viernes, 31 de diciembre de 2010

Con mis mejores deseos...


Cuando truena el cielo
(¡qué bonito está
para la blasfemia!)
y hay humo en el mar…


Antonio Machado

Javier Tomeo



PROBLEMAS DE IDENTIDAD

-Puede que no se tome en serio lo que voy a decirle, pero yo soy Polifemo –me dijo aquel hombrecito, sentándose a mi lado.
No hacía sol y estaba a punto de llover, pero llevaba puestas unas enormes gafas de cristal negro que le ocultaban los ojos y casi la mitad de la frente.
Le dije que me parecía bien y no hice más comentarios. Cada uno puede pensar de sí mismo lo que quiera.
El hombrecito continuó diciéndome que su único ojo le permitía ver cosas que otros hombres no somos capaces de ver. No quise saber qué cosas eran ésas, pero le pregunté cómo se llamaba su padre.
-Poseidón –me contestó-. Y a mis hermanos les llaman cíclopes. En otros tiempos fuimos una familia de herreros al servicio de Hefesto y el ruido de nuestras fraguas y fuelles podía oírse en todos los volcanes de esta isla.
Le dije que no estábamos en una isla, sino en una península unida al continente por el istmo de K.
El hombrecito estuvo un rato sin decir nada. Seguramente no era la primera vez que le hablaban del istmo de K.
-En ese caso, si esto no es una isla –susurró después-, tienen razón quienes aseguran que tampoco yo soy Polifemo.
Pensé que aquí acababa la broma, pero el hombrecito se quitó las gafas y me señaló su único ojo, en mitad de la frente.
-Dígame entonces quién soy –me pidió-. Dígame por que no veo las mismas cosas que ven los otros hombres.
No supe qué decirle. El hombre volvió a ponerse las gafas y se alejó en busca de otro solitario, seguramente para repetirle la misma historia.

Javier Tomeo (Los nuevos inquisidores)

Logogrifo


Logogrifo. Enigma que consiste en hacer diversas combinaciones con las letras de una palabra, de modo que resulten otras cuyo significado, además del de la voz principal, se propone con alguna oscuridad.

José Martí


“Entre los colores y los sonidos hay una gran relación, el cornetín de pistón produce sonidos amarillos; la flauta suele tener sonidos azules y anaranjados; el fagot y el violín dan sonidos de color castaña y azul prusia, y el silencio, que es la ausencia de sonidos, el color negro. El blanco lo produce el oboe.”
José Martí

jueves, 30 de diciembre de 2010

Jaime Gil de Biedma


El arquitrabe


Andamios para las ideas


Uno vive entre gentes pomposas. Hay quien habla
del arquitrabe y sus problemas
lo mismo que si fuera primo suyo
-muy cercano, además.

Pues bien, parece ser que el arquitrabe
está en peligro grave. Nadie sabe
muy bien por qué es así, pero lo dicen.
Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.

Hay quien habla, también, del enemigo:
inaprensibles seres
están en todas partes, se insinúan
igual que el polvo en las habitaciones.

Y hay quien levanta andamios
para que no se caiga: gente atenta.
(Curioso, que en inglés scaffold signifique
a la vez andamio y cadalso.)

Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero cómo se atreve?

¡El arquitrabe…!

Jaime Gil de Biedma

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Charles Bukowski


una de las tías más buenas.


llevaba una peluca rubia platino
y la cara con colorete y empolvada
y el carmín que se ponía
le hacía una enorme boca pintada
y tenía arrugas en el cuello
pero conservaba el culo de una muchacha
y las piernas estaban bien.
llevaba bragas azules y se las quité
le subí el vestido y, con la tele parpadeando,
se lo hice de pie.
mientras forcejeábamos por la habitación
(me estoy follando una tumba, pensé, estoy
resucitando a los muertos, maravilloso
tan maravilloso
como comer aceitunas frías a las 3 a.m.
mientras arde media ciudad)
me corrí.

chavales, podéis quedaros con vuestras vírgenes
a mí dadme las viejas tías buenas con tacones altos
con culos que olvidaron envejecer.

por supuesto, después te marchas
o te pones muy borracho
que es lo
mismo.

pasamos horas bebiendo vino y viendo la tele
y cuando nos fuimos a la cama
a dormirla
se dejó la dentadura puesta toda
la noche.

Charles Bukowski

Francisco Casavella


EL TRIUNFO

Todo se adelantaba hacia la angustia
huido de sí mismo por el roce
oscuro del feroz presentimiento.
DIONISIO RIDRUEJO


Una carretera sin asfaltar, cubierta en otoño y en invierno por una perpetua neblina. Un estrecho sendero de pendiente acusada se distrae de ese fondo borroso y dibuja un signo de interrogación hasta un grupo de casas. Veo también un prado, árboles frutales y viejos castaños en los cruces de caminos. Es el paisaje al que regreso en mis noches más tranquilas.Teníamos tres vacas. Las vacas se turnaban en arrastrar, indolentes, un carro de pesadas ruedas con llanta de metal que chirriaba lastimosamente al rodar sobre los salientes de granito de los caminos. La carga (estiércol unas veces, otras hierba seca, otras tallos maduros de maíz) temblaba en aquellos obstáculos; los mosquitos abandonaban su refugio entre la vegetación y se arremolinaban en el aire, nerviosos y alerta, en espera del momento propicio para volver a sus asuntos.Al atardecer, mi padre y las vacas volvían a casa. Mi padre las desenganchaba del carro y les ataba una cuerda alrededor del cuello. Luego me extendía la cuerda. Una de mis tareas era llevar las vacas hasta el abrevadero que, en un primer recuerdo, muy vago, imagino ver construyendo pacientemente a mi padre, mientras mi madre, sosteniéndome en los brazos, le mira y aprueba con la cabeza.

Cuando llevaba las vacas hacia el abrevadero, una de mis preocupaciones era que no hiciesen nada a los patos que acostumbraban a nadar allí.Los patos eran otra responsabilidad: tenía que darles de comer, tenía que encerrarlos cada noche en un pequeño corral adosado a uno de los lados de la casa, debía vigilar que nunca faltase ninguno. Un día de verano, mi padre vino de una feria con queso, un cerdo y una caja de cartón agujereada que me entregó con gesto casi severo. Dentro de la caja, unas bolitas amarillas piaban y repicaban suavemente en el fondo. Mi padre le dijo a mi madre: son pollos de Severino, me dijo que se los diera al chico.Eran muchas novedades en una semana. Unos días antes, una camada de patitos acababa de romper el cascarón y, muy pronto, iban a dedicarse a perseguir a su madre por los alrededores de la casa. Yo tenía que vigilar que no les pasase nada. Para aho­rrarme problemas, decidí colocar a los pollos junto a los patos y observé que aquellos se dedicaban a imitar el comportamiento de los que, en una historia más fe­liz, hubieran podido llamarse sus hermanos adoptivos. Allí donde iban los patos, iban los pollos, como un ejército saltarín, amarillo y gris, torpe y juguetón.

Día a día se hacían mayores, aunque yo, en mi impaciencia, no lo notase, anhelando que en cualquier momento realizasen un gesto definitivo que pudiera descifrarse como un signo de crecimiento.Mi padre me dijo un día: pon un tablón en el abrevadero, para que puedan subir y así conozcan el agua.Hice lo que mi padre me había aconsejado y me empeñé en que la madre de los patos subiera por allí y los patitos fueran detrás suyo y detrás de éstos los pollos adoptados. La pata se iba negando hasta que un día creyó llegado el momento y subió por el tablón. Detrás suyo iba todo el regimiento. Mientras la pata nadaba con los patos mayores, los pequeños, sobre las piedras del abrevadero, bebían e intentaban imitar a la madre y se alzaban en un torpe y asustado revoloteo. A mí me llamaron a comer.Después de comer, tuve que llevar un recado ur­gente a una casa vecina. Había niños de mi edad que jugaban al escondite mientras los mayores se echaban la siesta. Jugué al escondite y me oculté tras árboles frutales, tras las piedras que separaban los sembrados, en el hueco de un castaño centenario. Escondido, me vino a la memoria la imagen de los patitos y los pollos sacudiéndose el agua y las imperceptibles gotas pro­duciendo destellos bajo el sol. Decidí volver.En el abrevadero, los patos nadaban trazando un recorrido idéntico, que dibujaba una línea en el agua similar a la que deja el arado en la tierra; los pequeños patos podían imitar este movimiento casi a la perfección. Las cabezas de los pollos flotaban en el agua con los ojos abiertos mirando hacia el sol y cuando un pato pasaba sobre una de ellas, la cabeza se hundía y, tras unos segundos interminables, volvía a asomar a la su­perficie. Sentado sobre el muro del abrevadero, les iba tirando pequeñas piedras a los patos mientras las lágrimas caían silenciosamente de mis ojos al agua.Seguí llorando toda la tarde, seguía llorando cuando llegó la hora de encerrar a los patos en el pequeño corral y las cabezas de los pollos se quedaron flotando en el agua turbia. No me atreví a sacarlos de allí y no me atreví a decírselo a mi padre, que ha­blaba nervioso en la cocina de casa con unos vecinos que habían llegado al anochecer.

Al día siguiente, llegaron unos hombres con camisas azules. Bebieron unos vasos de vino y luego le dijeron a mi padre que fuera a buscar sus cosas. Mi madre les preguntaba: ¿Pero ustedes creen que habrá guerra?, y ellos sonreían y negaban con la cabeza.Al final del verano, o quizá entrado el otoño, también se nos llevaron a mi madre y a mí y durante unos años lo estuve pasando mal. Pero esto no sirve de ex­cusa para que ya entonces no aprendiera, de una vez para siempre, que los patos son patos y los pollos son pollos.


FRANCISCO CASAVELLA


Fuente: palabrasmaldichas

En estas entrañables fechas.../ ELOTRO


En estas entrañables fechas,
déjense de razones,
déjense de culpables,
déjense de víctimas.
Déjense.

ELOTRO

martes, 28 de diciembre de 2010

Natalia Litvinova


CANCIÓN IMPROPIA

a C.V.

Apagué el aguacero.
Reviví al hermano.
Tapé París con la mano,
-es tan pequeña-
Jugué a las escondidas
con la vida. De luz
teñí las sombras.
Dejé a los niños
sin guerra.
Descuidé a España.
Y no murió Vallejo.

Natalia Litvinova


Del blog de la autora: “En la frente besar – memoria borrar. Beso la frente”.

Wislawa Szymborska


VERMEER

Mientas esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del Mundo.



WISLAWA SZYMBORSKA

"Poquito norit" / ELOTRO


La apología de la felicidad
debería estar penada con treinta años
de privación de risas enlatadas.
Quid pro quo.

ELOTRO

lunes, 27 de diciembre de 2010

Luis Cernuda


COMO LEVE SONIDO

Como leve sonido:
Hoja que roza un vidrio.
Agua que pasa unas guijas,
Lluvia que besa una frente juvenil;

Como rápida caricia:
Pie desnudo sobre el camino,
Dedos que ensayan el primer amor,
Sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;

Como fugaz deseo:
Seda brillante en la luz,
Esbelto adolescente entrevisto,
Lágrimas por ser más que un hombre;

Como esta vida que no es mía
Y sin embargo es la mía,
Como este afán sin nombre
Que no me pertenece y sin embargo soy yo;

Como todo aquello que de cerca o de lejos
Me roza, me besa, me hiere,
Tu presencia está conmigo fuera y dentro,
Es mi vida misma y no es mi vida,
Así como una hoja y otra hoja
Son la apariencia, del viento que las lleva.

Luis Cernuda (Los placeres prohibidos)

John Cheever







“REUNIÓN”




La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.


Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.


—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.


Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.
—¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
—Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.



—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.


John Cheever

Fuente: El ladrón de Shady Hill

domingo, 26 de diciembre de 2010

Oscar Domínguez




Sin miedo, llamo con los nudillos a la puerta del taller de Oscar Domínguez. Ya por la mañana, temprano, había oído por teléfono su voz oscura:-Ven cuando quieras.
Domínguez, “el último surrealista”, como le llaman sus amigos de Montparnasse, abre la puerta.-Pasa, siéntate, ¿Fumas? ¿Quieres preguntarme algo?
-Si, algunas tonterías. Así, improvisadas, a veces dan resultado.
-Pregunta lo que quieras.
-No sé. Dime qué quisieras ser, qué quisieras hacer, qué quisieras tener.-Mujer, si lo que yo quiero es morirme. ¿No ves lo triste que es para un pintor –dice señalando una de sus pinturas- ese esfuerzo que nadie ve, que a nadie interesa? Y si se pinta en serio, es a vida o muerte: como un buen torero ante su toro. Después, sólo quedan los colores, la composición, esas cosas…
-¿Dices que a nadie interesa?-¿No ves lo que ocurre con el Guernica, de Picasso, que sólo gusta a los intelectuales? A la masa, al pueblo, aunque es su tragedia, no les emociona. El sentimiento no es un arma revolucionaria, mejor es una ordenación. El cartel quizá sí lo sea, porque es como un grito. Entra por los ojos.
-¿Sientes alguna vez “morriña” por tu Canarias? Debe de ser bonita.Nuestra conversación queda cortada por un rin-rin del teléfono que tiene Domínguez sobre la mesa.
Mientras Domínguez habla por teléfono, veo algunos de los dibujos y de las pinturas que tiene en el taller. Sus palabras –“los colores, la composición, esas cosas”…- cobran un profundo significado. Veo al Domínguez desesperado, al Domínguez gracioso y contento, bebiendo y abstemio, cuerdo y loco. Siempre tan buen pintor, siempre buen amigo de todos.
Recuerdo “los bailes de escándalo” de final de curso, los bailes de artistas, a los que Domínguez asistía disfrazado de escocés, de salvaje, con una faldita de rafia. Era la época del estraperlo y de los cafés de Montparnasse abarrotados de un público heterogéneo, en el que los menos eran los artistas. Y, recién terminada la guerra, la intervención de Oscar Domínguez en el ensayo de pintura mural colectiva realizado en la Sala de Sade del “Centre Psychiatrique de Sainte-Anne” para suplir el fresco pintado por Frédéric Delanglade y destruido por los alemanes.



-Algunas noches – cuenta Domínguez-, al salir yo de trabajar en el mural, me paraba uno de los locos ya curados que servían la comida a los médicos y a los artistas. Y siempre me decía: “Estos artistas están locos, locos de atar”.

Recuerdo también una despedida de artistas españoles que iban a Checoslovaquia. Era un amanecer muy frío. Las mujeres de los artistas extendían los brazos hacia las ventanillas del autobús que los llevaba al aeródromo; algunas lloraban. Cuando dieron el aviso de salida, Domínguez asomó la cabeza, tocada con un turbante y un pasamontañas, y dijo: “Pobrecitas, no lloreís: vamos a repoblar Checoslovaquia.”
Rompiendo evocaciones, le pregunto:
¿Qué te parece el grupo de “Tachistes”?
-Eso ya se hacía hace mucho tiempo. Se aprovechaban las manchas de las paredes, se componían figuras, se hacían composiciones con las masas. La pintura siempre ha sido manchas, cuestión de manchas; pero hay que saberlas poner, y si no, que se lo pregunten a Velázquez.
- ¿Y la pintura abstracta?
-Eso se está acabando. Tubo su auge, claro, pero ya no se aguanta. Ahora trafican con eso.
- ¿Cuál será la nueva tendencia?- Muy pronto se volverá al Renacimiento.
El teléfono suena de nuevo.



Me acerco a la ventana. La luz entra por igual, es serena, todo está ordenado. Antes tuvo Domínguez otro taller en esta misma casa. Era la época de sus fantasmas de ropa tendida, La máquina de coser, La locomotora y el frutero, El carrito de flores, Niñas saltando a la comba… Una época que ya acusaba la decadencia del Montparnasse de antes de la guerra del 40, en que ya se animaban los cafés de Saint Germain des Prés. Un existencialismo mal interpretado exigía ir mal vestido, sin lavarse y sin peinarse. Los turistas llegaban con los traveller cheques limitados y preferían un bocadillo y un café entre gentes “disfrazadas”: letristas, bandas de jóvenes perversos de buenas familias haciendo extravagancias calculadas…
- ¿Cuánto tiempo llevas en París?
- Veinticinco años, aproximadamente.
- ¿Siempre en Montparnasse? Te debes de sentir muy a gusto en el barrio.
- No creas, me han matado a muchos de mis amigos, de mis mejores amigos. Pasan tantas cosas… Ha sido muy difícil y muy triste.
Suena el teléfono.
Domínguez vino a París como representante del comercio de plátanos que tenía su padre. Pronto lo abandona. En 1934 conoce al grupo surrealista. Él había trabajado por su parte en el mismo sentido. El grupo surrealista, algunos de cuyos componentes procedían del dadaísmo, lo formaban entonces Tristán Tzara, Miró, Giacometti, René Char, Chirico y otros. Domínguez aporta su personalidad pintando animales prehistóricos, monstruos. Hace esculturas que se desarticulan en piezas numeradas, como aparatos ortopédicos.
-¿Crees en la magia del arte?- Claro que sí. Es lo que los poetas andaluces llaman “duendes”. Es lo de los gitanos.

El teléfono. Domínguez contesta: “Me están haciendo unas preguntas muy graciosas.”


En un catálogo de una exposición de Oscar Domínguez, leo unas palabras de Paul Eluard: “De Picasso a Domínguez pasando por Miró y Dalí… Pintura de la imaginación, pintura en exilio… L’Espagne brûle son été le plus crû”.- Cuéntame algo de tu infancia en Canarias.- Quería mucho a una sobrina mía de la misma edad. Andábamos siempre juntos. Un día cayó enferma y se murió. La pusieron en una cajita de cristal y así la llevaron al cementerio. Yo quería morirme. Nunca he podido olvidarlo.
- Te voy a dejar trabajar. Volveré otro día.
- Ven cuando quieras, ya sabes.
- Antes de marcharme, quisiera preguntarte una cosa: ¿qué te interesa más, lo que ya has vivido o lo por venir?
- Lo pasado ya no me interesa. A pesar de todo, prefiero lo por venir.
- Ahora ya te he cogido, ya me voy contenta. ¿Ves? Tú no has querido nunca morirte. Prefieres seguir. Siempre es mejor. Me voy tranquila.- Ven cuando quieras; casi es todo lo que puedo decirte.
Y ya en la puerta, Domínguez añade:
- Y todo lo demás… tú ya lo conoces.
Al poco tiempo de esta conversación, Domínguez se quitó la vida. Era verdad lo que me dijo: quería morirse.


Mercedes Guillen (Artistas españoles de la escuela de París)



El suicidio del pintor Óscar Domínguez

Al abrirse las venas una noche de Año Nuevo, en su estudio de la rue Campagne-Premiére, Óscar Domínguez pone fin a una vida salpicada de creaciones agresivas y depresiones.

(Nacido en Tenerife, el 7 de enero de 1906, llegó a París en 1927. A partir de 1930 entra en el surrealismo con sus “objetos” y sus calcomanías, y entabla amistad con los miembros de este movimiento. En 1942 la exposición de su obra en la Galerie Carré llama la atención sobre su arte corrosivo. Al igual que Picasso, a quien conoció bien, amaba los toros. Sus figuras humanas se fragmentaban en ritmos desgarrados.)

Le Monde, 4 de enero de 1958

Una cosita...


Una cosita:¿No os habéis preguntado
nunca qué sería de nosotros sin ellos?

(Y entonces, ¿A qué esperamos?)

ELOTRO

sábado, 25 de diciembre de 2010

Párrafos de "El juguete rabioso" de Roberto Arlt


“Tenía el prurito del movimiento, era un goloso visual, entraba en éxtasis frente a la mercadería por el dinero que representaba.
Acercábase a los vendedores de cerdo a pedirles precio de embutidos, examinaba codicioso las sonrosadas cabezas de cerdo, hacíalas girar despacio bajo la impasible mirada de los ventrudos comerciantes de delantal blanco, rascábase tras la oreja, miraba con voluptuosidad los costillares enganchados a los hierros, las pilastras de tocino en lonjas, y como si resolviera un problema que le daba vueltas en el meollo, dirigíase a otro puesto, a pellizcar una luna de queso, o a contar cuántos espárragos tiene un mazo, a ensuciarse las manos entre alcachofas y nabos, y a comer pepitas de zapallo o a observar a trasluz los huevos y a deleitarse en los pilones de manteca húmeda, sólida, amarilla, y aún oliendo a suero.”



“Dío Fetente se ha despertado y comienza a vestirse, es decir, a ponerse los botines. Sentado al borde del camastro, sucio y barbudo, mira en redor con aire aburrido. Alarga el brazo y coge la gorra, entrándosela en la cabeza hasta las orejas; luego se mira los pies, los pies encalcetados de groseras medias rojas, y después, hundiendo el dedo meñique en la oreja, lo sacude rápidamente produciendo un ruido desagradable. Termina por decidirse y se pone los botines; luego, encorvado, camina hacia la puerta del cartujo, se vuelve, mira por el suelo, y hallando una colilla de cigarro la levanta, sopla el polvo adherido y la enciende. Sale.”


“Y a medida que se destrenza mi deseo, reconstruyo los vestidos con que la cortesana se embellecerá, los sombreros armoniosos con que se cubrirá para ser más seductora, y la imagino junto a su lecho, en una semidesnudez más terrible que el desnudo.
Y aunque el deseo de mujer me surge lentamente, yo desdoblo los actos y preveo qué felicidad sería para mí un amor de esa índole, con riquezas y con gloria; imagino qué sensaciones cundirían en mi organismo si de un día para otro, riquísimo, despertara en ese dormitorio con mi joven querida calzándose semidesnuda junto al lecho, como lo he visto en los cromos de los libros viciosos.”


“Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro, rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que percibí dentro de la caja de mi cráneo una neblina roja que se movía con lentitud.
Cierto cansancio terrible me aplastaba los brazos. Veces hubo en que quise dormir dos días con sus dos noches. Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar allí sus cavernas oscuras. Acostábame rabioso, despertaba taciturno. La desesperación me ensanchaba las venas, y sentía entre mis huesos y mi piel el crecimiento de una fuerza antes desconocida a mis sensorios. Así permanecía horas enconado, en una abstracción dolorosa.”



“Cuando Monti me recibió de corredor a comisión, entregándome un muestrario de papeles clasificados por su calidad y precio, dijo:
-Bueno, ahora a vender. Cada kilo de papel son tres centavos de comisión.
¡Duro principio!
Recuerdo que durante una semana caminé seis horas por día inútilmente. Aquello era inverosímil. No vendí un kilo de papel en el trayecto de cuarenta y cinco leguas. Desesperado entraba en verdulerías, a tiendas y almacenes, rondaba los mercados, hacía antesala a farmacéuticos y carniceros, pero inútilmente.
Unos me enviaban lo más cortésmente posible al diablo, otros decíanme pase la semana que viene, otros argüían: “Yo ya tengo corredor que hace tiempo me sirve”, otros no me atendían, algunos opinaban que mi mercadería era excesivamente cara, varios demasiado ordinaria y algunos raros, demasiado fina. (…)
Cierta noche en la calle Rojas entré en una farmacia. El farmacéutico, bilioso sujeto picado de viruelas, examinó mi mercadería, después habló y parecióme un ángel por lo que dijo:
-Mándeme cinco kilos de papel de seda surtido, veinte kilos de papel parejo especial y hágame veinte mil sobres, cada cinco mil con este impreso: “Ácido bórico”, “Magnesia calcinada”, “Crémor tártaro”, “Jabón de Campeche”. Eso sí, el papel tiene que estar el lunes bien temprano aquí.
Estremecido de alegría anoté el pedido, saludé con una reverencia al seráfico farmacéutico y me perdí por las calles. Era la primera venta. Había ganado quince pesos de comisión.”



“El Pibe, no tenía diez años de edad, y menos de cuatro pies de estatura, pero en su rostro romboidal como el de un mogol, la miseria y toda la experiencia de la vagancia habían lapidado arrugas indelebles.
Tenía la nariz chata, los labios belfos, y además era enormemente cabelludo, de una lana rizada y tupida entre cuyos aros desaparecían las orejas. Todo este cromo aborigen y sucio se ataviaba con un pantalón que le llegaba hasta los tobillos, y una blusa negra de lechero vasco.
El Rengo le ordenó imperativamente:
-Agarrá eso.
El Pibe se echó la bolsa a la espalda y rápidamente marchó.
Era criado, cocinero, mucamo y ayudante del Rengo. Este lo recogió como se recoge un perro, y en cambio de sus servicios lo vestía y alimentaba; y el Pibe era fidelísimo servidor de su amo.”

Roberto Arlt (El juguete rabioso)

René Char




Entre el mundo de la realidad y yo, hoy no queda ya espesor triste.

*

Me violento para conservar, a pesar de mi humor, la voz de tinta. Después de todo, escribo esto u olvido aquello mediante una pluma con punta de ariete, sin cesar apagada, siempre vuelta a encender, recogida, tensa y de un tirón. ¿Autómata de la vanidad? Sinceramente, no. Necesidad de controlar la evidencia, de convertirla en criatura.

*

Ser del salto. Y no del festín, su epílogo.

*

Húndete en lo desconocido que excava. Oblígate a girar.

*

En nuestras tinieblas no hay un sitio para la Belleza. Todo el sitio es para la Belleza.

*

René Char
(Hojas de Hipnos)

viernes, 24 de diciembre de 2010

Jorge Rafael Videla, ese asesino.



* Videla fue sentenciado en esta oportunidad por las torturas y el fusilamiento de 31 presos políticos en 1976 en la Unidad Penitenciaria San Martín, de la central provincia de Córdoba.
* Por unanimidad, el tribunal federal oral que los juzgó consideró que los delitos de imposición de tormentos y homicidios fueron agravados por la condición de perseguidos políticos de las víctimas. Ordenó, además, que Videla sea recluido en una cárcel común.
* De este modo, Videla recibe la segunda condena a prisión perpetua. La primera fue en 1985 en el juicio a los jefes de la dictadura, aunque cinco años después el entonces presidente Carlos Menem (1989-1999) lo indultó junto a otros militares y civiles condenados.”
* El ex hombre fuerte de la dictadura, que encabezó el golpe de Estado que derrocó el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón (1973-1976), dijo en su alegato que, con este juicio, “la Constitución Nacional guarda luto por la república desaparecida”.
* “No fue una guerra sucia sino una guerra justa en la que salvamos al país de los ‘jóvenes idealistas’ que quisieron imponer una cultura ajena a nuestro tradicional estilo de vida, occidental y cristiano”, justificó.
* Con Videla sentado cerca suyo y asintiendo con la cabeza, Menéndez, de 83 años, se jactó de que el régimen que integró hizo en poco tiempo lo que a Colombia le está llevando 60 años, en alusión al conflicto armado interno de ese país. Agregó que Argentina es “el primer país de la historia y del mundo que juzga a sus soldados victoriosos”.
* En este mismo juicio, que culminó este miércoles en medio del júbilo y la emoción de un numeroso público ubicado dentro y fuera del recinto del tribunal, fueron también condenados a prisión perpetua 15 uniformados más, y a penas de entre seis y 14 años de cárcel a otros siete, entre ellos una mujer policía, mientras que fueron absueltos por no contar con pruebas suficientes siete acusados.
* Sólo este año murieron 30 imputados, entre ellos el ex almirante Emilio Massera, integrante de la primera junta militar de la dictadura y máximo responsable de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) el emblemático y mayor centro ilegal de detención del régimen por donde pasaron más de 2.000 prisioneros, mucho de los cuales fueron arrojados vivos al Río de la Plata.
* Pero si se cuenta desde que se cometieron los delitos, el número de presuntos responsables que fallecieron sin sentencia asciende a 256. Hay además 16 declarados incapaces y 40 prófugos.
* También los testigos de los crímenes contra la humanidad y familiares más conspicuos de víctimas tienen una avanzada edad y exigen que se aceleren los plazos. Este mes murió Adriana Calvo, la primera sobreviviente que se animó a declarar en el juicio de 1985 en el que Videla y otros ex comandantes militares fueron condenados a cadena perpetua.
* por primera vez la justicia consideró como un delito de lesa humanidad el ataque sexual a una prisionera ilegal, además de que se esté actuando contra civiles cómplices de la dictadura, como empresarios, religiosos y otros implicados en la represión.

Fuente: periodismohumano

jueves, 23 de diciembre de 2010

Enrique Morente



No me hagáis mucho caso pero creo que fue en la primavera del año 1975, en aquel entonces los cantaores flamencos más “rojos” eran José Menese y Manuel Gerena ambos próximos al PCE, pero nosotros éramos del PTE y alguien propuso ir a ver un recital de un tío que era de izquierdas, estaba revolucionando el flamenco y cantaba los poemas de Miguel Hernández. Así que junto con un grupo de amigos asistí, desde el gallinero, por primera vez a un recital de Enrique Morente. Creo también que fue en el teatro Príncipe, de Madrid, al lado de la Plaza de Santa Ana y aunque mis recuerdos son borrosos una cosa si está clara: salimos de allí enamorados de la voz de ese pedazo de artista y convencidos de que era uno de los nuestros. Hoy treinta y cinco años después podemos decir que no en todo andábamos descaminados. Hasta siempre, Enrique, compañero…
ELOTRO

Javier Tomeo


CARNAVAL VENECIANO

Cuando aquel hombre se quitó el antifaz vi que no tenía nariz. Le dije que era preferible que volviese a ponerse la máscara.
-No debe usted amedrantar al prójimo con esa cara –le dije.
-¿Cree que yo también tengo prójimo? –me preguntó-. ¿Cree usted que los hombres sin nariz podemos presumir de tanto?
Su pregunta me pareció bastante ingenua, pero preferí no responderle y dejarle en la duda, así que supongo que aquel hombre debe de continuar todavía hoy preguntándose cuál puede ser su ubicación en este mundo de impíos narigudos.

Javier Tomeo (Los nuevos inquisidores).

miércoles, 22 de diciembre de 2010

R.M. Rilke



Rue Cassette 29, Paris VI,
3 de octubre de 1907



… ¡si estuvieras conmigo en este frío y desganado día de lluvia que inútilmente transcurre, y que a otros también llena de extrañeza y turbación (como he comprobado en el Jouven)! ¡Si estuvieras a mi lado ante la carpeta de Van Gogh (que con gran pesar voy a devolver)! Me han hecho mucho bien estos dos días: era justo el momento. Cuántas cosas verías tú en ella que aún no puedo ver yo. Quizá no habrías leído la pequeña nota biográfica, de apenas una decena de líneas, que precede al índice, entregándote toda tú al solo mirar. Es muy concreta, y sin embargo, extraordinariamente rica de lectura. Marchante de cuadros, y al comprender tres años después que no, que no era esto, modesto maestro de escuela en Inglaterra. Y en esto la resolución: meterse a cura. Se va a Bruselas a aprender griego y latín. Pero, ¿por qué este rodeo? ¿No hay en algún lado gente que no le exija griego ni latín a su predicador? Se convierte así en lo que llaman un evangelista, y se va a las cuencas carboníferas y les cuenta el Evangelio a las gentes. Y mientras lo cuenta empieza a dibujar. Y al fin ni se da cuenta de cómo se calla, y ya sólo dibuja. Y desde entonces ya no hace otra cosa, hasta que le llega la última hora, cuando se decide a romper con todo, porque quizá durante semanas no le fuera posible pintar; esto de dejarlo todo, la vida antes que nada, le parece natural.






¡Qué biografía! ¿Es de veras cierto que ahora todo el mundo hace como si entendiera, esto y los cuadros surgidos de ello? ¿Marchantes y críticos de arte, no deberían, en el fondo, mostrarse más perplejos o indiferentes ante este encantador fanático, en el que revive algo de san Francisco? Me asombro de su rápida fama. ¡Ay, cuánto también él había quitado y quitado! En el autorretrato de la carpeta tiene mal aspecto, atormentado, casi desesperado, pero no calamitoso: como cuando a un perro le va mal. Tiende el rostro y se advierte que noche y día lo pasa mal. Pero en sus cuadros (L’arbre Fleury) ya se ha enriquecido la pobreza: un gran resplandor interior. Y así lo ve todo, como pobre; basta con cotejar sus Parques. Lo dice con toda tranquilidad, con toda sencillez, como si esto ya supusiera alguna parcialidad. No está de ningún lado, ni del de los parques, y su amor por todas las cosas va hacia lo anónimo y se mantiene oculto a él mismo. No muestra su amor, lo tiene. Y lo saca de él y lo mete rápidamente en el trabajo, en lo más profundo e imparable del trabajo: ¡deprisa!, ¡que nadie lo vea!
Así se le siente en estas cuarenta láminas: ¿no te has encontrado un poco a mi lado, ante esta carpeta?...
R.M. Rilke (Cartas sobre Cézanne)

Sam Shepard


14 – o1- 80
Homestead Valley, Ca.



Quizá tendría que encender un fuego. ¿Te gustaría? Encenderé el fuego.

Quizá tendría que romper en pedacitos pequeños el periódico dominical y hacer un esfuerzo por no entretenerme leyendo los anuncios.

Quizá tendría que terminar del todo el agujero que estaba cavando en el huerto de atrás.

Quizá tendría que prepararme una taza de té y tomar Vitamina C. ¿Quieres una taza de té?

Quizá tendría que quedarme en un sitio y no moverme de allí y dejar de inventarme motivos para irme.
Quizá podríamos tener tú y yo una conversación. ¿Te gustaría conversar?

Sam Shepard (Crónicas de motel)

Precipicios (19)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



“Hace años, antes de que dejaran de pasar trenes por tantos ramales, una mujer de alta frente pecosa y flequillo rubicundo entró en la estación de ferrocarril a averiguar qué había qué hacer para despachar muebles.
El encargado de la estación solía aventurar a las mujeres algún piropo, sobre todo a las feúchas que parecían apreciarlos.
-¿Muebles?- dijo, como si la idea nunca se le hubiera ocurrido a nadie-. Bien. A ver. ¿De qué tipo de muebles estamos hablando?
-Una mesa de comedor y seis sillas. Un juego de dormitorio, un sofá, una mesita de té, rinconeras, una lámpara de pie. También un armario chino y un aparador.
-Caramba. Eso es una casa entera.
-Yo no diría tanto –repuso ella-. No hay nada de cocina y es sólo una habitación.
Los dientes de la mujer se agolpaban delante de la boca como dispuestos a discutir.
-Necesitará un camión –dijo él.
-No. Quiero mandarlos por tren. Tienen que ir al oeste, a Saskatchewan.
La mujer le hablaba en voz muy alta, como si él fuera sordo o estúpido, y algo no encajaba en su forma de pronunciación. Un acento. Pensó que tal vez fuera holandés – últimamente se establecían muchos holandeses por allí-, pero la mujer no tenía el aplomo de las holandesas, ni la tersa piel rosada ni el pelo rubio. Debía de estar por debajo de los cuarenta, pero ¿qué importaba? No era una reina de la belleza, que se dijera…”



Alice Munro (Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio.)

martes, 21 de diciembre de 2010

Duchamp

“Me convertí en un no-artista…no en un antiartista…los antiartistas son como los ateos: creen negativamente”.


“Siempre me he forzado a la contradicción para evitar conformarme con mi propio gusto”.


“Nunca he podido soportar la seriedad de la vida. En cambio, cuando la seriedad se tiñe de humor, adquiere un tono más bonito”.


“Durante mi vida he sido un trabajador infatigable y un absoluto gandul, alternativamente, claro”.


“He convertido el parasitismo en un arte refinado”.


“Se ruega tocar”.



“El matrimonio significa el amor doméstico y medicalizado. El hombre casado es un desdichado en fase terminal”.



“Mi obra no puede analizarse con lógica. El artista nunca sabe a ciencia cierta qué hace ni por qué”.


“Encaminé mis investigaciones hacia toda clase de intentos infructuosos caracterizados por la indecisión”.



“Lo estoy haciendo y punto, esa es mi vida”.


“No hay que devorar al otro, ni querer que te devore, es indigesto…”



“Una existencia frugal; reducir las necesidades; un confort mínimo y nada de lazos emocionales que puedan degenerar en cadenas”.



“Lo que cuenta en esta historia es el hecho de doblegarse o no”.




“Duchamp es la única persona que he conocido que no es “gente”. Era capaz de estar en una habitación conmigo y yo seguía sintiéndome sola”.
Mary Reynolds, la amante más duradera de M.D.

César Vallejo


UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL HOMBRO…

Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo.
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano.
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño.
¿voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre.
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras.
¿Cómo escribir después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente.
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance.
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando.
¿Cómo luego entrar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina.
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos.
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?

César Vallejo

Pilar


La navidad,
para mí,
huele a mandarinas...

(Pilar)

lunes, 20 de diciembre de 2010

Marcos Ana




Mi corazón es patio


A María Teresa León

La tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño.
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio
(Un patio donde giran
los hombres sin espacio)
A veces, cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
y entonces, digo: “El mundo
es algo más que el patio
y estas losas terribles
donde me voy gastando”.
Y oigo colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del río
que ciñe mi cadalso.
“Es la vida”, me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho…

Pero soñar es despierto
(mi reja es el costado
de un sueño
que da al campo)

Amanezco, y ya todo
-fuera del sueño- es patio:
un patio donde giran
los hombres sin espacio.

¡Hace ya tantos siglos
que nací emparedado,
que me olvidé del mundo,
de cómo canta el árbol,
de la pasión que enciende
el amor en los labios,
de si hay puertas sin llaves
y otras manos sin clavos!
Yo ya creo que todo
-fuera del sueño- es patio.
(Un patio bajo un cielo
de fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos).

Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo,
-hasta en el sueño- es patio.
Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón, que tiene
la forma gris de un patio.

(Un patio donde giran
los hombres sin descanso)

Marcos Ana







Marcos Ana, nació en Salamanca en 1920. En el seno de una familia pobre de solemnidad, que se vió obligada a emigrar a Madrid huyendo del hambre y en busca de un porvenir menos miserable.Cuando después de años de intrigas y preparativos, los militares golpistas -financiados por el banquero mallorquín Juan March y arropados por la Iglesia católica, el ejercito nazi y las tropas fascistas de Musolini-traicionaron al gobierno legítimo de la República y provocaron la más criminal guerra civil de la historia moderna, el joven Marcos –por su padre- Ana –por su madre- que entonces solo contaba con dieciseis años (1936), luchó con absoluta entrega y en coherencia con lo que ya era su ideal comunista, del lado republicano. Tres años después, 1939, al finalizar la guerra con la victoria del fascismo dio comienzo la más criminal posguerra que recuerda la historia. Todavía hoy, setenta años después, siguen las cunetas del estado español llenas de restos humanos amontonados en fosas comunes, gracias al dominio que ejerce la extrema derecha en el Tribunal Supremo y en la Audiencia Nacional. Y claro está, a la complicidad y cobardía de los gobiernos “socialistas” que se han sucedido en el periodo democrático. Marcos Ana, fue detenido en 1939, junto a millares de demócratas, socialistas, anarquistas y comunistas. Permaneció encarcelado de manera ininterrumpida durante veintitres años. Entró en las cárceles franquistas a los diecinueve años, salió a los cuarenta y dos. Toda su juventud, la mitad de su vida. Hoy a sus noventa años sigue luchando por los derechos de las victimas del franquismo (qué remedio) y permanece fiel a sus ideales comunistas, con los cojones del alma, que diría su amigo Miguel Hernández, con quien compartió trinchera, ideales y cárcel.


ELOTRO

C.P. Cavafis


El peón de ajedrez

Me gusta mirar a la gente cuando juega al ajedrez.
Mis ojos siguen esos peones
que poco a poco encuentran su camino
hasta alcanzar la última línea.
Ese peón avanza con soltura
que te hace pensar que llegando a esa línea
en ella comenzarán sus alegrías y su recompensa.
Encuentra muchos obstáculos en su camino.
Los poderosos lanzan sus armas contra él.
Los castillos le acometen con sus
altas almenas; dentro de sus campos
veloces jinetes pretenden con astucia
impedir su avance,
y por todos lados, desde el campo enemigo
la amenaza avanza contra él.

Mas sale indemne de todos los peligros
y alcanza triunfante la última línea.

Con qué aires de victoria la alcanza
en el momento exacto;
qué alegremente avanza hacia su propia muerte.

Porque al llegar a esa línea, el peón morirá,
todos sus afanes eran para esto.
Cae en el Hades del ajedrez,
y de su tumba resucita
la reina que nos salvará.

Constantino P. Cavafis

domingo, 19 de diciembre de 2010

George Grosz / Memorias





Tatlin.



(Se trataba de una torre de estilo constructivista de unos 400 metros de alto, superando en altura a la Torre Eiffel de París. Consistiría en una estructura espiral de hierro y acero, volcada hacia un lado en el ángulo del eje terrestre, conteniendo en su interior cuatro estructuras de vidrio con diferentes formas: un cubo, una pirámide, un cilindro y media esfera. Todos estos elementos rotarían a distintas velocidades. El cubo completaría su giro en un año, la pirámide en un mes, el cilindro en un día y la media esfera en una hora).
Todo el mundo estaba entusiasmado. Caramba, decían nuestros críticos más modernos, ¡estos rusos! Impresionante, verdaderamente impresionante…Hubo un único personaje dispuesto a aguar aquel festival de hechizo generalizado. Fue León Trotski, en aquel momento el dirigente más poderoso y popular después de Lenin. Lenin se interesaba muy poco por el arte cuando no estaba dirigido a la propaganda política. Trotski tenía una mente aguda y se expresaba a veces con una ironía incisiva. Inspeccionó la “Torre de la Tercera Internacional” y preguntó por qué aquel chisme tenía que girar y dar constantemente vueltas sobre sí mismo y sin moverse de sitio. En opinión de Trotski, la pregunta no obtuvo la respuesta satisfactoria, de modo que aquel gigantesco proyecto cayó en el olvido, y la misma suerte corrió el constructivismo en general. Tatlin desapareció del escenario público. Otros constructivistas emigraron, cuando pudieron, al extranjero, primero a Berlín y después a París o Londres.





Entretanto las masas iban sumando victorias, en el sentido de que se las escuchaba más que antes, y algunos viejos pintores amargados, hasta entonces calificados de pequeñoburgueses, fueron recuperados del destierro. Luego resultaron mejores ilustradores que todos aquellos botafuegos e intelectuales tan modernos.
Fui a visitar a Tatlin. Aquel loco grandioso habitaba una pequeña vivienda, vieja y destartalada. Mantenía unas cuantas gallinas que en parte dormían en su cama y ponían los huevos en un rincón. Tomamos té, Tatlin hablaba de Berlín, de los grandes almacenes Wertheim y de su actuación en la corte. Detrás de él, apoyado en la pared, había un somier de alambre de acero oxidado, con algunas gallinas sentadas encima que dormían con la cabeza escondida bajo el ala. Era el marco en que se me presentó el bueno de Tatlin. Cuando pasó a tocar su balalaika, fabricada por él mismo, mientras oscurecía tras la ventana sin cortina, cuyos cristales habían sido sustituidos en parte por tableros de madera, no me pareció ni mucho menos uno de aquellos constructivistas de vanguardia, sino más bien un personaje de la auténtica y antigua Rusia, sacado de un libro de Gógol. Y de repente el clima de la estancia se tornó melancólico. Nunca más lo he vuelto a ver ni he vuelto a saber de él ni del “tatlismo”, en su día tan debatido. Al parecer murió solo y olvidado.




“Recuerdo muy bien a Lenin. De repente se presentó ante nosotros, después de ser sometidos a una cuidadosa criba y a una prolija selección, y de haber sido provistos de pases especiales. Estábamos reunidos en uno de los salones del Kremlin, enteramente decorados en rojo. Lenin no era muy alto, tenía rasgos ligeramente tártaros, y en general su figura carecía de relevancia. Daba la impresión de haber sido desde siempre como era en ese momento. Tampoco había nada en él que causara temor o provocara respeto. Parecía hacer un pequeño guiño inexplicable con los ojos, pero hay que decir que los ojos tártaros a menudo parecen estar haciendo un guiño, sin que el gesto signifique una especial amabilidad.




Nos estrechó la mano mientras pasaba por delante de nosotros, acompañado de sus secretarios. Reconocí a Bujarin y a Radek. La escena fue muy rápida y se desarrolló sin grandes formalidades. Lenin iba a hablarnos. A mi lado estaba el corresponsal norteamericano Albert Rhys Williams, un hombre simpático, quien me explicó que Lenin, que nos hablaría en alemán, perdía a veces el hilo y que, a causa de su enfermedad, solía fallarle alguna que otra palabra. De vez en cuando, aunque estábamos bastante alejados de Lenin, oíamos que alguien le susurraba en voz baja un término o una fecha.
Me sentí un tanto deprimido. Las palabras de Williams me habían impresionado, y lo que veía a cierta distancia de mí era un hombre enfermo que de tanto en tanto perdía el hilo del discurso. Aunque parezca absurdo, recordé de repente a una tía mía que padecía un tumor en el cerebro, y que también sufría repentinos trastornos del lenguaje. La imagen del encuentro quedó envuelta en un halo de tristeza…Poco después el estado de Lenin empeoró y nunca logró reponerse.
Cuando hubo terminado su discurso, que creo duró una hora, se escuchó un fuerte aplauso. Poco después Lenin, apoyado en su médico, bajó de la tribuna de oradores. Por lo visto apreciaba mis trabajos, sobre todo mi libro “El rostro de la clase dominante”.


Es probable que le pareciera útil para desintegrar el odiado capitalismo. Como muchos otros, se engañó en cuanto al efecto que producirían esas imágenes distorsionadas en la nueva Edad Media en que estamos entrando. La época de la caricatura como instrumento de lucha por el progreso es cosa del pasado. Ahora, para encender los ánimos resulta mucho más útil una fotografía con un subtítulo adecuado.





León Trotski, en cambio, exteriorizaba una dosis mucho mayor de cierta pose dictatorial. Cuando lo oí pronunciar uno de sus discursos de aquella época, vestía un uniforme muy sencillo, confeccionado con el mismo paño de color fango amarillo del Ejército Rojo, sin distintivos de ninguna clase, distintivos que por cierto se prodigaban muy poco por aquellas fechas. Al hablar se mantenía muy erguido; era un orador brillante y sabía que, en un discurso, hay que prestar atención también a la postura. Tenía un porte marcial del que carecía Lenin, y subrayaba las frases con gestos breves. Hablaba en ruso y con las debidas pausas, para que sus palabras fueran traducidas de inmediato.




Radek me invitó a visitarlo en el Kremlin. Era un hombre muy inteligente, que sabía cómo tratar a los artistas. Encima de su mesa vi algunas de mis obras, como si por casualidad las hubiese estado mirando. Estaban allí para darme la impresión de que las ojeaba todos los días una o dos veces, por lo menos. Me dirigió unas alabanzas que yo acepté, humilde y feliz, pues él era entonces un gran personaje, y nosotros, los artistas, ambiciosos como somos, nos ablandamos en seguida cuando nos acercamos al poder. Que ese poder fuera rojo o de cualquier otro color solía sernos indiferente, mientras nos calentara como un suavecito rayo de sol.







“Es verdad que siempre me ha gustado plantear preguntas; creo que la curiosidad es una condición innata al ser humano. Pero si otros curiosos se dan por satisfechos cuando ven etiquetas, hechos y datos, a mí me sucede lo contrario. Un hecho siempre ha sido para mí algo parecido a un trozo de corcho que flota despreocupadamente sobre el oleaje. Yo veía el corcho, y para mí no era más que un corcho. Estaba convencido de que sería capaz de bucear, pero me dí cuenta de que ni siquiera buceando se llega a lo más profundo…”

George Grosz (Un sí menor y un NO mayor)

San Juan de la Cruz


“Sin arrimo y con arrimo,
sin luz y ascuras viviendo
todo me voy consumiendo”

San Juan de la Cruz

Precipicios (18)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…





“CAPÍTULO PRIMERO

No hable nunca con desconocidos

A la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en “Los Estanques del Patriarca” aparecieron dos ciudadanos. El primero de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano, era pequeño, moreno, bien alimentado y calvo. Tenía en la mano un sombrero aceptable en forma de bollo, y decoraban su cara, cuidadosamente afeitada, un par de gafas extraordinariamente grandes, de montura de concha negra. El otro, un joven ancho de hombros, algo pelirrojo y desgreñado, con una gorra de cuadros echada hacia atrás, vestía camisa de cow-boy, un pantalón blanco arrugado como un higo y alpargatas negras.
El primero era nada menos que Mijaíl Alexándrovich Berlioz, redactor de una voluminosa revista literaria y presidente de la dirección de una de las más importantes asociaciones moscovitas de literatos, que llevaba el nombre compuesto de MASSOLIT* (*que quiere decir “literatura de masas”); y el joven que le acompañaba era el poeta Iván Nikoláyevich Ponirev, que escribía con el seudónimo de Desamparado.
Al llegar a la sombra de unos tilos apenas verdes, los escritores se lanzaron hacia una caseta llamativamente pintada donde se leía: “Cervezas y refrescos”.
Ah, sí, es preciso señalar la primera particularidad de esta siniestra tarde de mayo. No había un alma junto a la caseta, ni en todo el bulevar paralelo a la Málaya Brónnaya. A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de haber caldeado Moscú, se derrumbaba en un vaho seco detrás de la Sadóvaya, nadie pasaba bajo los tilos, nadie se sentaba en un banco: el bulevar estaba desierto.
-Agua mineral, por favor –pidió Berlioz.
-No tengo –dijo la mujer de la caseta como ofendida.
-¿Tiene cerveza? –inquirió Desamparado con voz ronca.
-La traen para la noche –contestó la mujer.
-¿Qué tiene? –preguntó Berlioz.
-Refresco de albaricoque. Pero no está frío –dijo ella.
-Bueno, sírvalo como esté.
El sucedáneo de albaricoque formó abundante espuma amarilla y el aire empezó a oler a peluquería…”

Mijaíl Bulgákov (El maestro y Margarita)

sábado, 18 de diciembre de 2010

Idea Vilariño


SIEMPRE HABRÁ ALGUNA BOTA

Playa Girón

Siempre habrá alguna bota sobre el sueño
efímero del hombre
una bota de fuerza y sin razón
pronta a golpear
dispuesta a ensangrentarse.
Cada vez que los hombres se incorporan
cada vez que reclaman lo que es suyo
o que buscan ser hombres solamente
cada vez que la hora de la verdad la hora
de la justicia suenan
la bota rompe ensucia aplasta
deshace la esperanza la ilusión
de simple dicha humana para todos
porque tiene otros fines como Dios
como dicen los curas que su dios
tiene otros altos fines misteriosos
otros planes en que entran Hiroshima
España Argelia Hungría y todo el resto
en que entran la injusticia la opresión
el abandono el hambre el frío el miedo
la explotación la muerte
todo el horror todo el dolor del hombre.
Va cambiando de pies según el oro
según la fuerza y el poder se mudan
pero siempre habrá alguna
a veces más de una
pisoteando los sueños de los hombres.

Idea Vilariño

Apuntes: Roberto Arlt ¿semianalfabeto?


“El propio Arlt confesó:
He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado (es decir, hasta los diez años). Luego me echaron por inútil. Fui alumno de la Escuela Mecánica de la Armada. Me echaron por inútil”



González Lanuza le llama un “bicho raro idiomático”:

Su descalabro gramatical comenzaba por la prosodia, dado el modo como trituraba las palabras, alargándolas, paladeándolas hasta obligarlas a dar todo su jugo deleitándose con su aspereza. No había vocablo que cruzara indemne por sus labios…”



“A Roberto Arlt no le preocupaban mucho la corrección gramatical ni ortográfica. Transcribo una carta dirigida a su hija Mirta, después de que suspendiera un examen:

Querida Mirtita:
Recibi tu carta. No es para tanto un aplazo. Parti del principio que nosotros los Arltt nunca hemos sido fuertes en gramatica y ortografia. Yo todavia no se a cienci cierta que diferencia exciste entre un verbo y un adverbio. En cuanto a ortografia no necesito darte referencias. En cuanto al viejo de mierda ese, paciencia. Volve a dar exsamen…
Estudia otra ves y listo. “

(Ficción, 15, septiembre- octubre de 1958)




Elías Castelnuovo recuerda en sus Memorias:
Decir que no sabía gramática, significa un elogio. No sabía siquiera poner una coma para separar un párrafo de otro y difícilmente acertaba a colocar en su lugar una zeta o sacar de su sitio una hache. Empleaba, además, muchas palabras cuyo sentido ignoraba y otras que no se las podía encontrar en ningún diccionario de habla castellana, seducido únicamente por el embrujo de su sonoridad.”



“Sin incluir los errores de ortografía y de redacción, le señalé hasta doce palabras de alto voltaje etimológico, mal colocadas, de las cuales no supo aclarar su significado. Había asimismo, en su contexto, dos estilos antagónicos…Por un lado se notaba la influencia de Máximo Gorky y por el otro la presencia de Vargas Vila…”

Fuente: Introducción / El juguete rabioso / Edición de Rita Gnutzmann / Ilustraciones de F. Matticchio

viernes, 17 de diciembre de 2010

Marsé: Cuatro rabos de lagartija

No comprendo para qué se necesita calumniar.
Si se quiere perjudicar a alguien lo único que
hace falta es decir de él alguna verdad.
NIETZSCHE


El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de veras siente.
FERNANDO PESSOA


Difícil es combatir con el corazón:
pues lo que se desea se paga con la vida.
HERÁCLITO

Del tirano di todo, di más.
JOSÉ MARTÍ