los cuadros de Van Gogh, ni visiones ni alucinaciones. Sólo la tórrida verdad de un sol de las dos de la tarde. Una lenta pesadilla genésica poco a poco elucidada. Sin pesadilla y sin afectos. Pero allí está el sufrimiento prenatal. Es el ilustre húmedo de un pasto, del tallo en un plano de trigo que está allí listo para la extradición. Y del que la naturaleza un día rendirá cuentas.

Como también la sociedad rendirá cuentas de su muerte prematura.

A. Artaud

martes, 20 de julio de 2010

Rodrigo Fresán / Ladrón de libros




Originalmente en: radar libros

UNO Hubo un tiempo en que no pasaba día en que yo no robara un libro. No era que me faltara dinero; pero no hay dinero suficiente para poseer todos los libros que uno necesita leer o, simplemente, mirar, sostener, acariciar, saber que se los tiene, que son nuestros porque ya no son de ellos.


DOS Y, sí, había algo de Robin Hood en eso de robar libros en las librerías de Buenos Aires, la ciudad en la que nací y aprendí a leer.
Insisto, ya lo dije: yo era hijo de padres de clase media-alta. Cultos y reconocidos en sus respectivos oficios. Padres que me regalaban libros para mis cumpleaños y no dudaban en darme dinero para comprar libros. Pero, claro, dentro de un esquema à la Bosque de Sherwood, mi biblioteca era tan pequeña y humilde si se la comparaba con los ricos y abundantes estantes de las librerías.
Y el otro día leí que “el robar libros es la forma más egoísta del robo”.
No estoy de acuerdo.
Robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura. Cuando escribimos o leemos estamos sentados o acostados, casi inmóviles. Cuando robamos libros, en cambio, el músculo de nuestro cerebro actúa en perfecta comunión con los músculos de nuestro cuerpo. Cuando se roban libros, uno piensa y actúa y, de algún modo, uno lee y escribe.
Cuando se roban libros, uno es persona y personaje.


TRES Y abundan los casos de ladrones de libros de ficción yendo desde Las aventuras de Augie March de Saul Bellow a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Y he perdido la cuenta de los lectores malditos que se roban el Necronomicon y sucumben a su lectura en los horrores de H. P. Lovecraft. Existen, también, variedades del asunto más sofisticadas, como la que practicó Joe Orton cuando sacaba libros de las bibliotecas públicas, alteraba portadas y blurbs y los devolvía cambiados para siempre.
Y aun así, todas estas hazañas de personajes o personas siempre se nos antojan pálidas e inferiores a las nuestras. Porque es imposible que otros –aunque estén mejor escritos y descritos– sientan la intransferible intensidad de lo que siente uno en los momentos previos a robar un libro, en el instante preciso en que lo roba, en el extático minuto después, cuando uno descubre, una vez más, que ha salido de allí y se ha salido con la suya sin ser descubierto.


CUATRO La edad dorada de mi carrera como ladrón de libros tuvo lugar entre los años 1980 y 1985. No existían todavía los controles electrónicos ni los listados informatizados. Todo era unplugged artesanal, verdaderamente artístico.
Y –no me pregunten cómo, no tengo explicación– luego de entrar a la inminente escena del crimen y de seleccionar a mi inmediata víctima, yo sentía casi físicamente cómo era envuelto por una suerte de aura o de halo que me volvía invisible para los empleados de la librería. Algo fuera de este mundo que me capacitaba para hacer lo que quisiera, para llevarme lo que más deseaba. No importaba el tamaño del libro o su valor. Ese libro estaba allí para ser mío, para ser raptado por el más amoroso de los captores, para salir de allí y entrar a mi habitación. Para que sólo lo tocaran mis manos.
En algún momento –por acto reflejo o mecanismo de defensa, uno tiende a reglamentar a los milagros con la esperanza de así poder convocarlos a voluntad– me dije que yo era un elegido, sí, pero que no debía malgastar o degradar mi don robando libros que no me fueran a servir o que no me resultaran indispensables para convertirme en el escritor que yo quería ser.
Y, por supuesto, enseguida me dije a mí mismo que todo libro me era indispensable y, por lo tanto, digno del honor de ser robado.



CINCO Así, fui acumulando hazañas que hoy recuerdo con la melancolía y admiración que se dedica a ciertas estampas y postales de nuestra juventud.
Así, robé a la vista de todos un voluminoso hardcover de la biografía de James Joyce firmada por Richard Ellmann.
Y así, una mañana perfecta de invierno, desafié a quien por entonces era un buen amigo y rival, a otro consumado ladrón de libros, al reto definitivo.
El y yo nos situamos en uno de los extremos de la Avenida Corrientes de Buenos Aires, famosa por la cantidad de librerías que albergaba y que, creo, escribo esto tan lejos de allí, sigue albergando. Y nos propusimos –cada uno de nosotros situados en una de las márgenes de la avenida, escogida previamente luego de arrojar una moneda al aire– robar los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En orden de publicación.
Debo decir que yo lo conseguí y él no y que nuestra amistad nunca volvió a ser la misma.


SEIS Con el tiempo, claro, fui desarrollando ciertas técnicas más sofisticadas que el simple y físico ocultamiento bajo el abrigo. La que mejor resultado me dio era la de escoger el libro a robar, irme a un rincón poco frecuentado de la librería, dedicármelo a mí mismo y luego acercarme a cualquiera de los empleados, mostrarle el libro que alguien me había “regalado”, preguntarles si tenían otro ejemplar, averiguar el precio, suspirar un “Es muy caro; mejor le presto el mío” y salir de allí con mi copia de las Collected Stories de Francis Scott Fitzgerald (la categoría Collected o Complete es tan robable) súbitamente legalizado y de mi propiedad. A veces, cuando el libro a robar era de un autor próximo y vivo, yo no dudaba en autodedicármelo con palabras emocionadas y agradecidas.


SIETE Y, por supuesto, hubo más de una ocasión en que algo salía mal, en que la protección del escudo dorado se desvanecía a último momento y uno se veía obligado a correr, calle abajo, perseguido por algún librero.
Recuerdo que yo huía con La naranja mecánica en el bolsillo interior de mi chaqueta, y doblé una esquina, y arrojé un billete sobre un mostrador, y entré a un cine donde se proyectaba Los cazadores del arca perdida.
Ya la había visto varias veces, me la sabía de memoria, ya había comenzado esa sesión; pero había algo justiciero y poético en la idea de que un consumado ladrón de tesoros arqueológicos diera refugio a un joven ladrón de libros, pensé entonces, pienso ahora.


OCHO Ahora, en perspectiva, nada me cuesta considerar a ese episodio Burgess/Spielberg como el principio del fin.
Continué robando libros por un tiempo. Pero ya no experimentaba el mismo placer de antes. Me sentía más inseguro. Sin ganas.
Al poco tiempo publiqué mi primera colección de cuentos y así llegó ese momento epifánico en el que –en una feria del libro, en uno de esos virtuales estadios olímpicos para ladrones de libros– contemplé cómo un joven robaba uno de mis libros y, después, me lo ofrecía para que se lo dedicara. “Para X, quien me ha regalado la inmensa felicidad de ver cómo se robaba para leer el libro que yo escribí”, puse en la primera página.
El joven leyó la dedicatoria y me sonrió con una mezcla de orgullo y vergüenza. Más orgullo que vergüenza.
Supe entonces que yo ya había pasado, sin pasaje de vuelta, al otro lado del asunto. Y que –como el drugo Alex al final de La naranja mecánica– yo, completa, desgraciada e irreversiblemente, “estaba curado”.

Thomas Bernhard / Los maestros antiguos





[…]
"Si contemplamos un cuadro bastante tiempo, aunque sea el más serio, tenemos que caricaturizarlo, dijo, para soportarlo, y así tenemos también que convertir a nuestros padres en caricaturas, a nuestros superiores, si los tenemos, en caricaturas, al mundo entero en caricatura, dijo. Mire usted bastante tiempo un autorretrato de Rembrandt, cualquiera, y se le convertirá a la larga, con toda seguridad, en caricatura, y se apartará de él. Mire usted bastante tiempo el rostro de su padre, y se le convertirá en caricatura y se apartará de él. Lea a Kant con insistencia y con más insistencia aún y de pronto le dará un ataque de risa, dijo. Al fin y al cabo, todo original es ya en realidad, en sí, una falsificación, dijo, ya comprende lo que quiero decir. Naturalmente, hay fenómenos en el mundo, en la naturaleza, como usted quiera, que no podemos ridiculizar, pero en el arte se puede ridiculizar todo, todo hombre puede ser ridiculizado y convertido en caricatura si queremos, si lo necesitamos, dijo. Eso, si estamos en condiciones de ridiculizar, no siempre estamos en condiciones, y entonces se nos lleva la desesperación y luego el diablo, dijo.


Da igual qué obra de arte, puede ser ridiculizada, dijo, que se le presenta a uno como grande y, en un instante, uno la ridiculiza, lo mismo que también a un ser humano, al que hay que ridiculizar porque no se puede hacer otra cosa. Pero la mayoría de los seres humanos son realmente ridículos, dijo Reger, y uno se ahorra el ridiculizarlos y la caricatura. La mayoría de los seres humanos, sin embargo, son incapaces de caricaturizar, lo contemplan todo hasta el final con una terrible seriedad, dijo, y no se les ocurre la idea de hacer una caricatura, dijo."

José Saramago / La puta que los parió...


"A mí me parece bien. Que se privatice Machu Picchu, que se privatice Chan Chan, que se privatice la Capilla Sixtina, que se privatice el Partenón, que se privatice Nuno Gonçalves, que se privatice el Descendimiento de la cruz de Antonio de Crestalcore, que se privatice el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, que se privatice la Cordillera de los Andes, que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y finalmente, para florón y remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo... Y, metidos en esto, que se privatice también la puta que los parió a todos".

José Saramago

lunes, 19 de julio de 2010

William Turner / ¿Hacia dónde?


* Acaso el ojo sea lo que enciende el universo. ¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?

William Turner

William Turner


* Mis ojos no ven claramente. La bruma se posa en este puerto y no zarpa. Llevo horas de tinieblas y soledad. La distancia no me ofrece nada. La luz no me pertenece.


* El peso de la luz sobre los objetos contiene al mundo. Se trata de un poderoso faro alejado de todas las costas a las que arribamos.


* Los elementos viajan en sí mismos. Voy tras ellos. No hay quietud posible. Los reflejos pertenecen a una categoría inanimada. No permitiré que me distraigan en este amanecer.


William Turner

William Turner


* Una mujer rubia refleja con estridencia el amarillo, que es el color de la distancia y de la jaqueca. La migraña se asemeja demasiado al cabello de la dama que acaba de sentarse a la mesa contigua que ocupo en el café Florián, que ocupo desde hace mucho. Me alejo sin quererlo.

* El dolor en uno de mis pies (el izquierdo), por ejemplo, tiene atribuciones del verde, pero en un registro bajo, muy bajo, como el grosero verdín, ya pasado, que se encarama en las grietas. Trabajo sobre ese color intensamente durante semanas buscando experimentalmente variarlo en su composición, no hacia el ocre (que bien está como trastorno digestivo) sino hacia la primera gracia que muestra el rosa opaco.

* Los colores están detrás de otros colores. Tras ellos, los colores verdaderos toman distancias. Todo brilla detrás de otra imagen que no alcanzamos a ver jamás.

William Turner

William Turner


El fuego conversa con las aguas más pobres. Una llama es un desvío.
William Turner

William Turner / Cuaderno de notas


(Fragmentos de su Cuaderno)

* Venecia es una ciudad amenazada por el sortilegio de las aguas; quizás algún día se la trague el mar como a una piedra y todos nosotros (los que verdaderamente la hemos comprendido) bajemos a recorrerla conteniendo el aire en los pulmones.

* La luna no me pertenece, tenemos un contrato. Cada cual se retira si no hay nada.

* Detrás de las grises nubes veo fuego. Por la noche el fuego llegará a la triste ciudad y su agua no podrá con él. El cielo depositará antorchas sobre los canales y explotará la furia.

* He navegado con la triste góndola por la tarde. El silencio de los canales anunciaba algo feroz.


* La marcha de mi barca cedía su paso al crepúsculo. El gondolero no bajaba la vista y apenas movía su cabeza para saludar. El remo golpeaba el agua espesa. Un furioso relámpago cayó tras la cúpula de Santa María de la Salud. Sentí que algo terrible ocurriría. En mi alma ya se había desatado la tormenta que más tarde azotaría a la Serenissima.

* Sólo lo que vemos anuncia el esplendor. La luz es más poderosa que la fatiga y el terror. Esperad con júbilo la ráfaga y el destello del cielo. Son ellos el pulso que animará vuestra alma. ¡Confiad en el relámpago!


Willian Turner

William Turner / Desencantos


(Goya)


Deterioro del cuerpo: perdida progresivas de la vista, dolor en uno de los pies, dificultad para mantener el tronco erguido, inadecuado comportamiento donde haya más de tres personas, baja tolerancia a los condimentos, irritación de la cadena sanguínea, palpitaciones, erupciones exquisitas en la frente, en los talones y en los dedos de los pies, problemas digestivos, insomnio. A cada uno de estos desencantos le he atribuido un color.
William Turner

William Turner / En la barbería





Ayer fui a la barbería que está cercana al Ponte delle Tette camino a la iglesia de San Cassiano. El babero es un hombre con una enorme nariz enfermiza (los veintiséis bocetos serán clasificados y rotulados como "estudios sobre una rinofima"). Hubiera querido tratar esa protuberancia de cerca, si fuera posible con lentes de fuerte aumento. En el descanso, sobre el pequeño hueco que antecede a la curva exponente de pulpa carnosa, un extraordinario ramillete de pequeñas venas violáceas sobresalía; un espectáculo que la propia enfermedad brindaba como testimonio de su estrago. La belleza de ese racimo era atroz y conmovedora. Había visto algo semejante en los hongos que proliferan en los maderos del muelle; y así como en aquella oportunidad volví con una espátula a los muelles para llevarme el acontecimiento a mi taller, habría querido esta vez arrancarle al barbero ese tesoro de su nariz para llevármelo y tratarlo, hasta obtener la aprobación de Reynolds.
William Turner

William Turner



En un tabique de mi recama han anidado unos minúsculos insectos de cabeza grisácea. En un principio pensé que se trataba de ciertas hormigas que ya había visto en los interiores de la Dogana. Limpié con brea la zona, instalé nuevamente la madera sobre el hueco. De noche, el ruido producido por sus desplazamientos me ha resultado conmovedor. Se advierte que arrastran elementos de un lado a otro, como si el propósito fuera refundar ciudades o llevar de aquí para allá una magnitud de materia deplorable. El depósito de esas construcciones deja un polvillo cetrino por encima de los zócalos.
Cuando en 1840 pinté la Vista de la Dogana: San Giorgio Maggiore, utilicé el polvillo como material de la acuarela; la textura más clara se evidencia en la cúpula del campanario.
William Turner

William Turner


No les daré lo que esperan de mí. Destruyan mis dibujos. Arrojen al mar mis apuntes. Olviden mis pinturas. Partiré hacia donde no me esperen. Viajaré sujeto a la misma tempestad que azota mi alma. Nada detendrá mi anhelo de respirar el aliento de Dios (*).
William Turner

(*) Posible alusión al famoso viaje atado al mástil de un barco durante una tempestad protagonizado por Turner.

Juan Carlos Onetti / si querés...


Bajo la dictadura uruguaya, Onetti, sí había sufrido una persecución política, pero gris, absurda y casi cómica: lo habían detenido por formar parte del jurado de un concurso de cuentos; el cuento ganador hacía veladas referencias a la posible homosexualidad de un miembro de la Junta Militar.


Durante los interrogatorios, un oficial inquisidor le preguntó:
- ¿Y usted qué tendencia política tiene?
-
Ninguna, respondió Onetti.
- ¿Pero por quién votó?
- Por nadie.
- ¿Pero por quién habría votado?
- Nunca he votado.
- ¡Ah! ¡Un anarquista!
Más aburrido que asustado, Onetti respondió:
- Y…ponele anarquista si querés. ¿Puedo fumar?

Miguel Hernández / Los hombres viejos


Los hombres viejos

I
Nacen puestos de gafas, y una piel de levita,
y una perilla obscena de culo de bellota,
y calvos, y caducos. Y nunca se les quita
la joroba que dentro del alma les explota.

Pedos con barbacana, ceremoniosos pedos,
de su senil niñez de polvo enlevitado,
pasan a la edad plena con polvo entre los dedos,
sonando a sepultura y oliendo a antepasado.

Parecen candeleros infelices, escobas
desplumadas, retiesas, con toga, con bonete:
una congregación de gallardas jorobas
con callos y verrugas al borde del retrete.

Con callos y verrugas, y coles y misales,
la dignidad del asno se rebela en la enjalma,
mirando estos cochinos tan espirituales
con callos y verrugas en la extensión del alma.

Alma verrugicida, callicida la vuestra.
Habéis nacido tiesos como los monigotes,
y vivís de puntillas, levantando la diestra
para cornamentar la voz y los bigotes.

Saludáis con el ano, no arrugáis nunca el traje,
disimuláis los cuernos con laureles de lata.
No paráis en la tierra, siempre vais de viaje
por un país de luna maquinal, mentecata.

Nacéis inventariados, morís previa promesa
de que seréis cubiertos de estatuas y coronas.
Vais como procesados por el sol, que procesa
aquello que señala delito en las personas.

Os alimenta el aire sangriento de un juzgado,
de un presidio siniestro de abogados y jueces.
Y concedéis los pedos por audiencia de un lado,
mientras del otro lado jodéis, meáis a veces.

Herís, crucificáis con ojos compasivos,
cadáveres de todas las horas y los días:
autos de poca fe, pasto de los archivos,
habláis desde los púlpitos de muchas tonterías.

Nunca tenga que ver yo con estos doctores,
estas enciclopedias ahumadas, aplastantes.
Nunca de estos filósofos me ataquen los humores,
porque sus agudezas me resultan laxantes.

Porque se ponen huecos igual que las gallinas
para eructar sandeces creyéndose profundos:
porque para pensar entran en las letrinas,
en abismos rellenos de folios moribundos.

Sentenciosas tinajas vacías, pero hinchadas,
se repliegan sus frentes igual que acordeones,
y ascienden y descienden, tortugas preocupadas,
y el corazón les late por no sé qué rincones.

No se han hecho para estos boñigos los barbechos,
no se han hecho para estos gusanos las manzanas.
Sólo hay chocolateras y sillones deshechos
para estas incoherencias reumáticas y canas.

Retretes de elegancia, cagan correctamente:
hijos de puta ansiosos de politiquerías,
publicidad y bombo, se corrigen la frente
y preparan el gesto de las fotografías.

Temblad, hijos de puta, por vuestra puta suerte,
que unos soldados de alma patética deciden:
ellos son los que tratan la verdadera muerte,
ellos la verdadera, la ruda vida piden.

La vida es otra cosa, sucios señores míos,
más clara, menos turbia de folios, de oficinas.
Nadan radiantemente sus cuerpos en los ríos
y no usan esa cara de múltiples esquinas.

Nunca fuisteis muchachos, y queréis que persista
un mundo aparatoso de cartón estirado,
por donde el cartón vaya paticojo y turista,
rey entre maniquíes de pulso congelado.

Venís de la Edad Media donde no habéis nacido,
porque no sois del tiempo presente ni el ausente.
Os mata una verdad en el caduco nido:
la que impone la vida del siempre adolescente.

Yo soy viejo: tan viejo, que el primer hombre late
dentro de mis vividos y veintisiete años,
porque combato al tiempo y el tiempo me combate.
A vosotros, vencidos, os trata como a extraños.

II

Trapos, calcomanías, defunciones, objetos,
muladares de todo, tinajas, oquedades,
lápidas, catafalcos, legajos, mamotretos,
inscripciones, sudarios, menudencias, ruindades.

Polvo, palabrería, carcoma y escritura,
cornisas; orinales que quieren ser severos,
y se llevan la barba de goma a la cintura,
y duermen rodeados de siglos y sombreros.

Vilmente descosidos, pálidos de avaricia,
lo que más les preocupa de todo es el bolsillo.
Gotosos, desastrosos, malvados, la injusticia
se viste de acta en ellos con papel amarillo.

Los veréis adheridos a varios ministerios,
a varias oficinas por el ocio amuebladas.
Con el sexo en la boca canosa, van muy serios,
trucosos, maniobreros, persiguiendo embajadas.

Los veréis sumergidos entre trastos y coños
internacionalmente pagados, conocidos:
pasear por Ginebra los cojones bisoños

con cara de inventores mortalmente aburridos.

Son los que recomiendan y los recomendados.
La recomendación es un procedimiento.
Por recomendación agonizan sentados
donde la muerte cómoda pone su ayuntamiento.

Cuando van a acostarse, se quitan la careta,
el disfraz cotidiano, la diaria postura.
Ante su sordidez se nubla la peseta,
se agota en su paciencia la estatua más segura.

A veces de la mala digestión de estos cuervos
que quieren imponernos su vejez, su idioma,
que quieren que seamos lenguas esclava, siervos,
dependen muchas vidas con signo de paloma.

A veces son marquesas íntimas de ambiciones,
insaciables de joyas, relumbronas de trato:
fracasadas de título, caballares de acciones,
relinchan por llevar el mundo en el zapato.

Putonas de importancia, miden bien la sonrisa
con la categoría que quien las trata encierra:
políticas jetudas, desgastan la camisa
jodiendo mientras hablan del drama de la guerra.

Se cae de viejo el mundo con tal matalotaje.
hijos de la rutina bisoja y contrahecha,
valoran a los hombres por el precio del traje,
cagan, y donde cagan colocan una fecha.

Van del hotel al banco, del hotel al paseo
con una cornamenta notable de aire insulso.
Es humillar al prójimo su más noble deseo
y el esfuerzo mayor lo hacen meando a pulso.

Hemos de destrozaros en vuestras legaciones,
en vuestros escenarios, en vuestras diplomacias.
Con ametralladoras cálidas y canciones
os ametrallaremos, prehistóricas desgracias.

Porque, sabed: llevamos mucha verdad metida
dentro del corazón, sangrando por la boca:
y os vencerá la férrea juventud de la vida,
pues para tanta fuerza tanta maldad es poca.

La juventud, motores, ímpetus a raudales,
contra vosotros, viejos exhombres, plena llueve:
mueve unánimemente sus músculos frutales,
sus máquinas de abril contra vosotros mueve.

Viejos exhombres viejos: ni viejos tan siquiera.
La vejez es un don que cederá mi frente,
y a vuestro lado es joven como la primavera.
Sois la decrepitud andante y maloliente.

Sois mis enemiguitos: los del mundo que siento
rodar sobre mi pecho más claro cada día.
Y con un soplo sólo de mi caliente aliento,
con este solo soplo dicté vuestra agonía.

Miguel Hernández

viernes, 16 de julio de 2010

Juan Yanes / El gobierno de las tripas






Reservado el derecho de admisión. Dos tercios de la humanidad no está invitado al banquete.
Gastronomía de ficción. Como somos androides literarios soñamos con chuletas de cordero eléctricas.
Gran reserva. La gente muy reservada se lo toma con gran reserva.
Software. Yo he probado el software y está durísimo.
Eructo. Decía que tenía el píloro canoro.
Colesterol. Hace siglos que no me como un rosco, por lo del colesterol.
Aceite virgen. El aceite de oliva virgen extra, me perturba.
No tengo ni idea. Dicen que la cocina de Ferrán Adriá es bastante pequeño burguesa.

Cuestión de método. La quintaesencia se obtiene estrujando la esencia cinco veces.
La Bisbal. Comimos en “Cal Pudrit”, pero ¿qué comimos realmente?
La orgía perpetua. Heliogábalo sirvió una cena condimentada con 1.500 lenguas de flamenco rosa.
Cocinilla. Llámase así al lector de libros de recetas y a esos que dicen, ”hoy hago yo la comida”. También al lector de recetas de termomix, previa realización de un máster ad hoc.
Cuaderno de campo. Tengo un libro de notas en su tinta.
Trabalenguas cacofónico soez. En el ergástulo hay un homúnculo másculo que con su dídimo abrió el opérculo y se tomó la pócima con el póculo.
Raritos. Conocí a uno que se alimentaba de entropía.
Antes. Antes iba mi abuela al monte a coger leña para hacer de comer. Si te trincaban, te metían preso.

Tan pobre y mísero estaba. Desayunaba media epanadiplosis y un café con leche, en realidad no desayunaba.
Oxímoron gastronómico. El dipsómano abstemio, el carnívoro vegetariano, el anoréxico bulímico, el obeso leptosomático.
Dieta. He bajado de peso (mental).
Nueva cocina. Exquisita, pero escasita (eso dice siempre un amigo mío).
Sumillier. Me preguntó el mancebo del laboratorio de análisis, si yo era el sumiller del Conde Drácula.
Gastronomía de derechas. La más rancia tradición del cerdo ibérico.
Gastronomía para intelectuales. Coma pensamiento blando, es laxante.
Gastronomía democrática. Café para todos.

Frugalidad vaticana. En el refectorio, el boccato di cardinale está totalmente prohibido.
Gastronomía de izquierdas. Como el gusto es una construcción social de clase, hay que comer poco, rápido, barato y mal.
Gastronomía socialdemócrata. Agrupémonos todos y todas entorno a la nueva cocina de diseño.
Equilibrio gastronómico. Tengo el colesterol por las nubes y los triglicéridos haciendo la revolución permanente por su cuenta. Pero equilibrado sí estoy.
Gastronomía monárquica. ¡Viva la restauración pura y dura!
Vegetarianismo. El vegetarianismo es el monoteísmo de la lechuga.
Artistas invitados. Gargantúa y Pantagruel, Don Carnal y Doña Cuaresma.
Gastronomía en tiempos de crisis. Hoy comimos sillas en escabeche… y tan contentos.

Melones. El melón es anfibológico, pero él no tiene la culpa. También lo son la pera, la breva, los limones, la papaya y un largo etcétera, pero hay que insistir en su inocencia.
Comida basura. La comida basura como su propio nombre indica es caca.
Gastronomía cinematográfica. El festín de Babette, abre el apetito. La grande bouffe, lo quita.
Yogur. ¡Viva la gente gorda! dijo un yogur anarquista.
Cambio histórico.- Don Quijote hecho una bola de grasa y Sancho Pánza flaco como un pírgano. Aquí va a pasar algo gordo.



Juan Yanes

(http://eloscuroborde.wordpress.com/ Es la muy recomendable dirección del blog de Juan Yanes. En él encontrarás fotografías, microrrelatos y microensayos; todo ello realizado con mucho esmero, algo de guasa y su pizquita de mala leche.)